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El Ciclón de Los Santos Infiernos.

No transcurrió mucho tiempo después del casamiento, cuando una noche Rosa le comunicó a Esteban, su marido, que un bebé venía en camino.

La noticia alegró grandemente a Esteban que esperaba ese momento desde el día mismo del casamiento.

El bebé llegó un día de verano en la propia casa y fue recibido por una vieja comadrona de la comarca, asistido por Don Alberto, el cual juraba que aunque  había sido médico toda una vida, nunca había tenido aquella práctica.

Al parecer el parto transcurrió con normalidad. Solo una cosa no agradó a Don Alberto y fue el hecho de que el recién nacido no gritara al ponerse en contacto con el mundo exterior.

Este hecho tampoco pasó inadvertido para la comadrona, la cual tenía la experiencia de haber recibido a medio Vuelta Abajo durante muchos años. Hubo que zarandearlo primero, luego pegarle en las rosadas nalgas y por último insuflarle aire en sus pulmones  para que reaccionara y emitiera el grito de la vida.

Para los padres, la llegada de un hijo varón era la mayor felicidad del momento. Se garantizaba así la continuidad de la familia, deseo anhelado por Esteban.

Los primeros meses transcurrieron sin mayores contratiempos en la vida del bebé.

Don Alberto, no obstante comenzó a notar ciertos movimientos convulsivos del bebito que llegaron a preocuparlo. Dado que las convulsiones eran más continuadas, decidió consultar el caso.

Ni corto ni perezoso viajaron a Pinar del Río conjuntamente con su hija y su bebé a visitar un médico amigo que había alcanzado cierta notoriedad atendiendo casos de epilepsia y otras enfermedades nerviosas.

El resultado del examen fue definitorio. El pequeño Antonio presentaba un cuadro severo de epilepsia que en el futuro le traería limitaciones de su capacidad de raciocinio y por lo tanto podían verse afectadas otras facultades como la locomoción, el habla etc.

La noticia cayó como un mazazo sobre la cabeza de los atribulados padres. Fue grande la aflicción para los abuelos.

Meses antes de recibir esta noticia, había sido Esteban quien premonitoriamente había hecho el anuncio.

-Este muchacho parece ido. –Había comentado a la familia reunida en la sala,  un día que venía de observar a su hijo en su cuna.

El comentario sorprendió a todos y Matilde se apresuró a persignarse doblemente, como para alejar un mal presagio.

A partir del diagnóstico del médico de Pinar del Río, Matilde tomó  por su cuenta  y con cierto optimismo la cura de la enfermedad de Antonio.

De nada valieron los rosarios, rezos y lecturas de oraciones de San Juan Bosco y San Rosendo, Patrón de Pinar del Río tres veces al día.

Tampoco valieron las visitas a Chunga, el haitiano en las cercanías del Pastoreo, reconocido  en todo Vuelta Abajo por su curanderismo, en el que mezclaba pociones y cocimientos a base de raíces, yerbas y bejucos de nombres exóticos impronunciables,  con la invocación a los dioses africanos, dueños de poderes sobrenaturales para arreglar las dolencias de las almas nobles de la Tierra.

Tampoco valieron los cocimientos a base de plumas de gallina prieta, quemadas  al carbón, que Matilde le suministraba a su nieto dos veces al día… “para curar la tontera”. Lo más que se pudo lograr fue que las infelices gallinas se pasearan por los patios, mostrando impúdicamente sus blancas carnes al desnudo.

Antonio, o Ñico, como pronto comenzó a llamarlo su abuelo, venía  predestinado a cargar con su capacidad disminuida por el resto de su vida.

Don Alberto se encariñaba con el niño y estaba convencido, dada su larga experiencia médica, que casos similares, aunque no se sobreponían a las limitaciones mentales que arrastraban, sí lograban habilidades que les hacían más fácil la vida.

Una buena noticia vino a alegrar a Esteban y a sacarlo de su estado de frustración.

-Creo que otro hijo viene en camino -le comentó una tarde su mujer, mientras le preparaba un baño de agua tibia.

Esteban quedó pensativo.  Le agradaba la idea de tener más hijos, pero no podía dejar de pensar en la posibilidad de que se repitiera un caso como el de Antonio.

Para alegría de todos, el bebé nació saludable, con fuertes pulmones que ponía a prueba a cada momento para reclamar las necesarias exigencias de su edad.

Por nombre le pusieron Rosario y fue un regalo del supremo a unos padres que veían la posibilidad de intercomunicarse con su hija, lo que no habían logrado con su primogénito.

Mientras tanto Don Alberto continuaba enfrascado en hacer valer su teoría de que con una atención directa y permanente, su nieto progresaría intelectualmente.

No andaba desacertado en su hipótesis. El pequeño trataba de establecer comunicación y su abuelo le propiciaba la oportunidad.

Mientras esto ocurría en la casa, Esteban se entregaba por entero a las labores del campo. Aunque el cultivo del tabaco es de minifundio por la atención que requiere cada planta, Esteban se proponía ir en grande en el aseguramiento de lo imprescindible para producir buenas y grandes cosechas.

Desde su llegada a la isla, como buen campesino que debe conocer el clima de su tierra para interactuar con las cosechas, se había entregado a observar los cambios que se producían a lo largo del año.

Había notado que el régimen de lluvia en la isla, al menos en la región de Vuelta Abajo, no era estable.

Años había en que las precipitaciones eran exageradas y se prolongaban más allá del tiempo razonable para poder sembrar, por lo que se producían corrimientos en las fechas de siembra.

Además, las intensas lluvias erosionaban el suelo y obligaba a rellenar el terreno en algunos lugares; sin hablar de la destrucción de caminos que se hacían intransitables durante meses. Por el contrario, había años de casi total ausencia de lluvia, lo que traía aparejadas nefastas consecuencias para los cultivos y la cría de animales, muchos de los cuales era preciso sacrificar debido a la menguada existencia de pastos y forrajes.

De su lejana tierra, no muy pródiga en humedales, y poco favorecida con  sistemas lluviosos estables, traía la experiencia de campesinos que se las apañaban construyendo, a fuerza de voluntad y tesón, albercas o estanques artificiales que les garantizaban disponer de suficiente agua almacenada, principalmente para el riego de las plantaciones bajo cultivo.

-Estoy pensando en construir un lagunato –le comentó con tono dubitativo a su suegro, como esperando una disensión de Don Alberto.

Este quedó en silencio, como meditando su respuesta y finalmente le dijo:

-La idea no me parece errada, solo que algo así no se construye en dos días… Además de llevar trabajo y dedicación lleva mucho dinero.

Nada nuevo le había revelado Don Alberto, y viendo que no existían impedimentos en los que él no hubiera pensado con anterioridad, dio por aprobado el proyecto.

En pocos días lo tenía todo amarrado y empezaron los trabajos.

Escogió un espacio limpio de monte, cercano a los terrenos de cultivo,  y en una mañana bien temprano una cuadrilla de diez hombres empezó la demarcación del terreno. Se hizo una circunferencia de cien varas con una profundidad en el centro de cinco varas.

Las excavaciones duraron cerca de un año. El terreno encontrado era arcilloso y difícil de extraer. Tomó la acertada decisión de sacar de los límites de la vega la arcilla extraída para evitar la contaminación de los terrenos bajo sembradío.

Los vegueros de los alrededores pensaban que el isleño había perdido el juicio, y hubo alguno que consideró que esa era una manera de dilapidar el dinero.

No obstante, ante comentarios subidos de tono, Esteban optaba por sonreír y callar.

Al fin, la obra quedó terminada y solo restaba esperar que las lluvias hicieran su trabajo.

No hubo que esperar mucho, corría el mes de octubre y una tarde se cerró el cielo con unas nubes oscuras que dejaron caer una lluvia densa y constante durante toda la noche. El siguiente día amaneció con fuertes tonos de negro, que no le daban paso a los rayos del sol. Nubes a muy baja altura pasaban fugaces con rumbo noroeste. Tal era la oscuridad reinante a media mañana que las gallinas, confundidas, no se decidían a bajarse de los gajos de las matas.

Esteban se asomó al portal y vio a Don Alberto que sostenía un aparato en sus manos y oteaba el horizonte.

Intrigado le preguntó.

-Esto es un barómetro, y sirve para medir la presión atmosférica. –Esto me huele a ciclón -sentenció el anciano.

Esteban no comprendía el sentido de lo dicho por su suegro. Desde su llegada a Cuba, diez años atrás, no había presenciado, “disfrutado” o sufrido un evento tan propio de estas tierras, ligado a los cubanos o criollos las palmeras, las frutas olorosas y las mujeres hermosas y desinhibidas.

Cada ciudad, pueblo o caserío de la isla conserva su propia historia sobre el paso de un ciclón. Son eventos meteorológicos que signan la vida de los habitantes de una región, y su paso desolador deja huellas imborrables en el entorno y en la mente de las personas. Muchos de los meteoros  son tan agresivos que se toman como referencia cronológica por la población para mencionar determinado suceso pasado.

Esteban conocía de su existencia solo en teoría, por lo que contaban los campesinos en velorios y tertulias y siempre le parecieron historias exageradas.

No obstante, sentía cierta curiosidad por experimentar el paso de un ciclón. Don Alberto notó que Esteban no le había prestado atención a su comentario e interiorizó que le tocaría a él enfrentar la situación.

Sin pensarlo dos veces, enganchó la yegua a la volanta y salió hacia el bodegón del Crucero a hacer las debidas provisiones. Mientras, Esteban se ocupaba de velar el llenado del estanque.

Al medio día regresó Don Alberto con todo lo necesario: Un saco de galletas de soldado, pencas de tasajo, tocino y otras salazones, las cuales fueron almacenadas por Matilde en lugar adecuado. No olvidó cargar una provisión de chocolate y algunas botellas de coñac. Trajo además gran cantidad de clavos, grapas, sogas, así como velas y faroles de minero para remplazar los existentes.

Al filo de las dos un soldado a caballo gritó a voces desde la verja lo que ya todos preveían: prepararse para un ciclón.

-Ya me lo olía yo,  pero ese no va a esperar dos días para pasar. Ese demonio va a pasar esta noche –comentó Don Alberto y se fue a asegurar puertas y ventanas. Luego sugirió a su yerno trasladar  los animales para un lugar seguro.

Los granos, que se guardan en sacos, fueron colocados en lo más seguro de la barbacoa.

Al final de la tarde, exhausto pero sereno, Don Alberto había concluido su trabajo. La noche se cerró más temprano que de costumbre. Don Alberto, de pie en el portal miraba hacia el sur desde donde continuaban llegando nubes oscuras y a baja altura que se  deshacían sobre los campos.

Llovía incesantemente desde la tarde anterior y el suelo, hastiado de tanta agua, se resistía a absorberla y ésta corría en pequeños torrentes que horadaban aquí y allá en el terreno, formando profundos surcos, por donde se escapaba la capa de tierra arable de la vega.

Desde la cocina mientras tanto, salían diferentes olores. Madre e hija preparaban abundante comida para varios días, a base de carne curada y viandas.

Con la caída de la noche se levantó una leve brisa caliente y bochornosa, que unida a la humedad reinante, hacía difícil respirar.

De tímida brisa pasó a viento molesto, y sobre las once ya alcanzaba cierta velocidad. Una hora después se sentían con fuerza sus aullidos, y ya era imposible mantenerse en el portal, por lo que don Alberto abandonó su puesto de observación y se fue a buscar refugio en un sillón, colocando a mano una generosa cantidad de tabacos y una botella de coñac. –Bueno… pues que venga ciclón – se le oyó decir como conversando consigo mismo.

A las doce, ya el viento en rachas era insoportable y se decidió cerrar la puerta principal y  retrancarla con vigas de maderas.

Ante el sonido aterrador del viento, Don Alberto vislumbró cierta inquietud en su yerno.

-Esta finca debería de tener un “vara en tierra” –comentó a modo de reproche a Esteban.

-No entiendo, ¿de qué se trata? –preguntó Esteban intrigado por la extraña combinación de palabras.

Es una construcción que los campesinos de por aquí fabrican cercana a la casa de vivienda para protegerse de los ciclones, y se le llama así, precisamente porque no levanta más de una vara del suelo. Así el viento no la puede “trabajar”.

Cuando el ciclón es muy fuerte todos se mudan allí con provisiones y esperan apretujados a que pasen los vientos.

Esteban recordaba haber visto dicho bohío en algunas vegas de la comarca, pero siempre le parecieron estaban destinadas a juegos de muchachos.

A media noche el ruido del viento era insoportable. Tal pareciera que una manada de bisontes en estampida patearan sobre una dura pradera. El agua que inclemente se desprendía de las nubes, era pulverizada por el viento y se colaba por todos los resquicios de las paredes mojándolo todo. No era posible estar a salvo en ningún lugar de aquella humedad generalizada.

Por primera vez desde que conoció a Esteban, Don Alberto notó claramente un destello de preocupación, y quizás hasta de temor, en el rostro y la mirada de su yerno.

Este por su parte se reprochaba interiormente no haber tomado en serio lo que tanto le habían comentado.

En la madrugada la velocidad del viento llegó a su clímax. Todas las paredes crujían ante el azote salvaje de la remolina. Matilde y Rosa apretujaban a los niños en un rincón, mientras rezaban e invocaban a vírgenes y santos de ocasión.

-Esto es el Armagedón –se escuchó decir a Matilde, con voz temblorosa.

Fuera de la casa la situación era mucho peor. Todo levantaba vuelo. Las gruesas ramas de los laureles eran tronchadas y lanzadas a gran velocidad, arrastradas, revolcadas. Las palmas reales perdían su orgullo y prestancia y caían, doblegadas y heridas de muerte sobre el camino real, no sin antes perder, ante tan terrible furia, sus hermosos penachos.

Las aves, sin tiempo para extender las alas, eran alcanzadas por el torbellino y lanzadas  contra los objetos o estrelladas contra el suelo.

Las hojas de los árboles eran desechas en múltiples pedazos por la velocidad del viento, como si un enjambre de langostas se hubiese propuesto devorar el verdor de los campos en una noche.

La casa que los isleños Agustín y Esteban Cáceres construyeran, y que ilusamente consideraron lo suficientemente sólida para vivir en ella la eternidad, no rindió la primera prueba tropical.

El techo fue cercenado y desarbolado, las vigas arrancadas al igual que varios de los horcones. A duras penas Esteban pudo retener algunas pencas de guano, que a toda velocidad emprendían vuelo con rumbo desconocido. Con ellas pudo proteger en parte a las mujeres y los niños.

-Fue la noche más larga de mi vida -comentaría Esteban a sus nietos años después.

Poco a poco, al filo del amanecer, la barahúnda  se fue calmando. Como un toro herido en lo profundo de sus venas, fue perdiendo fuerzas hasta quedar solo un leve jadeo en el ambiente.

La mañana amaneció brumosa y cargada. El paisaje era desolador. Esteban, impotente, no sabía qué hacer, o a qué dedicarse.

Pareciera que su poder de decisión y acometividad se los hubiera llevado el viento.

Todo aparecía fuera de su lugar, todo tomaba formas grotescas. La casa de tabaco no corrió mejor suerte que la vivienda. Había perdido su techo y  mostraba sus esqueletos al aire. Los animales, al parecer habían recurrido a su instinto salvaje, guardado en lo más interno, y habían salvado la vida, no obstante aún se mostraban recelosos, nerviosos…

A lo lejos se escuchaba el ruido del torrente del arroyo, que desbordado de su cauce, arrastraba consigo parte de la tierra de cultivo, dejando en algunos lugares, heridas profundas que mostraban la base arcillosa  que yacía debajo de la fértil tierra.

Esteban no lograba salir de su estupor ante tanta destrucción. –Arriba muchacho, anímate que más se perdió en la guerra y aún queda mucho por hacer. –le dijo Don Alberto palmeándole enérgicamente en el hombro.

Solo el llanto lastimoso de su pequeña hija lo hizo salir de su ensimismamiento. Rosa aparecía en el portal cargando a la niña y observando con desesperación el lastimoso estado de su esposo.

Poco a poco fue organizando sus ideas y entrando en acción. Se dio a la tarea de levantar un techo provisional para poder vivir, mientras se organizaba lo futuro.

Recogió lo que le pudiera servir y trabajó sin descanso durante todo el día. En la tarde ya tenía cubierto, con las pencas de guano que andaban desperdigadas por doquier, el techo de uno de los cuartos para no dormir a la intemperie. Al anochecer se acercó al borde del estanque y vio que el lagunato se mantenía  rebosante. –Del lobo, al menos un pelo… -se dijo, reconfortado.

De regreso a la casa miró la bóveda celeste que aparecía deslumbrante, mostrando sus millones de estrellas rutilantes y pensó en el poder supremo y los caprichos de la Madre Naturaleza.

Aquella noche se apretujaron todos en una habitación y  durmieron a la buena de Dios.

En los días sucesivos fueron mejorando las condiciones. Aparecieron carpinteros, albañiles, que una vez habiendo arreglado lo propio, brindaban sus servicios a los necesitados. Era la actitud solidaria de los cubanos ante las tragedias colectivas que se ponía de manifiesto.

Esteban estaba acostumbrado a pensar en grande y su mente previsora sacaba experiencias de los momentos adversos. –No tropezaré de nuevo con la misma piedra… -se decía.

Convencido estaba que ni su familia ni él sufrirían de nuevo aquella desolación.

Hizo los cálculos necesarios y decidió construir una casa con las condiciones necesarias para resistir cualquier ciclón.

Don Alberto aplaudió la idea y le ofreció parte de sus ahorros para la construcción. En un inicio Esteban se negó, y tuvo que intervenir su mujer para persuadirlo de que tomara el dinero.

En poco tiempo comenzaron los trabajos. Se construyó una casa con un amplio portalón al frente y los laterales. Gruesas columnas de ladrillos y repello soportaban un techo de fuertes vigas de caoba, sobre las que descansaba un entablado de roble que servía a su vez para soportar el tejado.

Era una casa como para no preocuparse por ninguna eventualidad del clima tropical.

En pocos meses todo retornó a la normalidad y nadie volvió a mencionar el ciclón, facultad muy peculiar de los humanos, que se olvidan pronto de los eventos negativos de la vida. Solo se retrotrae la memoria ante la amenaza o presencia de otro fenómeno similar o peor.

-Ahora que venga ciclón –dijo Esteban solemnemente junto a su mujer, mirando la casa recién construida desde el portón del camino.

Era una mansión sólida y holgada y Esteban estaba persuadido que lo sucedido ya era cosa del pasado e irrepetible. No obstante, como para no echar el reproche de su suegro en saco roto, se construyó el tan mencionado “vara en tierra” en las cercanías de la vivienda, el cual parecía aún más diminuto al lado del inmenso caserón.

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