Estás aquí
Inicio > Lugares > Playa Cajío para algunos la más bella

Playa Cajío para algunos la más bella

Playa Cajío

Playa Cajío, para algunos la más linda

Playa Cajío está en Cuba, una isla inmensa en el Mar Caribe, posee miles de kilómetros de costas, donde abundan numerosas playas. Unas son maravillosas, otras buenas, regulares y también las hay malas. Todo depende de la evaluación que se haga de las mismas y del afecto que se les tenga.

Las mejores, según clasifican en la propaganda gráfica  para turistas, se encuentran en la costa norte. Esa que es bañada por las aguas del Océano Atlántico, el Estrecho de la Florida y  el Golfo de Méjico; quizás porque son aguas profundas, con arenas blancas muy finas y la línea de costa conforma un paisaje mucho más agradable a la vista.

Las otras, las que dan al Mar Caribe, por lo general, aunque hay sus excepciones, son playas de fondos bajos, con vegetación y cieno marino.

Para los cubanos, cuyo mejor esparcimiento es ir a la playa durante los meses de nuestro tórrido verano, -de mayo a agosto-  por mucho que se diga que Cuba es un eterno verano,  no hay playas malas, y si las hay, lo toman con resignación,  como un fatalismo geográfico más, porque esa fue la que les tocó.

Por ser mi país una isla alargada y estrecha, partiendo de su eje central, las distancias  hacia ambas costas  -la norte y la sur- están en el rango que fluctúa desde los cien kilómetros o más en la región oriental y hasta veinte kilómetros en la región occidental.
La Playa de la que les voy a narrar no se encuentra en las promociones turísticas para extranjeros, no obstante, es una playita con su historia y su propia dignidad.

Playa Cajío está situada la costa sur de la flamante provincia de Artemisa, en la región occidental, a unos escasos quince kilómetros del pueblo de Guira de Melena.

Respecto a su historia, esta se remonta a la colonización de la isla y la fundación de su capital allá por la primera mitad del siglo XVI.

Se había decidido fundar la capital, donde estaría la casa de gobierno del Capitán General, en la costa sur, al resguardo de los ataques de corsarios y piratas. Todavía los historiadores no se han puesto de acuerdo sobre el lugar exacto en que este hecho ocurrió. Algunos coinciden en que fue precisamente en los alrededores de esta playa. Sin embargo, la decisión no se ejecutó, y contra ello conspiró, según cuentan, la poca profundidad de los mares circundantes, que impedían el tránsito de barcos de gran calado, además de las plagas constantes de mosquitos y jejenes que hacían insoportable  la vida de los colonizadores españoles.

Cajío es, según la leyenda, el nombre de un cacique indio que vivió  en esa zona antes de la llegada de los españoles y cuya vida está ligada de alguna manera a la resistencia que los primitivos habitantes hicieron a la colonización forzosa de la isla. A la entrada del pueblo  se levanta una estatua  que perpetúa su memoria en la que aparece con  mirada serena y desafiante.

Cuentan que en la época republicana, -entiéndase el período que va desde el año de 1902 en que se fundó la República de Cuba y el año de 1959 cuando triunfa la Revolución cubana dirigida por Fidel Castro-  la Playa Cajío era el centro de veraneo por excelencia de los pobladores de Guira de Melena, Gabriel, La Salud, San Antonio de los Baños  etc. Todos pueblos circundantes a la playa y con fácil y rápido acceso.

Muchos habían construido sus casas playeras en la primera línea de costa de Playa Cajío, pintadas con aceites de colores vivos;  también poseían botes y barcos para la pesca o el recreo.  Como en toda costa, también se levantaban numerosos bares y fondas o tabernas,  para no darle la categoría de restaurant. Eran una especie de ranchones de madera con techo de guano y con  salones amueblados con mesas rústicas de madrera, abiertos en todas direcciones para facilitar la vista del mar. Allí se servía invariablemente pescado frito, principalmente la biajaiba y el parguito, además del arroz con pescado y el enchilado de langosta o camarones.

En los bares de Playa Cajío se bebía cerveza bien fría, acompañada de pescado frito o de coctel de ostiones. Las personas que asistían  a la playa tenían diferentes alicientes para la diversión y el esparcimiento.

Desafortunadamente, esa no fue la realidad que yo conocí. Llegué allí  por primera vez hace más de diez años, a pasar un sábado de playa en compañía de amigos y familiares. En realidad no la pasamos del todo mal, en base a las expectativas que nos habíamos planteado. Pudimos comprar pescado fresco y hasta unas langostas nos comimos cocidas a la brasa. Aun en esa ocasión aparecían algunas casas de veraneantes dispersas  entre las casuchas mucho más modestas de pescadores. De los antiguos bares y ranchones de Playa Cajío solo quedaba el recuerdo.

En años posteriores visité la playa con cierta frecuencia, más en busca de pescado o langosta que de esparcimiento. Allí  conocí a Tania, una mujer muy alta y rubia que la primera vez que la vi se me pareció a una vikinga mirando hacia el mar en espera de los barcos de pescadores.  Ella controlaba el comercio del pescado. Compraba todo el pescado que los pescadores le podían traer, y un grupo de ancianos contratados  lo escamaban y limpiaban a una velocidad pasmosa. De  allí a la balanza y  luego a la venta.

En este punto se hace necesaria una explicación respecto a las regulaciones, establecidas en nuestro país, con relación a la captura y comercialización de mariscos como el camarón o la langosta por parte de personas naturales.  Sólo el estado tiene la facultad para estas operaciones. Si a un ciudadano se le encuentra en posesión de dichos mariscos, se le castiga con la aplicación de una gruesa multa y hasta con el decomiso del vehículo en que se transporta si el hecho es reiterado.

Como las cosas, dicen, suceden cuando van a suceder, en cierta ocasión en que, acompañado de un grupo de amigos, fuimos a Playa Cajío en busca de pescado, nos ofertaron unas langostas que por su pinta y el precio era imposible resistirse a no comprarlas. Tuvimos la precaución, por si las moscas, de no unirlas al  pescado en una nevera que viajaba en el maletero, por lo que optamos por llevar el paquete de diez kilos, bien envuelto en una bolsa blanca, y a punto de congelación, en el piso de la parte  posterior del carro.

Viajando a muy baja velocidad por una carretera infernal por los baches, divisé  a lo lejos un vehículo blanco  que venía a mi encuentro. Al momento di la voz de alarma al identificarlo con un vehículo policiaco. Nada más se escuchó la palabra policía y ya el paquete volaba por los aires rumbo a la cuneta, con tal mala suerte que aterrizó antes de tiempo sobre el pavimento. En aquella situación nos preparábamos para lo peor. El auto policiaco al aproximarse me hizo señales de luces y me detuve. Luego siguió el protocolo de solicitar documentos y abra el maletero y abra la nevera y ¡coño! que esta gente no lleva langosta… y abra el capó y ya estoy frustrado porque no las encuentro…

Mientras, yo, de reojo observaba cómo el paquete con las langostas, a unos cincuenta metros de distancia, brillaba desafiante, clamando a gritos que alguien lo recogiera.

El oficial finalmente me devolvió mis documentos, me dio un consejo de como conducir y continuó hacia la playa sin notar el paquete blanco. Para nosotros entonces apareció una disyuntiva: abandonar el paquete y salir a toda velocidad o ir a rescatarlo. Ganó la segunda opción. Después de un intento frustrado,  ya que el vehículo de la policía se había detenido a cierta distancia desde donde podían observar cualquiera de nuestros movimientos, apareció un pescador en bicicleta, persona ruda y sencilla  acostumbrada a vivir al margen de cualquier reglamento, el cual se brindó solícito a recoger el paquete.

La enseñanza, al menos para mí,  fue no comprar más langostas  en la playa. Mejor comprarla en la casa, un poco más caras, pero sin pagar el riesgo de la transportación.

Así se desenvuelve la vida en nuestro país, sub realista y llena de paradojas. Cualquier ciudadano honrado y honesto puede convertirse en un delincuente de la noche a la mañana por un presunto crimen que en cualquier parte del mundo llamaría a risas.
En los años subsiguientes, Playa Cajío sufrió los embates de dos huracanes.  Entraron casi por el mismo lugar con un intervalo de dos años. Nada quedó en pie. Solo la estatua del indio oteando el horizonte. Yo estuve en el lugar pocos días  después del  paso del segundo huracán y quedé conmovido por las imágenes de destrucción material  y de abatimiento y desolación de las personas.

La decisión de la burocracia dirigente llegó con urgencia: desplazar a los pescadores fuera de la playa, a más de diez kilómetros de distancia en un caserío que de inmediato se  comenzaría a construir.

¿-Dónde se ha visto a un pescador viviendo tan lejos de la costa-? ¿y el sudor, y el sacrificio y las mañas que me dejaron mis padres y abuelos-? –fueron las preguntas que muchos se hicieron.

Haciendo caso omiso a las convocatorias, directivas y órdenes políticas y ejecutivas, poco a poco fueron recogiendo pedazos de madera, enseres y muchas otras cosas  que el ciclón  había dispersado tierra adentro y fueron armando sus ranchos con lo indispensable para sobrevivir.

Por aquellos días, en una reunión a teatro lleno convocada por el máximo líder para chequear el cumplimiento de los incumplimientos de las obras de reconstrucción de Playa Cajío por los daños causados por los ciclones, se dio una situación algo embarazosa, máxime si les cuento que se estaba trasmitiendo  en vivo por la tv.

En un momento el máximo líder indagó por la ejecución del plan de viviendas para los pescadores de Cajío fuera de la playa de Cajío. Al parecer,  no lo tenían al tanto de que aquel ukase no se había cumplido  por la negativa de los pescadores a abandonar su playa. El secretario del Partido de la provincia y el entonces secretario del Comité Ejecutivo del Consejo de Ministros tartamudeaban, decían cosas incoherentes, y hacían malabares con las palabras. Quizás porque el máximo líder,  no quiso emplazarlos públicamente como irresponsables y mentirosos o porque  estaba pensando en otras cosas, la respuesta quedó inconclusa.

Finalmente se decidió construir en Cajío  algunos edificios de hormigón, sin ningún gusto ni estilo arquitectónico. Se iniciaron otros y se les fundieron los cimientos, y han pasado los años  sin plazo fijo de conclusión. Las calles de Playa Cajío perdieron el poco asfalto que les quedaba en época de lluvia se  convierten en lodazales. No hay parques, tampoco hay árboles que ayuden a guarecerse del ardiente sol. No hay  centros de esparcimiento cultural o recreativo. No hay muchas otras cosas…, pero  lo que sí  sobra  es la dignidad y esta  es  una  virtud que nunca debe faltarle a la condición humana.

 

Guira tv: El Indio Cajio

2 thoughts on “Playa Cajío para algunos la más bella

  1. Un articulo fenomenal! Este es el tipo de informacion que están destinados a ser compartidos por internet y, gracias a eso, yo
    te he podido encontrar en google. Muchas gracias por tomarte la molestia de escribirlo 🙂

Deja un comentario

Top