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Un canario en apuros

Julián montó a lomos del burro que le servía de transporte y compañía en sus largos viajes de cinco leguas hasta Las Palmas. Aquella fría mañana estaba lejos de imaginar que sería la última vez que vería sus viñedos, sus sembrados de plátano y su huerta de tomates casi a punto de teñir de rojo las negruzcas y arenosas tierras fértiles de su padre.

Era la tercera vez en un mes que hacía el tortuoso recorrido desde las montañas hasta Las Palmas apremiado por cobrar las cosechas vendidas el año anterior.

No le agradaba la encomienda de presentarse una y otra vez infructuosamente ante un truhán que estaba convencido, quería quedarse con su dinero.

Había tomado para sí esa tarea ante la enfermedad de su padre, aquejado de una artrosis severa que casi lo tenía postrado, y por lo tanto impedido de hacer tan largo e incómodo viaje.

-Esta vez no será igual, ese bribón va a tener que devolverme mi dinero –se decía para sí- mientras el burro, conocedor del camino, bajaba por su cuenta y riesgo y con desgano por un sendero empedrado rodeado de escasa vegetación.

Recordaba su última visita al árabe. Tan desafiante lo notó, que por un momento pensó en utilizar la violencia contra el comerciante.

Se sentía muy incómodo por la manera cómo el árabe lo miraba, con unos ojos vidriosos y escrutadores que dejaban traslucir deseos lascivos hacia su persona. Hoy se cumplía el plazo dado por el árabe para saldar la cuenta.

Julián era un joven de poco roce con gente de pueblo. Ante personas de facilidad de palabras se sentía cohibido y se le dificultaba la expresión. Su vida había transcurrido en su aldea y en raras ocasiones salía de su mundo y si lo hizo alguna vez, fue siendo aún un niño, cuando viajaba a la isla de Tenerife en compañía de su tío que allí vivía y que lo llevaba por temporadas.

Una persona con esas características no era difícil de envolver por Diab, el marroquí, el cual había desarrollado la habilidad propia de los comerciantes  y no tenía reparos para enfrentarse a cualquier evento.

Mientras bajaba las pronunciadas pendientes, las ideas bullían en su cerebro.

Su mente volaba a cada momento y lo obligaba imaginar diferentes escenarios de cómo se sucederían los hechos.

-Ese moro va a aprender a respetar a los canarios. –No me intimida lo que se comenta de los muertos que aparecen a cada rato en la cantera. –pensaba para sí. Yo no le temo, y estoy dispuesto a cualquier cosa con tal de recuperar el dinero.

-Por otra parte, de no hacerlo, ¿qué sería de nosotros? –Ya no soy un niño y mi familia y amigos esperan de mí algo más que quedarme de brazos cruzados.

-Ojalá que no me obligue a usar la violencia y me de mi dinero pacíficamente, -se decía-

Luego reflexionaba y veía el asunto de manera más real.

-Ese demonio se ha burlado de mí y no le voy a permitir que lo continúe haciendo. En ese momento le vinieron a la mente las palabras del árabe en su última visita cuando le exigió el pago de la cosecha:

-“Julián, el dinero no tiene dueño: hoy está aquí y mañana está allá…, muy lejos, no es de preocuparse, algún día pasará por tu lado y zas…, entonces tú lo atrapas.”

Recordaba la humillación que había sufrido al ver a aquel sujeto con los ojos enrojecidos por la risa.

-Pienso que a veces Dios  pone ante los hombres ciertos obstáculos que es obligatorio vencer, y este es uno de ellos.

–Si es así, entonces justificará cualquier acción que yo haga por defender mi honor y el de mi padre. -Se dijo- y luego miró al cielo como buscando la confirmación de lo dicho.

Diab era un marroquí que había llegado hacía muchos años a las playas de Las Palmas en una de las tantas expediciones, que desde siglos atrás, osan enfrentarse a las peligrosas corrientes del Atlántico con el propósito de escapar a las persecuciones tribales, a los edictos reales o simplemente a las amenazas de cobradores de deudas.

En su caso era probable que hubiera de las tres. Era un hombre regordete, de mediana edad que dejaba escapar cierto amaneramiento en sus ademanes, y  poseía una habilidad envidiable para los negocios.

Era dueño de un estanco donde recibía mercancías de todas partes de la isla que traían campesinos pobres apremiados por las deudas, y que él ladinamente, sabía aprovechar en su beneficio poniéndoles precios risorios a productos que luego vendía al doble o triple del precio de compra.

Los campesinos, por lo general, le traían las cosechas: pacas de lana, quesos, plátanos, toneles de vino etc. desde las aldeas y él las enviaba diligentemente a la Consignataria del puerto para abastecer los barcos que hacían escala en la isla.

También era conocido el comercio de contrabando de marfil, diamantes y pieles que sostenía con las costas africanas.

 

En pocos años había amasado una envidiable fortuna que administraba celosamente. Para ello tenía alistado a un grupo de maleantes sin escrúpulos, capaces de cumplir cualquier misión: atemorizar a deudores morosos, extorsionar o simplemente hacer desaparecer a ciertas personas cuando obstaculizaban los negocios.

Tan ensimismado en sus pensamientos estaba, que apenas notó que delante de él aparecían aun en lontananza las siluetas de las primeras casas de la ciudad.

Detuvo el paso del burro y divisó desde la altura de los cerros la hermosa ciudad que se extendía a sus pies hasta el mar. Luego levantó la vista y la fijó en el infinito azul del océano.

El corazón le dio un vuelco en el pecho e instintivamente llevó una mano al duro mango del filoso machete que llevaba en una alforja a un costado del burro.

Luego, el burro echó a andar cadenciosamente, fijando sus cascos entre los guijarros del camino

Como era su costumbre, al llegar a las primeras casas del pueblo se bajó del burro y tomó la alforja. Le acarició la felpuda cabeza al animal y lo dejó libre en unos matorrales. Se echó la alforja al hombro y emprendió el camino a desafiar su destino.

La tienda del árabe estaba situada en el centro de una manzana, en una calle que se iniciaba en las colinas y terminaba en el puerto.

Era mediodía y el movimiento de transeúntes era intenso. Julián consideró que no era momento para aparecerse a la tienda en ese momento. Pensó que sería más prudente esperar por la paz y tranquilidad de la siesta, cuando se despejan comercios y tabernas, después de las dos de la tarde.

Diab tenía dos empleados que lo asistían permanentemente en la tienda y era menester esperar a que se retiraran para encontrarse a solas con el árabe.

Esperó largo rato en una taberna cercana desde donde divisaba todos los movimientos de la tienda.

Al filo de las dos, cuando ya empezaba a desesperarse, vio que los dos hombres se retiraban rumbo al puerto. Tomó la alforja y se encaminó con paso resuelto hacia la tienda, justo en el momento en que el marroquí se disponía a cerrar las  pesadas puertas.

Julián no le dio tiempo a terminar la operación, y sin que el árabe pudiera evitarlo, de un tirón hizo retroceder violentamente la puerta y su recia figura se proyectó dentro del recinto.

El árabe, sorprendido y perplejo ante el inesperado encuentro, optó por mantenerse quieto en espera del desarrollo de los acontecimientos.

Julián, sin dejar de observar al marroquí, terminó de cerrar la puerta y se plantó delante de él.

-Bien señor Diab, lo prometido es deuda, y usted más que promesas, tiene deudas que he venido a cobrar. –Le dijo Julián con firmeza.

El árabe, sin tiempo a reponerse de aquella embestida, trató de balbucear algunas palabras incoherentes que Julián no alcanzó a entender.

-Señor Diab, esto se resuelve fácilmente: usted me entrega mi dinero y yo me marcho; y aquí no ha pasado nada. -¿No cree usted que así es mejor? –Le dijo-  con una autoridad en la voz que no daba lugar a dudas de su decisión de resolver aquel asunto definitivamente.

El árabe no lograba ganar la iniciativa y se daba cuenta que perdía el control de sus pensamientos. Se veía acorralado y el hecho de encontrarse solo, frente a frente con un hombre que le hablaba de aquella manera, lo ponía aún más nervioso.

Agitando exageradamente las manos, lo que acentuaba aún más sus afectados gestos, le dijo:

“Julián, no es necesaria la violencia, las cosas se arreglan conversando. Mira aquí tengo tu dinero, no tienes de qué preocuparte”.

Y señaló hacia un armario con un inmenso cajón con una reluciente cerradura de bronce.

Julián no se confiaba de las palabras del árabe y permanecía atento al menor movimiento del sujeto, sosteniendo la alforja de cuero abierta en una mano, mientras la otra se mantenía lista a empuñar el machete.

El árabe, zorro, acostumbrado a este tipo de desenlaces, y ya repuesto de la primera impresión, quiso hacer valer toda su astucia para sorprender al joven campesino.

Mientras deslizaba su mano derecha en el bolsillo de su túnica de seda, ladeó el cuerpo fijando la vista disimuladamente en la cerradura de la gaveta para distraer la atención de Julián.

En un instante, con la velocidad del lince, sacó la mano de su bolsillo portando un revolver, a la vez que apuntaba el arma al cuerpo de Julián.

Este no le dio tiempo a accionar el disparador. Solo se escuchó un sonido seco del filo al penetrar la carne y chocar contra el hueso. El golpe del machete fue a cercenar de un tajo el cuello del moro, dejando libre la enorme cabeza que rodó por el salón manchando de sangre la alfombra del piso.

El cuerpo, por unos instantes se mantuvo tambaleante, hasta que preso de grandes convulsiones se desplomó, esparciendo su gran caudal de sangre a los pies de Julián.

Julián quedó por unos momentos inmóvil, con el machete ensangrentado en su mano y con una expresión de total indiferencia en su rostro. De pronto, todo su cuerpo se agitó, cerró los ojos como para borrar aquella escena y un vómito incontenible desde las profundidades de sus entrañas se precipitó fuera de su boca.

Aunque estaba preparado para que ocurriera cualquier desenlace fatal, nunca imaginó que fuera tan horrendo el final de aquel suceso.

Respiró profundo y despertó del letargo. Miró el cuerpo decapitado que yacía de costado en una pose realmente grotesca. A unos pasos, la cabeza ensangrentada, como un inmenso balón, mostraba unos ojos fuera de sus órbitas, como si hubiesen captado el horror de sus últimos segundos de vida.

Julián dio unos pasos hacia el cuerpo y con la punta del zapato lo empujó, haciéndolo girar sobre sus espaldas. Se inclinó sobre él y hurgó en el bolsillo de la túnica. Allí encontró un manojo de llaves de distintos tamaños y figuras.

Tomó el llavero y las fue probando una a una en el ojo de la cerradura del cajón.

Una de las llaves giró y el cajón quedó libre. Julián lo haló hacia sí y ante sus ojos aparecieron muchos fajos de billetes, monedas de oro y plata, diamantes, piedras preciosas y muchas otras joyas y adornos valiosos.

Tomó varios fajos de billetes  y algunas monedas de oro y contó hasta llegar al monto de la deuda. Guardó el dinero en la alforja y miró el resto que quedaba en el cajón, cuyo dueño no lo necesitaría jamás. Por un instante quedó dubitativo ante tanta riqueza y titubeó si tomarla o dejarla. Cerró los ojos como huyendo de la tentación; de un fuerte tirón cerró la gaveta, y  dejó caer las llaves  sobre el pecho del marroquí

Por último tomó el revólver del suelo y lo sopesó entre sus manos. Era un Colt 45, Smith and Wesson, casi nuevo o de muy poco uso. Siempre había sentido inclinación por las armas de fuego, aunque su experiencia se limitaba a una vieja escopeta de su padre, que de cuando en vez, usaba para espantar los zorros de la finca.

Envolvió el arma cuidadosamente en un inmenso pañuelo de seda de los muchos que colgaban del techo y luego la colocó en el fondo de la alforja. Dejó el machete ensangrentado en un rincón y abandonó el lugar cerrando la puerta tras sí.

Al salir a la calle un chorro de brisa marina le golpeó el rostro y sintió un gran alivio. Respiró profundo, se echó la alforja al hombro y con paso apresurado bajó por la calle rumbo al puerto.

Andaba preocupado, sabía que la alarma se daría tan pronto como regresara alguno de los empleados, y conociendo las influencias que el marroquí movía en la isla, era obvio que se abriría una investigación sobre el caso.

Llegó al puerto y buscó entre las cuadrillas de braceros a alguno de los mozos amigos de la aldea que trabajaban allí  por temporadas. Al rato divisó a Mariano, joven de su edad con el cual había pasado media vida compartiendo en romerías y otros asuntos de juventud.

Mariano, al divisarlo vino a su encuentro intrigado por aquella visita inesperada.

-Hola Julián, ¿qué te trae por aquí? –le preguntó-, y sin darle tiempo a responder, volvió a la carga: -A ti te pasa algo. -¿No es cierto?

Julián estaba nervioso y no lo podía disimular delante de su amigo.

-Sí, tienes razón. Estoy metido en un rollo gordo y tienes que ayudarme –Le respondió- mirando fijamente a los ojos de su amigo.

-He matado a un hombre, -le dijo en confidencia, con voz grave y casi en un susurro.

-Tienes que ayudarme a salir de esta isla de cualquier modo.

Mariano retrocedió dos pasos asustado. No podía creer lo que su amigo le contaba.

-No, no te creo lo que me dices, tú no serías capaz de matar a nadie.

–Respondió Mariano, tan nervioso como Julián.

-Cálmate Mariano, te voy a contar todo como fue y verás que no tuve otra opción. -Le respondió Julián echando un brazo por los hombros de su amigo y llevándolo hacia un lugar apartado del trasiego de mercancías.

Una vez que Julián impuso a su amigo de los hechos, este se sintió más calmado, pero a la vez más preocupado al conocer quién  era la víctima.

Acordaron ir a ver a un marinero, amigo de Mariano, una vez este terminara la faena de la tarde.

La espera fue larga y Julián desesperaba tirado detrás de unos fardos, hasta que vio aparecer a su amigo cuando caía la tarde.

Ambos se fueron andando por una callejuela rumbo a una taberna donde se reunía la marinería a despejar, con bebida y mujeres, el aburrimiento de la estadía de sus barcos.

Mariano le pidió a Julián que lo esperara fuera y entró solo en el lugar, para salir al rato acompañado de un individuo de triste estampa: flaco y arrugado, pero con voz de trueno.

Mariano le presentó a su amigo y éste, mientras le apretaba fuertemente la mano a Julián fue directamente al grano: -¿Me dice Mariano que quieres ir a Cuba?-Preguntó el marinero a Julián.

-¿A Cuba? -Yo no he mencionado país. –Respondió sorprendido Julián.

-Bueno…  es que zarpamos para Cuba tan pronto como esta madrugada y si tú te decides… -le respondió el marinero buscando una confirmación en el rostro de Julián.

-Pero en Cuba ahora hay guerra… ¿no será más difícil entrar así? -Preguntó Julián.

-No tienes de que preocuparte muchacho, nosotros sabemos hacer las cosas. Ahora, eso sí, te va a costar -Le respondió el marinero, mirándolo de soslayo.

-Estoy dispuesto a pagar bien por salir de aquí cuanto antes.

En media hora habían amarrado todos los detalles: Julián iría en la noche al puerto de Luz, donde atracaban los barcos rumbo a América. El marinero lo estaría esperando para introducirlo en el barco.

Se despidieron del marinero y los dos juntos bajaron por la calle en dirección al puerto.

Julián se sentía más aliviado, aunque le quedaba una preocupación: el destino de su padre, aunque estaba seguro de que sus primas lo atenderían con esmero.

Mientras caminaba junto a su amigo le encomendó a éste envira un mensaje, en la primera goleta que zarpara al otro día, a sus tíos de Tenerife, explicándoles lo ocurrido.

Luego, introdujo una mano en la alforja y extrajo un fajo de billetes que entregó a su amigo.

-Ese dinero es para mi padre. Dile que siempre lo voy a querer y que su hijo nunca lo deshonrará. Los ojos de Julián se llenaron de lágrimas.

-Mariano, nunca voy a olvidar lo que has hecho por mí –Le dijo-, y lo abrazó fuertemente.

Los dos amigos se despidieron y Julián tomó rumbo al puerto de Luz en busca de la fragata “La Gloria”.

Bordeó la línea de la costa guiándose por el tenue destello de las luces de los barcos atracados a los muelles. Encontró al marinero que lo aguardaba recostado a unos rollos de soga.

-Aguarda aquí, debemos esperar a que los marineros se recojan en los camarotes. –Le dijo, haciendo un esfuerzo por achicar la voz que no le cabía en el pecho.

Julián se replegó hacia un rincón y mientras aguardaba el regreso del marinero, meditaba sobre su destino y cómo le había cambiado la vida en pocas horas.

-Pienso que Dios me sepa perdonar por lo que hice. De todas formas el canalla se lo merecía, y si no lo hubiera hecho, el muerto hubiera sido yo.

Estoy seguro de que el moro no sacaba el arma para intimidarme, si no hubiera actuado el muerto hubiera sido yo. –Se repetía constantemente.

-Ahora el destino me pone otra prueba: meterme en un barco de polizón y viajar a un país extranjero donde no tengo familia. –Los tíos de los Cáceres son las únicas personas de mi pueblo que se fueron a Cuba, y de eso hace tanto tiempo que ni ellos los llegaron a conocer,  porque son de mi edad y aún no habían nacido cuando se fueron.

–Sé que al menos, uno tiene una finca de tabaco en Vuelta Abajo y que no está mal de riquezas, a lo mejor me da una ayuda….

-Se decía para consolarse.

–De todas formas no tengo otra opción, y si son verdaderos canarios estoy seguro de que no me van a abandonar.

La sombra del marinero que salía de las penumbras en su dirección, lo sacó de su meditación. Se animó y sintió que el corazón se le agitaba dentro del pecho de solo pensar en la gran aventura que se avecinaba.

Se fue con el marinero hasta el final del muelle donde había atracada una fragata que más que un barco, semejaba un fantasma.

“La Gloria” era una fragata de no muy gran porte, que en sus mejores tiempos había servido al ejército de mar español, y ahora en su decadencia se dedicaba al trasiego de mercancías entre Las Indias y Las Canarias: unas veces a La Gomera, otras a Tenerife y la mayoría a Las Palmas.

Aunque parecía pequeña, en sus bodegas podía almacenar hasta dos mil toneladas de todo género de mercancías. Como trabajaba a vapor, era menester dejar espacio para almacenar un gran cargamento de carbón.

-Ese barco, aunque lo veas viejo y despintado, todavía se mueve ligero en el mar. Es muy marinero y en quince días, a más tardar, estaremos entrando en La Habana. –Le dijo el marinero con su tronante voz mientras se acercaban al buque.

Alguien lanzó una escala desde la borda y Julián y el marinero subieron a bordo.

Luego el marinero lo condujo por un oscuro pasillo hasta un sucio camarote con dos literas.

-Esta es tu cama -le dijo señalando un cuadrante de metal con una tabla de soporte, sobre la cual se extendía un jergón.

-Vaya hombre, esto es mucho más que lo que yo esperaba –le dijo Julián a la vez que se dejaba caer en la cama.

-Tú pagas bien y por lo tanto mereces ciertas atenciones. –Le respondió el marinero.

-Ya todo está arreglado, no tienes de qué preocuparte. Dentro de tres horas escucharás un infierno cuando “el herrumbre” se empiece a mover. Ahora descansa, voy a buscarte algo de comer -le dijo, tranquilizador.

Julián se sentía más relajado. Hasta el momento las cosas le habían salido mejor de lo que se  había imaginado.

Acomodó la cabeza en la alforja de cuero y cuando el marinero regresó con un plato con fiambre ya estaba dormido.

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