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¿Fin de la dualidad monetaria en Cuba?

Recientemente fue publicada una nota en la prensa cubana en la que se informaba del análisis llevado a cabo en una reunión del Consejo de Ministros sobre la temática relacionada con la unificación monetaria en el país. En esa reunión, según se señaló, se aprobó el cronograma que es de suponer, contenga  el cumplimiento de las correspondientes etapas hasta su definitiva ejecución.

Hasta ese momento, a pesar de que la referida medida forma parte de un paquete de acciones  incluido en los Lineamientos Económicos aprobados por el VI Congreso del Partido en el año 2011, no se conocía públicamente de pasos concretos emprendidos en tal sentido.

Con la aprobación del cronograma, obviamente, se da el primer paso importante de enmarcación de etapas en determinados plazos, que se supone sean chequeadas regularmente. ¿Cuándo concluirá el cumplimiento del cronograma? ¿Quién lo sabe?

Hay algo positivo en esto, y es la decisión de asumir el riesgo, al fin cruzaremos el Rubicón.

Es probable que a muchos de mis compatriotas no les haya movido a preocupación el anuncio,  inmersos  como estamos en nuestra rutina diaria o probablemente hayan recordado la moraleja de la vieja fábula del asno sesudo: “Nada teme perder quien nada tiene”

Llevar a cabo la unificación monetaria en las condiciones actuales de Cuba es un asunto tan complejo, sus resultados  tan impredecibles y conlleva a tantos riesgos en el orden económico, y por qué no, también en el político, que pudiera ser tema inobjetable de la defensa de un doctorado en economía.

Como ya se ha expresado, la eliminación de la dualidad monetaria se encuentra en el paquete de medidas asumidas por la dirección del  partido y el gobierno, encaminadas a la actualización del modelo económico cubano. No es la única, pero sí es una de las más importantes.

Para la sociedad cubana no es un fenómeno nuevo que la economía funcione con doble moneda. En el año de 1914 se estableció el CUP o peso cubano, pero ya desde la instauración de la república en 1902, circulaba el dólar norteamericano. A partir de esa fecha, ambas monedas cohabitaron en la economía de la Isla hasta los primeros años después del triunfo revolucionario de 1959, cuando se llevó a cabo el canje de la moneda. El CUP era entonces una moneda fuerte, y en cierto momento circuló con un valor de un centavo por encima del dólar.

La dualidad monetaria se establece de nuevo, como una necesidad de la economía, en el año de 1993, en pleno Período Especial, que así se le llamó a la peor crisis económica de la historia de este país. Se despenaliza la tenencia y circulación del dólar  debido a la gran carestía de moneda fuerte que sufría el país.

La población, de una manera u otra, había atesorado importantes fondos en divisas, los cuales era necesario poner a circular. Se crea una red de tiendas para la recaudación de divisas (TRD), en las cuales los ciudadanos podían hacer sus compras.

De esa forma, como un parto de la necesidad, el peso cubano y el dólar se ven la cara de nuevo, circulando en la economía, aunque en esta ocasión con una paridad injusta y desproporcionada. Baste señalar que en el verano de 1994 el dólar alcanzó la cota más alta de  su cotización en el mercado negro cubano: 134 pesos. El salario medio en aquel entonces era de poco más de doscientos pesos.

A finales de ese año se establece el CUC. A partir de entonces y hasta el año 2004 la economía funcionaba con tres monedas.  El CUC tomó el mismo valor del dólar. Era normal  en aquellos tiempos  hacer compras en las TRD –los que poseían divisas- con ambas monedas. Por suerte para la economía, el valor del CUP se va recobrando lentamente –se crean las casas de cambio  (CADECA)- y se logra fijarlo, a finales de los noventa, en 24 pesos a la compra y 25 pesos a la venta.

En la primavera de 2004 se decide sacar de circulación el dólar, previendo que por ser la moneda del enemigo, este en cualquier momento pudiera tomar determinadas  represalias.

Hasta hoy, el dólar posee una paridad inferior al CUC, con una tasa de cambio de 0.88 centavos.

Hay que reconocer que en los últimos tiempos se respira un aire de organización muy superior a la manera  en que se dirigían los procesos económicos años atrás. Se ha establecido la práctica de publicar en la prensa –algo muy loable-  los resultados de las discusiones en las sesiones del Consejo de Ministros, así como los acuerdos aprobados. El ciudadano de a pie tiene la sensación de que allá arriba, en el Poder,  están trabajando.

A partir del empeño de actualizar el modelo económico cubano, se ha venido trabajando en un amplio espectro de medidas de orden organizativo, abaladas por decisiones políticas y amparadas en un marco legal.

Se han aprobado o modificado leyes, decretos y resoluciones que han sido acogidos con beneplácito por la población, como los relacionados con la autorización de la compra y venta de viviendas y de autos de uso, que en el caso del primero, favorece el surgimiento del mercado inmobiliario. De la autorización de la compra y venta de automóviles de uso, prefiero no hablar, porque es una aberración de la economía de mi país que un auto Ford del año  1948, no una antigüedad de colección, sino un dinosaurio remotorizado a diesel, pueda venderse a similar precio que un Mercedes del 2010 en cualquier agencia de los Estados Unidos.

Por otra parte, la entrega de tierras estatales ociosas a personas naturales, en usufructo, debe repercutir en el incremento de la producción agropecuaria. De igual forma, la autorización del trabajo por cuenta propia para un  gran número de oficios y actividades productivas  y muy recientemente, la autorización a extender el trabajo cooperativo más allá de la agricultura, están llamados a cambiar las proporciones  del pastel  de la fuerza de trabajo en la economía.

Hay otras medidas de beneficios para la población, como la autorización de líneas de teléfonos móviles, así como la creación de estaciones sociales de conexión de internet. Es lo menos que pudiera permitirse para no parecer uno bichos extraños en un mundo donde ya es imposible vivir sin esos recursos.

Aun así, alguien pudiera pensar que son medidas relativamente leves para pensar en asumir un reto de tanta envergadura, el cual está llamado a cambiar definitivamente las relaciones sociales y económicas del país.

Mirando el entorno, nada me convence de que la economía esté lista para recibir ese tremendo shock, y que por lo tanto la decisión vaya a tomarse en un plazo inmediato. Subsisten dos fenómenos que da la impresión no se manejan adecuadamente: el tiempo y el tempo.

Observo que las cosas no funcionan con la dinámica deseada. Se percibe una marcada lentitud para la toma de algunas decisiones, que la vida a veces ya ha instrumentado. Y es que la burocracia, anquilosada por la costumbre y temerosa de perder parcelas de poder, no se permite ritmos dinámicos, trepidantes, que rompan sus esquemas y, consciente o inconscientemente, dilata la toma de decisiones de manera innecesaria.

La aprobación de una medida tan pedestre como la entrega de la administración de las barberías y peluquerías a sus empleados, tardó años. Similar lentitud ha tomado la aplicación del decreto sobre la entrega de tierras en usufructo,  a pesar de las críticas del más alto nivel del partido y el gobierno. No es menos cierto que las cosas deben probarse para no errar, pero la vida hoy anda corriendo, para mí, mis compatriotas y para los decidores.

Un fenómeno que no debe dejar de analizarse es el encarecimiento del nivel de vida de la población. La canasta de alimentos normados que son subsidiados por el Estado, se va aligerando paulatinamente, y los productos que de ella desaparecen, luego deben ser adquiridos a su precio real. Un número nada despreciable de núcleos familiares destinan hasta el 75 % de los ingresos de la familia a cubrir las necesidades alimentarias y de artículos de aseo personal (jabón de tocador, pasta dental, detergente, papel higiénico etc.)

Noto que esta medida no es festinada;  que va encaminada a eliminar definitivamente, de manera paulatina y sin traumas,  la cartilla o libreta de racionamiento. Responde, por supuesto, a la necesidad de desterrar los subsidios  masivos  a la población, tan nefastos para la economía  y favorecer en lo adelante, de manera individual, a las personas de más bajos ingresos.

De todas maneras, no es de olvidar que la libreta o cartilla de abastecimiento, tan criticada y vilipendiada durante décadas por tirios y troyanos, continúa siendo el amparo de la inmensa mayoría de la población, aun cuando los productos que en ella se ofertan, apenas cubren las necesidades alimentarias del núcleo para una decena. Para nadie es un secreto que hasta el día de hoy,  la mesa del cubano continúa siendo una asignatura pendiente.

El resto del mes, los ciudadanos están obligados a acudir a la red de mercados agropecuarios,  a mercados estatales y visitar una TRD para una compra ocasional. En estas tiendas los precios fijados a los productos no tienen ninguna relación con el salario devengado por los trabajadores estatales.

Las TRD y otras cadenas de almacenes ofertan productos alimenticios, bebidas,  artículos para el hogar, cosméticos, productos de aseo  etc. a precios exorbitantes. No todos los cubanos pueden hacer compras en estos establecimientos. Según el criterio generalizado, el Estado  grava los productos desmedidamente.  No todos comprenden que de alguna parte deben  salir los recursos para cubrir la abultada factura de servicios sociales que paga este país.

Por otra parte, en los últimos años comenzó a plantearse con fuerza la  necesidad de ajustar las plantillas laborales estatales. Al parecer, en un momento se pensó comenzar la aplicación del paquete de medidas para la actualización del modelo económico, despidiendo a los que sobraban en los centros de trabajo. La burocracia había ideado  la solución de declarar disponibles a los trabajadores  sobrantes  y subsidiarlos en su casa con determinado por ciento del salario durante algunos meses,  y luego…  ¿a dónde voy,  si en el resto de los centros laborales también hacen limpieza general?

Es una realidad inobjetable que en ministerios, empresas, fábricas,  talleres  y en cualquier empeño laboral estatal sobran trabajadores. Es el resultado de la aplicación de desacertadas políticas económicas inherentes al modelo económico socialista, mediante el cual prácticamente se subsidia a la mitad de la población laboral activa del país. Se habla de más de un millón.

El Estado, obviamente,  está empeñado en romper a toda costa el círculo vicioso en que está atrapada la economía. Es en el ajuste de las plantillas a las necesidades reales de los procesos productivos, donde ve la solución para deshacer el maleficio, y lograr la elevación de la productividad del trabajo y de la eficiencia de los indicadores económicos. Si eso se lograra, se elevarían los salarios de una manera real a los trabajadores que queden ajustados a un verdadero contenido de trabajo y a sus resultados productivos.

Estos trabajadores, felices de mantener su empleo y poseer un elevado salario, acorde con sus rendimientos, serían más eficientes y harían aumentar la riqueza productiva de la sociedad, la cual sería utilizada para relanzar la economía, abrir nuevas capacidades productivas donde se ocuparían los cesantes.  Hasta ahí entiendo la lógica,  ¿y mientras tanto, qué hago con los sobrantes?

Pienso que esa misma pregunta se la habrán hecho los estrategas de la Economía en más de una ocasión, y previendo su presunto costo político, la han dejado pendiente.

Mientras tanto, han obrado inteligentemente optando por una solución que considero acertada: levantar la prohibición de ejercer  el trabajo por cuenta propia en un número considerable de oficios. Creo que es una manera sensata de permitir que aquellos trabajadores estatales que vean una mejor opción en el empleo privado, transiten sin traumas hacia ese sector, ayudando así a desinflar las plantillas estatales. Ya se habla de cerca de un cuarto de millón de trabajadores por cuenta propia.

El Estado logra algunos dividendos económicos, en primer lugar libera plantillas estatales, garantiza servicios más eficientes a la población y logra importantes ingresos al fisco por concepto de impuestos. Al mismo tiempo, renuncia al control absoluto de la fuerza laboral,  algo impensable años atrás.

Otro elemento de suma importancia que no se debe dejarse a un lado en el análisis es el grado de  envejecimiento de la fuerza laboral, lo cual está en correspondencia directa  con el envejecimiento poblacional.

Es una realidad, la fuerza laboral cubana está envejecida y los viejos no piensan en jubilarse, no porque no lo deseen, sino porque con una exigua pensión la vida se lleva incómodamente, como calzando zapatos un número menor. Por otra parte,  los jóvenes, que en una proporción nada despreciable han logrado terminar carreras de oficios o llegar a profesionales,  y que están llamados a constituir el relevo laboral natural, no están interesados en trabajar con el Estado porque no encuentran atractivos los salarios.

Ante ellos se plantean varias opciones: de decidirse a trabajar con el Estado, buscan afanosamente aquellos empleos relacionados con el sector del Turismo, en el cual puedan tener acceso a divisas u otros, donde puedan medrar –para muchos cubanos robar al Estado no es delito. Pero la opción que realmente obsesiona a muchos de ellos, es la posibilidad de emigrar.

Del estudio para la unificación monetaria  se desprende que el CUP prevalecerá sobre el CUC.

Más de un economista conocedor de nuestra  realidad económica, en  Cuba y en el extranjero, se muestran escépticos respecto a su  ejecución exitosa en un plazo inmediato. Aducen que por ahora aún no se alcanza la necesaria frontera productiva y un nivel óptimo en el uso de los recursos disponibles.

Al analizar el enfoque  técnico a aplicar, plantean que para lograr en nuestras condiciones la eliminación de la dualidad monetaria, se precisa disponer  de, al menos,  los ingresos resultantes de un trimestre de todas las importaciones del país. ¿Acaso Cuba dispone de esos importantes recursos?

Cuba no pertenece, por razones obvias del embargo norteamericano,  a ningún organismo internacional crediticio como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional o el Banco Interamericano de Desarrollo, que pudieran  extenderle determinados créditos. Sólo depende de su potencial de crecimiento que está en dependencia de los resultados de la nueva política económica que debe explotar las inmensas reservas de eficiencia aún no aprovechadas.

Al parecer las condiciones existentes en el país no son atractivas para la inversión extranjera. Una brecha positiva que se abrió en la última década del siglo veinte, y que parecía  tendría un futuro promisorio por condiciones objetivas y subjetivas existentes en la Isla: fuerza laboral calificada, ambiente de seguridad en el país, atmósfera de confianza  y seriedad en los negocios por la parte cubana, garantías para repatriar ganancias etc. La inversión extranjera no ha cumplido las expectativas esperadas,  y por lo tanto es una fuente menguada de  importantes ingresos de divisas. En ello, de nuevo, nos encontramos con la piedra en el zapato del embargo norteamericano.

Otros economistas sugieren tener en cuenta las experiencias seguidas por países como la  República Popular China, Vietnam o la Nicaragua de Violeta Chamorro. Estos tres países lograron eliminar la dualidad monetaria poniendo su moneda a flotar. La flotación de la moneda no es otra cosa que dejar que su cotización oscile según los movimientos del mercado, por carecer de un tipo de cambio fijado oficialmente.

Hay otro elemento que pasaremos a analizar, que deben ser de obligatoria atención por parte del equipo encargado de tomar tan importante decisión. Este está relacionado con los cambios acaecidos en la estructura social de nuestro país en los últimos tiempos.

Por largos años fue un anhelo de la Revolución lograr la equidad de todos sus ciudadanos, tanto social como económica.

Partiendo de los postulados de su política marxista leninista, en la actualidad Cuba estaría lejos de ser un país dividido en clases, por cuanto los medios fundamentales de producción aún  continúan siendo patrimonio del Estado y la incipiente propiedad privada aún no  determina en las decisiones estratégicas del país.

No obstante, muchos enfoques económicos han ido cambiando, sobre todo en lo que respecta  a la equidad entre los ciudadanos. Es cierto que no hay cubanos dentro de la Isla con importantes patrimonios, bienes raíces, propiedades industriales, negocios  de envergadura, acciones  o títulos de propiedad o  grandes extensiones de tierras productivas. Sin embargo, desde hace veinte  años, es perceptible el surgimiento de un nuevo estrato social  de distinguidos ciudadanos que hace que la brecha entre ricos y pobres se profundice cada vez más.

Debido fundamentalmente a que una  parte nada despreciable de estos individuos recibe ingresos de fuentes alternativas, como pueden ser las remesas familiares –según cálculos no oficiales las remesas familiares están cerca de los mil millones de dólares anuales-, los empleos en firmas de capital mixto, las propinas que provienen del sector turístico, las entradas monetarias de campesinos,  artistas, deportistas, profesionales contratados en el extranjero y muy significativamente, del comercio privado,  o como se le llama en nuestro país: por cuenta propia.

El trabajo por cuenta propia es una modalidad relativamente nueva en la sociedad, a la cual se incorporan cada día más trabajadores. Este es un sector, que con su pujanza  está llamado a ganar un importante segmento  en el pastel de la economía cubana. Hoy los trabajadores por cuenta propia suman cerca de un cuarto de millón.

De todas maneras, la inmensa mayoría de la población laboral aún depende económicamente de los magros salarios que el Estado les proporciona, y estos malamente les alcanzan para subsistir. No hay clase media en Cuba. Hay muchos pobres y nuevos ricos.

En la actualidad, muchos consideran que donde mayor cantidad de dinero se concentra es en los bolsillos de los campesinos privados. Muchos campesinos poseen fincas en lugares privilegiados del país por la calidad de los suelos y la garantía de agua, lo que  les permite obtener cosechas de alto rendimiento a base de una explotación intensiva de los suelos. Estas no son grandes en extensión, pues la Ley de Reforma Agraria promulgada por la Revolución en sus inicios, delimitaba la extensión de la tierra a un máximo de cinco caballerías, o lo que es igual, 69 hectáreas.

Así y todo, si partimos de que existe una creciente demanda insatisfecha de productos agrícolas por parte de la población, y que el Estado se ha mostrado ineficiente en su gestión en la Agricultura, estaremos en un escenario de ausencia de competencia en el mercado agropecuario, por lo tanto cualquier producto que un campesino privado cosecha adquiere un precio exorbitante.

No es una exageración hablar en estos momentos de campesinos ricos, los cuales atesoran inmensas cantidades de dinero como resultado de las ventas de sus cosechas.

No cabe la posibilidad, desde luego, de hacer una comparación con los salarios estatales de los profesionales.

El  Estado no ha diseñado una manera creativa de poner esos recursos en circulación. Es una insensatez que grandes sumas de dinero descansen debajo de un colchón.

Los campesinos pueden rehacer sus casas, amueblarlas, repintarlas, fabricar piscinas en los patios, comprar caballos de raza, perder decenas de miles de pesos un domingo de infortunio en una apuesta, en una carrera caballos o en una pelea de gallos; pueden vacacionar un mes si lo prefieren en un centro turístico, hacer muchos otros gastos y aún no sentirán la picada en el bolsillo.

Para entender lo planteado, primero que todo debemos calcular cuánto dinero les reporta una sola hectárea sembrada de ajo o de cebolla, por mencionar solamente dos cultivos.

En el sistema político y económico de Cuba, no hay espacio, hasta ahora, a la cultura del consumo, por lo tanto, son escasas las opciones que se ofertan para invertir en artículos suntuarios. No existe tampoco mercado de acciones, ni se permite a los cubanos invertir en  grandes negocios que conduzcan a su enriquecimiento.

Alguien pudiera preguntarse: ¿Por qué los campesinos  no abren cuentas bancarias? Simplemente, porque muchos  de ellos no confían en las instituciones bancarias, y ni siquiera las atractivas tasas de interés que se ofertan, los mueven a  guardar su dinero en la bóveda de un banco.

Es que muchos de ellos aún sufren temores instintivos  que tienen su fundamento en un pasado no muy lejano, cuando proponerse ser rico en Cuba era considerado un delito; y el Estado orquestaba feroces campañas contra los que iban por ese camino, acusándolos de ladrones, y sometiéndolos a juicios públicos donde se les  denigraba. Como resultado los bienes y  cuentas bancarias de estos ciudadanos eran confiscados.

Hay otro ámbito social donde se manifiestan igualmente  cambios hacia el bienestar y la holgura económica. Es el caso del sector artístico. Respecto a ellos existen, digamos, ciertos privilegios o preferencias institucionales que a muchos nos cuesta trabajo comprender.

La Revolución tuvo entre sus principales postulados desde los primeros momentos,  apostar por el desarrollo masivo de los valores culturales de la población. Durante largos años se ha desarrollado y sostenido un importante sistema de instituciones culturales que ha dado sus frutos en todas las manifestaciones artísticas.

Hoy por  hoy los artistas de la Isla se presentan en los más exclusivos escenarios del mundo y logran por ello un merecido reconocimiento.  De ellos, hay quienes han decidido afincarse en cualquier capital del primer mundo, aduciendo la necesidad de mantenerse en circuitos artísticos de importancia, empeño que desde Cuba les sería difícil realizar.

Otros, los que residen en la Isla, la pasan increíblemente bien. Obtienen importantes sumas por conciertos y presentaciones en centros turísticos, teatros y discotecas;  viajan repetidas veces al extranjero, incluyendo  en las giras de conciertos y presentaciones a  los Estados Unidos, sobre todo a Miami, donde reside la mayor masa de cubanos en el extranjero, y donde su arte es muy apreciado. Es de suponer que a pesar del “férreo bloqueo” y haciendo caso omiso a las regulaciones del departamento del Tesoro de ese país, estos artistas reciben sus correspondientes emolumentos.

En Cuba,  a cualquier ciudadano que tenga la dicha de viajar al extranjero  y a la vez recibir ingresos en moneda fuerte,  la vida no le es nada complicada. Hay que partir de que estos afortunados ciudadanos –diría VIP-  no tienen que pagar costosos seguros médicos,  ni para ellos ni para sus familias; tampoco tienen que pagar por la educación de los hijos  y con la paridad monetaria existente entre el CUP y el CUC, los gastos de la canasta alimenticia no se toman en cuenta. Por otra parte, no dejemos a un lado en el análisis la importancia que ha adquirido últimamente el tráfico de  influencia  entre los cubanos.

Exactamente lo mismo que se plantea respecto a los artistas, sucede con los deportistas de alto rendimiento. No es necesario explicarlo.

Hay otro grupo de compatriotas felices, aquellos que han logrado un contrato en una empresa mixta que les paga en moneda fuerte; los que logran contratos de trabajo en el extranjero y en menor medida, los que pertenecen a los masivos contingentes de trabajadores de la salud u otras profesiones que se destacan en numerosos países del tercer mundo.

Por todo lo anterior,  diría que una parte importante de estos nuevos ricos -y no solo los campesinos- prefiere mantener su dinero a buen recaudo, dentro de la casa, sin sumar intereses y corriendo el riesgo de  perderlo por un asalto.

En países como Estados Unidos o España, por poner un ejemplo, todos los ciudadanos están obligados a declarar anualmente sus ingresos al fisco. Es un delito no hacerlo. Por lo tanto, las instituciones financieras y bancarias correspondientes de esos países pueden disponer de primera mano de una valiosa información  que utilizan en la conformación de los cálculos fundamentales de la economía. Cuba logra ese empeño a base de complicados y dudosos estimados que no siempre coinciden con la realidad.

Es muy probable que estos cubanos distinguidos hayan sido los más interesados en conocer los pormenores de la unificación monetaria, y que hayan salido, preocupados a buscar, entre murmuraciones, consejos y orientación de qué hacer con los dineros. De seguro, alguien, siguiendo una vieja máxima bancaria, pudo haberles deslizado al oído un mensaje para ellos  críptico: No todos los huevos deben depositarse en la misma canasta.

Nota: En la elaboración de este artículo he tenido a mano el valioso libro del Dr. Jesús García Molina “Luces y Sombras de la Economía Cubana en la actual etapa de globalización” aún en fase de revisión editorial. 

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