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¿Requiem por “El Comercio”?

Con el paso de los años mis visitas a la ciudad de Pinar del Río se han hecho más espaciadas. Las principales ataduras filiales se han ido perdiendo y por otra parte, la situación económica aconseja hacer solo las visitas imprescindibles. No obstante, en cada ocasión que regreso a Pinar y camino por sus calles, acuden a mi memoria recuerdos de mi niñez y temprana adolescencia, cementados en las esquinas, aceras, parques y edificios de una ciudad a la que tanto le debo, y no puedo evitar sentir cierto recogimiento en el pecho.

El paso irrefrenable de los años, y la lejanía del terruño, hacen que se apodere de mí una extraña sensación: como si la perspectiva de las cosas  se hiciera más estrecha y cercana; como si los ángulos fueran más oblicuos. Contemplo con asombro el entorno y todo me parece más pequeño, disminuido. Da la impresión que las cosas se han reducido y las distancias se han acortado.

P10-10-14_11-02La ciudad conserva cierta dignidad, aunque sin llegar a despojarse de su monotonía provinciana. Se puede afirmar que casi todo lo que en ella se alza se construyó hasta la primera mitad del siglo veinte, por lo que no es difícil viajar en el tiempo algunas décadas atrás. A primera vista me choca la proliferación desproporcionada de vendutas de toda laya, resultado inevitable de la liberalización de la actividad económica privada, que ha convertido la ciudad en un rastro callejero gigante, el cual no le aporta ningún beneficio al de por sí deprimido entorno arquitectónico de la misma.

En el período revolucionario se han construido algunas urbanizaciones para viviendas, pero estas están situadas en la periferia. El centro citadino, como ya he dicho, se ha mantenido intacto en el sentido constructivo. Quizás haya algunas excepciones que pueden ser apreciadas en las edificaciones que hoy albergan al periódico provincial El Guerrillero, Radio Guamá y la Terminal de Ómnibus.

Este edificio fue construido en los primeros años de la Revolución para alojar en él la Plaza de Pinar del Río, la cual había sido devorada por un incendio. Su construcción responde a un diseño bello y funcional. No recuerdo haya sido utilizado para el objetivo para el que fue construido por razones obvias, sino como almacén del Ministerio de Comercio Interior primero, y después, para las funciones que hasta hoy en él se realizan. No se puede hacer la misma valoración de un edificio de doce niveles, construido a finales de la década de los setentas, que está  enclavado en las calles Rafael Ferro y Maceo. Es un inmenso cajón rectangular que desentona con todo lo arquitectónicamente apreciable.

P10-10-14_11-21La ciudad de mi infancia estaba limitada al este por el hospital provincial y la carretera a Viñales, al sur por el tejar de los Munné, al norte por el Cementerio Católico o de los Curas y al oeste por el Reparto Mijares.

Da la impresión que Pinar del Río es una ciudad que nació y creció hasta un punto, como un muchacho que sufre un trauma en la edad del desarrollo, y no avanza, y se queda enquistado. Es un pueblo  grande que se quedó con las ganas de ser ciudad.

No tiene en su haber altos valores arquitectónicos o patrimoniales, tampoco dispone de amplias plazas, a cuyo alrededor, según la costumbre ibérica, se construían la iglesia parroquial, la casa de gobierno y las mansiones de los potentados del pueblo. La ciudad cuenta con escasos parques y en los mismos no se elevan figuras ecuestres u otros monumentos importantes destinados a perpetuar la memoria de nuestros libertadores. El monumento más significativo es el del Apóstol José Martí, en la confluencia de las calles Recreo y Vélez Caviedes, pero este es más bien modesto, y  parece arrinconado en un parquecito que le queda pequeño, tratándose de un cubano gigante.  

P10-10-14_11-44Tampoco cuenta Pinar con alamedas o aceras arboladas para resguardarse de los rayos del sol. Había una alameda, más allá del Parque de la Independencia, aunque creo no eran álamos, sino laureles los árboles allí sembrados, armónicamente alineados y podados, los cuales se extendían por varias cuadras.

Fue demolida hace años y nunca fue reemplazada. Tampoco se dieron explicaciones ni se consultó con los ciudadanos para hacerlo.

No existen en Pinar suntuosos palacios de la época colonial como los de Iznaga en Trinidad, el de Junco en Matanzas o con un castillo como el de Valle en Cienfuegos. Los señores del azúcar o los potentados comerciantes y terratenientes del resto de la Isla se mantuvieron alejados de nuestras tierras. La historia nos reservó una suerte y riqueza mucho más modestas.



La mayoría de las edificaciones que aún se mantienen pertenecen al último cuarto del siglo diecinueve y a las cinco primeras décadas del siglo veinte. Entre ellos pueden apreciarse marcados estilos colonial, o influencias del Art Deco en algunas fachadas adecuadamente  conservadas, además de uno o dos edificios con elementos del estilo neoclásico. Lo demás es eclecticismo republicano. Es cierto, Pinar muestra ese débito en cuanto a sus valores arquitectónicos, que no tiene nada que ver con el saldo, difícilmente superable, de dignidad y decencia de sus ciudadanos.

Respecto a mi anterior visita, observo que ha mejorado algo la limpieza y pintura de las fachadas de sus edificios, que ahora lucen como viejas listas para una fiesta. No obstante, a pesar de lo que se ha realizado, aún queda en desventaja con el resto de las ciudades del interior del país, las cuales presentan un cuidado mucho más esmerado.

La calle Martí o Real –el rey de España era dueño de la franja de terreno en que se construyó-, aún mantiene su título y autoridad de calle principal. A lo largo de varias cuadras se hermanan, uno al lado del otro, los principales edificios destinados al comercio o los servicios

En el Pinar de mi niñez, había una tienda inmensa, un almacén de confecciones y peletería en Martí y Rosario. Allí un diligente empleado de cuello y corbata se encargaba de probarme los zapatos que me compraban una vez al año, haciéndome caminar sobre una alfombra. En su portal, por la calle Rosario, había una heladería: los Helados del Chino. Estos no le hacían los mandados al helado Coppelia actual.

Contaba la heladería con una inmensa sorbetera de acero inoxidable clavada en el mostrador, la cual  fabricaba el helado ante los ojos de los clientes, mientras una muchacha los despachaba directamente desde la misma, colocando la boleadora en sus bordes. Esta tienda, que aún se mantiene, se llama “El Fuego”. Contiguo a la misma había otra tienda más pequeña que se llamaba “El Incendio”.

Entonces se escuchaban chistes relacionados con esta curiosidad de competencia comercial. Era la época revolucionaria en que incendios provocados se sucedían a diario.

Cuando alguna persona preguntaba dónde era el fuego, frecuentemente se escuchaba la respuesta: “Al lado del Incendio”.

Pues bien, el  espacio que ocupaba “El Incendio” aparece bloqueado con chapas de zinc y sus paredes laterales están chamuscadas. Al preguntar qué había sucedido me respondieron que se había quemado. No pude evitar una sonrisa al pensar en lo paradójico del asunto: un incendio que se quema. Ya tendrán suficientes balas que disparar  aquellos humoristas que hacen leña de las curiosidades y contra sentidos de lo que ocurre en mi patria  pequeña.




Subo por Martí y me detengo a las puertas del Teatro Pedro Zaidén. Anteriormente se llamaba Riesgo. Zaidén fue un joven estudiante de Comercio que callera combatiendo en el asalto al palacio presidencial y en su honor, el cine teatro de mayor capacidad en la provincia, y uno de los más grandes de Cuba, lleva su nombre.

No puedo olvidar cómo le cabeceábamos al viejo Mederos para colarnos. Mederos era un portero especie de cancerbero, odiado por todos los fiñes. Era tanto su celo en la puerta, que en una ocasión, incluso enseñándole el carné de enseñanza secundaria –ya estaba en octavo  grado con trece años- no quería dejarme pasar a ver una película para mayores de doce.

El Teatro Zaidén es inmenso. No contaba con aire acondicionado entonces y dudo que cuente con él ahora. Las tardes de domingo, de una a seis y media, la pasábamos en aquella sala calurosa, a punto de la deshidratación, embrujados por las películas de vaqueros, o desternillados de la risa con las de Cantinflas, mientras unos inmensos ventiladores no hacían otra cosa que caldear aún más el enrarecido ambiente.

Años después, en la capital, visité por primera vez el cine Payret que era lo mejor de lo mejor en cine en Cuba. No salí sorprendido. Este superaba a mi cine provinciano solo por su aire acondicionado y por sus butacas mullidas, pero no en cuanto al número de estas.     

Caminando cuesta arriba por Martí llego al Parque de la Independencia. En mi niñez, en su centro, se elevaba un enorme pedestal sobre el cual se erguía la figura desmontada del Titán de Bronce con un machete en alto,  en actitud belicosa, y el rostro contrariado. En mi recorrido diario al tercer grado de la escuela, no dejaba de observar con admiración su inmensa figura.

Un día la estatua fue movida del lugar y colocada en Las Taironas, un apartado lugar que marca uno de los combates más encarnizados del General Antonio Maceo en Vuelta Abajo. Es de pensar que al lugar,  probablemente, llegará un centenar de alumnos de alguna escuela cercana, una vez al año, en ocasión del día de su caída en combate. Depositarán alguna flor y cantarán  el Himno Nacional.

Opino que las estatuas o complejos monumentales a los héroes de la patria, son erigidos para la eternidad y acompañan a las personas desde la cuna al cementerio. Así ha ocurrido desde Grecia y Roma hasta la fecha. Se levantan en plazas públicas o parques para  ser venerados por el público que se sienta a contemplarlos o que transita por sus cercanías.

¿Acaso no hubiera sido más sensato colocar en las Taironas un busto u otra alegoría patriótica del Titán de Bronce, y evitar mover la estatua del Parque de la Independencia, para no desvirtuar el simbolismo de su nombre?

 ¿Cuántos cientos de miles de niños, de entonces a la fecha, han dejado de sentir la misma admiración que yo sentía al contemplar la gigantesca estatua del General Antonio? Ojalá que en algún momento se tome en cuenta esta observación y la estatua del General vuelva a su lugar de origen.

Otro aspecto que también me choca en Pinar, además del cambio direccional del tráfico de la calle Martí, es el renombre de algunas de sus calles. Por experiencia conozco que esto casi nunca prende en el subconsciente de las personas, por muy reconocido y respetado que sea el  nuevo nombre. En la capital, por ejemplo, hay numerosas calles que, inclusive estando señalizadas con sus nuevos nombres en cada bocacalle, la ciudadanía continúa llamándolas por su nombre original. Se me ocurre pensar la confusión que acarrearía el hecho de que una persona adulta decidiera, de la noche a la mañana, cambiarse el nombre. Hasta hoy le  llamaban Manuel y a partir de mañana exige le llamen Estefanía.

He dejado para lo último, lo que más me ha conmovido de esta visita: observar lo que resta del otrora reluciente y emblemático Hotel El Comercio.

Soy consciente de que no soy el primer conmovido;  y que numerosos coterráneos se han pronunciado en diferentes medios sobre el asunto, en Cuba y en el extranjero. También he leído con cierto escepticismo que su reconstrucción estuvo como punto en la agenda de  una reciente sesión de la Asamblea del Poder Popular provincial, y que al parecer, se trabaja en un plan para fijar fecha de inicio de la obra.   

Dudo que con esfuerzos constructivos de la provincia, por mucho esmero que se tomen, puedan lograr salvar una estructura en ruinas con tan complejas características arquitectónicas. Es obvio que habrá que recurrir a una institución especializada en reconstrucción de inmuebles de esta categoría, como puede ser la Oficina del Historiador de la ciudad de La Habana. Se ha esperado demasiado y no puede haber una justificación convincente ante lo que parece ser, a todas luces, una manifestación de desidia consumada. 

A través de la historia de la humanidad, numerosas obras artísticas,   monumentos arquitectónicos de gran valor e incluso ciudades completas se han perdido debido a cataclismos naturales. Este no es el caso, esta se pierde irremediablemente por la ineptitud y torpeza de los hombres.

Si la memoria no me traiciona, a este edifico se le dio de baja hace cerca de tres décadas. ¿Cuántos gobiernos ha tenido la provincia desde entonces? ¿Cómo es posible que aquellos que presuntamente el pueblo ha responsabilizado para gobernar la cosa pública, no hayan tomado más seriamente el asunto en sus manos, y no hayan hecho lo debidamente necesario para salvar la estructura arquitectónica de “El Comercio”?

Este edificio guarda un valor arquitectónico inapreciable. Dicen que fue el primero de estilo Art Nouveau construido en Cuba a principios del siglo XX. Su diseñador fue el arquitecto andaluz Aníbal González.

Pero aún si no poseyera ningún valor arquitectónico ni patrimonial, solo por el lugar que ocupa en el mero centro de la ciudad, el lugar que ocupa en  el corazón de numerosas generaciones de pinareños, y el valor sentimental que el mismo encierra, valdría la pena dar la batalla por su salvación.




Es probable que se haya pensado en esperar que se derrumbe para  construir un parque en el lugar, uno de esos que rápidamente se acondicionan en la capital cada vez que se desploma un edificio, y que se arma con equipos chinos multicolores para la ejercitación física de la población; otra opción pudiera ser convertirlo en un estacionamiento de bici taxis. Sería la decisión más fácil y menos engorrosa y otro paso atrás hacia las cavernas. Un traje a la medida de los decidores burócratas.

Me arriesgo a decir que el Hotel El Comercio llegó a constituir para numerosas generaciones de pinareños del siglo veinte, lo que el Hotel Louvre constituyó para los habaneros en el siglo diecinueve.

Por estar enclavado en un sitio privilegiado, en la confluencia de las calles Martí y Vélez Caviedes, en el mismo centro de la ciudad, el Hotel El Comercio era el lugar de cita obligada o de encuentro nocturno de la juventud desde las primeras décadas del siglo pasado.

Me viene a la memoria su larga barra de madera oscura, al principio de la cual un lunchero servía desayunos o meriendas a base de  sándwiches gigantes de jamón, queso y pepinillos y batido de mamey por sesenta centavos. El ambiente del lugar no era aristocrático, más bien  pueblerino, casi al aire libre, rodeado del mundanal ruido porque era un lobby abierto, democrático.

Era el hotel donde se hospedaba la mayoría de los comerciantes que visitaban la ciudad por asuntos de negocios o los artistas en giras por la provincia. Es casi seguro que en sus habitaciones se consumaran numerosos encuentros furtivos de parejas adúlteras, al arrullo del ruido callejero y los pregones de los vendedores.

Al costado del hotel, por la calle Vélez Caviedes, tenían su paradero las guaguas del servicio especial, las cuales conectaban la ciudad con la capital. También de ahí partían las guaguas panamericanas con destino a Guane. Eran unos buses inmensos  de color verde y beige que cumplían itinerarios ingleses, con aire acondicionado y un servicio excelente por dos pesos y tanto… a la Habana, y ochenta centavos a Guane.

En esa misma dirección había otras oficinas, además de la barbería de Julio Becerra, quien fuera el barbero de mi padre de toda la vida.

Por la calle Martí había algunos establecimientos: En el mismo portal, un pequeño puesto de venta de café expreso y a continuación las tiendas “La Rosita”, “El Paraíso”… y un local que lo recuerdo como galería de arte. En la acera de enfrente, a la entrada de lo que hoy es el parque “El Bosque”, y que entonces era el inicio de la Plaza de Pinar del Río, destruida por un incendio como ya he narrado, había una piquera de autos de alquiler.

El Hotel  El Comercio tenía otro encanto y otro embrujo difícil de describir.  Me atrevo a afirmar que la mayoría de los ciudadanos de Pinar, de cincuenta años o más, sobre todo los hombres, en algún momento de su adolescencia, recostaron sus espaldas en una de aquellas voluminosas columnas y descansaron un tacón del zapato contra la misma, a la vez que encendían un cigarro y lanzaban humos a los cuatro vientos. Era la señal irrefutable, enviada al mundo, de que ya nos creíamos  hombres y que nos había llegado la tan esperada hora de la emancipación.

En los portales de  “El Comercio” se consumaban las citas más apasionadas, y también se vivían, por qué no, los desplantes más estrepitosos. Era el lugar propicio para el flirteo en las noches o el contubernio entre amigos. En mi época, los jóvenes, a falta de discotecas y otras diversiones, -hoy tampoco las tienen-  y habiendo visto la película de estreno de la semana, no teníamos muchas otras opciones que subir y bajar Martí, reiteradas veces, en busca del ligue de ocasión.

De no pescar nada, cansados y frustrados, nos posesionábamos de la esquina de “El Comercio” a matar el tiempo, a hablar de pelota o de cualquier otro asunto intrascendente hasta que, sobre las doce, se aligeraba el trasiego de gentes por la acera y finalmente, la noche se apagaba para nosotros.

P10-10-14_11-47La ciudad de Pinar del Río, pobre en su patrimonio arquitectónico, no puede darse el lujo de dejar desaparecer una de sus joyas inapreciables, aunque luzca muy careada, y a todas luces parezca un cadáver insepulto esperando por su réquiem.




Pienso que las generaciones futuras no nos perdonarían esa insensatez y torpeza.

No debo terminar sin hacer un comentario final:

Si los cubanos nos mostramos indiferentes a las agresiones que se le hacen a diario al medio ambiente, tanto por personas naturales como jurídicas; si volteamos el rostro al ver que están talando un árbol centenario en un parque; si somos indolentes y no nos duele cuando se cambia la fachada de un edificio patrimonial; o nos mostramos pasivos ante la destrucción de las obras que construyeron nuestros padres y abuelos, en fin, si no damos muestras de auténtico civismo ciudadano, que no es otra cosa que defender de los depredadores toda la herencia de la Nación, tanto del país en general, como del más pequeño y remoto terruño en particular, y no denunciamos a todos los niveles las negligencias y desatinos que se producen, entonces yo me pregunto: ¿de qué ha valido el tiempo empleado en la educación de la población en el principio de defensa de la de la soberanía nacional? ¿Por qué los ciudadanos somos tan apáticos y desanimados a ejercitar el derecho de soberanía nacional que está en cada uno de nosotros?  

    

 

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