Estás aquí
Inicio > Estampas > El Béisbol, la pasión…!

El Béisbol, la pasión…!

papa de romaSe ha hablado, discutido, sufrido y disfrutado tanto de béisbol por estos días en mi país, que me he animado a escribir sobre este deporte. Debo señalar que soy un amateur en cuanto a conocimiento de reglas, tácticas y estrategias, pero es que en Cuba la pelota es tan consustancial a la inmensa mayoría de los cubanos como lo es la música o el baile. Un cubano puede considerarse mal bailador, y sin embargo, en una situación comprometida tira su pasillo y lo hace mucho mejor que cualquier extranjero bailarín de salones. Yo trataré de hacer lo mismo.

El béisbol tiene además de su encanto, cierta mística como juego. Una especie de halo misterioso que envuelve a todos, tanto a jugadores como a aficionados y nos hace vivir momentos de plena dicha y felicidad al ganar un importante partido, o nos sumerge en un estado depresivo profundo si lo perdemos. Aún hay sus dudas sobre quién lo inventó. Unos dicen que los  ingleses, otros,  los norteamericanos. Me inclino a pensar que hayan sido los ingleses por aquello del pensamiento racional, el rigor de las reglas, donde todo está escrito, y las cuales responden a los principios orgánicos que lo rigen.  A mí como cubano me duele pensar cómo es posible que a este deporte le haya  costado tanto trabajo prender internacionalmente;  y que aún haya que pelear con fuerza para que de nuevo sea incluido en los juegos olímpicos.

Baste fijarse,  en la recién finalizada serie de play off, en la que el equipo de Pinar del Río se elevó con la corona, la pasión  despertada  en la afición desde que se inició la serie semifinal cruzada, con estadios abarrotados y el país entero hablando y discutiendo de pelota en cada esquina. Hubo partidos que se prolongaron más de cinco horas sin que nadie se moviera de sus asientos, fuera en el  estadio o delante del receptor de tv.   

En las décadas de los cincuenta y sesenta del siglo pasado, en las esquinas de las calles Manuel Landa y Sol, en la ciudad de Pinar del Río, había un centro gastronómico de nombre  Bar Maseda. Allí, además de cerveza y otras bebidas, se servía comida criolla y tentempié a escoger. Estaba abierto las 24 horas del día y era un lugar donde el trato a clientes era exquisito. Mi padre acostumbraba a desayunar allí, por ser el lugar más cercano a su negocio.

Después de la intervención de la economía privada a finales de los sesenta,  el Bar Maseda sufrió una profunda transformación arquitectónica.  Todo el espacio a la calle quedó abierto debajo de un techo de chapas de zinc, semejando las gradas de un estadio de pelota, y en el centro se construyó un mostrador de múltiples ángulos, similar a un diamante beisbolero. En una columna, en la acera, colgaron un lumínico con la figura de un atleta, vistiendo un traje de pelotero de color verde,  y un inmenso letrero que decía: La Pelota.

Aquel cambio respondía, obviamente, a la pasión que comenzaba a despertar entonces el baseball entre la población pinareña.

A la vuelta de los años pocos recordaban el antiguo nombre del lugar y las “completas” de congris, bistec de palomilla  y papa fritas que allí se servían por unos pocos centavos, o el espeso café con leche y pan con mantequilla que desayunaba mi padre.

 Nos sumergíamos en los tiempos del pan con croqueta, el tocinillo del cielo y los refrescos de colorantes. A La Pelota llegábamos en tiempo de adolescencia, al filo de la madrugada, buscando estos “manjares”  antes de irnos a la cama.

Por aquellos tiempos el equipo oficial de pelota de Pinar del Río luchaba, sin lograrlo, por alcanzar una página honrosa en el baseball nacional. Este objetivo comenzó a hacerse palpable con el despegue de la década de los setenta.

A partir de entonces el equipo de baseball de Pinar del Río pasó a ocupar los primeros lugares en los campeonatos nacionales, y a pesar de vicisitudes de todo tipo, ha preservado esa gloria hasta el sol de hoy. 

Al referirme a la pasión por la pelota, me atrevo a adelantar que los pinareños respiran, sudan y orinan béisbol.

No puedo afirmar que mi relación con el béisbol  sea la del “beato” de estadio, o la del “fundamentalista” de peña deportiva de parque, de esos  dudosos  árbitros y directores de pelota que no llegan nunca a disfrutar siquiera con una victoria de su equipo, porque se la pasan criticando las tácticas erradas de su manager aun habiendo ganado, así como las decisiones cerradas de los árbitros. Con el desarrollo de las nuevas tecnologías de la información a este grupo se unen los blogueros y tuiteros. Yo soy uno de ellos. Pero hay algunos colegas que escriben cada cosa sobre la pelota que por favor, vamos… 

 De todas formas, no dejo de reconocer que esta manifestación es parte también  del espectáculo que proporciona este atractivo deporte.

No obstante, soy de los que consideran que las peñas de pelota son el escenario más democrático de la sociedad cubana, donde esta se ejerce de manera militante y desprejuiciada. Los que asisten llegan desinhibidos a un lugar donde no hay espacio para la doble moral ni la simulación. Allí a las cosas se les llama por su nombre, caiga quien caiga y trátese de quien se trate. Lástima que esas emociones espontáneas  y esos planteamientos tan encendidos tengan una vida tan efímera, y que al día siguiente se diga todo lo contrario de lo que se discutió el día anterior.

Yo clasifico en el grupo de los que siguen la serie por los noticiarios y el periódico, hago  cálculos matemáticos elementales para conocer lugares y posiciones de los equipos  y me  afinco a los juegos a la hora de la verdad, es decir en la etapa final de clasificación y la serie de play off.

Aunque desarraigado hace ya mucho tiempo de mi terruño, Pinar del Río, y después de haber vivido por más de treinta años a escasas tres cuadras de la cueva de los leones azules, nadie ha logrado convertirme a otro color, y hasta hoy he mantenido mi fidelidad a la camiseta verde.   

Viene a mi memoria, por  ejemplo, que siendo un adolescente de doce o trece años,  esperaba impaciente bajo un ardiente sol,  y con varias horas de antelación, el comienzo de un  juego entre Vegueros e Industriales en el terreno del Ateneo Deportivo –Pinar no contaba entonces con un estadio como el “Capitán San Luis”-, y luego regresaba a casa frustrado por la derrota.

Además de no contar con un estadio de primera calidad, Pinar del Río tampoco contaba con preparadores técnicos y directores de equipo con conocimientos teóricos del deporte. El empirismo lo copaba todo. Entonces eran escasos los jugadores  de calidad del equipo de Pinar del Río.     

Emilio Salgado era el lanzador bandera. Es de suponer que con los cuidados que se les prodiga hoy en día a los lanzadores, a los que se les  controla estrictamente el número de lanzamientos efectuados, la rotación de los días de descanso y al más mínimo malestar se les somete a riguroso examen médico, este lanzador del que muy poco se habla, hubiera sido un pitcher estelar. Salgado lanzaba prácticamente todos los días y lograba, paradójicamente,  ser líder en juegos ganados  y perdidos dentro del equipo.

Otros  jugadores a los que obligatoriamente hay que mencionar son Fidel Linares y Tomás Valido. Pero es que tres  golondrinas no hacen verano como bien se dice.

Tuvieron que pasar varios años para que las políticas de formación de deportistas, desde edades tempranas, en las academias dieran resultado. Así,  surgieron figuras tan emblemáticas como Luis Giraldo Casanova, Alfonso Urquiola, Giraldo González, Juan Castro y lanzadores de lujo como Rogelio García, Julio Romero, Juan Carlos Oliva, Jesús Guerra, Omar Ajete y un largo etcétera. En tiempos más cercanos han surgido estrellas de tanto brillo como Omar Linares y Pedro Luis Lazo. El primero, el mejor slugger de todos los tiempos y el segundo el mejor lanzador en la pelota cubana, sobre la base de su ejecutoria deportiva.

No voy a mencionar aquellos atletas pinareños que han firmado jugosos contratos en la pelota profesional en base a su calidad demostrada.  Si todo esto fuera poco, habría que mencionar los equipos  de dirección pinareños, que durante años han estado entre los mejores del país, y en más de una ocasión se han echado a cuesta el equipo Cuba en contiendas internacionales.

Para nadie es un secreto que esos logros no se han alcanzado por arte de magia. Primero hubo que crear las academias, reclutar a antiguos jugadores  y formarlos como profesores y entrenadores,  hacer rigurosas selecciones de talentos deportivos entre niños y jóvenes de diferentes grupos de edades, enseñarles la maestría del juego, educarlos en  el espíritu de  equipo, inculcarles los principios básicos que hacen posible una victoria: la disciplina, la garra, el tesón, la  no claudicación nunca dentro del terreno por muy adversas que las condiciones se presenten, el juego limpio etc.   

Es justo reconocer la apuesta hecha por la Revolución desde los primeros años  al desarrollo del deporte en general,  y no solo de la pelota. Baste señalar que en los pasados  Juegos Olímpicos de Londres, sólo la provincia de Pinar del Río logró más medallas olímpicas que muchos países.

No obstante, las cosas han cambiado para mal dentro del deporte de las bolas y los strikes. El deporte cubano en sentido general,  y la pelota en particular, no han estado ajenos a la profunda crisis económica de los noventas  y a los cambios estructurales de nuestra economía en la coyuntura actual. Esto, indiscutiblemente, ha afectado todos los pilares que hicieron  posible mantener el nivel competitivo y la excelencia deportiva del béisbol  desde las primeras décadas de la Revolución.    

Por muchos años Cuba brilló deportivamente en cuanto evento internacional de pelota participaba. Coronas, copas, trofeos de todos los colores y tamaños llenan las vitrinas de la sede de la CNB.

Desafortunadamente esto no ha continuado siendo así, numerosos países han invertido considerables recursos en alcanzar el nivel competitivo necesario para poder rendirnos en el terreno y Cuba, aunque nos duela decirlo, ha tenido que tragarse su orgullo y participar en las competencias internacionales, ya no para arrasar como era antes, sino para hacer , al menos, un papel digno.

La 53 Serie Nacional de Baseball que acaba de finalizar es el paradigma más claro de lo que escribo. A mi modesto entender los problemas del béisbol abarcan todos los ámbitos organizativos. Por lo que observo, llego a la conclusión que la serie nacional desborda el marco organizativo de que dispone el país. No perdamos de vista que la economía cubana, para bien, se va introduciendo paulatinamente en la camisa de fuerza que constituye el rigor y la disciplina financieros;  y que una serie de más de sesenta juegos de pelota, donde intervienen miles de personas, que incluyen además de los atletas y entrenadores,  personal de los estadios, choferes, personal de las villas de alojamiento, cuerpo de árbitros, etc. cuesta el oro y el moro.     

Por otra parte, los aficionados a este deporte nos llevamos la impresión de que la Comisión Nacional de Baseball  es una estructura muerta, sin protagonismo ni decisión.  Un evento de tal magnitud que ha conmovido emocionalmente al país durante quince días, no tuvo un colofón a la altura de lo exigido. No existió un ceremonial para la entrega del trofeo  –dicho sea de paso, algo estéticamente poco logrado-,  tampoco estaban los altos directivos que debieron hacer la entrega de medallas y felicitar a los nuevos campeones. Ser entrevistados por los medios, hacer conclusiones, plantar pautas etc.   

Evidentemente, la 53 Serie ha mostrado las rendijas por donde el barco de la pelota cubana está haciendo agua. Desde el punto de vista del arbitraje, es necesaria la aplicación de lo reglamentado de manera automática, sin dilación; es menester afanarse en lograr una definición más precisa de la zona de strikes. A su vez, los mánager no deben olvidar que el árbitro es un ser humano sometido a fuertes presiones  similares a las que pueden experimentar un lanzador o un bateador,  y que su presencia en el terreno es decisiva para llevar a cabo un partido.

No deseo abrir la caja de pandora que ha constituido la actuación del señor Víctor Mesa, director del equipo Matanzas, durante toda la campaña y especialmente en la serie de play off. Ya la afición beisbolera, sin pelos en la lengua, se ha encargado de hacer su justicia. Hoy por hoy, con razón o sin ella es la persona más criticada en este país por la mayoría de la población.

Personalmente Víctor Mesa nunca me simpatizó desde su etapa de atleta, ni siquiera cuando realizaba aquellas espectaculares atrapadas saltando la cerca del bull pen, o cuando le robaba el home a lanzadores entretenidos. Más que un pelotero era un show man dentro del terreno tratando de ganarse la ovación del público, comparable quizás con esos individuos vestidos de colorines que dentro de la plaza entretienen momentáneamente al toro por un percance del torero, y para decirlo en buen cubano: un payaso.   

No obstante, pienso que  ser mánager de un equipo de pelota es una actividad de dirección tan seria como cualquiera otra, y el hecho de haber sido buen pelotero no lo certifica automáticamente para dirigir un equipo. No creo se le deba quemar como un hereje por no haber ganado el campeonato. En Cuba ha habido numerosos ministros, directores de empresas,  funcionarios de toda laya que por decenios han embarcado el desarrollo del país y están ahí sin ser molestados.

El béisbol es un espectáculo y a Víctor hay que considerarlo parte del mismo aunque nos desagrade. Sin Víctor, yo no me hubiera animado a escribir esta crónica. Sin Víctor, Cuba no hubiera vivido estos merecidos días de alegría y emoción. Es cierto que es una persona intempestiva, que rompe con todo los protocolos del juego. Un consentido de los árbitros, que probablemente le teman,  y de los “comisionados” que le permiten sus payasadas; también es cierto que su estilo de dirección autoritario y despótico  deja mucho que desear, y que más de una  de las decisiones técnicas que aplica al calor del juego son erradas;  que su lenguaje corporal en las comparecencias al box con lanzador y receptor ante las cámaras es indignante. Respecto a esto un colega me adelantó: “Si esto es así delante de las cámaras…” 

Al parecer el señor Víctor Mesa padece alguna frustración porque aún su hijo Víctor Víctor no termina de cuajar, y a pesar que en los juegos decisivos no aportó nada a la causa del equipo, lo mantuvo a ultranza en la alineación.  

No dejo de reconocer que el muchacho tiene pinta de pelotero: buen corrido de bases, buenos engarces en los jardines y buen brazo para tirar a las bases, pero cualquier jugador cae en un slum y en ese caso debe pasar al banco. Para eso la nómina contempla los emergentes.

El baseball, como había dicho al inicio es un juego de pasiones. Esta serie ha demostrado que sigue viva esa pasión en el cubano,  y que Alfonso Urquiola con su modestia, humildad, sabiduría, buen tino, y un tabaco pinareño en la boca echando volutas en todas direcciones, se ganó la admiración del pueblo cubano, no solo de los pinareños. Ayer me emocioné cuando lo vi bañado en lágrimas recibiendo el trofeo en su provincia. Hay mucha vergüenza concentrada en ese hombre.

En la serie se enfrentaron estilos de dirección muy antagónicos y el público cubano es extremadamente sensible al maltrato y la humillación, venga de quien venga,  y vaya a quien vaya.

Yo como pinareño admiro al equipo de Matanzas  porque aunque no ganó el campeonato tiene jugadores excelentes con la garra necesaria para lograrlo. Qué el nivel competitivo alcanzado  haya sido obra de Víctor Mesa, es discutible. Matanzas, al igual que Pinar tiene una tradición de grandes peloteros.

No dejo de recordar aquellos partidos de Henequeneros  con  los hermanos Sánchez,  Rigoberto Rosique, el curro Pérez, Giovanny Gallegos, Edwin Walter etc. Eran atletas que sin proponérselos habían logrado lo que hoy se le denomina excelencia deportiva porque en ellos sobraba talento.

No debo terminar sin expresar mis dudas sobre la decisión de la CNB de designar  al señor Víctor Mesa director del equipo Cuba hasta el año 2017. Qué manera más expedita de hipotecar el futuro del béisbol cubano. Ojalá que triunfe el sentido común y esa decisión sea revocada,  y que la vida nos demuestre a un mediano plazo que tantas moscas no pueden estar equivocadas.

Deja un comentario

Top