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Indigencia en Cuba y Gonzalito

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La Indigencia en Cuba

La indigencia en Cuba ha aumentado desde que la necesidad, el abandono y la falta de preocupación política se ha adueñado del que fué uno de los países más hermosos del mundo. Unos años atrás visité Pinar del Río, la ciudad que me vio nacer.

Acompañado de dos sobrinos fui por combustible y entramos a la heladería de la estación. A la salida del establecimiento,  junto a la puerta, sentado en el suelo,  un pordiosero me extendía la mano reclamándome unas monedas.

Quedé paralizado al descubrir,  debajo de sus andrajos,  a Gonzalito, mi amigo negro de la infancia. Le puse una moneda en la mano y lo llamé por su nombre. Su mente perdida al igual que su mirada,  me convencieron de que aquel nombre no significaba nada para él.

-Gracias señor, que Dios se lo pague –me respondió como un autómata- y continuó con la cabeza baja, aparentemente fascinado con su mundo interior de fantasías.

Aquel encuentro me removió recuerdos lejanos y de regreso  a la casa de mi hermana, les conté a mis jóvenes sobrinos  sobre aquella amistad nacida en mi primera infancia y hoy en día es la viva imágen de la indigencia en Cuba.

Para los niños de hoy, los que nacieron entre finales del pasado siglo y los primeros del presente, los juegos y entretenimientos de sus abuelos, de esos “viejecitos” que peinan canas o que prescinden del peine como yo porque no lo necesito, y  que nacimos  entre las décadas del 50 y el 60 del pasado siglo, les parecerán prehistóricos o falta de interés. Tan sumidos están en su era digital,  que todo lo que no responda a un “clic” es aburrido –esa es la palabrita de moda entre ellos- o anti natural.

Tengo un sobrino postizo, hijo de un íntimo amigo que acaba de cumplir once años. Es un niño normal, con un coeficiente de inteligencia aceptable, con buenos modales y una expresión oral correcta. Es decir, nada en él denota retraso  escolar  o dificultades de aprendizaje. Pues bien, mi querido sobrino hasta hace poco no había memorizado las tablas  de multiplicación. En cada encuentro lo martirizaba preguntándole el producto de 7 x 8 y era incapaz de responder. Quizás por la reiteración de lo mismo y las burlas de que era objeto, lo  logró,  al fin,  para alegría de todos.  Tampoco sabe leer  con soltura, y si está mirando una película subtitulada, pronto se “aburre” y la abandona.

Ahora bien, este casi tarado matemático, cuando está sentado frente a una computadora desarrolla grandes habilidades, en ocasiones ha sido capaz de violar el password que el padre le instala  a la máquina. Salta los turnos de comida con tal de no separarse de sus fascinantes y adictivos juegos digitales.Indigencia en Cuba

No critico su amor por lo novedoso de la computación, por el contrario, aplaudo con las dos manos el uso al máximo  de esta imprescindible herramienta por parte de todos: niños, jóvenes y adultos, habida cuenta de que esta técnica  está llamada a cambiar el mundo y nuestras vidas para siempre. El único resquemor que me puede quedar es que yo nací demasiado temprano, mucho antes que los ordenadores y estos  me atraparon ya de adulto.Indigencia en Cuba

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Televisor Dumont

En mi niñez apenas había televisión. En Cuba había llegado prácticamente con mi nacimiento. Era lo más novedoso del momento y muchas familias humildes como la mía debíamos contentarnos con los aparatos de radio de válvulas. En mi barrio contadas casas tenían aquel inmenso mueble instalado  en la sala.  Eran principalmente de las marcas  Dumont, Westinghouse o GE. Todos en blanco y negro y con una recepción de señal que te obligaba a ver una parte y a imaginarte la otra.

A cierta hora del día o de la noche la sala de las casas, convertidas en cine,  se abarrotaban de “fiñes” ansiosos de ver los dibujos animados o el programa “Aventuras” que se trasmitía diariamente  a las siete y treinta de la noche.

Los niños de entonces disfrutábamos más de las bondades de nuestro clima jugando al aire libre a la pelota, montando bicicleta, carriola o chivichana, empinando  papalotes o inventando cualquier otro entretenimiento. En las noches los juegos eran principalmente de mesa: parchís, capitolio, damas, dama china, cartas etc.

En mi caso, desde muy niño me atrajo  irrefrenablemente la afición por la lectura. Leía todo lo que caía en mis manos. Con siete u ocho años leía a Emilio Salgari y Julio Verne. A los diez a Alejandro Dumas  y sus mosqueteros y condes. Pero el entretenimiento mayor lo  encontraba en la lectura de historietas  o “muñequitos” como le llaman en Cuba.  Aprendí tempranamente el negocio del intercambio de historietas. De hecho tenía un banco de intercambio en casa. El principio del intercambio se fundamentaba en el hecho de que una historieta  nueva, comprada en el estanquillo, costaba 40 centavos y, a la media hora, una vez leída, ya había perdido su valor.  Entonces se llevaba al banco y se intercambiaba por otra no leída y así se recuperaba la inversión.

Para el trueque la condición básica era que a la historieta  no le faltara ninguna de las 16 páginas que traía. Las más codiciadas y de mayor gestión de intercambio eran las de Tarzán, las de los cowboys Opalon Kasidy  y  Roy Rodger, las de Batman, El Alcón de Oro y las historietas cómicas de Micky Mouse, Benitín y Eneas, Bug el Conejo de la Suerte, el Gato Félix , El Pato Mac Donald y muchas otras… Indigencia en Cuba

Mi amistad  con Gonzalito llegó precisamente a través de los “muñequitos”.

Su familia era numerosa,  él era el único varón y era el menor –la vejez-  como se acostumbraba a decir entonces. Sus hermanas en edad adolescente.  Su padre era panadero, pero hombre de gran  cultura y educación. En fin que se trataba de una “familia de negros decentes”. Eran los prejuicios raciales de aquella época que estigmatizaban a cualquier negro de por vida.

Aun no me explico por qué la familia tuvo siempre una sobreprotección desmesurada  con Gonzalito. Esta actitud lo obligó a ver transcurrir la vida, al menos su primera infancia, a través de los balaustres de una ventana. Le estaba prohibido salir ni siquiera al portal.  Desde su mirador seguía con desesperación los juegos de los demás niños en la calle. Su emoción, sin embargo, era la del que observa un partido desde las gradas y no la del que ejecuta la jugada en el  terreno.

Era inteligente, e ideaba ardides para atraer la atención de los niños hacia él.  Gustaba  igual que yo de leer “muñequitos” y todavía sus hermanas no habían terminado de leer el último recién llegado,  ya él me agitaba el folletín de colores brillantes  a través de los barrotes de la ventana, convencido de que no me podría resistir al llamado.

Allí,  tirado en el abierto portal, literalmente a sus pies, leía una tras otra todas las historietas.  Dábamos rienda suelta a nuestra fantasía infantil y viajábamos a planetas lejanos,  prendidos de la capa de Superman o atravesábamos  el oeste norteamericano a  la grupa del  brioso corcel del Llanero Solitario.

Pasaron los años,  y  los estudios fuera del terruño, primero en la capital  y posteriormente en el extranjero,  me desarraigaron para siempre de aquella realidad.

Indagando sobre el Gonzalito adulto y  demente, conocí que la familia  se había desintegrado a raíz de la muerte de los padres. Las hermanas tomaron distintos rumbos y el pobre Gonzalito, que desde niño, dicen,  padecía de trastornos mentales, terminó por enloquecer sin el necesario cuidado  familiar. Indigencia en Cuba

Su mirada perdida a la salida de la heladería me hizo recordar, en un segundo,  la felicidad de aquellos días ya lejanos e irrepetibles de nuestra infancia compartida,  y la posibilidad que le brindaba con mi amistad  de poder evadirse, a través de los barrotes de la ventana de la sala de  su  casa prisión, montado en una nave de fantasía. Indigencia en Cuba

Gonzalito quedará en mi memoria, no como el menesteroso en andrajos  pidiendo limosnas a la salida de un comercio, sino como  el niño alegre, de mente ligera  que compartía conmigo sus frustrados  sueños por los hierros de una ventana, al igual que lo hacía con  el pan recién horneado que traía su padre.Indigencia en Cuba

One thought on “Indigencia en Cuba y Gonzalito

  1. Muy conmovedor su testimonio. Yo me crie en un pueblo pequeno donde abundaban los Gonzalitos y aunque es mi nombre, no fue asi mi suerte y logre encaminarme y hacer carrera en la Habana y fuera de Cuba. Siento mucha nostalgia de Cuba y su gente / Conozco amigos como mi tocayo que sufrieron el abandono o la perdida de sus seres queridos y ha perdido el juicio aun siendo muy jovenes.

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