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Los émulos del Caballero

2-_CaballeroParis02El Caballero de París

No recuerdo con exactitud la fecha en que vi por primera vez al Caballero de Paris.  Es muy probable que fuera a finales de 1968. Estoy seguro de que fue un sábado o un domingo ya que eran los días en que salíamos de pase. El tiempo del pase en aquel entonces lo consumíamos haciendo colas para comer  en una pizzería, heladería o cafetería (no había para restaurantes), o  en caminar por las calles adentrándonos en el paisaje urbano de la ciudad. Los servicios en general, y el gastronómico en particular,  eran bastante aceptables entonces, en comparación con lo que vino después. Una cola de dos horas en una pizzería estaba justificada si a la persona le gustaba la comida italiana. Las pizzerías presentaban una surtida oferta de platos que nada tenían que envidiar a las pizzerías autóctonas italianas. Igual la cadena de cafeterías que había en La Habana, sobre todo en el Vedado, con sus dos Carmelos: el de 23 y el de Calzada, el Potín o El Jardín de la Calle Línea, en cuyo interior funcionaban restaurantes, pero sus terrazas estaban destinadas a comida ligera. Con menos de diez pesos podías ordenar un sándwich de  jamón y queso, dulces finos, helado coppelia y hasta un batido. El sándwich de entonces no tenía nada que ver con los actuales en cuanto a calidad y cantidad. Se servían con pan fresco tostado, untado de mantequilla, pepinillos, mostaza, y gran cantidad de queso y  jamón. Este plato costaba cuatro pesos pero los valía. En las pizzerías de entonces, si ordenabas espagueti napolitano, por ejemplo, te lo servían como Dios manda: un plato con la pasta, y dos  pozuelos, en uno la deliciosa salsa y en el otro el queso. Si pedías una pizza de chorizos, probablemente no te la terminabas por la cantidad de queso y chorizo que servían Valía la pena las dos horas de colas, ya lo dije… Había un nivel superior de pizzerías que clasificaba en lo que se denominaba restaurante italiano cuyo servicio era aún más exquisito. En esa categoría clasificaban “Doña Rosina”  en Calzada e I, y “Monte Catini” en J y 15. Para acceder a dichos restaurantes había que reservar por teléfono. La mamá de uno de mis compañeros se ocupaba, en el transcurso de la semana, de llamar y llamar hasta conseguir la reserva para el sábado en la tarde. De manera que saliendo de la beca aterrizábamos en el restaurant a desquitarnos el hambre acumulada de una semana. Un día en que estaba parado en la cola de la pizzería Cinecitta en 12 y 23, vi a un señor entrado en años, de pelo largo y cano. Aunque no podía afirmar que saliera de la sauna del hotel Habana Libre, sus ropas eran aún limpias y  no daba la imagen de lo que años después pude ver. Había escuchado hablar del Caballero de París en muchas ocasiones; inclusive tarareaba la canción que le había dedicado la Orquesta Aragón, pero no había tenido la oportunidad, estando en La Habana, de conocerlo. El hombre vestía elegantemente de negro, como si estuviera preparado para un evento de sociedad.  Sobre sus hombros reposaba una capa negra. En su rostro se perfilaba una cierta altanería como si él mismo estuviera consciente de su superioridad. Paseaba por el salón de la pizzería sin prisas y sin apenas fijarse en las personas que lo rodeaban. Sus ojos estaban perdidos en una profunda  lejanía; ensimismado en su mundo, como si estuviera por parir una prodigiosa idea que cambiaría los destinos del universo. Tomaba con descuido pedazos de pizzas dejados en las mesas y se los llevaba a la boca con la altivez del gentilhombre, quizás convencido de que desayunaba frugalmente y de pie en uno de los hermosos salones del Palacio de Versalles apremiado por salir de caza Debajo de un brazo aprisionaba papeles, muchos papeles recogidos en cualquier lugar y que le servían para armar sus fantásticos relatos que luego contaba a un público que le seguía la corriente y se divertía escuchándolo hablar de Dumas como si fuera su amigo. Del Caballero de Paris se ha escrito suficientemente, sin embargo, todavía los investigadores entran en contradicciones sobre el origen de su demencia. Asumo que habiendo alcanzado la fama precisamente por haber perdido la razón, la fuente más fidedigna era de dudosa veracidad. No  obstante, hay coincidencias en muchos elementos, principalmente en su origen asociado con un ciudadano español natural de Lugo, Galicia, el cual se dedicaba al comercio a principios del siglo XX en La Plaza de Cuatro Caminos. Su demencia, según se dice, se debió a un presunto fraude de dinero que lo llevó a prisión y allí perdió el juicio. En la época en que lo vi por vez primera merodeaba por la esquina de 23 y 12. Años más tarde, luego de regresar de estudios en la Unión Soviética me lo encontré en la pizzería Vicky, en la esquina de San Lázaro e Infanta, alternando con los portales del Hotel Colina en L y 27. Los pocos años transcurridos habían deteriorado su figura. Sus ropas eran harapos; su pelo se había convertido en un amasijo sucio y grasiento entrelazado, que como un pesado fardo caía sobre sus espaldas y lo hacía doblarse por el peso. Ya había perdido su prestancia, su altanería y no le quedaba nada de sus modales de gentilhombre. Pocos años después fue internado en el hospital siquiátrico y allí, gracias a la atención médica, a la alimentación y el cuidado que le prodigaron logró recuperarse y aún tuvo fuerzas unos años más  para hacer reír al personal médico que lo atendía con sus fabulosos relatos, hasta que murió a principio de los años noventa. Por ser un icono indiscutible de esta ciudad revuelta, ha merecido ser reconocido con una hermosa estatua de bronce en el centro histórico de La Habana Vieja. Hoy turistas nacionales y extranjeros posan a su lado en busca de una foto recordatoria de la estancia en la capital de Cuba. Por suerte para él, se despidió del mundo mucho antes de fin de siglo y del inicio del “periodo especial” en Cuba. De haber estado vivo para entonces a lo mejor hubiera tenido que compartir su fama con otros personajes surgidos a la luz de la crisis. Y es que con la crisis económica que nos asoló para despedir el siglo, muchas cosas cambiaron definitivamente, y nunca volvieron a ser como antes, principalmente la mente del ciudadano y su escala de valores. Años antes de los noventa, era una rareza encontrarse con pordioseros o deambulantes en la ciudad. Y al igual que aumentaron durante esos trágicos años las cucarachas, las ratas, los perros callejeros etc.,  porque las personas estaban volcadas en cuerpo y alma a la subsistencia “y luego arreglaremos lo  demás…”, también se volcaron a las calles  enajenados mentales, subnormales, adictos y toda una gama de  pordioseros que merodeaban en cada  esquina. Se notaba que hasta entonces de alguna manera habían vivido bajo el cuidado de alguien y en el momento más crítico, les abrieron las puertas para que salieran a “lucharla” como todo el mundo. Desde entonces, todavía muchos deambulan por las esquinas populosas de la ciudad, unos desorientados; otros dedicándose a hurgar en los contenedores de basura en busca de desperdicios de comida o simplemente pidiendo limosnas en una ciudad en la que muy pocos tienen para compartir. Recuerdo a finales de los noventa un hecho ocurrido en el cine La Rampa. Debo comentarles que dicho cine se ha dedicado  por muchos años a exhibir muestras de ensayo, y al mismo  asiste un público selecto de intelectuales, artistas, profesionales y estudiantes en busca de exclusividades del séptimo arte. Un día en que presentaban “El Acorazado Potiomkin” del cineasta ruso Serguei Einsenstein, una fetidez de cuerpos sin bañarse inundaba la sala. De pronto se levantó una algarabía como si se tratara de niños en una feria, en un recinto casi sagrado. Al encender las luces con sorpresa notaron que el cine estaba medio lleno de estos personajes, lo que provocó la estampida de media intelectualidad de la ciudad. Llegaron la quejas y se conoció entonces que cercano al cine, en el antiguo restaurante Moscú, el mismo que ardió en llamas hasta las bases poco antes de su reinauguración, los pordioseros, deambulantes, dementes, alcohólicos  y todo tipo de enajenados habían montado campamento entre escombros, basuras y desperdicios; y no les era nada difícil acceder al cine a cincuenta pasos a solazarse con el aire acondicionado en noche de verano. La solución vino expedita: Tapiar las entradas de las ruinas con bloques de concreto y así eliminando el campamento, se alejarían del  cine. Entre los personajes más simpáticos de esta fauna, que pudieran emular con el respetable Caballero, se encuentra un negro, viejo pero aún fuerte, el cual viste con chaqueta militar y tiene grados de comandante, además luce en la solapa decenas  de medallas y condecoraciones. Camina por la Rampa con aire marcial como si estuviera desfilando en una parada militar. Otro se apasiona por dirigir el tráfico en las esquinas más candentes de la ciudad. Y si no se le  obedece en los giros que indica, se enfada con el chofer y casi le pega una multa. Uno, más agresivo, se encima a los autos y en el momento del cruce los patea fuertemente. Este se mueve por toda la ciudad y lo mismo se puede encontrar  en Calle 100 y Avenida 51, que en Infanta y Carlos III. Presencié en una ocasión a un chofer en el cruce de Ayestarán y 20 de Mayo, que no soportó el golpe propinado al carro y se bajó con un bate y lo golpeó en un hombro fuertemente. En la ciudad se han abierto restaurantes de séptima categoría que les garantizan comida caliente a estos menesterosos a precios muy baratos. Cercano al  mediodía empiezan a  aparecer de todos los rincones y pronto llenan los portales y alrededores de las fondas. A esa hora se pelean entre ellos por ser los primeros, se irritan, escandalizan…. El momento de servir el rancho se convierte en una  imagen patética y hasta grotesca que hace recordar  los grabados de Goya. Estoy convencido de que a nuestro honorable y nunca bien ponderado Caballero le sería demasiado difícil socializar con dicha plebe. Fotos tomadas del blog: www.prettyparrot.blogspot.com/2009/02/el-caballero-de-paris.html

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