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Un “Rural” en el Presidio Modelo

Martín había concluido sus estudios de Derecho en la Universidad de la Habana. Su carrera despuntaba, pues trabajaba en un bufete de abogados dedicados a las contrataciones y consignaciones de mercancías que arribaban al puerto, y de ello se derivaban buenos  ingresos y además ya vislumbraba la posibilidad en perspectiva de establecer su propio bufete, dado el prestigio y la autoridad profesional ganados en las salas de los tribunales defendiendo pleitos.

Su vocación por el Derecho había nacido años atrás, cuando siendo aún estudiante de bachillerato, gustaba de pasar los ratos libres a la salida de clases en el juzgado cercano al instituto.

Le fascinaban los diálogos que sostenían los abogados con los magistrados del jurado en los que hacían uso de una retórica muy especial, llena de tecnicismos para él incomprensibles.

Luego, cuando ingresó en la escuela de Derecho en la Universidad de la Habana, se dedicó a incursionar en los numerosos bufetes existentes en la ciudad en busca de trabajo y tutoría para su carrera. Así, por su seriedad para los estudios y su inteligencia precoz llegó a rozarse con los más renombrados hombres de leyes de la época. De ellos aprendía a diario los secretos de la profesión.

Consumía muchas horas diariamente consultando en los libros de Derecho soluciones a determinados casos en proceso que le encomendaban, y que luego presentaba, debidamente fundamentados, a su tutor. No ganaba mucho por aquello, lo que no le preocupaba. Asumía las investigaciones como un juego y se alegraba grandemente, al igual que un apostador, si su propuesta de solución era aceptada, y más aún un si el caso era ganado.

Así, al concluir los estudios ya tenía un prestigio y una sólida autoridad profesional. Los viejos jueces y abogados lo conocían desde su época de estudiante y veían con admiración sus desempeños profesionales.

En pocos años se había consolidado en el medio y su orgullo personal y altanería se veía justificada por su inteligencia suspicacia y capacidad de trabajo.

Vivía en un apartamento de un edificio de la calle Tejadillo, pero ya tenía en planes, con las holguras económicas de que disponía, mudarse para uno de los edificios que recién se acababan de construir cerca del Paseo del Prado.

Llevaba una vida más bien solitaria, era un individuo extrovertido, dueño de una oratoria cautivadora y poseedor de una sólida cultura.

Su vida aun no tomaba el vuelo que deseaba imprimirle. No se había casado y nunca le faltaba una hermosa pretendiente con quien irse a la cama, luego de una juerga. Era un soltero codiciado en los salones de baile y en tertulias de amigos. Le agradaba la vida mundana de la capital, asistir a fiestas privadas y codearse con la exclusiva aristocracia habanera de la época.

Le gustaba debatir sobre política, y junto a otros jóvenes amigos, se deleitaba sometiendo a discusión los avatares de la política doméstica de la naciente república.

En eso transcurría su vida, alejado de la familia a la que visitaba en ocasiones cada vez más espaciadas.

La última de esas ocasiones en que estuvo una temporada larga en el Guanchero por motivos de negocios -digámoslo así- la cosa no terminó del todo bien.

Desde mucho tiempo atrás, a Martín se le había ocurrido encontrarle algún destino de beneficio a la chatarra herrumbrosa que hacía tantos años permanecía amontonada en el patio.

A pesar de que para Martín “la montaña ferrosa” -como solía llamarla- era parte del paisaje de la finca, que había visto desde que tuvo conciencia del mundo; y que conocía el significado que encerraba para su familia campesina, su sentido práctico de hombre de ciudad prevalecía por encima de los arraigos y sentimentalismos provincianos, y veía en la venta de las toneladas de hierro la manera de hacerse de una pequeña fortuna, tomando en consideración los elevados precios de los metales debido al auge del desarrollo industrial en el primer cuarto del siglo XX y a los requerimientos  de la guerra.

Dio a conocer sus pretensiones un día a la hora de la comida. Nadie de los presentes le respondió, lo que expresaba a todas luces que no tomaban en serio lo dicho.

El amasijo de hierro había sido para el difunto Esteban un recuerdo viviente de su hijo Ñico, aquel que un día se había marchado con el circo, fascinado por las llamaradas que salían a chorros por la boca del “come candela”, y que perdió el camino de regreso a casa. Martín se enfrentaba temerariamente a la voluntad de su difunto abuelo, del tronco fundador de la familia, que siempre quiso que “todo se quede como está para cuando Ñico regrese”.

En los últimos años de su vida y con la cabeza ida, el viejo Esteban solía sentarse largas horas en el portal, con un cabo de tabaco apagado, porque el temblor de sus manos le impedía mantenerlo encendido, a esperar a Ñico, “que ahorita llega arrastrando un yerro viejo por el camino”.

Por el respeto que todos le profesaban al “viejo”, incluso después de muerto, a nadie de la casa se le había ocurrido nunca deshacerse de los hierros.

No obstante, la alarma vino al día siguiente cuando se aparecieron en la finca cuatro carretas tiradas por bueyes y unos cuantos braceros contratados por Martín para trasladar los hierros hasta el paradero del ferrocarril cercano.

Su madre y su abuela se opusieron de cuajo, hubo llantos, lamentos, encomiendas, maldiciones y toda suerte de improperios. Sólo la labia persuasiva de Martín, moldeada en las salas de los tribunales, después de tres días de batallar, llevó a las mujeres al convencimiento de que esta era una decisión correcta.

El desmantelamiento de la montaña ferrosa duró una semana, y la simple operación de traslado de la chatarra se convirtió en el desentierro de un baúl de recuerdos para la familia, principalmente para la abuela Rosa, que cada vez que desmontaban una pieza, colocada armónicamente por Ñico medio siglo atrás, haciendo gala de una impecable memoria que el paso de los años no lograba desteñir, y soltando una que otra lágrima, hacía el recuento pormenorizado del día y las condiciones en que la susodicha pieza había llegado al patio.

En días en que lo colmaba la soledad, meditaba sobre su niñez en la finca, y no dejaba de reconocer internamente que entonces era feliz. Recordaba que su mayor placer de niño, como lo era en la actualidad era leer.

Tirado de bruces sobre los  valiosos libros que llenaban el viejo  librero de caoba de su bisabuelo, a quien no había conocido, entró en contacto, apenas sin entender lo que leía, con filósofos, políticos, artistas, científicos y hombres de guerra de la antigüedad. Le fascinaba la Antigua Grecia y la Roma de los Césares, así como las conquistas de Alejandro y las hazañas de Aníbal. Con el paso del tiempo fue perfilando sus gustos estéticos y exquisiteces literarias, sin dejar de reconocer  que el embrión de su base primaria de conocimientos y de su afición por la lectura, había nacido en el fresco portalón de una casona perdida en los vegueríos de Vuelta Abajo.

Ahora, como antes, era un hombre ambicioso con un promisorio porvenir, dispuesto a enfrentarse a cualquier  contingencia con tal de triunfar.

Fue precisamente en el apartamento de Tejadillo, donde el cartero le trajo el telegrama una tarde de domingo.

Tocó varias veces a la puerta y  después anunció a gritos  su encomienda.

Extrañado por lo inusual del envío, se apresuró a recogerlo y con habilidad abrió el sobre amarillo. La rápida lectura de su contenido lo dejó pasmado: “Hijo, tu hermano Sebastián murió en el Reclusorio de Isla de Pinos. Espera carta. Tu mamá”

Una segunda lectura, más despacio, no lo ayudó a salir de su incertidumbre. Fue a la cocina y bebió apresuradamente un vaso de agua. Un poco más calmado empezó a hacer conjeturas. Sabía de los planes de Sebastián de pasar a trabajar en el Reclusorio Nacional de Isla de Pinos, pero no tenía certeza de que estos planes se hubieran concretado.

A partir de aquel momento pasó varios días confundido y ansioso esperando la anunciada carta. Sebastián había sido la única persona de su familia por la que había sentido algún afecto.

Al final de la semana llegó la carta donde su madre, con su letra clara y menuda le narraba de manera coherente cómo habían sucedido los hechos.

Eran conocidos los éxitos que había logrado Sebastián en su carrera militar. A base de desmanes y atropellos había acumulado los méritos suficientes para ser ascendido a teniente del Cuerpo de la Guardia Rural. Se había casado con una mujer obesa y dominante a la que Sebastián adoraba. De esa unión tenían dos hijos que no sobrepasaban los siete años.

Sebastián se entregaba en cuerpo y alma al oficio y el poco tiempo que le quedaba libre lo compartía con su esposa e hijos.

Rara vez visitaba la cercana finca de sus padres y abuelos y era Rosario, su madre, la que frecuentaba su casa, algún domingo, para mantener el vínculo familiar.

Bien sabía Sebastián que su oficio de militar nunca había sido visto con buenos ojos por su padre y abuelo, y para evitar cualquier roce, optó por mantenerse a distancia.

Fue mediante la evaluación se su hoja de servicios, que lo seleccionaron para pasar a formar parte de la oficialidad de la guarnición del Reclusorio Nacional en la Isla de Pinos.

Era el presidio modelo un acontecimiento en la vida de la sociedad cubana en la segunda década del siglo XX. Se había construido a un alto costo y su disposición y el diseño de sus edificaciones la convertían en una prisión de alta seguridad, de donde era prácticamente imposible evadirse.

Muy lejos estaba Sebastián de suponer que el aceptar la designación en aquel puesto, donde vislumbraba un casi seguro ascenso al grado de capitán, había sido la peor decisión de su vida.

De una manera muy diferente pensaba el corpulento militar cuando una fría mañana de enero, zarpó del puerto de La Coloma, el vapor que lo conduciría a la Isla de Pinos, 46 millas al sur de Pinar del Río. Su cabeza iba colmada de ambiciones. Durante el trayecto de más de seis horas hacía conjeturas sobre su destino. Pensaba en lo orgullosa que se sentiría su mujer de tener un esposo exitoso en la misión encomendada.

Apoyado en la barandilla del barco, deslizaba la mirada sobre las aguas azul turquesa del Caribe desde donde, a ratos, emergía alguna que otra tortuga; o seguía el revoloteo de las gaviotas que se zambullían en picada en los espumarajos dejados por la estela del barco en busca de alguna sardina.

Pensaba que en lo adelante tendría que acostumbrarse a este viaje, una vez al mes, hasta tanto no decidiera mudarse definitivamente para la Isla. Pero esas decisiones vendrían con el tiempo y no había por qué apresurarse.

Después del mediodía comenzaron a delinearse en el horizonte unas montañas con leves ondulaciones de color azulado, las cuales se fueron perfilando mejor en la medida en que el barco se aproximaba a la costa. Aparecieron unos cayuelos de mangle verdoso en cuyo follaje descansaban bandadas de aves marinas.

El barco enfiló por un canal hasta llegar a la desembocadura del río Las Casas, en cuya margen derecha había un atracadero. En los adentro del  río se divisaban decenas de pequeñas embarcaciones de pesca y algún que otro barco de mayor porte que realizaban la travesía, transportando pasajeros y cargas, entre Nueva Gerona y Batabanó en el sur de Cuba.

Desde la cubierta, Sebastián divisó un auto militar a cuyo lado dos soldados observaban curiosos hacia el barco, como queriendo descubrir entre los numerosos pasajeros, la persona esperada. Supuso que esa persona era él. No se había equivocado Sebastián. Una vez en tierra, fueron los propios soldados quienes lo abordaron, y luego de intercambiar algunas palabras, lo invitaron a subir al auto.

El trayecto hasta el reclusorio no fue muy largo, no obstante Sebastián tuvo la posibilidad de atravesar las calles bulliciosas de Nueva Gerona, pequeño pueblo marino con calles largas y anchas y casas coloniales con arcadas y robustas columnas de pobre valor  arquitectónico. Sebastián pensó que de no estar presente el perenne olor a marismas y a sal, Gerona bien  podría pasar por un pueblo de tierra adentro.

La Isla de Pinos había sido por siglos refugio seguro de corsarios y piratas y el propio gobierno colonial nunca le había prestado la atención que merecía. De su pasado colonial surgieron historias de famosos piratas que enterraban fabulosos tesoros en cavernas o en lo intrincado de los mangles y encinos, y que yacían esperando por osados aventureros para su rescate.

No eran pocos los pineros que decían haber escuchado de sus abuelos historias de estos enterramientos y no eran pocos tampoco los que habían perdido tiempo y fortuna explorando detenidamente las costas en busca de estas supuestas riquezas. En tiempos más cercanos la isla también había servido de santuario a maleantes y asesinos que huían de la justicia en la isla de Cuba. Por lo tanto construir un inmenso reclusorio para encerrar en él a militares indisciplinados primero, y luego a toda laya de asesinos y criminales, además de revoltosos revolucionarios que ponían en peligro la tranquilidad del gobierno, no asombraba a nadie, ya que la Isla de Pinos por siglos había cargado con ese enigmático halo de misterio.

Luego de salir del pueblo, el auto se desplazó por un polvoriento camino flanqueado a ambos lados por los cerros que Sebastián, horas antes, había divisado desde el barco.

Al cabo de un rato apareció ante su vista un conjunto de majestuosas edificaciones circulares pintadas de blanco, simétricamente situadas en medio de una llanura de escasa vegetación. Eran las famosas circulares con ventanales rectangulares, donde  convivían cientos de hombres en la promiscuidad más degradante.

Se sorprendió que el Presidio Modelo no estuviera resguardado de un muro perimetral o cerca alambrada, con garitas de vigilancia cada cierto tramo, como correspondía a un centro correccional de máxima seguridad. Los meses posteriores de convivencia en el penal lo convencerían de que una tapia no era imprescindible en aquel lugar si se disponía de mecanismos más eficientes de vigilancia. El auto enfiló por una carreterita interior, que mostraba a ambos lados hermosos y cuidados jardines. Todo en derredor denotaba limpieza, orden y organización.

Finalmente el vehículo se detuvo frente a un edificio rectangular de dos niveles que constituía el corazón del reclusorio. Allí se encontraban las oficinas administrativas y las áreas de esparcimiento de la oficialidad.

Sebastián siguió al guardia que lo acompañaba, que subió a trancos una escalinata de mármol hasta el portal y luego lo introdujo por una ancha puerta que comunicaba con un amplio y lustroso  pasillo de mármol blanco. Finalmente se detuvieron frente a una inmensa puerta de caoba barnizada en cuyo centro aparecía una placa de metal con la siguiente inscripción: “Comandante Castell Director General.”

Sebastián sintió que su corazón le daba un vuelco en el pecho. Había escuchado, desde su cuartel en Pinar del Río, tantas anécdotas sobre el Comandante Castell,  en las cuales se entretejían verdades y fantasías sobre su personalidad, que al llegar el momento del encuentro sentía el nerviosismo propio de los niños que son llevados ante el director de la escuela.

El militar golpeó fuertemente  dos veces  sobre la puerta y de  inmediato  hizo girar el picaporte  y abrió la puerta.

En el centro de la oficina se encontraba de pie un oficial con las manos cruzadas en la espalda.

Sebastián sintió un leve temblor en sus piernas y la frente se le perló de sudor.

En su vida militar no había tenido la oportunidad de intercambiar saludos con un oficial de tan alta jerarquía. Automáticamente se llevó su mano derecha a la frente y chocó los talones de sus botas. El jefe militar hizo un ademán con su mano respondiendo con desgano el saludo.

Era un hombre de más de cuarenta años, llevaba el pelo engomado y  peinado hacia atrás, y vestía un impecable uniforme de kaki a la medida. De una rápida mirada al interior de la oficina Sebastián se percató de que el oficial que tenía delante vivía para el orden y la organización.

Los muebles de la oficina, al igual que los adornos, mostraban una limpieza esmerada. Encima de un pedestal de caoba barnizada aparecía un busto cubierto por un paño blanco. Posteriormente conoció que era el homenaje desmedido del Comandante Castell al General Machado, pero que quizás un  pudor interior lo obligaba a mantenerlo velado.

Por unos segundos se mantuvo en atención, como correspondía a un oficial delante de un superior. El Comandante se acercó hacia él y le extendió la mano que Sebastián apretó cálidamente. Evidentemente el Comandante entendía la situación por la que atravesaba Sebastián y trataba de hacerle más fácil el encuentro.

Sebastián no era ajeno al poder del Comandante, uno de los íntimos del Presidente de la República y por tanto designado por éste para el cargo. El Comandante Castell, además de ser el dueño de las cientos de almas que purgaban sus crímenes en el presidio, era el jefe militar de la Isla de Pinos, y por lo tanto el amo y señor de la ínsula.

El Comandante lo invitó a sentarse y le brindó tabacos y café. Luego conversaron relajadamente del presidio, de la vida en cautiverio y sobre todo, de las tareas que debía  desempeñar, y para cuyo cumplimiento necesitaría, obviamente, un entrenamiento previo.

-Lo primero que usted deberá conocer son los reglamentos del presidio -apuntó el Comandante.

-Para nosotros hacer cumplir los reglamentos es lo más importante y el personal  del presidio, tanto oficiales como soldados, los tienen en cuenta y se guían por ellos en  cada acción de su vida aquí, desde la diana hasta el toque de silencio; y los reclusos los conocen tan bien como cualquiera de nosotros.

-Usted debe comprender que una institución penal responsable del orden y disciplina de cientos de hombres, entre los que se encuentran asesinos, hampones y gente de toda laya, tiene que ser muy rigurosa y estricta en la aplicación de los reglamentos, sobre todo los de disciplina.

-He estudiado su expediente y sé que es un oficial de experiencia, usted es recomendado por un gran amigo mío, -se refería al jefe del Regimiento de la Guardia Rural de Pinar del Río, al cual Sebastián había servido devotamente durante muchos años- y eso me llena de tranquilidad sobre sus potencialidades para cumplir eficientemente su trabajo –añadió el director.

Sebastián se emocionó internamente al escuchar lo que él consideraba un halago.

-Aquí aplicamos siempre mano dura y no nos pesa, porque esa es nuestra misión: reeducar a esos hombres que conviven en las circulares, que han cometido crímenes de todo tipo y que son un peligro para la sociedad. Nuestra misión consiste en hacer lo posible por eliminar ese peligro y devolverlos como hombres sanos y con deseos de reorientar su porvenir. Esto, algunas veces se logra, otras no -enfatizó.

Sebastián no cabía en el uniforme. De nuevo su pensamiento voló junto a su esposa y la encontró complacida y orgullosa de su marido, de verlo conversando directamente con uno de los militares más importantes de la República.

-Usted será uno de los oficiales de guardia, -le dijo el Comandante- y buscó en el rostro de Sebastián la reacción esperada. Eso significa que cuando esté de servicio será el jefe del reclusorio durante veinticuatro horas, y responderá de todos los hechos que ocurran durante su mandato, así como también será el encargado de tomar las decisiones apropiadas para solucionar cualquier problema que surja. Desde luego, yo siempre estaré aquí y siempre diré la última palabra.

El Comandante se puso de pie y Sebastián lo imitó. Con paso firme y un puntero en sus manos  se dirigió a una mesa tapizada en fieltro verde, sobre la cual se elevaba la réplica a escala del Reclusorio Nacional, tal como rezaba en una pequeña placa de bronce en uno de los bordes de la maqueta.

-Aquí tiene usted una instalación moderna y de máxima seguridad. Esta es una obra perfecta –dijo el director-, señalando indefinidamente con el puntero hacia las edificaciones.

Sebastián se percató del orgullo y la emoción que ponía en sus palabras al hablar de una construcción que él había modificado y adaptado a su imagen y semejanza, y que era muy distinta a lo que aparecía en los diseños y planos originales de la construcción.

-Ahora verá en la práctica lo que le he mostrado en cartón, y lo prevengo amigo, pues lo que verá, no tiene nada que ver con esta maqueta de oficina, -concluyó sonriendo cínicamente.

Luego llamó a un oficial que se presentó de inmediato a quien ordenó conducir a Sebastián a su apartamento y posteriormente llevarlo de recorrido por el presidio.

Sebastián repitió el saludo militar, dio media vuelta y abandonó la oficina en compañía del oficial guía. Se sentía eufórico, sus pulmones se agitaban con un ritmo muy particular. La entrevista con el director del presidio lo había llenado de optimismo.

Su orgullo personal y su ambición castrense se veían reafirmados después de aquel encuentro. Al despedirse del director, la gruesa figura de su mujer se apoderó de su mente, y sintió imperiosa necesidad de contarle lo que le estaba sucediendo. Luego recapacitó y pensó que en lo adelante la vida no le sería tan fácil como hasta ahora; que su futuro se perfilaba completamente distinto a lo que podía proporcionarle el ambiente rural de Pinar del Río, no obstante tendría que caminar con pies firmes si quería triunfar.

Después del alojamiento en una habitación limpia y sobria, siguió al oficial en el recorrido por los patios y demás instalaciones del presidio. Visitó las granjas donde se cebaban los mejores cerdos de Cuba –según el criterio del Comandante-; vio la “casa de maternidad”, nombre que le había puesto el Comandante a una pocilga donde se encontraban inmensas puercas bajo la atención esmerada de una pareja de ancianos reclusos que mantenían el lugar con una limpieza inmerecida. Luego le tocó el turno a  las naves de pollos americanos criados con esmero. Por último visitaron los establos donde plácidamente pastaban hermosos ejemplares vacunos de las mejores rasas.

Todo lo visto y apreciado estaba tocado por la mística que le impregnaba el Comandante.

Era evidente que el jefe de aquel lugar era un hombre hecho para mandar y para ser obedecido. Allí existía un orden y una disciplina que era imposible de soslayar. En las conversaciones que Sebastián sostenía en cada lugar con clases, oficiales y reclusos siempre estaba presente, como un fantasma, el espíritu benefactor del Comandante.

Caía la tarde y Sebastián observó, no sin cierto recogimiento, las cuadrillas fantasmagóricas de reclusos, que extenuados, con rostros famélicos, en silencio y con la mirada fija en el suelo, se aproximaban por distintas vías al presidio, vigilados de cerca por hombres armados de fusil.

En pocos días llegó a conocer, por el color de la suciedad impregnada en su ropa, el trabajo que realizaban los desgraciados. Los que traían la ropa y el rostro manchados de blanco por la mezcla del copioso sudor con el polvillo de mármol, trabajaban en las canteras a cielo abierto. Era un trabajo agotador y  humillante a donde enviaban, como castigo, a los más insolentes e inadaptados que pusieran en peligro la estabilidad y armonía de la convivencia carcelaria.

La labor consistía en cortar, mediante el uso de explosivos, barrenas y mandarrias, grandes bloques de mármol blanco de la mejor calidad, que salían de la Isla con rumbo desconocido.

Eran esclavos de los tiempos modernos que permanecían por más de catorce horas, soportando el ardiente sol o la lluvia imprevista de la isla, sin tregua para el descanso, y bajo la estrecha vigilancia de los capataces. Allí los accidentes eran frecuentes y en muchos casos fatales, debido en lo fundamental, a la explosión a destiempo de un cartucho de dinamita, que despedazaba algún cuerpo; o por la rajadura inesperada de un bloque de mármol  de varias toneladas que aplastaba a un infeliz como a una cucaracha.

El desgaste físico y moral era extraordinario. Hombres corpulentos y altaneros, en cuestión de días se despojaban de sus excesos de grasa y enterraban su orgullo en el infierno blanco de las canteras.

Los que venían con la ropa rojiza de barro trabajaban en “La Fuente Luminosa”, apelativo irónico con el que los reclusos habían bautizado un profundo hoyo de cien metros de diámetro y casi veinte de profundidad, desde donde extraían el barro para fabricar ladrillos, tejas de techo y otros utensilios. El acarreo se realizaba en cántaras  sobre la cabeza, subiendo por una escalera de madera, de uno en fondo, haciendo malabares de equilibrio para no acabar desnucado en el fondo del hueco.

Aquellos de la ropa húmeda y sucia de fango oscuro, trabajaban en  “El Cocodrilo”, o lo que es igual: las marismas de la costa, donde se dedicaban a talar árboles de maderas preciosas para fabricar muebles o mangle para fabricar carbón, metidos hasta la cintura en aguas fangosas y putrefactas plagadas de todo tipo de insectos y alimañas que saciaban su sed de sangre en sus magros cuerpos indefensos.

Sebastián notó que todo para él era nuevo o estaba por descubrir. Para lograr ponerse a tono con las exigencias requeridas por el cargo precisaba conocer cómo funcionaban en el presidio los mecanismos del poder, y sin perder un segundo, mientras caminaba por los patios acompañado del oficial comenzó, de la manera más simple a recopilar la información que requería. Todo le interesaba: nombres de los oficiales subalternos y funciones que desempeñaban; estructuras de mando dentro del presidio; disposición de los reclusos dentro de las galeras; intentos de fuga del presidio y cuáles habían sido exitosos.

Concluido el paseo por los exteriores, llegó el momento de penetrar en una de las circulares. La entrada se efectuaba a través de un túnel  de unos doce metros de largo, que comunicaba el exterior con una torre situada en forma de cilindro en el centro del edificio y en cuya parte superior descansaba una plataforma a la cual se accedía por una escalera de caracol.

Sebastián siguió al oficial guía en el ascenso por la angosta escalera hasta la plataforma  en forma de balcón, desde donde se tenía una vista panorámica del recinto. Por el balcón se paseaba permanentemente un vigía armado de fusil escrutando lo que acontecía en cada celda.

Al llegar a la parte superior de la garita Sebastián jadeaba por el esfuerzo y de pronto notó  que se le hacía difícil respirar la mezcla de vahos humanos que ascendía hacia el techo. Eran olores húmedos, pegajosos que se mantenían  incluso después de abandonar el lugar. Por un momento sintió un leve mareo y se aferró a la baranda del balcón.

-Eso le sucede a todo el que sube por primera vez a este lugar -dijo consolador el oficial-, mientras Sebastián observaba un leve cinismo en la sonrisa dibujada en el rostro del vigía. –Ya se acostumbrará, -le dijo este último.

Sebastián era hombre habituado a la violencia y a enfrentarse a situaciones extremas en su profesión. Sin embargo, lo que observaba a su alrededor lo dejaba profundamente impresionado.

Era insoportable además escuchar el murmullo permanente producido por cientos de voces que exteriorizaban llantos, lamentos, maldiciones.

Aferrado a la baranda de metal del balcón,  paseaba la mirada por el interior de cada una de las celdas,  escrutando la rutina carcelaria de los reclusos. Eran cerca de las siete de la noche y después de haber rendido faenas agotadoras en las distintas estancias de trabajo, ahora se preparaban para comer el rancho cuando fueran llamados.

Muchos tendrían que continuar trabajando hasta concluir cerca de las doce para luego levantarse a las cinco.

Tal como le habían explicado, desde la torre se divisaba todo. Nada podían hacer los presos a espaldas del vigía. Se trataba de celdas de dos metros de ancho por dos metros y medio de profundidad, con un techo achatado que no alcanzaba los dos metros. En un espacio tan restringido se alojaban por lo general cuatro reclusos en dos literas de metal dobles, afianzadas fuertemente a las paredes. Al fondo, junto a la pared, había una letrina fundida en el piso, que a su vez servía de ducha, y en lo alto, una ventana rectangular resguardada por gruesos barrotes.

En cada circular mal vivían promiscuamente alrededor de cuatrocientos hombres y la población menguaba más por las muertes que se producían en el penal, que por la expiración de las condenas. No obstante,  siempre había disponible “carne fresca” proveniente de Cuba que llenaba poco a poco los espacios desiertos.

El último nivel estaba reservado para las celdas de castigo. Estas eran aún más pequeñas y se mantenían tapiadas por planchas de acero, impidiéndoles a los reclusos el acceso a la luz. Era una verdadera tortura permanente estar confinado en el “asador”-que así le llamaban a esas celdas- por encontrarse próximas al techo de zinc.

-Esta es una obra perfecta- escuchó que alguien decía tras sus espaldas. Al voltearse se encontró con los ojos inteligentes del vigía que lo seguían en su paseo circular.

-Como usted puede apreciar, desde aquí arriba se controla todo lo que sucede en la galera con un buen nivel de eficiencia… -recalcó.

-Yo tengo este Springfield  engrasado y cuando hay cualquier jaleo en una celda, lo resuelvo a tiro limpio. –Ya he mandao a alguno pal otro mundo. -¿Será verdaderamente así?-, se preguntó Sebastián.

Se sentía agobiado por tantas nuevas experiencias recibidas en un solo día al que aún le faltaban algunas horas por concluir. Necesitaba tiempo para acomodar las ideas y emociones en su cabeza y le pidió a su acompañante que lo sacara del lugar.

Ya a solas con sus pensamientos llegó a la conclusión que lo vivido en el primer día superaba con mucho todo lo imaginado. Se convenció de que se encontraba en una encrucijada y que debía decidir: asumir a fondo todas las responsabilidades que se le venían encima con la carga de riesgos previsibles en un lugar tan sórdido e inimaginable, o renunciar a un seguro ascenso y regresar a Pinar del Río a continuar su  rutina provinciana, escuchando las diatribas y resquemores de su mujer y terminar su vida militar dentro de pocos años con el único mérito reconocido de haberle propinado algunos planazos a algún guajiro soquete.

Confiaba en que en lo ulterior encontraría los mecanismos para insertarse en la mecánica del trabajo del presidio y en sacarle ganancias cuanto antes a su promoción.

Tirado en su camastro fumaba el último tabaco del día y pensaba en su mujer y sus hijos. Así se quedó dormido mucho antes de que se diera la voz de silencio.

Al siguiente día, ya más repuesto y con mejor ánimo se vistió con rapidez y cuando estaba listo para salir se escuchó repetir: “Alea ecta est”, frase que frecuentemente repetía su hermano Martín, siendo aún un niño, en momentos de toma de decisiones importantes.

“Los isleños de “El Guanchero” no somos poca cosa, carajo…!” -dijo en voz alta y salió a enfrentarse a su destino.

Los días subsiguientes los dedicó a conocer la tropa bajo su mando y a interesarse por reglamentos y disposiciones. Al cabo de un mes, Sebastián se sentía más seguro y ya empezaba a imponer su estilo de trabajo, que consistía en “tocarlo” todo y en revisar hasta el más mínimo detalle, el cual no se contraponía al del Comandante. Por supuesto, esto le tomaba mucho tiempo pero no lo tenía a mal. Sabía que el Comandante observaba su desenvolvimiento y quería ser merecedor de la mejor opinión, que en un final podría revertirse en el tan anhelado ascenso.

Se levantaba bien temprano en la madrugada, mucho antes de la diana, y revisaba personalmente todas las instalaciones. El reporte que se rendía en cada área de trabajo, que hasta la llegada de Sebastián era rutinario y a veces burocrático, cambió totalmente y empezó a ser exigido por éste con una exquisitez que sorprendió al propio Comandante Castell.

Los guardias responsables de los puntos vitales del presidio empezaron a sentirse incómodos por el nivel de detalles que reclamaba Sebastián del hecho más intrascendente. Ya  a alguno lo había enviado de castigo, por lo que los otros apreciaron que la cosa iba en serio y no querían tener que verse envueltos en dificultades con aquel mastodonte.

Su descomunal figura se movía con gran agilidad por todo el  presidio, atravesando el comedor, metido en la cocina levantando las tapas de las ollas para verificar la consistencia del rancho; o en la enfermería interesándose por la salud de los reclusos ingresados para conocer cuándo podrían incorporarse al trabajo.

Su voz atiplada era dueña de la madrugada, ordenando o recriminando por incumplimientos ordenados con anterioridad.

Precisamente su voz, su maldita y diminuta voz, cuya fortaleza discordaba con la monumentalidad de su cuerpo; que se avenía más a las ondulaciones e inconsistencias  propias de una quinceañera que a la autoridad que precisaba imponer a cada momento un militar en un escenario tan singular como una cárcel. Su vocecilla que se quedó enquistada en los años de  pre adolescencia; de la que todos se burlaban; que llevaba a cuestas como un fardo molesto y que lo había obligado a liarse a puñetazos en más de una ocasión, en esta oportunidad le jugó una mala pasada que terminó en un desenlace fatal.

Sucedió en la rutina mañanera dentro de una de las galeras, cuando el oficial de guardia junto a otros subalternos informan a los reclusos de hechos de indisciplinas cometidos y de medidas tomadas, y cuando se les lee los reglamentos y nuevas disposiciones aprobadas.

La voz de Sebastián se alzaba sobre el silencio del recinto, y al forzarla, se hacía aún más chillona. Uno de los reclusos osadamente le gritó: “¡Cállate Verónica!”. Aquel grito osado, rampante e inesperado, salido de una garganta clandestina chocó contra las paredes amuralladas y rebotó en toda su magnitud desibélica, como en torbellino sonoro, en los oídos de los cientos de hombres, que sumisos y humillados, escuchaban la cantaleta. No hizo falta más. Una carcajada atronadora salida de una garganta gigante puso fin a la ceremonia.

Los guardias que acompañaban a Sebastián tuvieron que hacer grandes esfuerzos para no unirse al coro multitudinario de la risa. Sebastián por un momento pensó que perdería la conciencia, se sintió mareado. La ira cegaba sus sentidos y hacía acopios de  ecuanimidad para no perder el control de la situación. Finalmente, humillado como nunca antes en su vida lo había estado, decidió abandonar el lugar acompañado de las carcajadas que no cesaron en largo rato.

Se dirigió a su apartamento y más calmado, meditó profundamente sobre la trascendencia de aquella acción y la necesaria respuesta que se vería obligado a dar para no perder el control de la situación. Había apostado por aquel puesto y no era hombre que se amilanara ante la menor adversidad. Más repuesto llamó a los subalternos y les espetó: -un culpable, quiero un culpable, no me importa quién sea,  pero ese “hijeputa” va a saber quién  es Sebastián “el isleño”.

En la madrugada del siguiente día sucedió lo que ya los reclusos estaban habituados a soportar. Una hora antes de la diana se escucharon pasos fuertes en las escaleras de las galeras producidos por varios guardias que subían hasta el cuarto nivel. Allí recorrieron las celdas hasta detenerse frente a la que habitaba el “filósofo”. Un sujeto que purgaba una condena de quince años por un crimen pasional. Había tasajeado a su mujer por celos e intrigas. En el presidio había perdido la razón y desarrollado una misoginia exagerada, incluyendo a la Virgen María. Consideraba a todas las mujeres infieles por naturaleza.

“El filósofo” o “el  044”,  pues nadie sabía su nombre, era un personaje con cierto carisma, al que los reclusos provocaban constantemente para escuchar sus diatribas contra las  mujeres, las cuales exponía con voz engolada y rebuscando las palabras, de una manera elegante y  a veces literaria pero sin restarle un mínimo de veneno a su discurso. Era tolerado por todos y querido por muchos, pues constituía en sí mismo una parte insoslayable del folclore carcelario. Nadie lo consideraba capaz de cometer la osadía de faltar el respeto a un oficial jefe de turno del plantel.

Se escuchó el chirrido de los cerrojos en el silencio de la madrugada, seguido de un forcejeo y de golpes propinados con los toletes, luego quejidos, lamentos, súplicas y el  grito aterrador del que es lanzado al vacío. Finalmente el sonido sordo de los huesos al quebrarse contra el suelo.

Todos los reclusos, arrancados de sus sueños antes de hora, introducían sus rostros entre los barrotes tratando de conocer quién había sido el desgraciado que había pagado la jarana del día anterior.

Entre el murmullo generalizado se escuchó una voz aguda y chillona como un clarinete: “Ya ese hijo de puta no le falta el respeto a nadie más”

La calma volvió a la prisión y Sebastián estaba lejos de imaginar que aquel asunto no había sido zanjado, si no por el contrario, que se tramaba su propia muerte.

Esta le llegó en una madrugada que siguiendo la rutina a la que hacía meses se había acostumbrado, llegó al comedor a desayunar. Tenía la costumbre de tomarse un cacharro de leche bien cargado de café y un buen pedazo de pan que era horneado en presidio. Terminaba su desayuno bebiendo un jarro de café bien fuerte y encendiendo  el primer tabaco del día: delicias enrolladas que su madre no olvidaba de enviarle  desde las vegas de “El Guanchero”.

Después de dar la primera bocanada al tabaco sintió un leve mareo y se agarró del marco de la puerta para no perder el equilibrio. Respiró profundamente y pensó dirigirse hacia la planta eléctrica para recibir el reporte de la noche, no obstante sintió que la vista se le nublaba y que su estómago trataba de devolver lo que había acabado de ingerir. No pudo evitar que un torrente de líquido parduzco le saliera por la boca y la nariz.

Al inclinarse hacia delante para expulsar el vómito perdió el equilibrio y fue a dar con su gigantesco cuerpo en el pavimento. Sintió que todo giraba a su alrededor y que él era parte de aquel torbellino.

Un fuerte dolor se apoderaba de su pecho y una fuerza sobrenatural le oprimía el tórax. Trató de gritar pero notó que se ahogaba y que el aire no llegaba a sus pulmones. Pensó, no sin razón, que era el fin y su pensamiento voló desesperadamente, en tropel hacia su mujer, se sintió niño y clamó por ayuda, pensó en sus hijos, en sus padres y en sus abuelos.

Se vio corriendo entre las vegas de tabaco, seguido de cerca por sus hermanos. Luego se vio lanzándose desde las piedras a la alberca natural del arroyo. Miró el portal de la casona y encontró a su abuelo acostado en su hamaca fumando el tabaco de después del almuerzo, antes de caer rendido por el sueño bochornoso del mediodía.  Todo en su cabeza se movía en tropel, sintió que los músculos del cuerpo se relajaban, el dolor del pecho cedía y daba paso a un cansancio generalizado. Abrió los ojos y vio las estrellas que aún  eran dueñas de la noche. Sus ojos quedaron abiertos, fijos en la vaguedad del firmamento.

-“Perdóname Dios”, -intentó decir- pero solo se escuchó un bramido sordo y apagado.

El médico dictaminó ataque al corazón y el dictamen fue certificado por el juez. Tal fue la información que se le brindó al Comandante, y  éste, en una dolida esquela,  la hizo llegar  a los familiares de Sebastián

Para el resto de la comunidad carcelaria no era otra cosa que un envenenamiento más, ordenado no se sabe por quién, quizás porque Sebastián “el isleño” había tomado muy en serio el cargo y al hacerlo,  había  dañado algún interés secreto con la muerte del “filósofo”, o porque se había extralimitado en sus facultades sin consultar con el sumo poder del Presidio.

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