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Una reflexión necesaria

Desde hace algún tiempo deseaba expresar mi opinión sobre un fenómeno que va tomando raíces entre nosotros con pasmosa rapidez. Tema extremadamente complejo el del surgimiento de los nuevos ricos a la luz de las nuevas relaciones económicas que se establecen en nuestra sociedad.

Dos hechos relacionados con el mundo artístico, -aunque hay otros muchos mundos aún más complejos-, sucedidos recientemente, me compulsaron a desinhibirme y a plantear  honestamente mi opinión.

Recientemente llegó a mis manos –como es normal que suceda en estos tiempos de soportes digitales, flash y USB- una copia de un material audio visual de Haila María Mompie, la Diva del Pueblo, según la llaman los medios.

Para los que no están al tanto, Haila es una joven figura de la canción romántica surgida a la palestra musical no hace mucho tiempo, la cual atesora un timbre de voz agradable y una presencia y energía en el escenario que atraen multitudes. Incursiona con éxito en el son, el bolero, la balada y quizás en algún otro género si se lo propone. Tiene parque de sobra.

En mi  opinión, el apelativo de diva, que utilizan los medios para nombrar a Haila, es exagerado. Considero que aún está lejos de calzar los zapatos de las auténticas divas que ha dado este país, desde Rita Montaner, María de los Ángeles Santana, Rosa Fornés, Celina, Elena, Omara,  hasta Juana Bacallao.

Aunque no sigo a las “luminarias” de la música popular, dado que mis  preferencias musicales se alejan un tanto de determinados ritmos de moda, conozco la factura artística de numerosas figuras del momento por su presencia reiterada en la tele o la radio.

Mi interés por ver el mencionado video era simple curiosidad, ya que se trataba de una entrevista realizada por “Mariconchi” personaje interpretado por Orlando Manrufo, conocido humorista de teatro que de vez en vez aparece en la TV, y cuyas entrevistas a los artistas en clave de humor, en ocasiones hacen reír.

En el video de marras, Mariconchi se detiene, micrófono en mano, ante una gran verja de láminas de acero pintada de verde. Reiteradamente oprime la tecla de un intercomunicador. Al fin logra comunicarse y le abren el portón. Camina a lo largo de un pasillo de unos seis metros de largo seguida de la cámara. Luego, sube por una estrecha y tortuosa escalera que la conduce hasta un supuesto segundo nivel donde la espera Haila, maquillada y vestida de manera tal, que nadie dudaría que está a punto de salir a un escenario.

A partir de ese momento empecé a dudar sobre la autenticidad de lo que me mostraban. No pasaron dos minutos para convencerme de que había sido estafado.

A todas luces el objetivo fundamental de la entrevista no era conversar con Haila sobre su carrera artística y sus proyectos como se supone todos esperábamos, sino mostrarle a sus fans cómo vive la “diva”, sus muebles y hasta el ropero. La realidad mostrada superaba el histrionismo y poder de improvisación de Manrufo.

Causa tristeza observar esta manifestación de banalidad en una artista que dice llamarse la Diva del Pueblo. ¿De qué diva estamos hablando?  Hay más de una niña en este país que cantan sus canciones y se desviven por asistir a uno de sus conciertos, y que a todo estirar malamente tienen un par de zapatos. Haila, sin asomo de recato, muestra y dice tener más de cincuenta pares. Por simple pudor, estaba de más ese derroche de ostentación para con sus seguidores. No era necesario humillarlos.  

Suena falso cuando una joven que hace las labores domésticas, es presentada como su prima, aunque primas domésticas hay más de una en estos tiempos.

Cualquier persona medianamente informada estará al tanto de cómo se mueve, más allá de la farola del Morro, el mundo del espectáculo. Esta es una gran industria multimillonaria  –el show business- que abarca una inmensa red de profesionales que van desde decoradores, diseñadores, fotógrafos, arquitectos, entrenadores personales, asesores de imagen, estilistas hasta jardineros. El show business compulsa a las grandes estrellas del espectáculo a vivir en una burbuja irreal. Y estas aceptan las reglas del juego como parte del negocio.

De tal suerte, hay programas en la TV que se dedican a mostrar las fastuosas residencias de los famosos y a compartir con los televidentes un segmento reducido de su vida privada. Toda esa fastuosidad vacía responde a un mundo que está muy lejos de nuestra realidad.

La Diva del Pueblo muestra ostentosamente a sus fans su “residencia” que no se diferencia un tanto de la buhardilla de cualquier conserje de edificio en algunas ciudades del mundo.

Si es triste quedar defraudado por la actitud frívola del artista, es patético pensar  que dada la precariedad de la situación económico-social del país, más de un desdichado quedará deslumbrado por lo mostrado y aplaudirá la rampante ostentación.

Los objetos de lujo que la cámara toma, fuera de nuestras fronteras no tienen ningún valor y están al alcance de cualquier ciudadano que disponga de un humilde oficio.

He tenido la oportunidad de ver numerosos materiales fílmicos de las estrellas del cine y de la música norteamericana en que se muestran sus suntuosas residencias, sus pasatiempos favoritos, sus yates y aviones particulares. No he notado en ello manifestación alguna de ostentación o banalidad. Simplemente cumplen con las reglas del negocio, dictadas por la exigencia de la fama y el llamado star sistem.

De los materiales vistos recuerdo uno sobre Michael Jackson que mostraba al artista yendo de compras junto a sus hijos. Estos llevaban máscaras como para una fiesta de disfraces. Entraron en una tienda de antigüedades en la ciudad de Los Ángeles abarrotada de artículos suntuarios: armas arrojadizas, espadas y sables con empuñaduras de oro y piedras preciosas, estatuillas de oro y bronce del antiguo Egipto, inmensas ánforas de porcelana pertenecientes a dinastías chinas perdidas en el tiempo, etc. En fin objetos de un valor incalculable.

El Rey del Pop solamente tocaba la pieza que le llamaba su atención y su vocecita  decía: “Me gusta…”  y un diligente secretario tomaba nota.

Al salir de la tienda había gastado cerca de catorce millones de dólares.

Otro de los astros, Sylvester Stallone, famoso actor norteamericano en el cine de acción, hace algunos años mostraba, en una entrevista a una revista especializada en ventilar el cotilleo de los famosos, un rancho que se había construido en una propiedad –por la cual había desembolsado 6 millones de dólares- comprada en las Montañas Rocosas.

Llamaba la atención la arquitectura de la edificación que se elevaba sobre un promontorio; su color lechoso; la utilización de materiales naturales; la sencillez en el diseño de techos y pisos aunque debo añadir que el techo, que al igual que las paredes estaba pintado de blanco, estaba cruzado de enormes vigas rústicas de madera de sándalo traídas desde la India.  Aquella construcción se había diseñado sobre todo para contemplar el paisaje montañoso a través de amplios ventanales y desde espaciosas terrazas. No era ostentosa en adornos y la mayoría de los objetos cumplían una función utilitaria.

Estos simples ejemplos muestran las abismales diferencias que tendrían que superar aquellos que traten de emular con el sistema de estrellas estadounidense.

¿A dónde llegaremos por este camino?  Las grandes y verdaderas figuras de la cultura cubana de todos los tiempos han manifestado pudor y decoro a la hora de darle  entrada a cámaras y micrófonos a su hogar, a su intimidad.

Me viene a la memoria un material fílmico que he disfrutado decenas de veces,  y que por su autenticidad forma parte del patrimonio culturar cubano.  Me refiero a una visita realizada por Ignacio Villa, Bola de Nieve, a su humilde casa de Guanabacoa, a sus orígenes, donde nació.

No va a mostrarnos su elegante apartamento de El Vedado, sino el barrio donde vino al mundo, donde palpó la realidad de la calle por primera vez;  se le ve cruzando con agilidad por encima de las barandas que dividen los portales de las casas, como es casi seguro que lo hacía de niño; camina por las calles del barrio; saluda; se detiene  ante la balaustrada de una  ventana donde por primera vez fue cautivado por las notas de un piano. Relata con desenfado  su vida de niño, sin ocultar nada, haciendo acotaciones. Sin embargo, algo curioso, viene vestido impecablemente de traje negro, como si fuera a salir al escenario del Olimpic. Hay en todo ello lo que un artista no debe olvidar y que desafortunadamente le falta a la señora Haila: aquello  que los ingleses bautizaron como el touch of class.

Este reencuentro con sus raíces pone de manifiesto los sentimientos más auténticos de un artista que después de haber sido reconocido en los escenarios más importantes del planeta, no olvida, por ninguna circunstancia la humildad de su cuna. Lo cortés no quita lo valiente.

Y si de micrófono se trata, no es ocioso comentar que el micrófono de la filmación llevaba el logo de CHTV, el canal de la ciudad de La Habana. Debo inferir entonces que la cámara y el transporte eran también del canal. Quizás todo responde a un deseo o pretensión ocultos de algún director de televisión de pasarlo por la tele en algún momento.  Esperemos.

Nuestro país hace ya mucho tiempo, para bien o para mal,  que se despojó de una sociedad de consumo. Si bien es cierto que los almacenes de la ciudad de La Habana en la década de los cincuentas fueron iniciadores en el mundo de la aplicación de técnicas de marketing, mostrando artículos de consumo  que posteriormente se venderían en las tiendas americanas si lograban el visto bueno de la calle Galiano, eso sucedió hace muchas décadas, tantas que ha quedado solo en la memoria histórica de este país.     

Hoy es otro el panorama. Nuestras tiendas malamente muestran artículos utilitarios de baja factura. No pensar en adquirir en el extranjero artículos suntuarios para la venta en nuestras tiendas, primero que todo porque hay conciencia de que el poder adquisitivo del cubano es muy precario y por aquello de que entre un florero y una lata de salchichas… el cubano se irá por la segunda. El alimento del espíritu puede esperar por tiempos mejores.

Realmente siento compasión por los advenedizos. Y los nuevos ricos afloran indeteniblemente en nuestro ámbito social. Ojalá aquí no suceda lo de Rusia con los “oligarcas”. Nunca como ahora adquiere tanta  vigencia la novela costumbrista “Mi tío el empleado”, escrita  por Ramón Meza en el último cuarto del siglo XIX.

La sociedad cubana actual, sometida a ciertas reformas en su economía,  es vulnerable al surgimiento de estos fenómenos. La misma se fundamenta en principios de austeridad. Por décadas el discurso oficial ha enarbolado la bandera del igualitarismo entre los ciudadanos, aunque al final nos dimos de bruces con la realidad de que nunca fuimos iguales. Ahora esa bandera está alicaída, y muy pocos son los que la mencionan. No obstante, son muchas las  generaciones de cubanos que hemos crecido compartiéndolo todo, desde un jabón y la pasta de diente en una beca hasta la sal y el azúcar con el vecino, ajenas  a la ostentación y a la fatuidad.

Nuestras familias por determinadas razones han ido descapitalizándose con el paso del tiempo, perdiendo su hacienda.  A la familia cubana actual no le alcanza el dinero que ingresa, proveniente del salario, para poder subsistir. La situación es tan perentoria, que muchas de ellas  deberán  reclamar alguna ayuda de un pariente de ultramar. O dispondrán  de un miembro –“el luchador-“, que deberá dedicarse a otras actividades laborales de dudosa transparencia para poder compensar, en parte, el déficit de ingreso familiar.

Quien tiene la suerte de trabajar en una brigada de mantenimiento, podrá disponer de un galón de pintura, un rollo de cable o una herramienta que venderá para lograr la susodicha compensación.

Quienes laboran como choferes dispondrán de un remanente de gasolina o de los beneficios del alquiler del auto como taxi.  Entre los  mayores beneficiados en estos momentos,-para no decir entre los mayores ladrones- diría que están los jóvenes graduados de las escuelas de computación.

 Los flamantes mecánicos y técnicos de una rama  poco conocida, cumplen la misión  de hacer defectaciones técnicas y de presentar diagnósticos de los ordenadores de las oficinas del Estado. Como que no todos los que manipulan un ordenador  conocen qué cosa es un chip o un mother board, en muchos lugares se confía ciegamente en el diagnóstico que presenta el técnico,  y muchas veces  la aprobación de la reposición de una pieza se hace a la ligera.  Es muy probable que las piezas supuestamente “defectuosas” tomen el camino del mercado negro donde tienen gran demanda.

Estas son solo algunas de las numerosas maneras de robar al Estado que hoy por hoy marcan nuestra realidad. Es interesante la  parte  filosófica del asunto: muchos consideran que robar al Estado no es delito.    

Una pregunta queda en el aire: ¿dónde está el origen de esta vanidad militante?  ¿Acaso se deberá a los privilegios que les concede el Estado a los artistas en Cuba?  Más de un cubano  considera que entre el Estado y los artistas hay cierta comancola o acuerdo tácito –para llamarlo decentemente. Ustedes  defienden los postulados de la Revolución en los lugares que se presenten, y podrán disfrutar de ciertas regalías de las que no dispone el resto de la sociedad. 

 Cualquier músico o cantante de orquesta de primera línea –y hay varias-, o cualquier reguetonero al que le cuesta trabajo expresarse oralmente en una entrevista, pueden recibir cien veces los ingresos anuales del más eficiente profesional. No incluyo a los artistas  plásticos que están fuera de todo cálculo.

 Coincidiendo con el video de Haila, y esta fue la gota que colmó la copa, el periódico Granma publicó –y no me explico con qué propósito- una intervención del artista plástico Kcho en la Comisión de Cultura de la Asamblea Nacional.

El artista sugería se analizara la introducción del pago de tributos por parte de los trabajadores cubanos. Este planteamiento levantó ronchas y he conocido que al pobre Kcho le llegaron a su correo  algunas opiniones subidas de tono.

 Quizás al artista plástico, rodeado de tantos privilegios, y ocupado como anda montando instalaciones, se le ha olvidado que los cubanos de a pie no tienen de donde sacar  para aportar al Estado; que una parte importante de los créditos que otorgó el Banco a la población para la reposición de los artículos electrodomésticos hace varios años permanece aún sin cobrar porque a la gente no le alcanza el salario para vivir.

 Es  cierto que son numerosos los países del mundo que tienen establecidos sistemas tributarios, pero los mismos responden  a estructuras económicas diferentes a la de Cuba. La implantación de un sistema tributario en Cuba deberá llegar como resultado de profundos cambios estructurales de la economía cubana. Hasta ahora lo que aprobó el VI Congreso del PCC fue la actualización del modelo económico cubano que según lo que he leído no incluye esa medida.

Considero justa la reacción airada de los que respondieron a Kcho.  Yo estaría muy de acuerdo con que desde ahora, y de manera provisional hasta que se apliquen las nuevas estructuras económicas en el país, el pago de tributos sea exclusivo de los artistas. Que como compensación a los privilegios de que gozan para comprar autos, viajar por el mundo –y no me opongo a que viajemos todos- y disfrutar como sultanes de los beneficios exclusivos que se brindan en Cuba a VIP, sus ingresos sean gravados en beneficio de la sociedad.

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