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¿Hay alguien allá arriba? – IV

Caía una fina llovizna sobre la oscura ciudad. Rolando tomó de nuevo la bicicleta y se puso en camino.

La parte que más disfrutaba la gente del Periodo Especial, si es que había algo de qué deleitarse, era encontrar  las calles desiertas debido a la ausencia de vehículos. De la noche a la mañana los ciudadanos se habían convertido en dueños de la vía pública y podían moverse libremente por calles y avenidas sin temor a ser  atropellados. Rolando pedaleó con fuerza a lo largo de la Avenida 41 buscando el puente sobre el  río Almendares. Después, subió por la calle 25  hasta prácticamente chocar con el muro del cementerio en la calle Zapata. Dobló por Colón y pronto se vio frente a la verja. Era un portón secundario  de poco uso, que regularmente permanecía cerrado por una cadena con su candado, y por el cual él entraba y salía a deshoras de la noche. El mecanismo del cierre del candado, gastado por el uso y el tiempo, le era familiar, por lo que no resistió por mucho tiempo la manipulación de Rolando.

Ya dentro del cementerio, se orientó en total oscuridad rumbo a su objetivo. Recostó la bicicleta contra el muro y fue por una barreta de acero y una de las cintas de cáñamo, que en la tarde,  había sustraído de las herramientas de trabajo.

Atravesó callejuelas anegadas en busca de la bóveda, marcada en su memoria.  En ese instante  se hizo la luz y el resplandor llegado desde la ciudad, por un momento le dio la impresión de haber sido sorprendido infraganti. El cementerio era un lugar de reposo y sosiego sin necesidad de luz perturbadora.



A pesar de su optimismo, a Rolando no lo abandonaba el temor de que alguien pudiera “darle  alante”.  Vio las dos coronas que reposaban en la misma posición en que habían sido colocadas en la tarde, y sintió cierto alivio al ver que la tumba aún no había sido profanada.

Comenzó su trabajo con premura. Colocó la punta de la barreta entre la parte inferior de la losa y el reborde de descanso de la bóveda y palanqueó con todas sus fuerzas hacia abajo. Se escuchó un sonido sordo y la losa cedió. Un vaho  húmedo y nauseabundo se elevó desde el fondo de la fosa y lo golpeó en la cara, dejándolo  mareado por unos instantes. Se repuso y continuó empujando la barreta a través del espacio ganado, siempre hacia adentro de la bóveda, hasta lograr mover la losa por una de sus esquinas.  Vio con regocijo que uno de los ángulos de la bóveda quedaba al descubierto, y dejaba una abertura por la cual su escuálida figura podía escurrirse fácilmente.

Ató fuertemente la cinta a la barreta colocada de plano sobre la bóveda,  y se descolgó a lo profundo de la fosa aferrado de la misma. Aquella figura delgada y de músculos magros, a pesar de los avatares de la vida,  guardaba aún una increíble agilidad. Luego se escuchó el chapoteo de su cuerpo cuando penetraba en el agua. El nivel de esta había subido significativamente, y al posar sus pies sobre la tapa del ataúd, sintió la humedad hasta el nivel de los hombros.  Notó con alegría que un pálido rayo de luz se colaba desde  lo alto. Pensó que no  había otra manera de alcanzar el crucifijo que no fuera  zambulléndose para abrir la  portezuela. La misma que deja ver el torso del finado mientras este permanece en capilla ardiente.

No le preocupaba el cristal, ya que dado el déficit de los mismos, estos se retiraban en las funerarias para ser utilizados de nuevo.   

 Lo pensó dos veces, como cuando alguien se toma un purgante, tomó respiración profunda y se zambulló en aquel lodo infame. Manipuló con fuerza la portezuela hasta desprenderla, luego regresó a la superficie en busca del escaso oxígeno del lugar. Respiró a fondo de nuevo  y volvió a zambullirse. Ahora demoró más,  y cuando volvió a la superficie  traía el anhelado  crucifijo en una mano y una amplia sonrisa en su rostro. Una operación que le había llevado diez minutos para alcanzar su objetivo. Una inmensa alegría lo envolvía.  Pensó que si en realidad el crucifijo era  de oro y las piedras no eran falsas, aquella prenda  lo ayudaría a abandonar aquel trabajo de mierda y a vivir, al menos por un tiempo,  como una persona.

Se ajustó la cadena al cuello y lanzó un manotazo en busca de la cinta colgante, pero no la encontró. Aguzó la vista y con las dos manos hizo dibujos en el estrecho espacio delante de él infructuosamente. Quiso engañarse al pensar que la cinta se hubiese desprendido. Metió el cuerpo en el agua buscándola desesperadamente sin resultados. Ya al borde de pánico, un convencimiento único, amargo e irrebatible  le vino a la cabeza.

-Hay un hijeputa allá arriba que quiere joderme  -se dijo-.   

Entonces gritó con fuerza: ¿Hay alguien allá arriba…? No recibió respuesta. Esperó unos  segundos y repitió la llamada, ahora con voz desencajada y temblorosa: ¿Allá arriba hay  alguien…?  Nadie respondió. Pasaron unos segundos que le parecieron una eternidad. De pronto escuchó el sonido familiar de la barreta al hacer contacto con la dura losa de granito. Notó aterrorizado cómo la losa comenzaba moverse lentamente buscando su lugar,  y vio que  el débil rayo de luz se hacía  cada vez más delgado. En el último instante, un grito de terror, desde lo más profundo de sus pulmones, se escapó de la fosa y se expandió por las calles aledañas en el silencio de la noche. Un ciclista sudoroso que pedaleaba por la calle Zapata,  cerca de Jalisco Park, lo escuchó y no pudo evitar que se le erizara hasta el último pelo del cuerpo. – ¡Coño, y después dicen que no existen…! –dijo-,  y subido en biela atravesó la Avenida 23 en busca de la calle 18. Como caballo desbocado bajó endemoniadamente  la cuesta, sin reparar siquiera en las intersecciones, hasta dar con el muro del Malecón,  en busca de un aire marino que pudiera calmar su atribulado corazón.

El sujeto en el exterior de la bóveda acomodó de nuevo las coronas en su lugar, recogió la barreta y la cinta y se las llevó consigo. Por último fue en busca de la bicicleta, y montado en ella, llegó hasta el muro que da al barrio “La Timba”. Dos gruesos  barrotes hacía muchos años habían sido descarrilados del cuadrante del muro,  y la holgura creada servía de entrada y salida a transeúntes furtivos. Por allí se escurrió y se fue pedaleando hasta su casa.

Al siguiente día, el sujeto se fue en la bicicleta de Rolando hasta el parque de Trillo, donde había florecido un prometedor mercado de bicicletas robadas.

El boom de las bicicletas, como en todo lo demás, no había llegado por igual al resto del país. En la Habana se incrementó el robo y arrebato de bicicletas en plena vía pública y a pleno día. Estas eran revendidas después en lugares puntuales de la ciudad, adonde llegaban ciudadanos del interior en camiones para transportarlas.  A mediodía del 15 de junio de 1994, la presunta evidencia de la presencia de Rolando en el cementerio la noche anterior, viajaba en la plataforma de un camión rumbo a Las Tunas.




Tres días después de ocurridos los sucesos que se relatan, una mujer con una pinta desagradable, con desaliño generalizado e incoherente en su expresión se apareció en las oficinas del cementerio.  Venía buscando alguna pista de su marido, que hacía cuatro días no se presentaba en su casa. Allí le reclamaron su presencia en el trabajo,  y además le advirtieron que estaba a punto de perderlo por ausencias reiteradas e injustificadas.

 Pasaron quince días y el propio sujeto de la noche de marras, concluyó con éxito, en una noche clara y de luna llena, la faena que Rolando no pudo terminar. Armado de una linterna y de un largo garfio, el mismo que usaba en las madrugadas en los barrios de El Vedado y Miramar, para “bucear”  en los contenedores de basura, hurgó entre los restos putrefactos de Rolando hasta encontrar el ansiado crucifijo, aprensado entre los huesos y cartílagos de lo que en vida fue una de sus manos.  

Al siguiente día, una vez llegado el pedido de cemento blanco y cal, el sujeto procedió a sellar la tapa en todos sus rebordes. Tomó dos flores frescas de una tumba cercana y las dejó caer sobre el granito. Por último colocó la palma de una mano hacia abajo sobre la losa y dijo:

“Adiós, hermano”.

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