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El Día de los Fieles Difuntos

Cuba, como cualquier otro país del mundo, acumula sus propias tradiciones,  asentadas  a través de los siglos. Algunas, se relacionan con la culinaria: ¿Qué cubano no ha degustado el arroz con moros y el cerdo asado, acompañado de yuca con mojo o plátano macho hecho tostones?  Son delicadezas de fama mundial y sirven de referente de “lo cubano” en cualquier parte del mundo. En el ámbito religioso también tenemos nuestras propias costumbres.  Son conocidas las peregrinaciones anuales a los santuarios del Cobre en Santiago de Cuba o al del Rincón en el sur de La Habana para visitar a la Patrona de Cuba, La Virgen de la Caridad del Cobre o a San Lázaro respectivamente.

En la Cuba actual estas peregrinaciones, sobre todo la del Cobre, son costosísimas, no  obstante, los peregrinos, guiados por su fe y devoción religiosas hacen enormes sacrificios ahorrando capital y energías para lograr cumplir el sueño de toda una vida.

La peregrinación al Rincón, donde está la Ermita de San Lázaro tiene una connotación más popular. Miles de fieles en los días antes y después del 17 de diciembre viajan al Sur de La Habana a pagar promesas, o simplemente a visitar al Santo milagroso.

Caballero de París Cuba
Caballero de París Cuba

Otra de las tradiciones que datan del tiempo de la colonia es la del cañonazo, que se dispara cada noche a las nueve desde La Fortaleza  de La Cabaña. Era el anuncio sonoro y luminoso de que había llegado la hora de cerrar las puertas de la muralla. Otra de reciente aparición es la de frotar la barba o el dedo índice del Caballero de París, cuya escultura de bronce se encuentra situada a la entrada del Convento de San Francisco de Asís. Sobre este personaje podría llenar varias cuartillas, solo les comento que fue un personaje bohemio conocido por todos los cubanos, que vivió en gran parte del  siglo XX en La Habana y que por su presencia constante en los portales de la ciudad mereció una escultura que lo recuerde como personaje típico de toda una época.

Sin embargo, hoy desearía compartir con ustedes los pormenores de un acontecimiento  que tiene lugar todos los años y que rememora en cierta medida lo que en México y en Hispanoamérica se conoce como “El Día de todos los Muertos”.  De hecho, México logró incluir dicha tradición en la lista del Patrimonio Mundial de la Humanidad desde el año 2003, por su alcance histórico y su arraigo popular.

La cubana en cuestión se conoce como “El Día de los Fieles Difuntos” y se celebra en nuestro país desde hace siglos, como forma de recordación de nuestros muertos queridos. Cierto es que en las grandes ciudades se ha ido perdiendo e incluso muchos de los que la practican en los pueblos del interior del país no saben siquiera como llamarla.

Noviembre es el mes en que acontece esta celebración, aunque no es una fiesta sino más bien un velatorio. En sus inicios duraba toda una semana, pero con el tiempo el velatorio se fue reduciendo, primero a 3 jornadas, y a partir de la década de los ochentas, quizás como un hecho más racional, se decidió velar a los muertos una sola noche.

En esencia el protocolo y la ceremonia  se mantienen intactos, y sigue persiguiendo el mismo objetivo. De hecho la fecha del 2 de noviembre, que es cuando se realiza el velatorio no ha variado.

La ceremonia en sí consiste en visitar el campo santo al caer la noche para acompañar a los Fieles Difuntos durante toda la jornada y rendirles tributo por lo que representaron en vida para sus familiares. Esa ceremonia nocturna se acompaña con muchas velas encendidas encima y alrededor de las tumbas y, por supuesto, muchas flores en las jardineras con los nombres de nuestros muertos.

Sin embargo, desde que despunta ese día de noviembre, un ajetreo inusual se siente en el pueblo. Desde horas tempranas comienzan a llegar al cementerio los vivos a organizar y engalanar la morada de los muertos. Traen consigo cubos, cepillos y  escobas para fregar y darle brillo a los mármoles de las bóvedas. Pintan con cal a la carrera alguna pared descorchada, o arrancan alguna maleza. Luego instalan focos provisionales para iluminar el lugar en la  oscura noche.  Por último acomodan, sobre las tumbas, grandes ramos de flores para los muertos propios y de los conocidos. Sólo cuando está todo listo se marchan para regresar por la noche a una velada memorable.

Ese día se come temprano, porque al cementerio casi siempre, se va caminando en familia. Es muy probable que en la noche una llovizna pertinaz, anunciadora de la llegada de algún frente frío, haga su aparición como si llegara a saludar a los muertos. Esto provoca que bajen las temperaturas por lo que hay que ir preparado para la ocasión.

Los familiares llegan con bolsas llenas de velas y también con sus soportes, que pueden ser platicos de tazas de café o tapas de pomos de boca ancha. Hay que ser previsor  y evitar que la cera derretida se derrame sobre el granito o el mármol;  y así poder recuperarla para ser usada el próximo año en su fabricación artesanal, en caso de que no se encuentren velas para la fecha.

Una vez encendidas comienza la solemne ceremonia. Todos alrededor, en silencio o hablando en voz baja, recuerdan a los suyos de una forma u otra. Ya pasada la primera hora de estancia comienzan a emigrar hacia otras tumbas vecinas para rendir tributo al amigo o al compañero de trabajo o a algún conocido, siempre con una vela dispuesta a ser encendida en su memoria.

Imperceptiblemente empieza a reinar una atmósfera más distendida, lejos de la teatralidad de los primeros momentos. Tratándose de un evento de carácter social y viviendo en sociedad, son los problemas sociales de los vivos  los que más nos motivan e interesan.

Es posible escuchar una carcajada, resultante de un cuento subido de tono, que se queda  entrecortada  por el pellizco en el costado que la esposa, disimuladamente, le propina al marido para recordarle el lugar en que se encuentran.

Esa noche te asombrarás de cómo ha crecido el hijo de fulanito; o que la hija de menganita está a punto de parir pero aún no se sabe quién es el padre de la criatura. Sabrás que  aquel se va del país o que aquel otro, sí, el maseta del pueblo, está haciendo una piscina en el patio de su casa con puentecito y todo como la de los hoteles;  o que a ese que no levanta la cabeza lo cogieron con carne de res y está esperando juicio.

Así va pasando la noche y ya en algún momento, cuando comienzan a escasear los chismes, se empieza a hablar hasta de los propios muertos… Claro está,  siempre de manera positiva si son los nuestros y pésimamente de los muertos de los otros.  Que si Genaro murió de tristeza por ver a sus hijos fajados por la herencia;  o que Pepe le pegó tantos tarros a su mujer que el día del velorio casi todos los que asistieron eran consanguíneos, o sea que eran parientes.

Ya a partir de la media noche se regresa a casa con el espíritu reconfortado y con la lengua encendida.

En Cuba la escasez ha sido una constante de la que no se han escapado ni los muertos. Han escaseado las flores, las coronas son de mal gusto y los féretros  son fabricados en serie. El mismo diseño para todos divididos en tres tallas. Además poco seguros.  Se ha dado el triste caso de ataúdes desfondados, porque no los clavan con suficientes puntillas para vender las que sobran.

Velas caceras en Cuba
Foto de: Antonio Pons Beato

También por periodos han escaseado las velas, y fue a partir de entonces que se desarrolló la ingeniosidad artesanal del cubano para fabricar las velas  propias. Para ello se toma un tubo de plástico de media pulgada  y de 20 a 25 cm de largo y se le taponea por un extremo con un corcho atravesado por un cordel en el centro que será el pabilo y que  sale por el otro extremo, como para poder ser atado a una tendedera,  después de atravesar  una chapa de botella en el otro extremo del tubo.

Una vez colgado, se rellena con cera derretida y se deja reposar  toda la noche. Al día siguiente sólo hay que pasar el tubo por encima de una llama para que la cera se despegue y al empujar uno de los extremos, después de retirar el corcho por un lado y la chapa por el otro, saldrá la clásica vela de los pobres.

Una vela sencilla, blanca y pura como el sentimiento que nos llevó a confeccionarla.

Hoy por suerte  vuelven a existir en el mercado cubano velas de todos tipos y colores, de todas formas y precios. Las hay grandes y pequeñas, redondas y cuadradas, olorosas, aromáticas… Pero la sencillez siempre será nuestro mejor homenaje a aquellos que nos ayudaron a crecer arropándonos con su cariño y enseñándonos con su ejemplo.

Sería una lástima, sin embargo, que la tradición se vaya a perder a causa de la vida moderna que hoy  vivimos.

Los jóvenes no visitan siquiera el cementerio y no tienen hábito de recordar a quienes los antecedieron. Tienen mucho por vivir y no se sienten deudores de nadie. Pero estos jóvenes un día serán ancianos y echarán de menos  esas tradiciones de las que un día fueron parte y de las que sus nietos se olvidarán en su momento. Así es la vida.

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