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El Fígaro engañado

Desde la fundación de "El Guanchero", por una u otra razón, casi a diario, alguien llegaba como podía averiguando por algo o por alguien. El que llegaba siempre se detenía ante el imponente portón cerrado, fabricado por Agustín, hermano de Esteban,  hacía más de cincuenta años con las mejores maderas de la tala del monte que cubría entonces la cuidada finca de los isleños. Era un portón, como solía decir, construido para la eternidad y a decir verdad, ya había pasado la prueba de los primeros cincuenta años.

Una tarde se detuvo allí  un personaje de figura simpática. Venía  seguido de una mula con arreos de colorines y campanillas de plata,  que soportaba el peso de dos abultadas alforjas de lona color ocre,  adornadas con arabescos bordados y de cuyos contornos pendían flecos dorados.

De una de las alforjas sobresalían los bordes de una maleta de madera de ébano,  en cuyo borde superior llevaba incrustados, en letras doradas,  el nombre y el oficio de su dueño: ARTURO LINDEIRO DE VIERA. BARBERO.

La sofoquina de la media tarde le hacía sudar copiosamente y  un rojo intenso de sangre resaltaba  en su rostro de tez blanca. Era un hombre de mediana edad y ligero de peso. Vestía pantalones y camisa de lino de color blanco y se cubría con una levita del mismo color. Se  protegía la cabeza  con un sombrerito cómico de fibras finamente tejidas.

Llamó dos veces en voz alta hacia la casa, y como respuesta se dejaron escuchar los ladridos de los perros que rompían de esa forma el letargo de la tarde.

Rosa se asomó al portal secándose las manos en su delantal de color azul. El recién llegado hizo una profunda reverencia tomando su sombrero por un ala, a la vez que dejaba desprotegida  una calva rojiza y brillante. Desde el portal Rosa le devolvió el saludo con una mano y con un ademán lo invitó a pasar  en el momento que se llevaba  una mano a la cara para disimular una sonrisa,  motivada por la exagerada reverencia.

El hombre con ademanes ligeros sacó la maleta de la alforja y ató la mula a uno de los travesaños  del  portón. -Eso trae mala suerte, -murmuró Rosa para sí y no pudo evitar persignarse con rapidez. Desde siempre había escuchado que era de mal agüero dejar las bestias atadas a los portones y verjas.

Con paso presuroso el hombre se dirigió hacia la casa, dando salticos,  sin apenas apoyar los pies en la gravilla del sendero. Mientras, Rosa permanecía de pie en el amplio portal, intrigada por la presencia inesperada de tan curioso personaje.

El hombrecito se plantó delante de Rosa sin atreverse a salvar los dos peldaños que lo separaban del portal. Desde allí volvió a hacer una reverencia, esta vez con la cabeza.

-Buenas tardes respetable señora, -dijo el recién llegado-  y su voz dejó escapar un acento  extraño, pero que a la vez sonaba gracioso al oído. –Mi nombre es Arturo Lindeiro de Viera y viajo  por estos campos señora mía haciéndole la vida más feliz a las personas.

Me dedico al noble y viejo oficio de barbero. Afeito a los hombres y corto el cabello tanto a mujeres como a hombres; también, y aunque usted puede pensar que no está dentro de las funciones de un barbero señora mía, me dedico a extraer callos, juanetes y espolones.
-¿Usted se imagina la felicidad  que representa para una persona que casi no puede caminar, verse de pronto en plenitud de facultades locomotoras? – preguntó con ojos inquisidores.

Para ello cuento con un certificado  entregado en Europa que me acredita como podiatra.

Mientras hablaba, Rosa trataba- por su acento-,  de situar el país de procedencia del personaje. No podía dejar de mirar la rápida gesticulación de las manos del visitante con las que hacía parábolas en el aire, mientras abría y cerraba los ojos y contraía los músculos faciales.

Todo en aquel personaje denotaba finos modales y cierto amaneramiento. Era una permanente manifestación de poses teatrales mezcladas con cierta extravagancia,  cual un bufón de una corte europea.

Hablaba tan rápido y sin pausa, que no le había dado tiempo a Rosa a invitarlo a pasar al portal y sentarse en uno de los sillones.
Al fin,  en uno de los intervalos en que el extraño se proponía continuar con sus historias, Rosa aprovechó para invitarlo a sentarse.
De nuevo vinieron los agradecimientos y las reverencias. –Muchas gracias señora mía –dijo-, pero sin querer abusar de su amabilidad, ¿no podría usted brindarme una jarra de agua fresca para calmar esta sed que me reseca la garganta?  -Por supuesto –respondió Rosa-,  y con paso ligero se perdió dentro de la casa en busca de un vaso de agua. Al regresar al portal con el vaso de agua solicitada, quedó sorprendida por lo que aparecía ante sus ojos. El barbero había abierto su maleta y a la vista aparecía todo el arsenal del oficio: filosas navajas con cabo de nácar, tijeras de distintos tamaños, pinzas y alicates de acero brilloso, brochas, peines, cepillos, espejos ovalados con mango de plata, frascos de esencias y colonias de aroma singular.

Más que el instrumental de un barbero, semejaba una colección de  objetos de un orfebre famoso. Todas las piezas ocupaban un lugar preciso, como prendidas al forro de terciopelo color púrpura que cubría el interior de la maleta.

Mientras  apuraba el vaso de agua,  no dejaba de observar de reojo la impresión que causaba a la vista de Rosa la exposición de sus herramientas.

-Dígame señora mía: ¿acaso este humilde servidor no posee los instrumentos necesarios  para ganarse honradamente el sustento para vivir? Rosa, más relajada al conocer el oficio y los propósitos del extraño,  solo atinó a decir: -por aquí hay personas con “dolencias en los pies”  que seguramente quedarán agradecidas con su tratamiento.

A tanta algarabía de perros, desde lo profundo del patio  apareció Esteban por el costado de la casa, con la mirada vaga y recelosa, misma con la que siempre recibía a las personas extrañas, afanándose en encender el tabaco de media tarde.

Rosa, ya más animada, le presentó al visitante. -El señor que tú ves, además de barbero, trata los callos y las “dolencias de los pies”, así que ya dejarás de tratarte por tu cuenta -dijo con cierta ironía.

El barbero se puso de pie y repitió la misma reverencia ante la extrañeza y turbación de Esteban. –Señor Esteban, dijo mientras le apretaba efusivamente la mano-, es un gran placer para mí llegar hasta este hermoso lugar. Yo he visitado todos los países de Europa y le he mondado los callos y juanetes a muchas personas importantes de las cuales me reservo los nombres. También conozco muchos secretos de alcoba que revelarlos me costaría la cabeza, al mencionar la palabra cabeza se quitó el sombrero y se pasó la mano por la reluciente calva que ya había perdido su tonalidad subida de púrpura.

-Por lo que a mí respecta, le digo que siempre he seguido el consejo de no entregarle mi cabeza a un barbero calvo –dijo Esteban con sorna.

El aludido no respondió y con cierto disimulo se dedicó a cerrar su maleta. -El consejo no dice nada de las ·”dolencias en los pies”,  así que prepárate para que el señor Arturo te cure ese malestar –dijo resuelta Rosa. Había transcurrido media hora de la llegada de Arturo Lindeiro, y ya este había convencido a Esteban de que le entregara sus pies. Después de tomar un fuerte café, se dirigió hacia donde la mula intentaba comer algunos yerbajos de la orilla del camino. De la otra alforja extrajo una jofaina de cobre para que Esteban introdujera los pies en agua bien caliente que Rosa, diligentemente,  había calentado.

Arturo se quedó mirando con cierta perplejidad  aquellos pies que nunca habían recibido el tratamiento requerido y que mostraban inmensas protuberancias extendidas hacia los lados desde la base del dedo  gordo.

Esteban desde hacía muchos años se mondaba cayos y juanetes por su propia cuenta y riesgo utilizando el cuchillo de trabajo.
 –Señor Esteban, aquí tendremos trabajo para rato –dijo, mientras le añadía  algunos linimentos al agua caliente, que al disolverse, empezaron a desprender fuertes olores a resinas, desconocidos en aquella casa.

Después de terminada la faena, Esteban aparecía con sus pies sangrantes y adoloridos. Dejó en manos de Rosa la atención del visitante y agarrándose de las paredes llegó hasta la cama,  que era en ese momento lo que más deseaba. Luego vinieron los muchachos, los cuales reían del acento portugués del señor Arturo  –ya a esa altura de la conversación había contado a Esteban y Rosa lugar y fecha de nacimiento. Los fue pelando uno a uno y terminaba su trabajo  poniéndoles talco y colonia en la cabeza.

Al caer la noche se le preparó la cena y se le dispuso un cuarto para dormir. Nada extraordinario en “El Guanchero”, donde siempre había un huésped de camino.

De la cena, aparte del fricasé de gallina acompañado de viandas, lo que más le llamó la atención fue el majarete,  servido en fuente espolvoreado con canela, que llevó a Arturo a exclamar que ni siquiera en el palacio de Versalles ´él había probado un “mousse”  tan exquisito.

Al día siguiente en todo el veguerío era noticia la llegada el día anterior a “El Guanchero” de un hombre que hablaba muy extraño,  que pelaba y curaba los pies. Los muchachos de la casa fueron los primeros en regar la noticia, mostrando orgullosos sus nuevos pelados. Hablaron también de la cura del “malestar de pies” del abuelo Esteban, lo que motivó a muchos viejos a interesarse en el asunto, conocedores de la dolencia de Esteban.  Este,  mientras tanto permanecía en cama con los pies inflamados y cubiertos de bálsamos y ungüentos curativos.

En la mañana ya había vecinos reclamando los oficios del barbero, por lo que este se despidió con las mismas reverencias, a la vez que prometía volver a seguir el tratamiento de Esteban.

Seguido de su mula se perdió entre el veguerío y en cada casa visitada se repetían las mismas reverencias y los mismos relatos de su vida en las cortes europeas y lo bien preciado que era su trabajo por personas importantes.

Comía y dormía donde lo sorprendía la noche,  al transcurrir una semana había afeitado y pelado a medio Vuelta Abajo y había mondado los callos y juanetes a la otra mitad.

No fueron pocas las mujeres que osaron entregarles sus cabezas y los resultados fueron más que los esperados. La fama le llegó poco a poco. Su habladuría constante, en la que se mezclaban armónicamente relatos de experiencias propias y de otras que se adjudicaba, le fue proporcionando cierta ascendencia entre las personas que componían aquella comunidad: almas nobles que se fascinaban fácilmente con cualquier cosa novedosa fuera de sus experiencias.

Lo seguían a la casa en que pernoctaría y le organizaban tertulias a la luz de un farol. Arturo se consideraba persona importante entre ellos, aunque nunca humilló a nadie por ignorancia, y los relatos que contaba de su vida, los decía de forma tan natural que nadie los  ponía en duda.

En una noche de tertulia alguien le sugirió que abandonara la vida de nómada que llevaba hasta ahora y que  plantara campamento en “El Guanchero”. Esta sugerencia  lo puso a meditar y dejó el asunto para pensarlo. No obstante, otros propusieron ayudarlo a levantar un salón de barbero en terrenos de nadie, precisamente cercano a la fonda del chino Julián.

Al día siguiente ya había tomado la decisión de establecerse, al menos por un tiempo, entre ellos. Todos cooperaron en la fabricación de un bohío rústico que sería el inicio del Salón  Arturo como el mismo prefirió llamarlo. Utilizando yaguas para las paredes y guano para el techo, en pocos días habían levantado un bohío que en nada se parecía a los fastuosos salones que en las capitales europeas comenzaban a llamar la atención de la gente.

Sin embargo,  lo más importante y lo más valioso  para los pobladores era el hombre que lo habitaba y  se sentían orgullosos de tenerlo de amigo.

Le regalaron bancos y taburetes y hasta una luna de espejo medio descolorida. No obstante, Arturo se fue a Pinar del Río en busca de un sillón de barbero. Regresó a los pocos días con un pesado armatoste de hierro transportado en un carretón. Esto no era lo que deseaba, pero  pensaba en un futuro conseguir uno mejor. Hubo que cambiarle el relleno del asiento y del espaldar y luego pintarlo. Arturo se sentía contento, y si en un momento dudó de la decisión de asentarse, ahora, viendo que tenía un lugar donde establecer su negocio y lo más importante, la amistad de todos los clientes potenciales, pensaba que la decisión había sido la correcta.

El sillón, que fue plantado en el centro de la sala,  desde un inicio tuvo variados usos además del de afeitar y  cortar el cabello, pues allí hacía las operaciones de callos y juanetes.

El Salón Arturo siempre estaba concurrido. El estar  tan  cerca de la fonda del chino Julián, propició que ambos negocios se beneficiaran, porque muchos de los parroquianos que asistían a lo del chino, daban riendas sueltas a su  vanidad y presunción personal y se llegaban por la barbería. 

Lo que no podía evitar Arturo era el parloteo constante. Las personas que asistían a su salón escuchaban sus relatos en silencio y con atención.

En una ocasión contó que prácticamente  había sido obligado a extraerle una muela a un personaje famoso -nunca mencionaba nombres concretos de sus importantes clientes-, como  si lo hubiera asumido como principio ético de profesión. Dijo que había sido su primera incursión en el mundo de la estomatología y que en lo adelante lo había hecho de manera continua. No obstante,  dejó claro en el relato que siempre lo hacía a cuenta y riesgo del paciente porque él no estaba certificado para ejecutar tales prácticas.

Solo esto bastó para que al próximo día se apareciera un veguero, con los ojos irritados por haber pasado la noche sin poder pegar un ojo debido al intenso dolor de una muela. En tales circunstancias el hombre pedía a gritos que le sacara la muela a como diera lugar. Arturo le hizo saber que él sabía hacerlo, pero no estaba certificado para ello.

-Si usted no me saca la muela, me la saco yo mismo con la punta del cuchillo… -dijo el guajiro llevándose la mano a la parte  posterior de la cintura en busca del instrumento cortante. -Le pido calma, relájese –le dijo Arturo con voz dulce y convincente- todo se arreglará, venga, siéntese y ya verá como de algún modo resolveremos este problema.

El hombre se sentó  en el sillón de barbero y, aunque asustado,  se relajó, ya que le llegó el convencimiento de que aquel barbero sabía suficientes mañas para calmarle definitivamente su dolor.

Después de aquella extracción de muela, vinieron muchas más y a su fama de barbero, saca callos y juanetes, se agregó la de saca muelas. Por otra parte, de tarde en tarde, cuando no tenía clientes, se montaba en la mula y se iba a recorrer las vegas, a visitar a ancianos aquejados de callos y juanetes que apenas les permitían moverse.

Arturo se sentía cómodo entre sus nuevos amigos, y estos no cesaban de alagarlo invitándolo a guateques y peleas de gallos. Le costaba trabajo asimilar el folclore del campo cubano y no siempre mostraba marcado interés en asistir. Tampoco  había podido fumarse una breva de las que Esteban le torcía. Estas siempre le producían irritación en la garganta, picor en la lengua y un mareo de borracho.

Con la barbería de Arturo, los isleños tuvieron más ajetreo de personas frente a su casa. Al movimiento usual de jornaleros que venían a la fonda del chino, por un trago de aguardiente o a comer una “completa”, ahora se unía  el de los que asistían a pelarse y afeitarse en la barbería de Arturo.

Esteban, ya con sus juanetes curados, se había hecho buen amigo del barbero. A la visita rutinaria que hacía a la fonda del chino a media tarde, después de haber dormido la siesta, haberse tomado su café y haber encendido su tabaco, se unía ahora la que hacía a la barbería. Era una visita corta, porque luego de visitar al  chino, y conversar de cualquier tema intrascendente, le quedaba poco tiempo para atender las labores diarias de la vega antes de que cayera la noche.

Al isleño le fascinaba la velocidad de la mano derecha de Arturo, con la que sostenía y  movía las tijeras con un tintineo cadencioso, mientras, con la izquierda sostenía el peine que marcaba el nivel del corte del   cabello. Esta operación la hacía sin dejar de hablar, y sin apartar un segundo la vista de la cabeza del cliente.

Esteban no hablaba en tales momentos,  se quedaba perplejo viendo la operación de desmoche capilar que se efectuaba, como serpiente encantada por una flauta  escuchaba con atención el relato del momento.

Era como asistir a una conferencia sobre un tema inesperado. Siempre recibía una información nueva, fabulosa, casi increíble, sobre algo que más tarde en la noche, durante la cena, comentaba a Rosa y que quedaba fijada en su cabeza durante varios días.   En cierta ocasión, no se sabe cómo, Arturo sacó a colación el origen de la maleta.

-Esa maleta negra que ha viajado conmigo medio mundo es un regalo “real”  -dijo Arturo, señalando con la punta de las tijeras a la pesada maleta, que abierta de par en par, mostraba  todo su instrumental. – Por eso la cuido tanto,  porque ha reído y llorado conmigo durante muchos años, -sentenció.

A Esteban no le quedó claro lo de regalo real, pero no quiso interrumpir el relato y optó por sacar conclusiones de las palabras de Arturo.
-Esas letras que muchos piensan son de bronce bruñido, son de oro macizo  –dijo el barbero señalando de nuevo la maleta en la cual relucían como nunca las letras que conformaban su nombre y oficio.

Esteban sintió un sobresalto al mirar detenidamente aquel valioso y exclusivo trabajo de orfebrería. Hasta el momento había pensado, como el resto de las personas que habían visto la oscura maleta,  que, como el propio Arturo acababa de decir, se trataba de cromo o bronce al que Arturo,  en su obsesión por la pulcritud de las cosas,  lo lustraba constantemente.

Al escuchar lo dicho por Arturo,  su criterio  respecto  al  valor del trabajo de las letras había cambiado ostensiblemente. -El rey de Abisinia me la regaló como agradecimiento  –continuó narrando Arturo sin desviar la mirada de la cabeza del hombre al que le cortaba el cabello. Es una maleta que está hecha de una madera preciosa que en África la llaman “pao  preto”. Es una madera para la eternidad. El propio rey se encargó de que sus mejores ebanistas la fabricaran y que los orfebres de la corte fundieran las letras y las engarzaran  como ustedes las pueden ver.

Ya le habían traído desde Londres todos los instrumentos que había encargado, por lo que se los entregó a los ebanistas para que los colocaran en esa especie de estuche que fabricaron.

Era el pedido de un rey  – dijo engolando la voz y elevando hacia arriba  las tijeras en su puño cerrado en  una pose de poder- y todos se esmeraron porque se cumpliera como él  deseaba. 

A Esteban le comía la curiosidad por conocer qué clase de agradecimiento merecía tal regalo, y ya casi lo iba a interrumpir para preguntarle cuando el propio Arturo  se encargó de aclararle  su duda.

-El  pobre hombre se encontraba al borde de la muerte por una mala práctica en la cura de los juanetes –dijo el barbero poniendo una nota de tristeza en la voz y disimuladamente desvió la vista hacia los pies de Esteban. Este, al escuchar la palabra muerte ligada a la cura de los juanetes se estremeció e  instintivamente movió los dedos dentro de las  botas.

-Cuando fui llamado ante la  presencia del rey, quedé horrorizado al ver el estado deplorable en que tenía los pies –continuó relatando Arturo. Al parecer el tratamiento aplicado no había dado resultado y el pobre hombre padecía una severa infección, que de no detenerse a tiempo, traería como resultado la necesidad de amputarle ambos pies para salvarle la vida. Pensé en aquel momento que de mis manos y mis mañas dependían la vida de un soberano,  y obviamente, la mía también si todo aquello no salía bien.

Así que me armé de todos los recursos de que disponía y me di a la tarea de salvarle primeramente los pies. Durante el tiempo que duró el tratamiento  vivía a mis anchas,  como huésped del rey,  en un palacio donde los objetos de uso más común eran de  oro  y los muebles e incluso las camas tenían incrustaciones de piedras preciosas y diamantes.

Por suerte para el rey, y  para mí por supuesto… el tratamiento dio resultado  y al cabo del mes ya los pies estaban a salvo. Luego vendría la segunda etapa, y digo la segunda etapa  porque yo quedé alarmado y al mismo tiempo emocionado cuando escuché de su propia voz que ponía sus pies a mi disposición para operarle los juanetes.

Tanta era la confianza que había ganado de aquel soberano -Un día, dos semanas después de la operación –continuó contando Arturo, recostado al sillón de barbero, una vez que había terminado el pelado y le daba las sacudidas finales con el cepillo de finas cerdas al cliente-,  estando yo en uno de los fastuosos jardines del palacio, contemplando la hermosa fuente central de oro macizo de la cual salían con cierta intermitencia poderosos chorros de agua, me sorprendió la presencia del rey, que como para demostrarme el resultado de mí trabajo, caminaba ligero por un sendero a mi encuentro, seguido de su séquito.

Fue en aquel momento en que uno de sus acompañantes le acercó la negra maleta y el me la ofrendó, y no digo que fue un regalo,  porque vi en sus ojos las lágrimas contenidas del que siente un profundo agradecimiento.

Yo me emocioné mucho y caí postrado a sus pies –dijo Arturo emocionado-, y como si estuviera viviendo de nuevo aquél momento, con teatralidad  exagerada  se arrodilló y elevó la mirada hacia el techo de guano del bohío, como si estuviera delante del soberano de Abisinia.  Esteban y el señor que ya había sido pelado,  pero que no abandonaba aún el salón hasta conocer el final del relato, no pudieron contener la risa a pesar de la solemnidad que Arturo  ponía en la voz.

-Esta es la historia de esa maleta que quiero como a mi propia vida -concluyó posando los ojos en el artefacto, y como para demostrar su afecto, – igual que se acaricia una mascota-  le pasó un paño de gamuza por encima para librarla del polvo.

Esteban consideró que aquella era una buena historia para después de la cena, y viendo que ya el sol bajaba irremediablemente hacia el oeste, decidió que era momento de retirarse. Sin embargo, Arturo aún mantenía excitada su memoria por los recuerdos y no estaba dispuesto a dejar el relato trunco. 

-Aquel hombre, -se refería al soberano, claro está-  me pidió que me quedara a vivir en el palacio y que fuera su  asistente personal.  En ese momento paseó la mirada por el rostro de ambos hombres para conocer el efecto que había causado tal revelación.

-No podía negarme a tal petición, ¿no creen ustedes? –exclamó,  mientras abría desmesuradamente los ojos. Ambos hombres movieron la cabeza de arriba abajo, dándole un voto de asentimiento.

-Les puedo decir amigos míos que en aquel palacio he pasado los mejores días de mi vida -dijo sentenciosamente. Luego bajó la voz como buscando recuerdos más profundos y más comprometedores en su fértil memoria.

-Allí comprendí que la vida no es solo placer…, que hay otras muchas cosas que también cuentan…, al menos para mí.   
Todo le funcionaba aparentemente a Arturo; sus amistades;  su negocio. No obstante, habiendo pensado en echar ancla en las tierras de Vuelta Abajo, después de haber recorrido el mundo, obviamente, le faltaba una compañía de mujer. La oportunidad de lograrlo llegó en uno de aquellos guateques que comenzaban a media tarde y terminaban a media noche, en  los que se cantaban tonadas, montunos y se bailaba el punto acompañado de lamparazos de aguardiente de caña con guayabitas del pinar para aplacarle el sabor a melado.

Charo era una mulata zalamera que había llegado hacía un tiempo desde muy lejos –nunca había dicho exactamente el pueblo de procedencia-, y de la que se decía  arrastraba una oscura historia cargada de infidelidades, engaños y hasta de cuchillos halados y puñaladas; y que había llegado a Vuelta Abajo huyendo de amores inconclusos.

En los primeros momentos vivió “arrimada” a algunos jornaleros por temporadas y cuando logró conocer el terreno, se lanzó a hacer favores  sexuales  a los hombres como manera de vivir.

Desde que vio a Arturo por primera vez pensó que había encontrado el partido que esperaba y se entregó a la tarea de conquistarlo. Para Arturo no habían pasado por alto las intenciones de la mulata y necesitado como estaba de compañía de mujer, dejó que las  cosas fluyeran como tenían que fluir. De tal manera, aquella noche Charo durmió en el bohío devenido salón de barbero de Arturo. Fue una noche de lujurias. A pesar de haber puesto en práctica todas las técnicas  de alcoba aprendidas en los  más exóticos y estrafalarios lugares, Arturo no pudo  deslumbrar a Charo con ninguna de ellas. Los combates se sucedieron hasta bien entrada la mañana en que  empezaron a llegar los clientes y Arturo, contrario a su costumbre, aún permanecía acurrucado en su camastro junto a la mulata Charo.
Como sucedía en “El Guanchero” con las cosas más insignificantes,  el notición corrió como pólvora por todo el veguerío. Algunos pensaron que sería algo pasajero que no merecía darle importancia. Durante días fue la comidilla entre las ensartadoras,  que como suplemento a su tedioso trabajo de ensartar una por una las hojas de tabaco, se entretenían despeluzando el mejor cotilleo del momento.

Con el paso de los días la relación fue tomando fuerza y la gente empezó a preocuparse. Hubo quien se arriesgó a aconsejar a Arturo, pero este con la amabilidad propia de su personalidad lo disuadió y le hizo saber que él tenía la suficiente edad y experiencia para saber a quién acoger a su lado.

Por solicitud de Charo, Arturo hizo una remodelación del bohío. Sacó los dineros que ocultaba no se sabe dónde y los invirtió en cambiarle el sentido de provisionalidad. Cambió las paredes de yaguas por otras de madera y le puso el piso de cemento; también agrandó la casa hacia el fondo con otra habitación, tal como se lo había pedido Charo. Al cabo de un mes el Salón Arturo lucía su nuevo esplendor.

Muchos comenzaron a hablar de las burundangas de la mulata para hacer cambiar a Arturo. Este cambio era perceptible incluso en el cumplimiento del oficio. Ya no salía por los campos a cumplir los reclamos de los ancianos inmóviles por cayos y juanetes.
Todo el tiempo libre y el que le robaba al trabajo lo pasaba enredado con Charo en su alcoba.

Se supo que cierta mañana cuando pelaba a Silvino, guajiro de poco hablar y de malas pulgas, Arturo en varias ocasiones lo abandonaba el pelado y se iba a la cocina a indicarle a Charo qué condimentos requerían las judías puestas a plena llama sobre el fogón.

Al regreso de uno de sus viajes a la cocina, encontró el salón vacío y el paño sobre el sillón. Silvino, no pudiendo soportar el “casuelerío” de Arturo,  optaba por marcharse a medio pelar. Independientemente de la actitud condescendiente de Charo, y del supuesto romance en que transcurrían los días junto al nuevo amor encontrado, todos esperaban el momento en que la cabra tirara al monte.

Ese día llegó un amanecer en que el viejo Esteban por alguna razón salió al portal, y al mirar hacia la casa de Arturo vio a este,  subido en un taburete, tratando  nerviosamente de anudar una cuerda a la solera.

Esteban a grito limpio trataba de disuadirlo del inminente suicidio; corrió a la velocidad que le permitieron sus achaques y sus muchos años y llegó justo en el momento en que el barbero comenzaba a patalear en el aire.

De un tajo cortó la soga y el amasijo de hombre cayó al piso como un fardo, con sus dos manos aferradas a la cuerda que lo asfixiaba y el rostro contraído en una mueca y con unas venas a punto de estallarle en la cabeza calva.  Esteban  cortó el lao el infeliz sintió un gran alivio. Luego continuó tirado en el suelo, desecho. De pronto, la sangre se le desapareció de la cara y esta  tomó un color de calamar, casi transparente.

-Se la llevó…, –dijo con voz entrecortada y casi musitando.
-Se la llevó…,  – repitió esta vez  con ojos llenos de lágrimas.
-¿Quién se llevó qué, carajo? – sonó la fuerte voz de Esteban.
-Charo se la llevó…,  -dijo quedamente.
-Charo se llevó la maleta.

Esteban quedó confundido. No sabía qué hacer. Aquel hombre se encontraba en un estado deplorable, era un guiñapo humano tirado en el piso. Nadie pudiera imaginar que el barbero alegre y parlanchín pudiera asumir aquel estado de tristeza y desolación. Esteban estaba confundido… no sabía si el intento de suicidio respondía solo al robo de la maleta o a la huida de la mulata. Había conocido del amor que le tenía a la maleta regalada muchos años atrás. También conocía del enamoramiento de Arturo con la mulata Charo. Pensó que en lo adelante la cosa se despejaría mejor.

De inmediato era preciso sacar a su amigo de la depresión que atravesaba. Lo ayudó a incorporarse y se lo llevó  a su casa para que Rosa le diera consuelo. Los días siguientes, Arturo permaneció ensimismado; no salía de su casa; no trabajaba. Se mantenía todo el tiempo tirado en su camastro, pensando en la posible solución a aquel problema.

Esteban venía a darle vueltas; a animarlo y ayudarlo a olvidar el asunto y rehacer la vida sin mulata y sin maleta.  Viendo  que una vez transcurrida una semana el  hombre permanecía en las mismas, le comentó a Rosa que veía difícil que Arturo volviera a ser el mismo de antes.

Una mañana le llamó la atención ver la mula ensillada con sus alforjas de colorines y pensó que el barbero se disponía a partir. Se llegó presuroso a la casa y la encontró vacía. No había mensaje, solo el recuerdo de la extraña personalidad del barbero.
Afuera, la mula  con sus abalorios había quedado en espera de su quisquilloso jinete.  Esteban la tomó de las riendas y se la llevó consigo.

Nadie lo vio partir. Al pasar los días se supo que alguien lo había visto en el apeadero del tren. Como sucedía con frecuencia en “El Guanchero”, Arturo Lindeiro pasó a ser  un ave de paso  de las tantas que habían dejado su impronta en el veguerío de Vuelta Abajo.

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