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¿Hay alguien allá arriba? – II

Un destartalado coche fúnebre acababa de traspasar la hermosa portada de veintiún metros de alto y dos y medio de ancho del cementerio de Colón. Los que transitan por la calle Zapata,  le pasan por el lado, apenas sin notarla. Solo aquellos que suben por la calle 12, pueden disfrutar de una perspectiva agradable. Probablemente no muchos conozcan que su estilo arquitectónico románico-bizantino responde al carácter puramente cristiano del lugar que protege y que la misma compite con las mejores del mundo en su clase.

El cementerio de Colón es una inmensa ciudad, una necrópolis para el descanso eterno de sus moradores.  En la ciudad de la Habana hay 21 cementerios, pero éste, quizás por su tamaño -57 hectáreas-,  y por estar situado en  el centro de la ciudad, es el más ocupado. Como todo cementerio tiene su propia historia, tejida a través de los años, a base de hechos  reales y de otros que no responden sino a la más colorida e ingenua fantasía.

Por supuesto, no pueden faltar  la leyenda de la virgen llorona, la historia de la jugadora de dominó, que perdió la vida por un infarto en un acalorado juego,  o la del perrito fiel,  que una vez fallecido su amo, venía diariamente a echarse a los pies de su tumba. Cuando leí el cuento de García Márquez, “María Dos Prazeres”, me dio por pensar que Gabo, para escribirlo, pudo haberse  inspirado en esta conmovedora historia.

 Apenas el carro había caminado diez metros dentro del campo santo cuando su motor dejó de funcionar. No resultaron los esfuerzos del chofer y su ayudante para ponerlo en movimiento, el  motor se resistió a todos los intentos.

Uno de los nietos de Leonor propuso la opción más viable: empujar el vehículo hasta la cercanías del panteón donde sería enterrada su abuela. La opción alterna sería echarse el ataúd al hombro y caminar cerca de quinientos metros, una opción no aconsejable por entonces. De un tiempo a la fecha los ataúdes no brindaban la seguridad necesaria, pues los carpinteros lucraban con los clavos asignados para su fabricación, utilizando sólo los indispensables para sostener la armazón. Más de uno se había desarmado  en su manipulación, dejando al descubierto el despojo humano que contenía.

Gracias a la fuerza de todos, la carrosa fúnebre llegó silenciosamente hasta el punto más cercano a la bóveda. Un sólido rectángulo de cemento, similar a todas las allí existentes, con una altura de más de un metro en su parte más alta, sobre la cual descansaba una sólida losa de granito. Una cuadrilla de sepultureros,  vestidos con overol azul, se entregaba a la tarea de rodar la pesada losa. Eran cuatro operarios que trabajaban todos al unísono, con movimientos estudiados y precisos, y sin apenas abrir la boca. Su trabajo siempre era así, como para no perturbar el silencio lúgubre  que se genera en ese momento  en que los familiares se despiden por última vez  de sus seres afectivos.

El ataúd, forrado con una infame y grosera tela gris, fue depositado suavemente  en el borde de la bóveda para que los sepultureros pudieran manipularlo.

Fue entonces cuando, más que un grito, se dejó  escuchar un alarido, que obligó a todos a voltearse hacia la calle central. Una señora forrada de negro, se acercaba a toda carrera agitando los brazos.

Por un momento todos quedaron en suspenso, después se desató una ola colectiva de abrazos, llantos y lamentos. Y las profundas emociones familiares, tantos años reprimidas, tomaron vuelo. Más tarde, cuando la marea emocional comenzó a asentarse, la señora de negro improvisó una plegaria mirando al cielo y dando gracias al Señor por haber logrado llegar a tiempo para cumplir aquel último y único deseo de su madre. De lo contrario, su conciencia no la dejaría vivir en paz por el resto de su vida.

Hubo necesidad de abrir el ataúd para cumplir la última voluntad de la finada. Otra nueva e irrefrenable ola de llantos y suspiros se produjo al aparecer  a la vista el cuerpo reposado y apacible de Leonor. No faltó alguien, que en voz baja, repitiera la consabida frase: “Si parece que está dormida”.

La señora de negro se inclinó sobre el ataúd y besó la frente de su madre. Seguidamente extrajo del bolso el crucifijo. Al tomarlo por la cadena, este se proyectó pesadamente hacia el suelo, como si se tratara de un ancla lanzada a las profundidades del océano. Todos fijaron la mirada de aquel valioso adorno, cuyo destino no era otro que mezclarse con los jugos corporales de la finada y a perderse en el lodo que poco a poco iba colmando la profunda fosa. Luego, entre llantos y lamentaciones la señora de Miami le colocó la cadena alrededor del cuello, le fijó el crucifijo entre las rígidas manos, cruzadas sobre el pecho, le dio un último beso en la frente  y se persignó.

Los sepultureros, amenazados por la presencia de negros nubarrones, a punto de romperse sobre sus cabezas, concluían con premura su faena. Con el auxilio de dos cintas de cáñamo introdujeron el ataúd en la fosa. Un ruidoso chapoteo, similar al que se produce cuando un buque es lanzado al mar, se dejó escuchar al chocar éste con el caldo fangoso.

A continuación colocaron la losa, y sobre ésta,  las dos coronas que la funeraria asignaba a cada cadáver. Recogieron sus herramientas y se marcharon a paso ligero. Restaba solamente sellar la tapa con una mezcla de cemento blanco y cal, pero esto debía esperar unos días, cuando entregaran el pedido.

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