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Los miedos de Narciso

En época de zafra, la vida en las vegas adquiere un ritmo agitado. Las labores se inician mucho antes del amanecer para aprovechar la fresca humedad de la mañana, y adelantar lo más posible antes del resistero del mediodía.

Si los jornaleros salían a las cinco para el campo, Dolores, la cocinera, rolliza pero enérgica y mal hablada como tabernera de ribera, ya hacía rato trajinaba a toda máquina en la cocina. Les servía café y un pedazo de pan. El café se hacía bien fuerte para calentar el cuerpo. Unos se lo bebían con urgencia apremiados por encender el primer tabaco del día; otros mojaban el pan en la negra infusión para ablandarlo.

Cuando los hombres se marchaban para las vegas, Dolores se entregaba a la faena de preparar el almuerzo, para que estuviera listo a las once. Ponía sobre el fogón de leña una inmensa olla con agua en  la que dejaba caer pedazos de carne y huesos para preparar el rancho del mediodía. Este, por lo general consistía de carne fresca guisada,  tasajo o  bacalao acompañado siempre de funche, o arroz,  frijoles o ajiaco con numerosas viandas, y un pedazo de pan.

La despensa de los alimentos estuvo siempre bajo el control de Matilde, la cual entregaba a Dolores bien temprano lo que se iba a cocinar para el  almuerzo.

A pesar de sus años, Matilde aún guardaba suficientes energías para cortar el bacalao, el tasajo o la carne que llegaba tibia en la madrugada traída por un mensajero a caballo. Un día se demoró tanto en aparecer que Dolores fue a la casa por ella. Cuando su hija Rosa entró a su cuarto, se la encontró dormida con una expresión dulce en su rostro, la misma que presentaría en su viaje sin regreso al más allá.

Los jornaleros que venían a “El Guanchero” y a las otras  vegas de los alrededores, provenían de lugares lejanos, y llegaban a Vuelta Abajo a finales de enero,  cuando comienza la recolección de la hoja. Allí permanecían hasta finalizar la zafra.

Muchos de ellos eran habituales todos los años,  y por consiguiente ya habían  establecido cierta relación con los vegueros y con el resto de los jornaleros.

El trabajo era intenso y apenas sin descanso. Se comenzaba poco antes del amanecer. Un silencio hermético reinaba en los campos mientras levantaba la mañana, solo interrumpida por el tac, tac… de las hojas cuando son desprendidas del tallo.  Esteban y Julián, eran los primeros en perderse entre los surcos húmedos  por el rocío de la noche. Una vez desprendidas, las hojas  eran depositadas en inmensas cestas de arique de yagua y  luego  transportadas sobre la cabeza hasta la casa de tabaco, donde las  ensartadoras cumplían su labor.

Durante la zafra los jornaleros  vivían en un bahareque de techo de guano en precarias condiciones; dormían en hamacas, hacinados uno al lado del otro. Era lo más que podía garantizar el veguero y las opciones estaban claras: quedarse y ganar el dinero necesario para vivir unos meses, haciendo un trabajo que les  era conocido, o  adivinar otra labor de ganancias inciertas.

Esteban contrataba anualmente cerca de dos decenas de estos hombres, todos muy diestros  en el trabajo y apremiados por la necesidad. Con los años ya sabía lo que rendía cada cual  y estaba satisfecho. Por eso se esmeraba en garantizarles una paga decorosa y un buen rancho. La paga se realizaba los sábados después del almuerzo. Rosa, su mujer, sacaba una mesita a la `puerta de la cocina y como una eficaz contadora le entregaba a cada uno el jornal de la semana. En otras vegas, al  momento de la paga les descontaban el rancho. Esteban nunca lo había hecho y estaba orgulloso de ello.

Le gustaba escuchar a los jornaleros decir que donde mejor se comía en todo Vuelta Abajo era en la vega  de Esteban “el isleño”,  y gratis.

Una vez terminada la labor del día, cuando caía la tarde, los jornaleros se aseaban, asunto casi  obligatorio, ya que el agua y el jabón son los únicos capaces de desprender la resina pegajosa y alquitranada que se va adhiriendo a las a las manos y la ropa en el transcurso del día.

Comían lo que había preparado Dolores,  por lo general un  alargamiento de lo sobrado del almuerzo. Luego,  la mayoría de ellos se sentaban a la puerta del cobertizo a tomar café, a fumar y algunas veces a beber alguna botella de aguardiente para calentarse.  Hablaban de lo  humano y de lo divino; de sus alegrías y miserias. Otros, por lo general los más jóvenes, salían en busca de alguna aventurilla amorosa por las cercanías.

Entre los jornaleros que venían todos los años se encontraba Narciso, negro  cuarentón, noble, largo para el trabajo y el preferido de Esteban. De Narciso, además de su entrega al trabajo, eran conocidos sus profundos temores por todo lo que tuviera que ver con el más allá. Nada más se comentaba un hecho ligero que involucrara a un muerto y se le erizaban  los pelos de los brazos. Era un miedo incontrolable e indescriptible.

Cirilo era otro de los habituales, flaco, charlatán, que constituía el alma del grupo por su carácter alegre y extrovertido y por ser dueño de una elocuencia desenfadada y de un carácter a prueba de bala. Con una persona así  cerca, se podía soportar mejor la lejanía de la familia y los cansancios y penurias de la larga estancia en el lugar.

Fue a  Cirilo a quien le vino a la mente  hacerle una broma a Narciso, tomando como base su debilidad por las cosas de muertos. Todos lo secundaron en la idea y de esa forma concibieron un plan.

Esa noche, como sucedía siempre, entre sorbos de café y fumadas de tabaco se reunieron en el cobertizo para poner en escena su “obra de teatro”.

Unos, sentados en taburetes recostados a los horcones, apoyados solo en sus patas posteriores a la usanza guajira, otros, simplemente sentados sobre una mesa rústica de madera o recostados a las paredes.

Pronto se cerró la noche y se inició la conversación sobre temas intrascendentes del día. Poco a poco, de manera casi imperceptible, la conversación fue derivando hacia donde era menester llevarla.

Evaristo era un  guajiro rudo y serio al que todos respetaban, y por lo tanto fue el que comenzó a contar lo que presuntamente le había sucedido  a su amigo Melquiades  años atrás.

-Hay cosas que suceden…  y si uno no estuviera seguro que les sucedieron a una persona seria, que merece respeto, y que es incapaz de mentir, no lo creería, sí, señor, -dijo con voz engolada-, mirando a su alrededor y  tratando de concentrar la atención de todos, principalmente la de Narciso.

-Esto que les voy a contar le sucedió precisamente a mi amigo Melquiades  -continuó.

Un día Melquíades se fue de cacería con Ernesto, que era su compañero de muchos años, y que al  igual que a él,  le gustaba tirarle a las torcazas.

Temprano en la mañana montaron a caballo y seguidos de  varios perros criollos se fueron a un monte de manigua muy tupido cercano a la costa,  allá por Bahía Honda

-Cuando llegaron al lugar -continuó su relato Evaristo, sintiéndose dueño completo de la atención de sus compañeros-, los dos amigos cogieron rumbos distintos para no coincidir en la dirección del tiro y se metieron directo en el monte.

– El terreno era muy malo, figúrenselo ustedes, cerca de la costa, lleno de manigua y de diente  de perro.

Melquíades se fue con dos perros a perseguir  un bando de torcazas que había visto posarse en lo tupío del monte. En un momento se sorprendió cuando, casi delante de él,  un montón de palomas levantó vuelo. Alzó la escopeta y: ¡bum, bum! disparó los dos cartuchos. Se alegró al ver que  muchas de ellas caían desperdigadas a unos pasos delante de él.

Los perros corrieron por delante y él  atrás,  abriéndose paso dentro del monte como podía.

En ese momento del relato, Evaristo se detuvo, tumbó la ceniza del tabaco apagado y tomando un tizón vivo lo acercó a la punta chamuscada; succionó fuertemente hasta que un  humo azuloso volvió a nublar el ambiente y el  rojo del anillo de fuego de la punta del tabaco se hacía más intenso

-Bueno, como les contaba… -continuó Evaristo-, ahora fijando la vista en el anillo rojizo, como comprobando que la capa del tabaco era excelente. Pues cuando Melquíades pudo romper la manigua, vio a los perros que no dejaban de ladrar a la orilla de una furnia como de tres  varas de profundidad que allí había. Se asomó y vio las palomas en el fondo.

No lo pensó dos veces y  bajó agarrándose como  podía de las piedras salientes a buscar sus presas.

-Amigos míos, yo se los decía  –comentó casi en un susurro-, alargando las palabras y buscando el grado de emoción suprema en los oyentes. Mientras, Narciso se movía inquieto cerca de la puerta.

Lo que Melquíades vio  en el fondo del hoyo es cosa de ponerse a pensar. ¡Miren ustedes!. Mientras recogía las palomas se fijó que en la pared del hueco había una cueva, oscura como la noche, que tenía la boca  casi cerrada por los bejucos. Por curiosidad arrancó unos bejucos  y  asomó la cabeza dentro de la cueva. Y  vio allí, en la misma boca, tapadito por la yerba, un baúl grande de madera muy viejo, cubierto de  brea y  rodeado de flejes de metal.  A esa hora, ¡figúrense ustedes…! Había que abrir aquel baúl como fuera… porque la curiosidad por conocer lo que había dentro lo estaba matando. Trató de halarlo fuera de la cueva pero aquello pesaba como quince arrobas. Luego golpeó fuerte el cerrojo de bronce con una piedra hasta que lo hizo saltar.

Cuando pudo abrir la tapa, lo que apareció ante sus ojos era para erizarle los pelos  a cualquiera, sí señor.

Allí dentro había todo tipo de joyas, adornos de oro y plata, piedras preciosas y cientos de monedas de oro que Melquiades ni siquiera se imaginaba que existieran.

-¡Carajo…! ¡Esto parece un tesoro de piratas…! Fue lo único que se le ocurrió pensar a Melquiades.

-¡El pobre Melquiades…! –Dijo Evaristo-, haciendo una inflexión en la voz. No tuvo mucho tiempo de contemplar aquellas maravillas.

De pronto, escuchó tras sus espaldas un sonido casi musical, como de  huesos cuando golpean las piedras. Luego una corriente de aire muy  fría que se elevaba desde el fondo de la cueva le congeló la camisa sudada.

Se volteó y vio algo horrible: Un esqueleto vestido de harapos marineros, armado con un remo en sus manos de huesos, y con un tabaco encendido entre sus grandes dientes  se le encimó y lo golpeó en todo el cuerpo que casi pierde el sentido. Desde el suelo vio aterrorizado como el esqueleto se elevaba sobre el hueco y desaparecía en la manigua.

A los gritos de Melquíades llegó sofocado Ernesto, que no entendía del todo lo que le había sucedido a su amigo. Bajó al fondo del hueco y lo  ayudó a subir.

Melquiades, ya más recuperado y sin dar ninguna explicación a su amigo,  montó en su caballo, picó espuelas  y no paró hasta llegar a su casa.

Al otro día Ernesto se apareció en casa de su amigo para conocer qué le había sucedido el día anterior y para entregarle la escopeta que había dejado abandonada en la boca del hueco.

Melquíades fue categórico: -Si tú quieres continuar siendo mi amigo, no me preguntes nunca qué me pasó en aquel jodío hueco, -le respondió irritado y tajante.

-Esta es la historia que yo les quería contar que le pone los pelos de punta al más guapo. ¿No es así? -concluyó lacónico Evaristo.

Narciso se veía excitado, no comentaba nada pero estaba inquieto. En la semipenumbra del cobertizo sus ojos brillaban al moverse alocados  en todas direcciones. En un momento hizo como un intento de retirarse, pero ya había cometido el error de haber escuchado el cuento, y no soportaría escuchar  otras historias tan aterradoras como aquella desde la soledad de su hamaca. Aún no había llegado el plato fuerte y todos esperaban ansiosos el cuento de Cirilo.

-Bueno señores, -comenzó pausado aquel charlatán-, del que todos decían que ganaría más dinero trabajando en un circo que recogiendo hojas de tabaco.

-Lo que les voy a contar no le pasó a ningún amigo mío, sino que me pasó a mí, por lo tanto todo se ajusta a la más estricta verdad, y miren ustedes que hace años que esto ocurrió y  todavía me erizo cuando lo recuerdo, como si hubiera sido ayer…, -dijo-,  alargando las palabras sin perder de su vista la figura temblorosa de Narciso.

Andaba yo enamoriscao por vuelta de Candelaria y todos los domingos me montaba en mi caballo después del almuerzo y me iba a visitar a mi novia que vivía en una finca cañera. Allí pasaba la tarde cerquitica de aquella mujer, tratando de robarle aunque fuera un beso. La maldita suegra nada más me veía llegar, sacaba una cesta de ropa vieja, halaba un sillón y empezaba a ponerle remiendos.

-Igualita a la suegra de Prudencio, -un amigo mío- que por culpa de la suegra perdió el matrimonio con la mujer de su vida. Prudencio iba a visitar a su novia y aquella señora se sentaba delante de ellos con un bulto de ropa vieja a zurcir encima de lo zurcido, y entre puntada y puntada le  posaba los ojos  encima y no lo dejaba ni tomarle la mano a su novia María.

Sentado en su sillón Prudencio decía para sí: -! Qué mala suerte la mía!  Con los trabajos que yo paso para llegar hasta aquí todos los domingos a ver a esta mujer que me vuelve loco y la vieja no me da  oportunidad ni de mirarla de frente.

Un día tomó la decisión que cambió su vida: Le dijo a su novia: -María, yo estoy loco por ti, pero esta situación no puede continuar… cuando en tu casa compren ropa nueva yo regresaré. Prudencio montó en su caballo y ni adiós dijo… ¡Pa que lo sepan…!

Una atronadora carcajada inundó todo el espacio. Solo Narciso no rió. Su mundo interior estaba en ebullición, y se mostraba como un animal receloso del peligro que se avecinaba. Su suerte estaba echada, ya no podía marcharse de allí y de quedarse…, se arriesgaba a que continuara aumentando su carga de miedo interior que ya había llegado al tope con el cuento de Evaristo.

Respiró profundamente, se pasó la mano por la frente para limpiarse el sudor que empezaba a gotearle a pesar de la pesada frialdad de la noche que se colaba en todas direcciones. La boca se le llenaba de una saliva espesa que se le pegaba a la lengua y que lo obligaba a soltar escupitajos a seguidas.

-Pues creo que me salí del cuento que les contaba, ¡caray…!  -dijo Cirilo- tratando de concentrar de nuevo la atención de sus amigos.

La mía era la misma situación de Prudencio, la vieja ni iba al excusao en toda la tarde. Cuando se acercaba la noche se levantaba de su sillón y lo ponía  al revés contra la pared. Esa era la señal convenida de antemano de que la visita se había terminado.

Sucedió que un día de esos de verano, que se ponen negros y llueve y truena y parece que el cielo se ha rajao, yo estaba casi para despedirme, cuando todo se oscureció y empezó la tempestad. Aquello no tenía para cuando acabar y mi novia, viendo que pasaban las horas y no escampaba, trató de interceder con su madre para que me permitiera  quedarme a  dormir en la casa. La respuesta fue categórica: “Los novios no deben dormir bajo el mismo techo bajo ningún  pretexto”.

Así que tuve que salir bajo aquel remolino de viento,  agua y truenos en una noche cerrada.

Ya había caminado a buen trote como una legua, cuando,  a la luz de un relámpago, vi  que un jinete se acercaba en mi dirección cubierto con sombrero y capa negra.

Me sentí reconfortado de que en una noche así, al menos  yo no era el único desgraciao. En el momento en que el jinete cruzaba a mi lado quise decirle algo para alentarlo. En ese momento un relámpago iluminó toda la guardarraya y yo pude verlo clarito, clarito. Debajo del sombrero no había ninguna cabeza, ni tampoco había cuerpo alguno dentro de aquella capa negra, que se sostenía en el aire yo no sé cómo  y chorreaba agua por todas partes.

-¡No pudo ser…! –Exclamó incrédulo Abilio.

-¿Qué no pudo ser…? –Lo más terrible no se los he dicho todavía, -respondió alarmado Cirilo, mirando fijamente a Narciso que a estas alturas  estaba a punto de convulsionar y en sus ojos, se  reflejaba todo el  pánico que quería reventarle su corazón.

-El miedo no solo me vino cuando vi aquella figura que no era figura… -prosiguió Cirilo alzando la voz.  El miedo lo tuve para cagarme cuando el caballo del jinete resopló, entreabrió los belfos  y enseño los dientes…sí señor. Aquellos no eran dientes de caballo, eran dientes picuos, como los de un tiburón. Y ahora me pregunto yo: ¿Pa qué va a necesitar un caballo dientes de tiburón…?

Si el susto que yo  me llevé fue grande, más grande aún fue el de mi caballo que salió disparao y no aflojó hasta llegar a la casa.

-Así como les cuento… -concluyó Cirilo su relato no sin antes dejar caer su mirada en la figura del negro Narciso, que hacía rato había dejado de ser persona.

-Bueno señores, -dijo uno de los presentes- es hora de ir a dormir…, que mañana hay que madrugar. Todos remolonamente se movieron pero ninguno intentó tomarle la iniciativa a Narciso, por lo que, al final, el pobre hombre se vio obligado a entrar el primero alumbrándose con un candil que le temblaba en la mano. Caminó dando tumbos  rumbo a su hamaca que estaba cercana a la puerta trasera.

A la luz del candil primero vio un bulto oscuro que se movía en el mismo lugar, y cuya inmensa sombra se proyectaba sobre la pared; más cercano al lugar de su hamaca  extendió el brazo con el candil y vio lo inesperado: Un inmenso caballo negro que movía sus belfos y le mostraba, desafiante, grandes hileras de dientes filosos como los del tiburón.

El grito fue profundo, lastimero, como el mugido de una bestia herida; un lamento indefinido e infinito, salido de las entrañas de su cuerpo. Luego se escuchó como el tropel de cientos de animales en estampida. Narciso salió disparado como un proyectil desde el fondo del bahareque. En la huida voló por encima de la mesa, dejó jirones de ropa prendidos de las cercas y de los zarzales que atravesó sin detenerse hasta alcanzar el camino. Corrió y corrió  sin rumbo fijo  en la oscuridad de la noche.

Al siguiente día no se habló de otra cosa en el campo y en la casa de tabaco,  sino de los  miedos de Narciso.

En la tarde llegó, desde lejos, un guajiro averiguando por un caballo negro que se le había extraviado hacía dos días.

De Narciso nunca más se supo. No regresó ni a cobrar los jornales pendientes  Esteban, al conocer la noticia, rió de la broma, luego  se lamentó por la pérdida de su mejor jornalero – ¡Qué negro más miedoso, carajo…! –dijo- y se coló en un surco a comenzar la labor del día.

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