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Maceo en camino a Mantua

La Guerra del 95 había comenzado. Los cubanos en esta segunda contienda, con mayor organización, disciplina militar y sentido de nación, desarrollaban exitosamente las acciones bélicas involucrando a todo el país. España había empeñado todos sus recursos posibles y su honor por mantener “la más valiosa perla de la corona”  bajo su regazo.

La estrategia del ejército insurrecto era destruir la economía de la colonia para obligar a España a reconocer sus demandas, entre las que se encontraban la total independencia del territorio de Cuba; y a la vez llevar una guerra a muerte contra el ejército colonialista español.

Siendo Cuba un país eminentemente agrícola, con una base industrial desarrollada para procesar la caña de azúcar, y con grandes extensiones de terreno dedicada a ese cultivo, a las tropas insurrectas les era factible destruir esa industria mediante el incendio de los cañaverales. La “tea incendiaria” recorría la campiña cubana y convertía en cenizas campos e ingenios, sumiendo en la miseria a regiones enteras del país.

No quedaban exentos del castigo cafetales y haciendas ganaderas. Todo lo que de alguna manera sirviera de base económica al poder español era considerado objetivo militar y en consecuencia era destruido.

Los dueños de ingenios vendían sus propiedades a la carrera o simplemente detenían la siembra de caña y la fabricación de azúcar. Esto trajo aparejado el hambre y la desolación en los campos otrora prósperos.

Los campesinos, sin trabajo, deambulaban por los caminos con sus familias sin tener apenas qué comer.

Por mucho tiempo Vuelta Abajo, que era una zona dedicada al cultivo del tabaco,  se había mantenido generalmente al margen de la guerra, aunque  había sido un objetivo del mando militar insurrecto llevar las acciones hasta el último confín del territorio cubano.

Era una empresa militar compleja y de alto riesgo, dada la conformación geográfica de la isla –estrecha y alargada- que hacía difícil a un ejército moverse en una dirección sin encontrar la resistencia de un contrincante bien armado y entrenado.

Por otra parte, el mando militar español, apercibido de tales propósitos, había construido emplazamientos militares, a los que llamó trochas, en dos secciones del territorio: uno en la región del Camaguey, que se extendía transversalmente de una costa a la otra, uniendo los poblados de Júcaro en la costa sur con Morón en la norte, y el otro en la región occidental, al oeste de la Habana, entre el puerto de Mariel en la costa norte y la playa de La Majana en la sur.

Estas fortificaciones contaban con tropas y suficiente armamento para evitar su cruce en cualquier dirección. Con tales emplazamientos y provisiones, el ejército español confiaba en disuadir cualquier intento de expandir las acciones bélicas hacia Occidente, manteniendo concentrado su poder militar en regiones concretas del territorio, lo que desde el punto de vista estratégico era favorable.

Por lo tanto, la misión de llevar la invasión a Occidente no era tarea fácil y la misma recayó sobre los hombros del Lugar Teniente General Antonio Maceo Grajales, brillante jefe militar que había demostrado en más de un combate su valentía, astucia y arrojo para desarrollar la guerra de guerrillas, la cual ridiculizaba a los militares españoles de academia.

La invasión y la  Campaña de Occidente duró varios meses y Maceo con su tropa pudo llegar hasta el pueblo de Mántua, en el extremo más occidental del país.

Desde el momento que corrieron rumores de que Maceo andaba en Occidente, no hubo tranquilidad en la región  ni para el poder español ni para vegueros y hacendados de Vuelta Abajo. Estos temían les ocurriera lo mismo que a los cosecheros de Oriente que andaban en ruinas por haber perdido cosechas y propiedades como resultado de la guerra.

Julián y Esteban pusieron a buen recaudo sus bienes; fue liquidada con premura la cosecha del año anterior y esperaron por los acontecimientos que se avecinaban.

Un día, temprano en la mañana, ambos observaron un movimiento inusual de hombres  a caballo. Llevaban el rostro curtido por el sol, la vestimenta raída y armamento precario. Transitaban por el camino rumbo oeste en grupos no muy numerosos y a intervalos.

Para ellos estaba claro que se trataba de avanzadillas insurrectas que exploraban el terreno. Se corrió la voz de que se trataba de tropas del Coronel Roberto Bermúdez, y la noticia llenó de pavor a todos.  Con razón se preocupaban  por la cercana presencia del miliar insurrecto.  Este era tan fiero en el combate  contra los españoles,  como lo era  con los propios campesinos a los que extorsionaba  y colgaba de  cualquier guásima por  asuntos sin importancia. Esto último le costó ser fusilado por un consejo militar casi al final de la guerra.

Su muerte desbordó la imaginación popular, y se tejieron leyendas  alrededor de ella  en las que se decía que el Coronel Bermúdez cabalgaba en un caballo blanco que levitaba sobre los campos, y que en lugar de patas llevaba gruesas cadenas, las que al ser arrastradas, producían un sonido aterrador que anunciaba a aquellos campesinos que habían denunciado sus abusos, que había llegado su hora.

En la medida que avanzaba el día  los grupos eran mayores y más nutridos.

-Parece que se acercan los mambises, -comentó Esteban a Julián- al verlos pasar desde la entrada de la casa.

-Creo que es hora de soltar los animales pal monte, porque esa gente puede acabar con ellos. –comentó Esteban a su yerno.

Julián no esperó más y salió presuroso rumbo al patio a ensillar un caballo para cumplir lo sugerido.

Todo era excitación en el veguerío. Los niños salían al camino a saludar a los mambises, que respondían amablemente el saludo. Las mujeres les ofrecían café, agua y fiambres que ellos aceptaban sin desmontarse de los caballos.

El siguiente día amaneció gris y frío. Era uno de los días que Esteban disfrutaba más. Le recordaba a sus  tan lejanas y queridas Canarias.  Desde su hamaca, colgada de dos argollas de las columnas del portal, miraba el movimiento de gruesas nubes oscuras que se movían lentamente movidas por el viento del noreste. La placidez de la temperatura y el silencio de la tarde le habían facilitado el sueño reparador de la siesta. Ahora estaba desperezándose para emprender de nuevo la faena hasta cerrada la noche. Le llegó desde la cocina el olor inconfundible del aroma del café que su mujer le preparaba.

Escuchó entonces un inusual ajetreo de hombres y bestias en la verja del camino.

Con los ladridos de los perros, Esteban se incorporó con trabajo y salió lentamente por el sendero rumbo al camino sin poder apaciguar a los perros excitados por la presencia de tan extraños visitantes.

No hubo necesidad de presentación, por el porte y marcialidad de los jinetes, diferentes de los vistos el día anterior, Esteban se percató de que estaba frente a los grandes jefes de aquella marcha.

Un oficial con grados de coronel se adelantó, y sin bajarse de su cabalgadura anunció al General Antonio. Al ser presentado, el General se llevó dos dedos al ala de su sombrero y saludó al anciano.

-¿Habrá en esta casa un poco de agua y café para el General?

-Preguntó el mismo oficial que lo había presentado anteriormente.

Esteban no podía responder, presa de un nerviosismo inusual, a lo único que atinó fue a descorrer temblorosamente el cerrojo de la verja, la haló hacia sí y con un ademán de su brazo dio paso libre a la tropa en el interior de su finca.

Los soldados encontraban un momento de sosiego después de largos días de intensa marcha. Pronto se dispersaron por los patios y arboledas, dando de beber a las bestias y entregándose unos al aseo personal en el estanque, otros, apercibidos de la existencia de un arroyo, prefirieron el agua corriente para solazarse.

El General se quitó el sombrero y se aligeró de los arreos de cuero que le cruzaban el pecho. Luego, se sentó en uno de los sillones del portalón rodeado de sus ayudantes. Y se relajó.

Esteban no salía de su nerviosismo y no sabía de qué hablar o qué decir.

Pasaron unos largos segundos hasta que en el umbral de la puerta apareció Rosa en el momento más oportuno para salvar la situación, portando una bandeja con varias tazas de café humeante y una jarra de agua fresca para regocijo de la visita.

Ya recuperado de la sorpresa inicial Esteban presentó a su esposa y en un minuto desapareció en el interior de la casa, para aparecer de inmediato portando entre sus callosas manos un mazo de tabacos que obsequió al General y sus compañeros.

Tema obligado de conversación fue el trabajo de la vega, de las labores que se acometían entonces y por supuesto de la calidad del tabaco del Guanchero.

El General parecía interesado en conocer sobre el cultivo del tabaco. Nacido en la región oriental él y su familia se dedicaban al cultivo y procesamiento del café, por lo que el tabaco solo lo conocía como fumador.

-Quema bien este tabaco, -dijo- mientras fijaba su mirada en el aro rojizo y uniforme que se formaba en el extremo del tabaco que sostenía entre sus dedos.

-Es de lo mejor que se cosecha por aquí -comentó Esteban-, alagado por el comentario del General.

Transcurría la tarde y aquella atmósfera acogedora, acompañada de una fría  brisa del  noreste, propiciaban el relajamiento natural del General. Se notaba en su rostro el cansancio acumulado por largos días durmiendo a retazos y las agotadoras marchas diarias que exigían la guerra.

Esteban se había percatado de ello en un momento en que alcanzó a ver al General cuando miraba de reojo la hamaca vacía. De inmediato le propuso entrar en una de las habitaciones a descansar pero éste, dibujando una sonrisa en sus labios, lo disuadió, y dirigiéndose a la hamaca, dijo: “Con tantos años durmiendo en hamaca, la prefiero a la mejor cama”.

Se dejó caer en la hamaca y con el primer balanceo quedó profundamente dormido.

Esteban no quería perder la iniciativa al comprender que se le debía garantizar abundante comida a la tropa hambrienta, y mientras el General dormía plácidamente en su hamaca, dio orientaciones precisas a Julián.

Minutos después se presentó con una hermosa novilla que en cosa de minutos era tasajeada y depositada en un bullón, que gente de la tropa habían bajado a la carrera de uno de los carretones de la impedimenta. Luego agregaron viandas diversas y hierbas aromáticas del  jardín de Rosa. Al caer la tarde, el olor del delicioso ajiaco inundaba el espacio del patio y llegaba hasta la hamaca donde descansaba el General. Este  se despertó reconfortado, se  acercó a la olla e introdujo el cucharón en el humeante guisado, pescando una buena porción de carne que a seguidas trinchó con su cuchillo y devoró lentamente.

Luego, junto a Esteban y Julián visitaron la casa de curar tabaco que aparecía vacía y oscura, aunque el penetrante olor a tabaco estaba impregnado en el ambiente y le producía un leve cosquilleo al General en la nariz.

-¿A qué distancia nos queda Mántua? -Preguntó el General.

-No le puedo responder con exactitud, General pero… creo está a más de quince leguas, yendo por el camino real, claro está. –Respondió Esteban.

El General hizo cálculos mentales y quedó callado. Se notaba inquieto. Había dormido relajadamente y una vez despierto, de sus gestos y palabras emanaba permanente e inagotable energía.

De regreso al patio quedó maravillado por los gallos finos de Esteban. Lo colmó a preguntas sobre los animales, lo que hizo pensar a Esteban que el General era un profundo conocedor del tema. Quiso tener una atención con el caudillo y  le obsequió uno de los más hermosos.

-Mire General, aquí tiene este animal que es fiero y ganador de peleas como usted. –Le dijo Esteban.

El General tomó el gallo entre sus manos y le alisó las plumas con suavidad. Luego, sonriendo, se lo devolvió a Esteban y le dijo:

“-Mire Don Esteban, por ahora no estamos para entretenernos en peleas de gallo. Ya habrá tiempo para eso. Entonces vendré a comprobar si mi gallo es tan peleón como usted dice.”

Le devolvió el bello animal al anciano y clavó la mirada en la  inmensa montaña de chatarra que, a manera de laberinto, crecía infinitamente en un costado del patio.

Se sonrió cuando Esteban le contó su origen.

Luego, mientras comían el rancho humeante, en una mesa montada en el patio a la carrera,  se presentó Ñico que regresaba de una de sus largas y cada vez más lejanas excursiones, y que no podía entender qué hacía tanta gente extraña en su casa.

Ñico vino directo donde Maceo y le tendió la mano. Este le respondió el saludo. Tan inmensa era la personalidad de aquel militar, que eclipsaba al resto de los presentes. Y el propio Ñico a pesar de sus insuficiencias mentales, sabía diferenciarlo por encima del resto.

Maceo dejó a un lado su cacharro y le brindó la atención que merecía el recién llegado.

Ñico  fijó  su vista en las relucientes estrellas de plata del General y quedó paralizado por una fuerza interior. Luego llevó una de sus inmensas manos hacia una de las hombreras del General y pasó sus dedos  con cierta delicadeza por el metal.

Era parte del ritual que seguía cuando algún objeto metálico lo impresionaba.

Después bajó la vista hacia la empuñadura de nácar del poderoso machete que colgaba libremente de su cinturón, y del que tantas hazañas se contaban.

Esteban, que estaba al tanto, quiso desviarle la atención, pero Ñico, empecinado, quería tocar, de cualquier manera, aquel metal tan reluciente que nunca antes había visto.

El General desenvainó su arma y  se la mostró a Ñico que no cabía de regocijo con aquella filosa hoja en sus manos.

Con un ademán de su mano el General llamó a un ayudante, al que le dio una orden. El oficial se retiró y en pocos minutos apareció con un hermoso sable que entregó a su jefe.

Este lo tomó y se lo obsequió a Ñico, a la vez que recogía el propio y lo envainaba con un rápido movimiento de su mano.

Ñico parecía hipnotizado por el resplandor de la afilada hoja que sostenía entre sus manos. Salió cabizbajo hacia el interior de la casa, seguido de cerca por su madre, extrañada por la actitud de su hijo.

Caía la noche en el occidente cubano, como sucede regularmente: de sopetón.

Julián había obsequiado al General y sus hombres con un porrón de aguardiente que conservaba siempre lleno para ocasiones especiales.

El General apuró un poco del que aún mantenía en su jarro y con una mirada a uno de sus oficiales dio la orden precisa.

En un santiamén aquella tropa forjada en el combate de varios años se alistó para la marcha.

Julián le había entregado a la tropa una buena provisión de comida, de la que guardaba en sus despensas, además de varios cerdos y ovejos y uno de sus mejores caballos. Fue entregada también una importante suma de dinero además de un tercio de tabaco.

En el momento de la partida, la tropa, descansada y comida, estaba en alta disposición de maniobra, por lo tanto fue una sorpresa para Esteban y Julián que decidieran continuar la marcha atravesando el arroyo y dirigiéndose hacia las sierras, en lugar de seguir por el camino real como todos esperaban.

Aquel día fue inolvidable para los Cáceres y Fernández. El General se mantuvo en campaña con su tropa en territorio de Vuelta Abajo por casi un año, al final del cual, conocieron la fatídica noticia de su muerte en combate en los alrededores de la Habana.

Quedó solo entre ellos el recuerdo de una tarde inolvidable.

No obstante, con el pasar de los años, la memoria colectiva recordaría dos hechos de la visita de Maceo a la vega de los isleños: El General Antonio le había regalado un sable a Ñico y había dormido la siesta en la hamaca de Esteban Cáceres.

2 thoughts on “Maceo en camino a Mantua

  1. Querida pompa fue tan amplia y bella toda tu descripcion de como los cubanos en esta segunda contienda,con mayor organización, disciplina militar y sentido de nación, desarrollaban exitosamente las acciones bélicas involucrando a todo el país,llevando la invasion hasta mantua, muy buena siguiremos con tigo

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