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¿Hay alguien allá arriba? – I

El vuelo de cerca de cuarenta minutos entre Miami y La Habana entraba en su última fase.  Una señora de más de sesenta años, vestida de negro y con gafas oscuras miraba, a través de la ventanilla, el paisaje verde intenso de los terrenos agrícolas de los alrededores de la capital de Cuba. Aquí y allá, aparecían ante sus ojos grandes espejos de agua como resultado de las intensas y pertinaces lluvias de más de una semana. Una vaguada estacionaria –como la llaman los meteorólogos-, muy común en estas tierras caribeñas en los meses de verano, era la causante de aquellas lluvias torrenciales que se producían a intervalos. Era el mismo patrón meteorológico  que la señora  había dejado en Miami.  “Tan cerca convivimos –pensó-, que nos mojan los mismos aguaceros”.



Su atuendo, evidentemente, resaltaba del  resto de los pasajeros. La inmensa mayoría de estos eran cubanos residentes en la Florida que venían a visitar a sus familiares en Cuba, o cubanos que regresaban a la Isla luego de una larga estancia con sus familiares en los Estados Unidos.   Vestían ropas de colorines, como de comparsa, y adornaban cuellos, manos y brazos con sólidas cadenas, manillas, pulsas, anillos y sortijas presuntamente de oro. Prueba irrefutable, según ellos,  de bonanza y estabilidad económicas,  y de ostentación vergonzosa, según el criterio de la mayoría de cubanos que se morían de hambre en la Isla.   

Cualquiera pudiera intuir que la señora de mejillas sonrosadas y cerrada de negro,  que miraba desprevenida  el paisaje, viajaba a Cuba para asistir a un funeral. Quien así pensara no estaba  desacertado.

Quince días atrás, había presentado una solicitud de visa urgente ante la Oficina de Intereses de Cuba en Washington para visitar Cuba. Ante la inminente muerte de su madre, y la soledad en que se consumía después de la repentina muerte de su esposo, había echado por tierra el juramento de no regresar nunca más a Cuba mientras el comunismo permaneciera en el poder, acordado entre los dos en 1963, cuando abandonaron definitivamente el país. Desde entonces a la fecha,  habían transcurrido treinta y un años.

Casualmente, la señora había recibido el visado el día anterior, escasas horas antes de escuchar en el teléfono la voz de su hermana con la triste noticia de la muerte de su madre.

Hizo su equipaje con urgencia. En una situación de tanta premura, no le alcanzaba el tiempo para llenar maletas con regalos para familiares como era habitual. De sobra sabía la situación que atravesaba el país entonces. Los noticiarios televisivos de Miami no se cansaban de mostrar reportajes sobre la desesperada situación de los cubanos de la Isla, y las carencias de todo tipo que sufrían  a partir de la abrupta e inesperada desaparición del campo socialista. En Miami se respiraba un falso optimismo de que aquello no se sostendría por mucho tiempo más.

Así que, primero que todo, decidió extraer del banco una apropiada suma de dinero y luego vería  cómo resolver  este problema en la Isla. No obstante, no olvidó lo que para ella era de primordial importancia y el motivo fundamental del viaje;  lo que la había decidido finalmente a viajar a Cuba. Tomó de un cajón un pesado crucifijo de oro con incrustaciones de piedras preciosas  y lo besó, luego lo guardó en una bolsita de terciopelo y la  depositó en el fondo de su cartera junto con los documentos para viajar. El crucifijo había sido el único reclamo  recibido de parte de su madre, por encima de cualquier necesidad material perentoria, en más de treinta años. Esto, con el paso de los años se fue convirtiendo en una especie de  obsesión y con su encamamiento debido a la enfermedad, se transformó en su única  y última voluntad: ser enterrada acompañada de un crucifijo.

Desde que el avión empezó a aproximarse a territorio cubano,  su memoria fue asaltada por coloridos recuerdos de su niñez, y comenzó a percibir una extraña sensación que creía había borrado para siempre de su memoria. A través de la ventanilla divisó aquellas mismas playas de azules aguas y arenas blanquísimas y muy finas que visitaba con sus padres siendo niña. Luego divisó las lomas de la cordillera de Madruga, un paisaje que le era familiar, pues cerca de allí vivían sus tíos, con los cuales pasaba largas temporadas en vacaciones.



El sonido de un timbre y el movimiento involuntario de los pasajeros a su alrededor terminaron por traerla de nuevo a la realidad. Vio encendidas las señales de aviso del inminente aterrizaje y escuchó por el audio la voz de una aeromoza dirigiéndose a los pasajeros en inglés y español,  comunicándoles lo mismo que anunciaban las señales lumínicas. En  la Habana eran las 3:15 de la tarde, llovía desesperadamente y había una temperatura ambiente de 82 grados Fahrenheit, o lo que es  igual: 28 grados Celsius.

Pensó, no sin cierto desasosiego, que en pocos minutos experimentaría nuevas sensaciones, y estaría por enfrentarse  a muchas e inimaginables experiencias. De solo pensar en ello, su corazón se agitó en el pecho.  Nadie de sus escasos familiares la estaría esperando, pues eran remotas las posibilidades de obtener un pasaje de manera expedita; una vez obtenido el mismo, a pesar de reiterados intentos, no pudo comunicarse con ellos para confirmarles el viaje. Por lo tanto, de la conversación sostenida el día anterior con su hermana, lo único que le había quedado claro era que el cadáver de su mamá sería velado en la funeraria Rivero, en el Vedado.

El trámite de Inmigración y Aduana no le tomó mucho tiempo, habida cuenta de lo ligero de su equipaje. Al salir al exterior de la terminal aeroportuaria, sus ojos comenzaron a chocar con los contrastes más crudos que nunca pudo imaginar. La embargó la rara sensación de haber viajado en el tiempo. Cientos de escuálidas figuras, muchos harapientos,  abarrotaban los contornos de la terminal, protegiéndose de la lluvia como podían. Unos esperaban, otros despedían a  sus familiares, todos desde y hacia un mismo destino: el sur de la península de la Florida.  

Tomó uno de los numerosos taxis que se brindaban. Un hombre joven y con una amabilidad afectada se ofreció para llevarla.

Ya en movimiento, el  chofer le preguntó  por el destino.

-Lléveme a la funeraria Rivero –respondió.

-¿Usted querrá decir a la funeraria de Calzada y K?

-Sí, a esa misma

La avenida de Rancho Boyeros aparecía desierta. Por un momento había cesado de llover. Los edificios descorchados y descoloridos, después de tantos días de constantes lluvias,  rezumaban una humedad bochornosa que los hacía semejar espectros  mal vestidos. Los semáforos permanecían apagados por falta de fluido eléctrico. El colapso del transporte público por carencias de combustible había obligado a las autoridades a importar desde China grandes lotes de bicicletas. Estas se distribuían casi gratis a trabajadores y estudiantes para que pudieran asistir a sus obligaciones. Se habían construido carriles especiales  en las principales avenidas de las ciudades, por los que se desplazaban lentamente cientos de improvisados ciclistas de ambos sexos y de todas las edades. Un hábito asiático se apoderaba de un país del Caribe al borde de la asfixia.     

 Más adelante el taxi alcanzaba la ciudad, entonces se percató más aun de la desolación a la que se abocaba su país de nacimiento. Pero lo que más la había impactado era aquella expresión zómbica,  sombría en el rostro de sus compatriotas, los más alegres y despreocupados del mundo. Los veía caminar en columnas por las aceras, apesadumbrados y  sin mostrar un mínimo viso de felicidad.

Al llegar a la funeraria se bajó del auto y le ordenó al chofer que la esperara. Subió la empinada escalera de mármol y se encontró, de pronto, a un costado de la entrada principal, a una empleada que se ocupaba en retirar los nombres de  la cartelera de defunciones del día. La empleada tomaba las letras de plástico, clavadas en una superficie de fieltro negro, y las iba colocando en un estuche para tabacos.  




Antes de preguntarle a la empleada, notó que el nombre de su madre aún permanecía en el recuadro. Después de saludarla, le preguntó: -¿Me puede indicar en qué capilla están velando a Leonor Fernández Iznaga?

La mujer se volteó y por un momento sus ojos indiscretos se clavaron en el atuendo de la recién llegada.

Al darse cuenta que se trataba de un “ser de otro planeta” trató de ser lo más amable posible y le respondió: -El cortejo fúnebre acaba de salir. ¿Usted de seguro es la hija que viene de Miami? –preguntó- y sin esperar la respuesta dijo: -Ellos estuvieron esperándola hasta el último minuto, porque el cementerio recibe solo hasta las 4:30 y como con estos apagones las neveras no enfrían…, no podíamos arriesgarnos a dejar el cadáver hasta mañana. Así que si se apura un poquito  puede llegar al cementerio antes del entierro.

La señora no respondió, de pronto sintió que todo le daba vueltas a su alrededor, su respiración se agitó y presintió que podía llegar a hacer catarsis. Por un momento presagió que todo aquel esfuerzo estaba a punto de dejar de tener  sentido, si es que en algún momento lo tuvo. No obstante, atinó a dar las gracias a la empleada y bajó las escaleras  a la velocidad que le permitía su pesado cuerpo.

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