Estás aquí
Inicio > Estampas > El lienzo de Amelia.

El lienzo de Amelia.

La tía que estaba de guardia en el Sector nos llevó hasta el albergue en que viviríamos los próximos cuatro años de nuestras jóvenes vidas. No habían pasado dos horas de nuestra llegada a la dirección del Instituto, y la palabra sector la había escuchado numerosas veces de labios  de los funcionarios que nos recibieron.

En realidad, con el paso de los días me convencí de que el Sector era algo fundamental en el sistema de becas. Era el centro neurálgico más importante,  y estaba llamado a garantizar todas las necesidades recurrentes de la vida de los becados.

Estaba enclavado en una de las residencias  que componían el fastuoso barrio de Miramar, la cual había sido convertida  en oficina,  y allí las “tías”, o lo que bien pudieran  ser en nuestra realidad  moderna “las trabajadoras sociales de atención a becados”, se encargaban de recibir  cartas y telegramas de los becados  que  luego,  el diligente Paco llevaba,  una vez al día,  a la oficina de correos de La Copa.  En el Sector  también recibíamos, una vez a la semana,  la ropa de cama limpia, además de artículos de aseo personal. Las visitas al médico o al dentista se tramitaban desde allí. Diariamente llegaba una guagua a recoger a los enfermos y a devolver,  desde la clínica,  los casos que estaban de alta. En fin que aquellas mujeres, muchas de las cuales habían llegado de la Sierra junto con los barbudos al triunfo de la Revolución, más que tías eran nuestras madres provisorias en La Habana.

Me detuve frente a la casa que en lo adelante sería mi lugar de residencia,  y me quedé  perplejo  ante la grandeza del edifico. Era una inmensa mansión de dos niveles  que se extendía, quizás, a lo largo de 25 metros. De la acera de la calle  a la puerta principal  había una media luna para la entrada de autos; toda la calle interior estaba adornada de hermosos jardines;  la enorme puerta principal  aparecía cubierta por una marquesina de concreto pintada de verde pastel, la cual semejaba una tienda de campaña inflada hacia el centro, y cuyas cuatro puntas se anclaban al suelo. Hoy en día creo que  en dicha residencia funciona un  restaurant, y aunque ha sufrido indebidamente ciertas modificaciones exteriores, aún conserva su encanto del primer día en que la visité.

Es una construcción de  finales de los cincuenta del pasado siglo, por lo que en el año 68, apenas empezaba su pubertad.

Por otra parte, teniendo en cuenta que en nuestro país el tiempo transcurre con su propia  dinámica, y que los cubanos,  acostumbramos a exagerar cualquier hecho, por encima o por debajo de la magnitud real del mismo, diríamos  que es una residencia acabada de construir;  de igual forma que  alguien en una parada dice que la guagua va vacía, si esta no se detiene, porque ante su frustración,  considera que va llena  cuando viajan racimos de gente colgando de las puertas.

De igual forma, se dice que un  carro del 45 está “nuevecito” y en parte tienen razón, porque por los precios de venta  de  una de esas chatarras,  pudiera comprarse  en el extranjero un auto del último modelo. Paradojas de nuestra realidad cotidiana.

Se decía entre estudiantes que la mansión había pertenecido a uno de los dueños de “La Tropical”. Fuera cierto o no,  fue construida con esmero y con un gusto estético  palpable.

En aquel entonces  la casa tenía seis habitaciones con baños, terrazas en los dos niveles, un bar semicircular,  piscina en el patio central, un apartamento independiente,  que supongo era el de criados y chofer,  además de una inmensa cocina, comedor,  y salones de juego y biblioteca. Lo que más me llamó la atención en el primer día de recorrido fue el cuarto principal en el segundo nivel,  el cual disponía  de un  enorme baño con varias duchas  y un salón con mesa para masajes, además de  armarios de fina madera que por su capacidad podría guardar la ropa de medio regimiento. De tal forma, cuando el señor o la señora se encerraban en aquel recinto no  requerían de nada ni  de nadie  y salían de allí  listos para la fiesta.

Con el triunfo de la Revolución el primero de enero de 1959, muchos señores acaudalados sintieron  un gran pavor de  la barahúnda que se avecinaba.  Optaron por tomar lo imprescindible e irse de vacaciones unas semanas a Miami, dejando al frente de sus propiedades a mayordomos y mucamas. Siempre con  la idea en mente de que pronto los americanos arreglarían aquel berenjenal.

Conozco de un testimonio, contado por la misma persona. Un acaudalado que en los primeros meses del 59 tomó un avión con su familia y fue a pasarse unas cortas vacaciones a casa de unos parientes en Miami porque no quería estar en Cuba para cuando los americanos desembarcaran. Al llegar a casa de su hermana prensó  el pasaje de regreso debajo de un jarrón, y todavía lo conservaba hace veinte años cuando contó este relato. Pienso que si aún está vivo y conserva el boleto, podría subastarlo. Quizás a algún coleccionista  le pudiera interesar.

Pasaron las semanas, meses y comenzaron a transcurrir  los años y aquel  supuesto berenjenal se convirtió en un cajón colmado de alacranes dispuestos a emponzoñar al que osara abrirlo.

El gobierno revolucionario creó entonces  algo así como una comisión, comité o consejo,  cuyo objetivo principal era recuperar y confiscar los bienes  abandonados en el tropel.

De tal forma, aquellas ricas mansiones de los barrios aristocráticos de la Habana, pasaron a “manos del pueblo”, según decía la propaganda de la época,  al igual que todas las riquezas contenidas en su interior: joyas, bajillas, porcelanas, esculturas, pinturas, autos de lujo etc, las cuales eran tasadas en el lugar y recogidas por funcionarios del Banco Nacional de Cuba.

Sin embargo, la residencia  donde vine a vivir,  aún preservaba  muchos muebles  y adornos originales. Los muebles estaban bastante estropeados por el uso intenso a que  eran sometidos. Respecto a los adornos, había una escultura de bronce de  medio metro de alto que representaba a un guerrero romano, la cual era utilizada en cualquier menester, menos para el que el artista la había concebido.

Había una pintura de colores  con tonalidades de naranja y formas geométricas enrevesadas, que más que un adorno, para nosotros constituía un estorbo.

Quizás se había desprendido de un sostén en la pared  y deambulaba con la buena de Dios por toda la residencia. Un día te la encontrabas encima de un sofá porque el  que limpiaba ese día le había molestado y la había colocado allí;  luego,  a la hora de la tele se colocaba detrás del sofá; si alguien estudiaba y le molestaba el sol que se filtraba por las ventanas de cristal, la utilizaba de quitasol. Para ese propósito era útil, porque por su tamaño –quizás 1,20m de alto por 1,80 de largo- cubría totalmente la ventana.

Recuerdo que un día un estudiante de otro albergue que nos visitaba, quizás con más cultura y sensibilidad artística que nosotros,  al ver la pintura arrinconada, la cual por el maltrato ya tenía una de las esquinas perforadas, exclamó alarmado: -¡Esa pintura es de Amelia Peláez!

Para mí aquel nombre no  significaba nada. Hasta entonces la única Amelia Peláez que había conocido,  y por cierto, se dedicaba a “lavar para fuera” y no a pintar, era la mamá de Orlando Peláez  SOA, un  compañero de clases en la secundaria.

Un día por curiosidad le pregunté por el raro apellido se su mamá, y me respondió que el apellido de su mamá era Peláez. Dicha respuesta  en lugar de aclararme, me confundió aún más. Le pregunté entonces por el SOA y me respondió categórico: -También es de mi mamá.

Con el tiempo conocí el significado del SOA, el cual se le adjudicaba a hijos de madres solteras cuando los padres  se negaban a reconocerlos  y literalmente significa: Sin Otro Apellido.

Pasaron unas  semanas, y un día,  a la hora del descanso,  después  de disfrutar de nuestro frugal almuerzo, se apareció un funcionario que por su porte me pareció que había descendido de lo más alto del Poder. Luego supimos que  venía del Consejo Nacional de Cultura. Llegó acompañado de Clotilde, la Jefa del Sector.

Entró como un bólido buscando el lienzo de Amelia. Todos mirábamos un programa de televisión y nadie le hizo mayor caso.

-¿Dónde está el lienzo de Amelia…? –Jadeante  y sudoroso chilló  en medio del salón.

De los presentes  nadie contestó, y no por mala educación, sino porque no entendíamos a qué  lienzo de Amelia se refería.  El funcionario hizo catarsis: -¿Cómo es posible que una pintura de Amelia  ande dando tumbos entre…  ¡muchachos! en un albergue de becados…  -no dijo guajiros, pero quizás lo pensó- que ni siquiera saben apreciar su valor artístico? –se lamentó en voz alta.

Daba pasitos cortos en todas direcciones  y buscaba afanosamente con los ojos  a su alrededor, tratando de descubrir  el lienzo tirado en cualquier rincón.

-¡Ah…! -¿Usted busca un cuadro amarillo que tiene pintadas algo así como… unas hojas de henequén?  -preguntó intrigado Diego.

-Yo lo guardé esta mañana en un closet cuando limpiaba, porque siempre está atravesado.

Al funcionario se le animaron los ojos y hasta se secó una lágrima.

-¡Tráemelo ahora mismo! –gritó autoritario.

Diego subió a trancos las escaleras  y apareció  cargando el incómodo lienzo sobre su cabeza.

-¡Oh! Dios mío, no puede ser…!  -exclamó el hombre al ver  la esquina carcomida del lienzo.

-¿Cómo ha podido suceder?-  -se preguntó al borde del llanto.

Clotilde corrió a la cocina y volvió con un vaso de agua que el funcionario bebió precipitadamente, desparramando parte del contenido sobre su camisa y sobre el lienzo.

Luego,  más calmado y con voz entristecida, dijo lacónicamente: -¡Qué se le va a hacer…! –Las revoluciones a veces  exigen grandes sacrificios… Mientras secaba con el pañuelo la parte humedecida del lienzo.

Este pasaje, que a alguno puede provocarle risa, y puede que otros lo consideren una fantasía, se ajusta a la estricta verdad. El hecho fue tomado a la ligera por muchos de nosotros, jóvenes inmaduros en aquel entonces,  incluyéndome a mí, que en muchas ocasiones imitaba, bromeando,  la histórica aparición del funcionario.

Este suceso  me motivó, años más tarde, a interesarme  en la obra artística de  Amelia Peláez, la cual trabajó no solo la pintura, sino también la escultura, en la que ha dejado testimonios inmensurables de su creatividad artística; sin dejar de mencionar  la  cerámica y la alfarería, a la cual se dedicó en cuerpo y alma, más como obrera de unos oficios  de los más antiguos de la historia de la humanidad, que como artista, lo cual para mí entraña un doble mérito.

Sobre ella se han escrito numerosos  libros y uno de ellos: “Palmeras en el Sena”, merece ser leído  por la numerosa relación de datos sobre su  fecunda vida  y  su obra que allí aparecen.

Podría terminar  aquí este relato, pero creo quedaría inconcluso  si no comparto con ustedes otro suceso que se mueve en la misma cuerda del anterior.

Un día corrió la noticia de que en una casa  en la calle  Primera entre 20 y 22,  habían encontrado un tesoro. Era una hermosa residencia que debió pertenecer a algún judío, ya que en el descanso intermedio de la escalera había un hermoso vitral con  la estrella de David. Dicha casa entonces estaba deshabitada, y unos obreros  la reparaban para convertirla en  albergue de Becas.  La curiosidad,  que dicen mató al gato,  nos hizo abandonar las clases y todos corrimos a ver de qué se trataba. Al llegar, observamos un camión blindado del Banco Nacional de Cuba estacionado frente a la entrada.  Unos empleados del Banco  hacían el levantamiento y  la tasación minuciosos del tesoro encontrado, el cual consistía mayormente de vajillas de plata, jarrones  y ánforas de porcelana,  adornos de algún valor, palos de jugar golf, álbumes de fotos familiares etc

Después supimos que el hallazgo se produjo por casualidad, cuando uno de los carpinteros golpeó sin querer  con su martillo una falsa pared debajo del descanso de la escalera.

Este relato no tendría mayor trascendencia si el referido hallazgo no hubiera despertado  la codicia en muchos de nosotros,  similar a la de los buscadores de oro del siglo XIX en los Estados Unidos. Armados de martillos, cinceles y de cualquier otra herramienta nos dedicábamos a la búsqueda irrefrenable e incontrolable  de “tesoros escondidos” en cuanto resquicio,  presunta pared falsa, entretechos,  descansos de escaleras nos resultara sospechoso;  y hasta dentro de las cisternas del agua.

Hubo que tomar severas  medidas y reglamentar la autorización hasta para clavar un clavo en una pared,  con tal de salvar el patrimonio del ministerio de Educación.

No es mi propósito levantar suspicacias, pero no me gusta tampoco pecar de ingenuo  al pensar en mayordomos y mucamas, choferes, jardineros etc. que estaban al tanto de los entre manejos de las ricas familias auto exiliadas voluntariamente y a la carrera  en Miami.

Esto me lleva a formularme  dos preguntas: ¿Cómo habrá  pasado la servidumbre aquellos días de agonía, incertidumbre  y devaneo ante la disyuntiva  de hurtar una joya valiosa, una obra de arte, o dinero en efectivo,  o documentos importantes en cajas fuertes, convencidos de que los funcionarios del nuevo gobierno no los echarían de menos a la hora de hacer el arqueo;  o de esperar sumisamente  un hipotético regreso de los amos desde el Norte?

¿Cuántas obras de Amelia, Servando,  Menocal, Portocarrero, Enríquez  y muchos otros renombrados  artistas de la plástica, por mencionar solo a los cubanos, además de objetos suntuarios de gran valor  habrán tomado otros derroteros distintos a los del BNC?

Se lo dejo como deberes para la casa.

2 thoughts on “El lienzo de Amelia.

Deja un comentario

Top