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La Salud también tiene sus gordos

Los GordosCiertas personas sienten una predisposición especial hacia los individuos obesos. Hacen rechazo de los gordos porque los asocian con la vida muelle, la negación de la ejercitación física, la glotonería y el afán irrefrenable por la comida.  

Esta intolerancia no tiene en cuenta que para que el mundo sea mundo tiene que haber de todo: gordos y flacos, enanos y gigantes, calvos, cojos, mancos, ciegos, sordos, blancos, negros, mulatos, jabados, rubios, indios, moros, chinos etc. Muchos no llegan a comprender que sobre la tierra no existe nadie ni nada perfecto, ni siquiera Dios y su obra. 

Pero, es que en el mundo moderno, como en los tiempos de los griegos, se anda tras  la perfección de la obra humana. Es un mundo donde los consorcios de la moda, las grandes compañías de ropa y calzado de marcas y su asociación con el marketing y el mercado de la imagen, han hecho que la apariencia física decida a priori, por ejemplo, la concesión de cualquier empleo. No basta con tener un currículo sustancioso y una vasta experiencia para desempeñar la plaza convocada. Eso, apenas, cumple uno de los requisitos. Se precisa poseer figura estilizada, cejas depiladas, -sea hombre o mujer-,  corte de pelo moderno, vestir a la moda, estar al tanto del último esnobismo etc. Ante esta desafortunada y triste realidad, las personas obesas no tienen nada  que pretender.

Hay compañías de aviación, por ejemplo, que sugieren a los pasajeros  excedidos de peso corporal comprar un doble billete para evitar las complicaciones propias del cada vez más restringido espacio vital en los aviones comerciales.

Sin embargo, se encuentran personas obesas talentosas en cualquier rama del conocimiento o la actividad humana. Lo que sí parece apuntar en todas ellas, como una constante, es la ansiedad por la comida; es el comer desordenado e insaciablemente; es la predilección por los alimentos grasos y los carbohidratos.

También  hay compañías fabricantes de comida chatarra que hacen su agosto con el hambre insaciable de los gordos. Se les ve en las grandes ciudades, sentados en los parques, devorando toneladas de papas fritas y galones de refrescos. Como los peces, son presas fáciles que mueren por la boca.

Hay gordos, y sobre todo gordas,  que toman conciencia de la deformación y blandura que van adquiriendo sus cuerpos y gritan alarmadas cuando comprueban que la ropa del armario se ha “encogido”. Entonces se entregan con entusiasmo a los entrenamientos físicos con largas jornadas de caminatas agotadoras para  lograr el objetivo de bajar algunos kilos.

Al cabo de unas semanas o meses, al apreciar escasos resultados, frustrados y tristes, abandonan esa tortura. Entonces aparece el desborde, que es el fenómeno contrario a la abstinencia, el cual es fatal para los obesos.  

Desisten de la dieta de acelga y pimientos a la hora de la cena, y se entregan con desafuero a la gula, al libertinaje de los potajes, la carne entreverada de cerdo, los dulces, las torrejas, las mermeladas y los helados. Al menos en el momento de la comida se sienten reconfortados, felices y  libres del estrés, y disfrutan del momento como si se tratara de un orgasmo, aunque, luego, en la noche, sientan haber cometido un pecado capital y vuelvan los remordimientos.

Hay otros que, con mayores recursos y confianza en los resultados prácticos, se someten a tratamientos quirúrgicos que en ocasiones ponen en riesgo su vida y a la larga nada resuelven.

En muchos casos, el origen de la obesidad hay que buscarlo en fenómenos de desorden endocrino, factores genéticos o en una deficiente y desproporcionada dieta alimentaria.

Pudiera pensarse que los gordos son personas malhumoradas por tener que cargar con la desgracia que para muchos constituye el exceso de peso.  Nada más lejos de la realidad. Por lo general, los gordos son personas optimistas, simpáticas, comunicativas y apacibles. Quizás porque llevan la vida a un ritmo mucho más lento y sosegado y están conscientes de lo que pueden alcanzar y de lo que les está prohibido; o porque ese sosiego les brinda la oportunidad de fijarse en cosas que no observan los que andan  a tope.

Son escasos los casos de gordos sanguíneos, temperamentales. Es raro encontrarlos en el centro de una batahola, discutiendo acaloradamente algún asunto, o enfrascados a  gaznatones en una reyerta pública. Su vida sedentaria y su paso cansino los ha enseñado a tomar las cosas con calma.

Los personajes que se muestran en la foto: Tavito, José Ángel y “el Piñe”  responden a estas características narradas. Es evidente que se trata de gordos extra clase. Son personas simpáticas y afectivas. Viven en  La Salud, pueblo rural del sur de la Habana. Algo curioso, dos de ellos, Tavito y José Ángel, son vecinos, y “el Piñe” trabaja en la misma cuadra.

A Tavito, el más joven de los tres, no me lo imagino una mañana en la calle Infanta parando un “almendrón”,  mientras el chofer y los pasajeros se horrorizan tan solo de pensar que semejante ejemplar pueda colárseles en el vehículo;  o corriéndole detrás a un P2, cuyo chofer, hijo de puta, se voló la parada;  o pidiendo botella en un semáforo; o caminando cuadras y cuadras para llegar al centro de trabajo. Tavito se ha librado de esas complicaciones. Se ve relajado sentado en el portal de su casa, saludando a todo el que transita por la acera y vendiendo cosas…, porque de algo tiene que vivir. Me confiesa que recientemente se sometió a un chequeo y el médico se sorprendió al ver los positivos resultados de los análisis, sobre todo del colesterol. No lo pongo en duda, pero es difícil de creer.

El “Piñe” es el más ligero de los tres, aunque supera con creces las trecientas libras. A su vez es el que lleva un trabajo más dinámico y diría menos sedentario. Se mueve con ligereza en el desempeño del oficio de carnicero –de carne de cerdo, por supuesto-.De ahí mi suspicacia respecto al destino final de los recortes, empellas y chicharrones.

Al preguntarles cuánto pesaban se mostraron dubitativos, y no porque quisieran esconderme una obvia realidad quitándose libras, sino porque ninguno de los tres vive con esa preocupación, como muchos otros mortales que conozco. Confesaron que hace mucho tiempo no se suben a una báscula y me dieron pesos aproximados. No obstante, sumadas las cifras aportadas, su peso, grosso modo, supera la media tonelada.

Es de suponer que si en un pueblo pequeño conviven personas con esas características corporales,  es imposible que escapen a la jarana y el choteo tan consustancial al carácter de los que habitamos esta isla.  

De los tres, el más carismático y desinhibido es José Ángel y es con el que mayor acercamiento tengo. Es dueño de una finca, pero  vive en el pueblo. Se mueve en una ruidosa moto checa de los años sesentas. Al verlo transitar sobre su moto, la cual parece de juguete entre sus piernas, no dejo de pensar en el oso Yogui de las caricaturas.

Sobre José Ángel se han tejido decenas de anécdotas, en su mayoría relacionadas con su glotonería, quizás algunas exageradas, pero ninguna desmentida por su protagonista, quien se place de escucharlas de labios de esa especie de juglares provincianos que habitan la geografía profunda de este país.

El propio José Ángel relata que en una ocasión viajaba con unos amigos venidos del extranjero y se detuvieron en un merendero, a la orilla de la carretera, en una calurosa tarde de verano.

Al entrar al local su vista se clavó en una juguera refrigerada sobre el mostrador, donde se batía un refrescante zumo de naranja, su preferido.

Pidió un jugo y le sirvieron un vaso desechable que se le perdió entre sus manazas. Luego pidió otro y otro y otro. La muchacha que lo atendía, de alguna manera quiso manifestar su incomodidad por la fijación del gordo con el jugo de naranja y le dijo con ironía: “Óigame, no cabe dudas que a  usted le gusta el jugo de naranja” y el gordo, mirando a la juguera, ni corto ni perezoso le respondió: “Niña, tú no sabes que si me das esa palangana yo me la tomo”.

Quienes lo conocemos no ponemos en dudas sus palabras, habida cuenta que se bebe de una vez una botella de soda de litro y medio de capacidad.

En una ocasión llegaron a la finca dos estudiantes de Medicina que hacían un levantamiento epidemiológico. El gordo preparaba un jugo de piña en una batidora. Las estudiantes consideraron que al menos le brindarían del apetecido jugo. Pero José Ángel que no cree en cumplidos, cuando terminó de batir el jugo  se lo empinó desde el mismo vaso de la batidora.

Me contó que hace poco estuvo veraneando en la playa de Varadero y casualmente se encontró al humorista de la televisión cubana Luis Silva, el cual encarna el personaje de “Pánfilo”, un viejo de la Cuba de hoy obsesionado con la entrega normada de alimentos a la población, sobre todo del pan.( Ver estampa sobre este personaje en cosasdecuba.com).

Silva le preguntó que cuántos panes le tocaban a él por la libreta, y él le   respondió que no comía pan, pero tenía finca.

En esa misma ocasión de la estancia en Varadero en una casa con servicio de comida a la carta, ordenó para el almuerzo -para él, la mujer y la nieta- un cochinito asado, como si se tratara de una rueda de pescado grille. Es de suponer la buena cuenta que dio del susodicho.

En la finca familiar que cultiva junto al resto de la familia, es algo normal que cuando ara la tierra con el tractor, lleve los bolsillos repletos de masas de cerdo fritas y así, entre pases de grada, va devorando la carne. En una ocasión se quedó dormido –algo que le sucede con frecuencia, pienso que debido al exceso de grasa en los conductos sanguíneo que obstruye el flujo adecuado de sangre al cerebro. Al  cabo de la hora encontraron el tractor golpeando una palma mientras el gordo, ido del mundo, reposaba su cabeza sobre el timón.

Es apenas creíble que ese cuerpo cercano a las cuatrocientas libras de peso, en tiempos ya lejanos, respondía a las exigencias de un atleta jugador de pelota de tercera categoría, el cual defendía la receptoría y corría las bases como el mejor.

Es difícil predecir qué sucederá con las vidas de estos tres nobles saludeños en los años venideros, aunque es probable  que su peso corporal continúe indetenible. Su optimismo blindado los lleva a no pensar en el futuro, pues ellos viven el día de hoy. 

Yo por mi parte, me fijo en mi agenda, si es que estoy vivo, volver sobre el tema dentro de un decenio.

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