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Usted también puede tener un Buick!

En la década de los años cincuenta del pasado siglo, por las calles de la Habana rodaban tantos autos como los que lo hacían en las ciudades  de Nueva York o Los Ángeles, proporcionalmente a la población residente en ambas ciudades en esos momentos.

La Habana de entonces era una especie de vitrina de marketing de las principales firmas norteamericanas; un laboratorio donde se exhibían todo tipo de productos. Si la promoción tenía aceptación, entonces estaba garantizada su producción a gran escala para el mercado norteamericano.

El auge del automovilismo en los Estados Unidos fue un fenómeno que tomó cuerpo una vez terminada la Segunda Guerra Mundial.  La industria armamentista norteamericana, que se había desarrollado para garantizar la victoria sobre el fascismo alemán, ahora ideaba reconvertir toda aquella chatarra inútil en nuevos valores. De esa manera surge, a gran escala, entre otras, la gran industria automovilística norteamericana como símbolo genuino de la sociedad de consumo.

“Usted también puede tener un Buick” fue un slogan comercial que alcanzó gran popularidad entonces y no era un total engaño. Había agencias en la capital y en el resto del país con sus show room donde se mostraba una amplia gama de diferentes marcas de autos nuevos y de segunda mano. Estas agencias se desvivían por vender, brindando increíbles facilidades a los compradores para su pago.

El cubano que tenía un trabajo estable aspiraba  a tener algún día una casa propia y un “cacharrito”. Claro está, al igual que en el vecino del Norte, la sociedad cubana estaba dividida en clases. Los ricos preferían los autos lujosos de marcas exclusivas, mientras que la clase media y los pobres se inclinaban por autos más modestos y económicos. El Chevrolet, por ejemplo, que en los Estados Unidos era el auto de los obreros y trabajadores más humildes, en Cuba recibió el beneficio también de obreros, trabajadores de oficinas y pequeños comerciantes.

Poseer un auto en Cuba más que una necesidad era un lujo. En la capital, por ejemplo,  funcionaba un eficiente sistema de transporte por ómnibus que satisfacía las exigencias de movimiento de la población, en una ciudad que entonces  era más pequeña  en superficie y en número de habitantes.

Con la llegada al poder de la revolución cubana en 1959, y con el ulterior deterioro de las relaciones económicas comerciales y de todo tipo entre los dos países –Cuba y los Estados Unidos-, el mercado automovilístico en la Isla recibió un tiro en la frente. Mediante la implantación del bloqueo- embargo por parte de Estados Unidos, dejaron de entrar al país, además de automóviles, las imprescindibles piezas de repuesto y agregados.

Con el paso de los años, todo apuntaba a que los autos norteamericanos desaparecerían del asfalto cubano. En las décadas de los sesentas y setentas del pasado siglo, solo empecinados amantes del automovilismo, con el ánimo de mantener de alta sus carros, hacían adaptaciones a los motores americanos con piezas de autos de fabricación soviética, los cuales empezaron entonces a reemplazar el parque automotor norteamericano en la Isla. Solo que los autos soviéticos que entraban al país, pertenecían al Estado y estaban destinados, en principio, a  garantizar los servicios y la gestión económica.

Los cacharros de fabricación norteamericana fueron languideciendo, corroídos por el óxido y el tiempo en garajes y solares o debajo de una mata de jagüey en pleno campo.

La era del Lada.

En las décadas de los setentas y ochentas comenzaron a arribar importantes lotes de autos  soviéticos marca Lada. El Lada fue un auto diseñado  en aquel entonces por la marca italiana Fiat. Por  determinadas razones políticas, en plena guerra  fría, Italia le vende una planta de  ese modelo a la URSS. Aunque es un auto rígido y de poco confort,  este muestra rendimientos  aceptables y es poseedor de  una mecánica noble y sencilla. El Lada ha marcado un hito importante en la historia del automovilismo de la Isla. Muchos cubanos conocedores de la materia lo  consideran el auto del pobre, el auto del cubano.

 Ruedan tantos en el sector estatal, que sus choferes hacen reposiciones fraudulentas de piezas y agregados para venderlos en el mercado negro. Se entiende entonces por qué aquellos cubanos que han tenido la suerte de poseer un auto Lada, tienen garantizados,  a muy bajo precio, sus piezas y componentes. 

También se importaron decenas de miles de autos soviéticos marca Moskovich. El Moskovich es el anti auto. No sé si los club o asociaciones de automovilismo mundiales han contemplado alguna vez otorgar algún premio a la negación del diseño y el confort y a la inseguridad de los automóviles en la carretera. Si algún día se decidieran a hacerlo, de seguro que el Moskovich alcanzaría un indiscutible primer lugar.      

Alguien pudiera preguntarse cómo llegaron estos automóviles a la población si la política oficial del Partido  desde un inicio ha estado opuesta decididamente a crear estratos privilegiados dentro de la sociedad cubana. Muchos de ellos fueron vendidos o regalados por el Estado, a manera de estímulo, a obreros, artistas, deportistas, científicos etc., destacados en su esfera de competencia. Otros, por obra y gracia de la burocracia, fueron auto vendidos a muy bajo precio, y con muy cómodas facilidades de pago. Digo auto vendidos porque fueron destinados  a cuadros dirigentes que los tenían asignados en el año 1986.

Esta venta se realizó por una sola vez  y los autos pasaron a ser propiedad de los ciudadanos, con la única observación de que los mismos no podían ser revendidos a terceros.  Si el afortunado  trabajaba en algún ministerio o empresa importante, de seguro “compensaba”  o “vinculaba” el carro a la institución, que no es otra cosa que recibir combustible, repuestos  y reparación casi gratis con la única obligación de poner el auto al servicio del centro de trabajo. Esta obligación con el tiempo se desvirtuó y hoy nadie la toma en cuenta.

Son innumerables los reportajes, crónicas, entrevistas, denuncias  y otros recursos periodísticos que se han utilizados a lo largo de estos años para poner en evidencia el mal uso o abuso del transporte estatal. Nada ha dado resultado.

Y es que para muchos  cubanos, la importancia del cargo o de la profesión que se desempeñe la marca el disponer de un auto. Un académico, profesor de una importante cátedra universitaria del país, es de menor respeto ante los ojos de sus alumnos si diariamente depende del transporte público para llegar  a su trabajo.  Si por otra parte,  se es administrador de un “chinchal” y se dispone de un carro asignado, entonces  el reconocimiento social estará asegurado.

Este administrador garantizará el movimiento de la familia a sus lugares de trabajo o estudio y el fin de semana se moverán en el vehículo a la playa o a la finca de un amigo. No importa, Liborio paga.

Un sector como el transporte público que nunca tuvo logros importantes a lo largo de muchos años, llegó a colapsar en la década de los noventas del siglo pasado como consecuencia directa de la desaparición de la URSS y de los países socialistas de Europa.

Urgidos por la necesidad, se toma la decisión de autorizar la expedición de licencias a porteadores privados para el transporte de pasajeros y cargas. Así, la vieja y mohosa chatarra americana, resurgida de sus cenizas como ave fénix, vuelve a señorear las calles y carreteras de la Isla.

Más de una agencia de turismo ha utilizado en sus campañas promocionales de viajes a la Isla la imagen de los emblemáticos carros americanos, con textos que convocan a montarse en un sueño o a viajar en una nube de nostalgia. La Habana y sus cacharros aparecen a los ojos de los visitantes como un evento detenido en el tiempo; una especie de Pompeya de los tiempos modernos.       

Después de sesenta años la situación del transporte público, en vez de mejorar  cada vez es más angustiante. Escaseces de autobuses y de piezas de repuestos; baja disponibilidad de recursos financieros para adquirir su reposición; indisciplinas de la población y lucro con el dinero del pasaje por parte de la tripulación de los equipos. Estos son, apenas,  algunos de los llorosos lamentos, que a manera de anécdotas,  a diario se repiten machaconamente en los medios del país, y para los cuales hasta ahora no aparecen soluciones.

Una parte nada despreciable de la población, principalmente en la capital, se mueve  a diario en medios alternativos de transporte. En la ciudad de la Habana  los autos de alquiler –esos viejos  cacharros americanos  llamados “almendrones” por los cubanos- han venido a palear la crítica situación del transporte. Un trabajador  que se mueva en la mañana  a su trabajo en uno de esos medios, deberá desembolsar la mitad del  salario devengado en el día

Ante una situación tan caótica con el transporte público, pienso que nadie saldría a defender la tesis de que poseer un auto en la  Cuba de hoy  es un lujo.

Es de suponer que por ahí andan los tiros cuando analizamos lo que ha constituido el notición de comienzos de año, sobre el inicio de la venta de autos a particulares. Todas las demás noticias fueron eclipsadas y en todos los corros: laborales, estudiantiles, en las barberías, en los estadios, en las granjas, en la cola del pan  y en el resto del ámbito social cubano no se ha hablado de otra cosa que de la tomadura de pelo con los precios. Hay quienes han llegado a decir que la información del inicio de la venta y sobre todo, de la lista de precios debió ser publicada el día 28 de diciembre, Día de los Santos Inocentes.

Y es que numerosas personas tenían serias expectativas respecto a la posibilidad de poder comprar un auto nuevo o de segunda mano, fuera a través de la carta de autorización; con dineros propios o facilitados por familiares en el extranjero.

Cuba es un país de innumerables contrastes, de regulaciones burocráticas absurdas, de compromisos temporales de conveniencia, de puntos de vista a veces sub realistas y kafkianos difíciles de entender por los cubanos y menos aún por el resto del mundo. Pienso que esta medida se lleva todo el palmarés en ese sentido.

El asunto de la famosa “carta de autorización” para comprar un auto fue concebido por la burocracia, quizás para mantener contentos a los trabajadores que han tenido la suerte de viajar en misiones de trabajo al extranjero. Las cosas deben decirse sin tapujos y en sentido directo. Por muchos colores patrióticos e internacionalistas con los que, a través de los años, se han querido pintar tales misiones, en lo profundo del hipotálamo de cada médico, enfermera, constructor, entrenador, funcionario etc., ha estado alojado el deseo justo e innegable de elevar su nivel de vida y el de su familia con los magros recursos ahorrados a su regreso al país.   

Por lo tanto, no creo sea un hecho para aborrecer, ni merecen ser demonizados aquellos ciudadanos cubanos que decidieron vender a terceros la susodicha carta. Los dineros obtenidos por la venta de la carta, en casi la totalidad de las ocasiones, para no ser absoluto, no han sido utilizados para jugar en algún casino o para comprar acciones en la Bolsa.

Poseer un carro es importante, pero tener un techo lo es mucho más, y muchos, quizás la mayoría de los que han vendido estas cartas lo han hecho para mejorar las condiciones de su vivienda.

Hay mucha tela por donde cortar en este asunto. El sentido común me indica que la medida hubiera sido mucho más comprensiva por parte de la población si se hubiera contemplado vender los autos, en primer lugar, a los ciudadanos con cartas de autorización de compra ya expedidas.

En segundo lugar, la lista de precios publicada es extravagante y sobredimensionada  y no responde a ninguna lógica humana y mucho menos económica, lo cual me lleva a pensar que la  decisión no estuvo acompañada de un análisis profundo. Por otra parte, las condiciones de pago son más que leoninas. El comprador estará obligado a desembolsar de un planazo el monto total de la compra y en Cuba, que yo conozca, ningún banco extiende créditos para tales propósitos. Por lo tanto estarás ante la disyuntiva de: lo tomas o lo dejas.

Soy de la opinión que lo más importante, y a la vez más preocupante es que, a todas luces se refleja un desconocimiento  –ojo con esto- de cómo se ha movido durante años el mercado cautivo de automóviles en Cuba, y de la manera de pensar  de los nuevos ricos.

 Sería interesante conocer a qué segmento de mercado va destinado un auto Peugeot  de más de un cuarto de millón de dólares. Aquellos ciudadanos cubanos que poseen esas cuentas  abultadas, ya hace rato ruedan los mejores y más modernos autos de este país. Me refiero a artistas famosos como Silvio, Pablo, Alicia, Leo, Adalberto, Formell, Kcho y muchos otros, que por haber sido ungidos  con las mieles del Poder  desde hace mucho tiempo,  los han adquirido en condiciones desconocidas para el resto de sus compatriotas.

Si me preguntaran cuáles son las pretensiones de un campesino de Güira de Melena al respecto, me arriesgaría a responder  que ninguno se involucraría en semejante locura. Para él sería más práctico comprar un cacharro americano, hacerlo nuevo encargando partes y agregados en Miami y remotorizándolo a diesel. Es lógico pensar que en un país donde la gasolina tiene un precio fijo hace muchos años, siendo una de las más caras del mundo. A mi amigo el  campesino de Güira, el diesel le saldría prácticamente gratis haciendo uso de las asignaciones, que a muy bajo precio, recibe del Estado para la maquinaria agrícola de la finca.  Mientras tanto seguirá acumulando sus millones debajo del colchón.

No sería desacertado entonces pensar que el slogan comercial “Usted también puede tener un Buick” estuvo alguna vez mucho más cerca de convertirse en realidad para el cubano de a pie de la década de los cincuentas, que el de “Usted también puede tener un Peugeot” para su compatriota del 2014. 

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