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Los zapatos del presidente

monumento a Tomas Estrada Palmas

Es difícil hablar de la ciudad de La Habana sin sentir emociones encontradas. La Habana es una urbe llena de encantos, embrujos, paradojas e ironías. Muchos turistas extranjeros, envueltos en su manto surrealista,  se quedan prendados de ella desde el primer encuentro. Los que nacieron en ella y sus hijos adoptivos como yo, la maldecimos, le perdonamos sus pecados y la adoramos a diario, convencidos de que La Habana es el mejor lugar del mundo para vivir. Claro está, es el criterio siempre exagerado de un cubano.

En estos tiempos de escaseces de transporte público y de elevados precios de la gasolina, caminar la ciudad a pie es una gran aventura. Yo frecuentemente lo hago,  y me llena de regocijo cuando un edificio ha sido remodelado y se le ha devuelto su antiguo esplendor; o cuando un parque nocturno muestra toda su alegría con sus nuevas farolas encendidas y sus bancos recién pintados. De la misma manera me lleno de tristeza al observar montañas de basura o escombros en una calle principal; una alcantarilla reventada que esparce aguas albañales profusamente, o cuando los vapores fétidos, provenientes de una inmensa olla de barro desbordante de comida putrefacta, de la cual emerge una cabeza de cerdo o de chivo, me golpean las narices. Esto último es nuevo en nuestra ciudad, como si alguien se empecinara en conducir a la sociedad cubana a las cavernas. No perdamos de vista que en la Cuba de hoy, con gran ligereza se confunde el folclore con la cultura popular, y el mito y la ficción muchas veces le ganan la partida a la realidad.

La Habana se desmorona y sus habitantes miramos con impotencia esta  triste e irrevocable realidad.  Un alto porcentaje del fondo de edificios de la ciudad posee daños estructurales irreparables, cuya solución demanda dineros sustanciales que el país no dispone, y los que se destinan a estos fines apenas alcanzan para mantenimientos parciales.




Por suerte, un buen número de edificios de la Habana Vieja y de otros lugares específicos de la ciudad, que se consideran con valor histórico o artístico, se han salvado gracias a la labor incansable y continuada del Dr. Eusebio Leal Spengler, Historiador de la Ciudad de la Habana y a los recursos librados por el gobierno central e instituciones internacionales.  La Patria y la Nación, por ello, les estarán eternamente agradecidas.

En ese andar reparando y componiendo, las brigadas constructivas de la Oficina del Historiador han llegado al Vedado, barrio aristocrático de la ciudad, de gran belleza y valores arquitectónicos inigualables.

Si la ciudad fuera una casa solariega, yo diría que el Vedado vendría  a ser el jardín. Sus calles, sus plazas intercaladas, sus hermosos palacetes y su frondoso arbolado lo hacen inigualable. Fueron los maestros de obra catalanes y asturianos los que, a partir de la segunda mitad del siglo XIX, y durante la primera del siglo XX, hicieron el trazado casi perfecto de sus calles, levantaron hermosas edificaciones de manera armónica y con un sentido tan funcional, que hay arquitectos que ven en ello la influencia de las construcciones romanas de la antigüedad.

Hasta la segunda mitad del siglo XIX, el Vedado era una zona de vegetación muy tupida, la cual se extendía al oeste de la ciudad y llegaba hasta la margen este del río Almendares. Para seguridad de la población –debe decirse que por aquellos años los habaneros vivían en permanente zozobra, temerosos de los frecuentes ataques de corsarios y piratas-, los gobernadores generales, mediante edictos, prohibían la tala de  árboles o la construcción de viviendas o de cualquier otra instalación en esta zona, por lo que se le llamaba “el vedado” o “lo vedado”. Las autoridades evitaban con ello el esclarecimiento del paisaje boscoso y facilitarles  así a los piratas un fácil desembarco y rápido acceso a la ciudad.

A partir de esa fecha, debido al inevitable crecimiento de la ciudad, la población comienza a expandirse hacia el sur y el oeste, y la zona vedada se entrega para la fabricación de viviendas destinadas a cobijar a familias adineradas. Esta ola constructiva se extiende durante la primera mitad del siglo XX y se detiene bruscamente a finales de la década de los cincuenta con el triunfo de la revolución cubana. Es curioso observar que en el área del Vedado son escasas las parcelas que quedaron libres. Es de imaginar el ritmo constructivo al que se trabajó durante décadas para lograrlo.

Una arteria de importancia primordial en el Vedado es la Avenida de los Presidentes. Muchos habaneros la llaman calle G, por ser el nombre de la letra que le corresponde a partir de la Avenida Paseo. Esta calle se extiende desde lo alto de las colinas donde están enclavados, a un lado, el Hospital General “Calixto García”, y al otro, el Castillo del Príncipe, y baja como una inmensa alfombra verde por cerca de dos kilómetros hasta el mismo litoral. La avenida está compuesta de dos calles de tres sendas cada una. Una calle baja y otra sube, ambas separadas por un ancho  paseo con hermosos jardines y bien cuidados laureles, palmeras y cocoteros.

Fue construida esta arteria en el transcurso de las primeras décadas del pasado siglo con el propósito de rendir tributo a los presidentes republicanos cubanos. Este objetivo se logró a medias, ya que los dineros para construir monumentos provenían, en lo fundamental, de donaciones populares y supongo que no siempre el pueblo estaba dispuesto a liberar  dinero para construir monumentos a servidores públicos cuyas hojas de vida no lo merecían.

Hagamos un recorrido avenida abajo, desde lo más alto de la colina hasta su final, junto al mar.

Allí, en la parte más alta, en el frontispicio de un hermoso y a la vez fastuoso monumento de mármol blanco, como no hay otro igual en el país, se eleva una figura maciza de un hombre en pose de tribuno.

Se trata de José Miguel Gómez, uno de los primeros presidentes de Cuba, cuya hoja de servicios deja mucho que desear. Durante su gobierno tuvieron lugar revueltas de organizaciones de negros que reclamaban el mejoramiento de sus condiciones de vida, y que fueron aplastadas violentamente. Por lo que con justeza se le llamó el presidente mata negros; pero se le conoce también por haber instaurado un sistema corrupto de gobierno -la famosa “botella"-, dádivas para amigos y seguidores a partir del erario público. La picaresca popular no se la perdonó y lo bautizó como “el tiburón que se baña, pero salpica”.

100_7030Descendiendo la avenida rumbo al mar, en el centro del paseo, a cada tramo aparecen estatuas y bustos de presidentes latinoamericanos, erigidos en los últimos años. Uno de ellos, el busto de Salvador Allende, presidente de Chile, presenta evidentes problemas de armonía estética. La mano derecha  es desproporcionada y luce crispada como si se tratara de una garra.

Alrededor del monumento a Allende, en las noches, favorecidos por un  moderno sistema de alumbrado, se reúnen las tribus urbanas. Jóvenes que vienen a compartir sus frustraciones y a soñar en realidades distintas a las que el sistema político del país les ofrece.  
Más abajo se levanta la figura ecuestre del Libertador Simón Bolívar. Este monumento también presentó problemas estéticos en un primer momento. Se hacía difícil encontrar la obligada armonía que debe respetarse entre el jinete y el corcel. Luego se decidió desmontar la estatua y elevar la altura del pedestal, quizás  para realzar la figura  del Libertador.

100_7020Hay otros monumentos de distintos presidentes como Eloy Alfaro, Benito Juárez, Omar Torrijos etc.

Al final de la avenida se yergue una hermosa figura ecuestre que ha sido recientemente restaurada y está dedicada a Calixto García Iñiguez, uno de los generales más importantes de las guerras independentistas de Cuba en el siglo XIX.

Pienso que su colocación en aquel lugar cierra la trilogía de monumentos erigidos a lo largo del litoral a los generales Máximo Gómez y Antonio Maceo.

Unos doscientos metros antes de llegar al monumento a Calixto García, entre las calles Calzada y Quinta, se eleva un triste pedestal de granito rosado que muchos cubanos no conocen a quién perteneció. Es difícil identificar una figura humana por los cascos de bronce de sus zapatos, que es lo único que ha perdurado de la estatua de Don Tomás Estrada Palma, primer presidente de la República de Cuba. Incluso las letras de su nombre y atributos fueron desprendidas con saña, como si con esa acción irrazonable, más propia de las palpitaciones del corazón que del hilo frío de la mente, se pudiera borrar la historia.

Para las generaciones como la mía, que nacimos al filo del triunfo de la Revolución y las que vinieron después, los primeros cincuenta y tantos años del siglo XX no existieron en la historia de Cuba. Puede presumirse que los enfoques de la historia oficial, muchas veces sectarios y con restricción de matices, han pretendido desvalorizar o sepultar todo lo positivo que logró la sociedad cubana en esas acuciantes seis décadas.

Sobre Tomás Estrada Palma hay criterios  encontrados. Su gestión pública hubo de realizarla en un período sumamente difícil de nuestra historia. Es conocida su labor revolucionaria: primero como combatiente de las guerras independentistas y luego como hombre de entera confianza de José Martí en la organización del Partido Revolucionario Cubano. Es obligado mencionar su meticuloso control de los aportes monetarios hechos por los cubanos, de adentro y de afuera de Cuba, para la causa de la guerra, así como su labor como delegado del Partido junto a Juan Gualberto Gómez y Gonzalo de Quesada, una vez desaparecido Martí.

Siendo maestro, puso todo su empeño en crear escuelas para educar a la población. Nadie como él supo administrar escrupulosamente los bienes del país.

Es probable que Estrada Palma haya cometido errores tan graves que  merecieron una defenestración tan deshonrosa, incluso cuando el monumento fue construido con el aporte voluntario de los ciudadanos.

Ahora bien, de lo que nadie puede convencerme es que la mayor virtud que puede poseer un servidor  público es la honradez, y ésta le sobraba a Don Tomás. Concluido su mandato, entre pugnas, odios y rencores, no fue a morir a un palacete del Vedado como sus predecesores, sino en lo intrincado de la Sierra Maestra, en una humilde casa de una finca que ya no le pertenecía.

En las últimas décadas del siglo pasado, a raíz de los cambios políticos y sociales sucedidos en Europa del Este y la Unión Soviética, veíamos por las televisoras cómo se decapitaban estatuas y se profanaban monumentos. Unas veces respondiendo al justo descontento popular, otras a un odio inducido.

Pienso que la historia de un país es la que sus hijos han ido sedimentando a través del tiempo; la que se ha sellado en la médula de la Nación y de la Patria, y que sus páginas no deben ser borradas ni suplantadas.

No me imagino qué explicación dará un guía de turismo a la pregunta, aparentemente cándida, de un turista extranjero sobre el destino del dueño de los zapatos del pedestal. Es muy probable que éste  responda con una mentira porque no lo conoce, o con una media verdad que a la larga es peor que una mentira.

Si no me traiciona la memoria, recuerdo haber visto hace años la estatua con los pies cercenados de Don Tomás en el patio de un museo. Estaba allí, apilada en un rincón, como una chatarra u objeto indeseable.

Don Tomás fue un hombre consecuente con el tiempo que le tocó vivir, y aunque pasó mucho tiempo al lado de Martí, no estuvo del todo a la altura de su pensamiento político -¿y quién lo estuvo?-, sobre todo en lo que concierne a las ideas de independencia y soberanía para Cuba. Como ciudadano norteamericano, las mejores soluciones a los problemas de la Isla las concebía al amparo de las decisiones de la Casa Blanca y del Departamento de Estado mediante intervenciones militares e imposiciones de onerosas medidas políticas y económicas a la Isla.

Pienso que en su momento habrá que tomar una decisión respecto al pedestal desierto, porque la construcción de nuevos monumentos, todos extraños a la historia del país, por muchos méritos que desborden estos próceres, avanza avenida abajo.

Es momento de rehabilitar la historia y Don Tomás debe ser devuelto a su pedestal. Una opción inteligente pudiera ser colocar una tarja  a sus pies explicando, sucintamente, como humano que fue, sus errores y virtudes.

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