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¿Hay alguien allá arriba? – III

Rolando llegó a su casa a punto de desfallecer. Había pedaleado sin cesar desde el cementerio hasta lo profundo del barrio de Buena Vista. Una tirada de más de seis kilómetros que venía recorriendo en bicicleta diariamente, en ambas direcciones, desde hacía más de dos años. Abrió la nevera para sacar un pomo de agua y al observar apagada la bombilla interior, se dio cuenta de que faltaba la corriente eléctrica. Una mala palabra, gritada a voz en cuello, en medio de la cocina, llenó el espacio. No era nada novedoso en aquellos tiempos de apagones constantes e imprevistos, sino la reacción lógica de miles de cubanos, que se dejaba escuchar a diario  en cualquier barrio de cualquier ciudad del país, como una justa y airada protesta contra las incomodidades e irritaciones que se sufrían desde hacía cuatro años. A partir de entonces, las autoridades habían decretado lo que dieron en llamar Periodo Especial en tiempo de paz. De la noche a la mañana el nivel de vida de la población, que nunca tuvo holguras, cayó en picada, sumiendo al país en la crisis económica más profunda de su historia.

A pesar del calvario cotidiano, motivos y emociones mayores hacían que Rolando hoy experimentara un justificado optimismo. No podía apartar de su mente la imagen del pesado crucifijo.

-Ese crucifijo debe valer un buen billete –se dijo.

Entró al cuarto en penumbras  y vio a su mujer  dormida en una posición grotesca. El vaho etílico que se desprendía de su respiración le era familiar y optó por no despertarla. De sobra sabía que la mona le duraría hasta el otro día. Ante la ausencia de bebidas alcohólicas, la gente comenzó a alambicar cualquier materia para obtener alcohol. Tomó fama notoria un brebaje con olor a keroseno al que llamaban “chispetren”. Embriagarse con aquello garantizaba un largo y perturbador sueño,  y un insoportable y duradero dolor de cabeza al día siguiente. 

Rolando hacía cinco años trabajaba de sepulturero en el cementerio de Colón. Había llegado allí como única opción para vincularse laboralmente y poder “limpiar su expediente” luego de salir de la prisión. Tres años permaneció recluido por peligrosidad en el ámbito social, vinculada fundamentalmente  a alteración del orden público, debido a reyertas por borracheras y juegos prohibidos. En el Código Penal cubano aparece una figura delictiva que así se llama, y se aplica a voluntad y juicio de quien detenta la justicia. Es justo decir que Rolando, como si se tratara de un chiquillo maldito, había recibido varias  advertencias del jefe del sector, una especie de policía de barrio que conoce la vida y milagros de todos los vecinos.



 En uno de estos últimos episodios violentos, Rolando había agredido con un cuchillo a su contrincante. Esta fue la gota que colmó la copa y su expediente amaneció un día sobre la mesa del fiscal provincial, el cual, ni corto ni perezoso, pidió una condena de tres años de reclusión carcelaria, la cual fue ratificada sumariamente por el tribunal.

En realidad, no siempre estuvo Rolando en aquel estadio de decadencia moral. Había pasado también por una fase de reconocimiento institucional, cuando recibió honores y condecoraciones militares por su demostrada valentía en la guerra de Angola.

 Con solo diecinueve años, pasando  el Servicio Militar, fue uno de los primeros soldados que llegaron a tierras africanas a luchar y dar la vida por lo que en Cuba se daba en llamar Internacionalismo Proletario. Aunque de aquello nadie se acordaba, y el propio Rolando había preferido olvidarlo.

Habiendo sufrido las penurias de una guerra, a una edad tan temprana, llevaba el corazón cargado de resentimientos  y blindado contra cualquier emoción que la vida pudiera ofrecerle. Nunca logró enrumbarse por una senda  correcta. Se entregó sin pudor ni frenos a todo lo que le produjera más placer que sacrificio. Pudiera pensarse que con aquella actitud, le estaba pasando la cuenta al mundo por las calamidades y tribulaciones sufridas.

Nunca gozó de estabilidad emocional, y esto impidió que se calificara laboralmente. Tampoco, hasta el momento, había podido formar familia. Siempre había vivido en concubinatos temporales con mujeres de su misma clase social, con hojas de vida similares, o más cargadas que la propia.

No obstante, en la prisión había madurado lo suficiente para proponerse darle un vuelco a su vida cuando saliera. Para su pesar, pronto se dio cuenta que no le sería fácil cumplir aquel propósito. Después de meses de buscar trabajo, humillado y agotado, conoció una triste realidad: en su país no existían oportunidades laborales ni sociales para los ex reclusos, por mucho que se dijera lo contrario. En su caso, conspiraban contra ello, además, su expediente delictivo  y su baja calificación laboral. Lograr un trabajo de cierto decoro estaba lejos de sus posibilidades reales. Las ofertas del buró de Trabajo eran muy escasas para los ex reclusos: la Agricultura, la Construcción o Servicios Comunales de la ciudad.

Optó por la última y pronto se vio vestido de overol azul en una cuadrilla de sepultureros en el Cementerio de Colón, aunque en su contrato, por obra y gracia de la burocracia, aparecía ocupando una plaza de alto rango: Operario de Servicios Necrológicos.




En el año de 1989 en Cuba murieron 67,356 ciudadanos y esa cifra, debido a los rigores de la crisis, se elevó a 78,648 en el año de 1994. Rolando no debía sentirse alarmado, como sí lo estaban otros trabajadores, de que lo enviaran a casa por falta de materia prima. Aunque por otros motivos, no dejaba de estarlo, ya que con el bajo salario y las cada vez más escasas propinas que recibía de los dolientes, no le alcanzaba el dinero para cubrir las necesidades más perentorias.

No obstante,  una pequeña ventana, que de improviso se abría, prometía proporcionarle el oxígeno necesario para no asfixiarse.

Desde el bajo mundo en que vivía empezaron a llegarle solicitudes que él fácilmente podía cumplir. Las sectas religiosas africanas tomaban fuerza en la sociedad, pues muchos cubanos comenzaban a arrimarse a ellas en busca de un resguardo espiritual para lograr, más que todo, la solvencia de sus carencias materiales. Es sabido de la utilización de huesos humanos, sobre todo de calaveras y tibias  –pura superchería africana- en algunos ritos y  ceremonias de este corte.              

No estoy descubriendo nada si digo que cualquier cementerio del mundo dispone de un reservorio destinado a dar santa sepultura a  menesterosos  e infelices sin gracia ni fortuna;  a esos espectros vivientes que deambulan por las ciudades en busca de cualquier alimento en un contenedor de basura,  y que el mejor día  amanecen  tiesos  en el resquicio de alguna escalera. Más que por acción humanitaria, por conveniencia sanitaria, los restos de estos desgraciados son enterrados en fosas comunes, habida cuenta de que nuca serán reclamados.

Fue precisamente este el filón que descubrió Rolando y al que se entregó con entusiasmo. Es de suponer que él estuviera curado de los consabidos escrúpulos y de ese respeto místico que sentimos muchos humanos respecto de nuestros congéneres fallecidos. Durante la guerra había sido testigo de las más horripilantes escenas de muerte. Con aquella respetable señora -según decía-,  jugaba a diario. De hecho, en la guerra siempre se sintió más familiarizado con la muerte que con la vida.

La venta de los huesos le reportaba algún dinero extra, pero los pedidos eran  puntuales y no  siempre era compensado por ellos. Entonces le vino a la mente la idea de lucrar con las prendas de valor con las que eran enterrados algunos cadáveres. Para él una prenda de valor era mucho más que un adorno de oro o plata, o algunos colgantes de perlas. Ante las carencias existentes, un par de zapatos de estreno también clasificaban.

 El negocio de la sustracción de las prendas a los cadáveres  comenzó para él poco tiempo después de empezar a trabajar en el cementerio. Sus compañeros no dejaban de contar exageradas historias sobre fabulosos hallazgos en el fondo de las fosas. Era evidente que  confundían los deseos con la realidad, ya que la población cubana de aquellos años hacía tiempo se había desvalorizado, y el patrimonio familiar había desaparecido. Quizás algunas personas, ya muy ancianas, aún conservaban algunos adornos con más valor sentimental que real y decidían irse a la tumba con ellos, como única y última voluntad, antes que dejárselos en custodia a algún familiar.    




En Cuba, el oro, la plata y las alhajas habían desaparecido de la vista pública desde los primeros años de la Revolución, y eran pocos los que osaban lucirlas u ostentarlas, por temor a que fuera considerado una provocación, habida cuenta de que la Revolución proletaria estaba muy distanciada de aquellos “rezagos pequeño-burgueses”, y muy dispuesta a combatirlos. Por lo tanto, durante mucho tiempo prendas de oro y plata, así como joyas y orfebrerías valiosas descansaban en cofres y baúles, hasta que un día  de la década de los ochentas,  la burocracia reaccionó respecto a estos apreciables  valores que se mantenían fuera de la circulación. Se ideó crear casas de tasación y cambio de metales preciosos y joyerías por artículos electrodomésticos o suntuarios.

No siempre los artículos recibidos por el cambio tenían la calidad deseada. Por otra parte, la tasa fijada por el gobierno estaba al margen del valor real de aquellos metales preciosos en  el resto del mundo. Muchos tildaron esta iniciativa de gran estafa, y la llegaron a comparar con el engañoso trueque de los descubridores y conquistadores europeos con los indios americanos.

El momento de Rolando llegó un día, en que con otro compañero extraían de una tumba los restos de un cadáver olvidado por el tiempo, y que ahora, sus descendientes de Miami reclamaban con todo derecho. No debemos olvidar que a partir del triunfo revolucionario del 1959, la sociedad cubana se dividió, polarizada por las medidas que tomaba la Revolución, y numerosos cubanos poderosos, los mismos que poseían suntuosos panteones en el cementerio de Colón, partieron en un viaje sin retorno, abandonando sus propiedades y por supuesto, los restos de sus seres queridos  en bóvedas y osarios que jamás se abrieron,  y que por el paso del tiempo y falta de atención,  la agresividad del sol y la lluvia del trópico se encargó de deteriorar.

Además del cabello y la osamenta del finado, la humedad  no había podido corroer tampoco un conjunto  de grandes botones de oro, en los que aparecía  grabado el escudo de la patria, además de una gran hebilla del mismo metal. Estos aparecían a tres metros de profundidad, enterrados en el fango húmedo del fondo de la fosa. El hallazgo en su conjunto los llevó a pensar que los botones y la hebilla formaban parte de un uniforme de un militar de alto rango, muerto, quizás,  a principios de siglo.

El botín fue compartido entre ambos,  y de la parte que a él le correspondió  sacó una buena tajada, aunque seguro estaba que el diplomático extranjero que se la compró, le había pagado muy por debajo de su precio real.

De la prisión, Rolando había asimilado una enseñanza aprendida de un narcotraficante canario: “El lobo se las entiende mejor con su presa, cuando la faena solo”.

Aquella tarde, al ver el pesado crucifijo balanceándose pendularmente en la mano de la señora de Miami, miró de reojo la reacción de sus compañeros, y llegó a la convicción de que la valiosa prenda no reposaría por mucho tiempo entre los dedos entrecruzados de la muerta, porque su destino final acababa de ser sellado.

Rolando era optimista y pensaba que en aquella noche de perros ninguno de sus compañeros osaría salir de su casa.

Se preparó a la carrera una tortilla con un solo huevo y la puso dentro de un trozo de pan. Luego se bebió un cacharro de agua con azúcar, convencido de que el azúcar era el alimento básico que exigía el cuerpo,  y que en Cuba nadie se moriría de hambre siempre que no faltara.

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