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La Bicitaxi de La Habana

Al inicio de la década de los noventa del pasado siglo, en el mundo se sucedieron cambios trascendentales. De la noche a la mañana la Unión Soviética, contrapartida del sistema capitalista mundial dejó de existir, abandonó la pelea, y sobre el cuadrilátero, con aire prepotente y orgulloso, agitando los guantes sobre su cabeza, el capitalismo anunciaba a la humanidad que había un solo vencedor.

A partir de entonces los procesos de desarrollo, los conflictos entre países, las nuevas tendencias ideológicas y muchos otros fenómenos asociados a las nuevas reparticiones de países, divisiones de nuevas fronteras, asociaciones y alianzas que habían surgido, adquirieron una nueva dinámica.

Comenzaba el proceso de globalización, aupado por las corrientes neoliberales que entristecieron los destinos de muchos países.

No es menos cierto que logros y avances que ya estaban a punto desde hacía años, lograron su madurez. A los avances alcanzados en las comunicaciones con los teléfonos satelitales, se unió a partir de 1994 la creación y aplicación de internet.
Se comenzó a hablar de clonación, del mapa del genoma humano y de otros descubrimientos asociados a estos como el uso de las células madres, lenguaje ininteligible para la inmensa mayoría de la humanidad. Todos estos avances convirtieron al globo terráqueo en una aldea, como entonces se le comenzó a llamar.

El mundo seguía un ritmo de crecimiento increíblemente veloz. Se habría nuevos mercados de materia prima para satisfacer las necesidades crecientes de las economías emergentes como China, La India, Brasil etc.

La ex Unión Soviética y los ex países socialistas mientras tanto, buscaban desesperadamente la manera de salvarse de la debacle en que estaban sumidos. Con sus economías colapsadas por el brusco frenazo y cambio en una dirección incierta, dichos países veían surgir fenómenos en su sociedad ya superados muchos años atrás. Buscaban desesperadamente las nuevas vías de remontar la crisis con el menor daño y sacrificio posibles.

Mientras todos estos procesos ocurrían en el mundo, Cuba, la bella isla del Caribe se sumergía en una profunda crisis económica a la que eufemísticamente se le denominó “periodo especial”.

Por la manera en que aquel fenómeno socio económico afectó a la sociedad cubana, dudo que el mismo tuviera algo de especial. De hecho, el estado de cosas que imperó en nuestra sociedad por casi una década alteró el pensamiento y la escala de valores de los cubanos. Nos depositó en nuestra conciencia hábitos y maneras de pensar que, a pesar del tiempo no han podido ser cambiados, y hoy desafortunadamente conviven con nosotros.

La palabra “especial” independientemente de las acepciones que pueda tener debido a la riqueza del idioma Castellano, al menos en nuestro país estaba relacionada con cosas, momentos, acciones, etc. positivas, agradables, únicas. De tal forma existía un sistema de transporte especial, dulces y confituras especiales. La especialidad de la casa –el mejor plato del chef-, aun aparece en la carta de los restaurantes.

Dejemos entonces la semántica y pasemos a la situación existente en aquellos días.

Cuba con sus altibajos seguía su modelo de desarrollo. Siendo un país miembro del CAME, tenía derecho a determinadas facilidades de créditos y sobre todo al comercio de intercambio.

De un día para otro se le comunicó al gobierno cubano que ya no podíamos seguir recibiendo combustibles, ni piezas de repuesto, ni alimentos básicos, ni muchos otros rubros de una lista interminable. En pocas palabras nos dijeron: “Santiago de Compostela, arréglenselas como puedan”.

En casa todo era agitación tomando medidas para que el país no colapsara. Se congeló parte del parque de transporte; se detuvieron las inversiones; se redujo considerablemente la canasta de alimentos básicos normados, subvencionados por el Estado. Empezaron los odiosos apagones de diez y doce horas. El gas de cocinar no llegaba del todo o llegaba con insuficiente fuerza. Debido a ello muchos accidentes fatales se sucedieron, porque las personas dejaban las llaves del gas abiertas y entre tantas agitaciones olvidaban cerrarlas al ir a dormir y se asfixiaban. Había problemas con el suministro de agua porque no había corriente en los pozos para bombearla o se quemaban las turbinas y no se podían reponer. En fin, la sociedad cubana comenzó a estremecerse desde sus raíces.

Los centros de producción y las oficinas redujeron la jornada laboral porque no se disponía de energía eléctrica suficiente o de alimentos en los comedores obreros. Era normal que un trabajador saliera para su trabajo antes de las siete de la mañana y llegara dos o tres horas después. Entonces, por no haber corriente eléctrica o no garantizar la alimentación, se liberaban a las dos de la tarde. En conclusión, una situación totalmente desmoralizadora.

Por otra parte, hay que tener en cuenta que los trabajadores, además de la necesidad de asistir al trabajo para justificar el salario, tenían muchas otras necesidades perentorias que garantizar en su entorno familiar: la alimentación de la familia, las necesidades propias de los hijos pequeños etc., por lo tanto no había cabeza para estar sentado en una oficina, con el estómago vacío, sufriendo calor, y pensando que en la casa no había nada que comer en la tarde.

Si me lo propusiera escribiría un tratado sobre los pesares y sinsabores de los cubanos en esa nefasta década. Por supuesto, me auxiliaría de las experiencias y recuerdos de mis compatriotas que estoy convencido lo enriquecerían hasta lo sumo. No es mi intención abrir un capítulo sobre el asunto, solo me apoyo en el necesario “pie forzado” para mejor comprensión del tema.

Con todas estas calamidades a cuesta, los chinos nos “tiraron un cabo” concediéndole un crédito a Cuba para comprar bicicletas. Era un paliativo o la solución ideal al problema del transporte según quien lo mirara. De tal manera, de un día para otro aparecieron las flamantes “flying pigeon” y “forever bike”, reconocidas marcas de bicicletas chinas. Ante tanta miseria y desolación, la entrega masiva de algo nuevo, aunque se tratara de bicicletas, alegraba el alma.

A la carrera se habilitaron sendas en las calles para el tránsito de las bicicletas y así proteger a los ciclistas de las potenciales embestidas de los escasos vehículos motores que se mantenían circulando. Se creó una vía, solo para ciclos, que llevaba a los más osados, jóvenes por supuesto, hasta las playas del Este los fines de semana, distantes a más de veinte kilómetros de la capital. Al menos para que se solazaran y no crearan conflictos en la ciudad.

Hubo necesidad de desplegar toda una logística masiva para garantizar el funcionamiento y preservación de la bici: talleres de reparación; poncheras para las gomas y reposición de aire. Un promisorio mercado subterráneo garantizaba la venta de las piezas y partes más deficitarias. Se habilitó una especie de tráiler para transportar las bicicletas desde la ciudad hasta el otro lado de la bahía a través del túnel. Por otra parte empezaron a surgir los parqueos o estacionamientos de bicicletas en hospitales, escuelas, cines, etc.

Si bien es cierto que en la zona rural la bicicleta siempre fue y aún es un vehículo de mucha utilidad en el cual se mueve toda la familia, en la ciudad, debido a las largas distancias, y a los peligros que conlleva transitar entre equipos motores de todos los tamaños, no es funcional y su uso ha sido considerablemente menor.

La prensa y la televisión se encargaban de hacer apologías constantes sobre los beneficios que proporcionaban a la salud montar bicicleta. Se entrevistaban a médicos, funcionarios de Deportes y a los propios ciclistas con el propósito de convencer a la población de que la bicicleta era el vehículo ideal.

Se llegó a decir que era un sistema de transporte que había llegado para quedarse. Que era el vehículo llamado a preservar el medio ambiente de la contaminación. Y los cubanos –digo yo- medio muertos de hambre, debíamos inmolarnos por el planeta y el resto de la humanidad.

Pero como en mi país estamos acostumbrados a las campañas y a muchas otras cosas…, la gente recibía con alegría los vehículos que masivamente se distribuían en los centros de trabajo y en las escuelas. Además, las bicicletas eran prácticamente gratis, porque había que descontarlas del salario en el caso de los trabajadores, y nadie estaba para descuentos en aquellos días.

De pronto, las calles se inundaron de bicis. Los jóvenes obviamente viajaban más rápido; otros no tan jóvenes que habían aprendido, apremiados por las circunstancias, hacía dos semanas, trabajosamente mantenían el equilibrio sobre las dos ruedas y con gran esfuerzo rompían la inercia, pedaleaban y se movían desafiando el tráfico de la ciudad.

Riquimbili
Riquimbili

Otros más avispados se las ingeniaron para adaptarles motores, muchos de los cuales tenían un origen oscuro. Los cubanos habían inventado “el riquimbili”. Se dio la alarma: los motores adaptados provenían de las moto mochilas de fumigación contra vectores. A la lista demasiado larga de dolores de cabeza de la policía se sumaba otro más: decomisar las bicicletas con dichas adaptaciones.

En los primeros tiempos las estadísticas de accidentes de fracturas de huesos por caídas de bicicleta, se dispararon. Algunos accidentados insistían en volver a montar después de la recuperación, otros, más conservadores, desistían de montar y vendían o regalaban el vehículo.

Otro fenómeno vino aparejado a la llegada de las bicicletas.

Ante el estado de inseguridad reinante surgió una nueva fuente de lucro para los delincuentes: el robo de bicicletas. Se dieron casos de gran agresividad con los ciclistas, a muchos de los cuales despojaban del vehículo en plena vía pública. Incluso hubo robos organizados. Del interior del país, donde era más difícil adquirir las bicicletas, venían a La Habana en su busca. Había lugares de Centro Habana, por ejemplo, donde se almacenaban las bicicletas robadas, las cuales terminaban en Colón o en San Cristóbal vendidas por el doble o el triple de su precio de compra.

Una especie de paranoia colectiva se diseminaba entre los cubanos. Las personas que viajaban en bici iban armadas de machetes u otros objetos contundentes para defenderse de cualquier intento de robo. No había una bici que el dueño no le quitara el ojo de encima ni un segundo. Si alguien esperaba en una cola para adquirir un producto, caminaba la cola sin soltar el manubrio de su bici, y llegado el momento de alejarse unos tres metros, la acostaba con las ruedas para arriba, de manera de disponer de tiempo suficiente para actuar en caso de intento de robo. Habían aparecido en La Habana los llamados “ninjas”, que como hombres voladores, actuaban con gran agilidad, dejando al dueño con la boca abierta. Hay muchas historias, casi increíbles, de la agresividad y desparpajo conque actuaban estos sujetos.

Tenían un sistema de operación en grupos. Acechaban a su presunta víctima que podía ser un ciclista entretenido o un camión que transportaba productos. En este último caso se montaban en el camión en movimiento con gran agilidad y lanzaban sacos de harina, de arroz o estuches de refrescos o cervezas a miembros de la banda que los seguían montados en bici.

Otro fenómeno aparejado al “periodo especial” y a la llegada de las bicicletas fue el de la significativa pérdida de peso de las personas. Privadas del necesario nivel de calorías y proteínas diario, y sometidas al rigor de la bici, pedaleando en las condiciones de nuestro clima, personas obesas de más de cien kilos, en pocos meses lucían colgajos de pellejos en brazos, cuellos y cintura que daban tristeza al mirarlo.

Un cínico compañero de trabajo, mirando a un gordo que como barra de mantequilla se iba derritiendo a ojos vista, me murmuró en voz baja: -¿Conoces el aforismo chino para estos casos?, “Cuando un gordo baja de peso, los flacos se mueren…” Saca tus conclusiones…

Surgieron enfermedades relacionadas con el déficit de ingestión de proteínas; muchas personas comenzaron a sentir molestias en articulaciones de los pies, en la pelvis y espalda. Había llegado en la maleta de la crisis la polineuritis. Los médicos empezaron a recomendar no usar la bicicleta y elevar la ingestión de proteínas.

Se estaban creando las bases para el surgimiento de la bici taxi.

Primeramente aparecieron unos triciclos rústicos, fabricados a partir de una bicicleta a la que se le soldaba una especie de chasis rectangular, se le acomodaba dos asientos y se le ajustaba dos llantas traseras de motocicleta y a ganarse la vida pedaleando a través de la ciudad.

Llegaba a Cuba una modalidad de transporte utilizado mayormente en los países de Asia: La China, La India, Tailandia etc. He pensado que este tipo de transporte debe tener sus antecedentes en los antiguos palanquines, en los que se transportaban los emperadores y señores feudales en el Oriente antiguo y cuyos transportistas eran sus siervos, o lo que es lo mismo decir: sus esclavos.

Tengo mi criterio sobre dicha práctica. Independientemente de que se cobre una alta tarifa por el paseo, me parece humillante y abusivo pedalear hasta el agotamiento transportando a personas que van entretenidas contemplando los valores arquitectónicos de la ciudad. Me he encontrado con una pareja de alemanes rollizos de más de cien kilos cada uno, cómodamente sentados en su taxi bicicleta, mientras un escuálido taxista suda de lo lindo para mantener el vehículo en movimiento.

La bici taxi llegó como una necesidad de complementar el transporte público casi colapsado. Siempre ha tenido sus defensores y detractores. Más de los segundos que de los primeros.

El relato del surgimiento de la bici taxi no estaría completo si no les comento sobre el surgimiento de otro fenómeno colateral que a la larga se imbricó con el mismo. Debo mencionar la llegada masiva o migración de ciudadanos del interior del país, principalmente de la región oriental, donde la pobreza era aún mayor y muchos ciudadanos consideraban la posibilidad de venir a la capital a buscar vida, instalarse y luego mandar a buscar la familia. Lo mismo que sucede en Europa o Estados Unidos, solo que en nuestro caso, más que de una migración, pudiera hablarse de desplazamiento dentro de fronteras. En los primeros años el éxodo fue incontrolable e indetenible. Luego se tomaron medidas mediante decretos y hoy por hoy está establecida una rígida política que limita los movimientos de ciudadanos desde el interior del país. Una ciudad como la Habana, con limitados recursos básicos como el abasto de agua y redes de servicios obsoletas por falta de reparación o mantenimiento, no estaba en condiciones de asimilar grandes flujos de población flotante.

Premonitoriamente lo cantaba la orquesta “Los Van Van” desde la década de los ochenta del siglo pasado: “…que La Habana no aguanta más…”

Llegaban en trenes sin destino fijo, deambulaban por las calles y ciudadelas en busca de cualquier trabajo. Estaban dispuestos a entrarles a mordiscos a las estatuas de bronce del Capitolio antes de pensar en regresar. Eran infructuosos sus esfuerzos… Nadie en la Habana estaba para trabajar.

Los “bici taxistas” habaneros, cansados ya de tanto pedalear, habían encontrado con la llegada de los “palestinos”- como se les llama despectivamente a los orientales en la capital-, la manera de convertirse en empresarios. Entregaron en arriendo los vehículos y se dedicaron a otros negocios, mientras recibían diariamente la mayor parte de la recaudación. Muchos de los empresarios tienen arredrados más de un vehículo y el negocio les resulta promisorio.

Mientras tanto los “palestinos”, al menos, vivían. Gente joven sin mayores escrúpulos para socializarse, al principio rentaban un cuartico de mala muerte entre dos, durmiendo en una misma cama. Mientras uno trabajaba el otro dormía, al igual que en los submarinos.

En la actualidad su situación económica ha mejorado, muchos se han instalado mediante negocios fraudulentos, y en general, como viven al margen de la ley, qué más les da violar un reglamento o disposición nuevos. Hoy engrosan la lista de marginales desposeídos que pululan en las calles de la capital.

Con la leve recuperación económica que comenzó a tener lugar a partir de inicios del nuevo siglo, las autoridades empezaron a poner un poco de orden en casa. Al mismo tiempo, el transporte público alcanzó una leve reanimación y la circulación de vehículos se hizo más fluida. Los ciclos comenzaron a perder su fama y prioridad en la vía, en parte, porque se dejó de suministrar piezas de repuesto; o porque las personas lograban llegar al trabajo por otras vías; o porque era un gran riesgo salir a las calles a regatearle la supremacía a los vehículos motores. Por lo tanto las bicicletas terminaron arrinconadas en garajes y azoteas o en el mejor de los casos se enviaron al campo para cambiarlas por un puerco o un carnero.

Mientras tanto, en La Habana la bici taxi ha vivido su gran esplendor. Los “palestinos”, de arrendadores pasaron a ser dueños absolutos del negocio. Hoy en día la inmensa mayoría de los taxistas son orientales. Llama la atención el decorado “artístico” de estos artefactos. Son verdaderas quincallas ambulantes. Se puede encontrar la etiqueta de una marca de cerveza o de sopa; la de implementos deportivos, también alguna que otra bandera de un país desconocido; guirnaldas de CD y por supuesto, la siempre presente fanfarria musical proveniente de un enorme equipo estéreo alimentado con una batería de automóvil.

Pedalean frenéticamente por la ciudad, poniendo en peligro la convivencia en la vía de dos tipos de transporte antagónicos y en primer lugar su propia vida y la de los pasajeros que transportan.

Gente vivaracha y con deseos de hacer plata a como dé lugar, asedian y marean a turistas incautos mostrándoles, como expertos cicerones, las reliquias arquitectónicas de una ciudad que ellos mismos no conocen.

Años atrás un ciclista que transportaba dos ancianos por el malecón, me detuvo a la altura del hotel Riviera para preguntarme si le restaba mucho para llegar a Buena Vista.

Había recogido aquel pasaje, además de los paquetes, en la terminal de trenes, saqué los cálculos correspondientes y llegué a la conclusión de que ya había recorrido diez kilómetros y aún le faltaban unos diez o doce más por recorrer sin sumar el regreso. Me convencí de que aquel guajiro oriental se había bajado del tren de Manzanillo el día anterior y no sabía ni dónde estaba el Castillo del Morro.

Las autoridades han tratado de organizar el negocio sin muchos resultados. Hoy en día se les ha restringido sus recorridos para lograr una mejor convivencia y evitar tragedias.

Sus desplazamientos están limitados a la parte comercial de La Habana y a algunas calles aledañas, y el perímetro de permiso se extiende por la calle Zanja, a través del Barrio Chino hasta la calzada de la Infanta, en el límite con el Vedado. Algunos, tentados por una buena oferta, ocasionalmente se arriesgan más allá del perímetro permitido.
Eusebio Leal, el omnipotente alcalde de La Habana Vieja, no los quiere ver por allá.

Pienso que este viejo recuerdo de una etapa verdaderamente trágica y desoladora de nuestra historia que aún persiste, más temprano que tarde dejará de existir por las mismas razones económicas por las que surgió.

Si me acepta un consejo le diría que de estar de visita en la capital de Cuba como turista, si se anima a viajar en bici taxi, no confíe en la disertación sobre historia o arquitectura que el taxista pretenderá impartirle. Vaya usted a la ofensiva y sorpréndalo preguntándole: -¿Y de qué palte de Pilón tú ere compay?

El bicitaxi sirve para casi todo

 

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