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¡No meneen al ahorcado…!

Justo Legón era un joven estudiante de Medicina. Cursaba el cuarto año en la capital y ahora se encontraba de vacaciones en su casa de la ciudad de Pinar del Río. Ese día se había levantado  muy temprano, a ratos se  asomaba al portal de la casa, estaba nervioso. La noche anterior, un amigo, que estaba involucrado en actividades revolucionarias, vino a visitarlo.

Hablaron en tono muy bajo, en la acera. Acordaron que a la mañana siguiente alguien vendría  en un auto a recogerlo para llevarlo a visitar a un combatiente que había sido herido en un encuentro con la policía, y precisaba asistencia médica.  El revolucionario estaba escondido en una casa segura y nada hacía suponer  que los agentes de la policía política estuvieran tras su  pista.



Sobre las diez de la mañana, un auto Dodge del año 50 se detuvo frente a la puerta de la casa y sonó el claxon dos veces. Justo sintió un sobresalto en el pecho. Tomó el maletín con el instrumental de la profesión y salió de la casa sin despedirse. Nadie de la familia sabía a dónde iba y nadie volvió a verlo vivo.

El auto, conducido por Luis, dueño de una ponchera y colaborador del Movimiento, se dirigió a un reparto en los suburbios de la ciudad. El joven apretaba con fuerza  el asa del maletín entre sus manos, quizás para encontrar un poco de seguridad en el acto. No hubo intercambio de palabras con el chofer.  Casi a la salida de la ciudad, el auto tomó por una calle sin asfaltar y en pocos minutos  se detuvo frente a una casita de madera aislada del resto. El joven se bajó del carro a la vez que la puerta de la casa se abría. El auto partió a la velocidad que le permitían los accidentes de la calle.

El estudiante se introdujo con rapidez en la casa. Un muchacho muy joven lo saludó y luego lo condujo a una habitación. Allí, sobre un camastro, yacía un joven delgado, de cabellos hirsutos y con una palidez alarmante en su rostro. Una de sus piernas, apoyada sobre una almohada, aparecía vendada a mitad del muslo.  

Hubo un breve intercambio de palabras en voz baja entre el médico y el joven que lo había recibido. El estudiante se disponía a abrir su maletín cuando se escucharon fuertes golpes en la puerta, acompañados de llamados de la policía y ruido de autos que llegaban al lugar.

No había nada que hacer, aquella casa evidentemente  era una ratonera.  El joven acompañante sacó una pistola y disparó hacia la puerta. El herido se movió a un costado y extrajo una pistola de debajo de la cama y también comenzó a disparar. En un momento se generó una balacera en todos los sentidos. El muchacho saltó por una ventana  y emprendió loca carrera a la vez que disparaba  hacia los policías que se habían parapetado detrás de los carros.

El joven médico fue el primero en ser alcanzado por los disparos que atravesaban las endebles paredes de madera. En un momento yacía sangrando en el suelo atravesado por varios proyectiles. El herido del camastro no logró incorporarse del lecho. Fue alcanzado en el pecho por la metralla asesina.

Por un momento cesó el fuego contra la casa. Solo se escuchaban  esporádicos disparos a la distancia, provenientes, seguramente,  de la cacería emprendida contra el otro joven que se había dado a la fuga. Unos minutos más tarde, esos disparos también cesaron.

La policía había logrado su objetivo. Habían acabado con uno de los combatientes urbanos más temerarios de la provincia de Pinar del Río. Su nombre: Lázaro Acosta, alias “el Pandeao”. También había muerto en el enfrentamiento el joven de apenas dieciocho años  Carlos Hidalgo Gato, alias “el Gatico”. Desafortunadamente calló cumpliendo con su deber profesional el estudiante de Medicina  Justo Legón Padilla.

Corrían los últimos meses del año de 1958 y la tiranía batistiana agonizaba. Aquel sangriento hecho movilizó la conciencia ciudadana y se multiplicaron las acciones revolucionarias en toda la provincia.



El triunfo no demoró. El día primero de enero llegó con la alegría generalizada de toda la población. Nunca más se ha logrado una genuina alegría popular colectiva tan espontánea;  un hecho de tanta honestidad de sentimientos. Pueblo desbordado en las calles; pueblo embriagado de verde, de rojo y de negro.

Luego de los primeros días llegó lo esperado, lo que ha sucedido en toda revolución: el ajuste de cuentas.  Por muy severa que pudiera ser la nueva justicia revolucionaria –debe decirse que en cuanto a severidad aún no ha defraudado a nadie – siempre hubo quienes pensaron que el castigo revolucionario nunca llegaría, o no con la premura y en la proporción exigida para presuntos sicarios, chivatos o  colaboradores del régimen anterior. Por lo tanto, lo más práctico pudiera ser tomar la justicia por manos propias.

Por las calles de la ciudad se paseaba un conocido carretonero que se dedicaba a recoger la basura de los hogares y negocios. Era una especie de desastre humano:  tipo flaco, sucio, con escasos dientes y con el pelo recortado. Nunca supe su nombre. Todos lo llamaban “Materia”. Era desagradable por su comportamiento grosero y soez. Le  gustaba llamar la atención del público insultando con malas palabras a la yegua que halaba el carretón,  a la vez que la apaleaba sin misericordia.

En uno de aquellos primeros días de enero fuera de calendario, cuando no se iba a la escuela y la juerga y los cantos, himnos y manifestaciones populares marcaban la nota, un grupo de muchachos jugábamos en la calle casi al amanecer.  Alguien corrió la voz de que había aparecido un ahorcado. Sea por la curiosidad que puede despertar en cualquier persona, más aún en un niño de apenas siete años, ver una persona sin vida colgando de un árbol con una cuerda al cuello;  sea por el deseo de disfrutar el morbo que todos traemos en los genes al nacer, salimos en desenfrenada carrera  a ver al ahorcado.

Ya el lugar estaba copado por numerosas personas, las cuales hacían un círculo alrededor del muerto. Niños pequeños no lográbamos lograr una vista panorámica del lugar, por lo que nos fuimos introduciendo entre los mayores hasta situarnos prácticamente a un palmo del occiso.

Transcurridos tantos años de aquel momento, aún recuerdo los detalles más insignificantes.  El ahorcado no era otro que el tal “Materia”. Aunque en vida aborrecía su presencia y hasta sentía cierto temor cuando pasaba en su carretón, ahora el sentimiento era de profunda lástima por aquel infeliz que había terminado su vida de manera tan trágica, independientemente de lo que hubiera hecho.

No llama a risas mirar a un ahorcado desde un ángulo inferior con ojos niño. Su figura parecía gigantesca pendiendo de una rama baja  de un árbol parecido al flamboyán. Sus pies descalzos  se mantenían a la altura de mi pecho.

De la parte posterior del pantalón colgaba una tapa de cartón con un  letrero  en letras grandes que decía: ESTO TE LO HACEMOS POR HABER DELATADO A CARLOS HIDALGO, EL PANDEAO Y JUSTO LEGON.

De uno de sus bolsillos posteriores del pantalón de caqui gris, salía un pañuelo que en uno de sus extremos mostraba, anudado, un pedazo de lengua.  

La espalda desnuda había tomado un color violáceo. Se veía cruzada por los golpes recibidos  quizás con la misma cuerda con la que luego fuera  colgado, probablemente para lograr una confesión a última hora, mediante la tortura,  que librara a sus verdugos de posteriores pesares de conciencia.

El espectáculo del ahorcado se extendió en la mañana, porque decían había que esperar al juez y al forense, y la gente continuaba llegando. Yo sin moverme del mirador privilegiado de primera fila. Fue precisamente debido a mi cercanía a los pies del ahorcado, que en un momento, al producirse un empujón desde la parte trasera, terminé casi abrazado a las frías piernas del muerto, el cual, por el impulso recibido, comenzó a moverse macabramente  de manera pendular.




No es posible describir la sensación que sentí al ver aquella figura, desagradable en vida  y  más aún en la muerte, balanceándose  por el empujón.  Me sentí profanador, violador del respeto que se le debe a los  muertos. Un sentimiento de culpa me embargaba. No encontraba consuelo a los remordimientos internos de mi tierna existencia  cuando alguien, para hacer más difícil aun mi situación,  gritó desde atrás: ¡Caballero… No meneen  al ahorcao!   

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