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Rusos en Cuba – una historia más

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¿ Te acuerdas de los rusos en Cuba ?

Rusos en Cuba , hubo un tiempo en que los rusos formaban parte de nuestro pueblo, nuestra gente, eran uno más.

Para cualquier pinareño – gentilicio de los cubanos nacidos en Pinar del Río, provincia del occidente de la isla de Cuba- que rebase los cincuenta y cinco años de edad, lo que me dispongo a narrar, le resultará familiar a pesar de los muchos años transcurridos.

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Campesinos con Técnicos Rusos en Cuba

En mi caso, en los primeros años después del triunfo de la Revolución, yo contaba con diez o doce años, por lo que contaba entonces con un cerebro en plena ebullición y con una memoria –es un don que me entregó la naturaleza- encaprichada siempre en fijar hasta el más mínimo detalle de las cosas.

Los rusos en Cuba comenzaron a llegar en 1961 y 1962 o al menos es cuando se les empezó a ver en Pinar del Río, o soviéticos. Estos no eran los que años posteriores inundaron ministerios, fabricas, empresas a lo largo de todo el país, asesorando la manera de ser más ineficientes inflando plantillas y dividiendo el poco trabajo entre muchos.

Estos constituían un contingente militar que tenían la tarea del aseguramiento logístico de las tropas coheteriles encargadas de poner a punto los emplazamientos de los cohetes nucleares. Esta misión, claro está, no se conocía en aquellos momentos. Solo con el surgimiento de la Crisis de Octubre supimos del objetivo de su presencia.

Los rusos llegaron en inmensos camiones militares color verde mate y se alojaron en dos campamentos que construyeron a la carrera. Uno se levantó en la finca de uno de los Sixto, que eran propietarios de vegas de tabaco y otros negocios. Este había abandonado el país recientemente y sus tierras habían sido confiscadas y el otro campamento más lejano, se localizaba en la Guatana, a 7 kilómetros de la ciudad.

En pocos días la ciudad tomó otro color y otro olor también, porque aquellos cuerpos desacostumbrados a la higiene perenne que impone nuestro clima y usando una indumentaria propia de su país, emanaban unos olores insoportables a la sensibilidad nasal del cubano eran capaces de provocar una asfixia colectiva por apnea voluntaria.

Los rusos en Cuba se movían en todas direcciones sin respetar señales del tránsito, rompiendo aceras y derribando columnas y barandas sin preocuparse de lo que habían dejado atrás. Tan acostumbrados estaban a aquel comportamiento que probablemente hayan sido los iniciadores de lo que años después los americanos cínicamente denominaron “daños colaterales”. Con el paso de las semanas y los meses los rusos se fueron aclimatando e iniciaron un floreciente mercado negro entre la población que empezaba a necesitar de muchos productos que comenzaban a escasear.

Andaban en grupos y se movían lo mismo de noche que de día. Pronto aprendieron los rudimentos del idioma que les facilitaría el mercado de trueque, principalmente de algunos alimentos enlatados, ropa, zapatos y pocos artículos de uso personal. Todo esto se cambiaba por botellas de alcohol.

Siempre se encontraban cubanos dispuestos a fungir como intermediarios y facilitadores del comercio. Debo señalar que en aquellos años la población cubana, sobre todo los jóvenes, estaban al tanto de las líneas de consumo y de moda que se dictaban en los Estados Unidos, por lo que poco de novedoso podrían mostrarles aquellos campesinos rústicos, vestidos pantalones de tejidos crudos y  camisas de mangas largas de franela y se peinaban a la usanza de los años veinte, cuando la juventud se peinaba como Elvis y pretendía usar sus jeans.

Un día mi padre se encontró con uno de estos rusos que vendía una máquina eléctrica de afeitar. Lo llevó a la casa y llegó con él hasta la cocina, haciendo caso omiso al hecho de que mi madre limpiaba el piso en ese momento. Esto produjo una airada y justificada protesta por parte de mi madre, no solo por las huellas de barro dejadas en el piso, sino por la fetidez que dejaba en el ambiente el inoportuno visitante.

En realidad nadie se imaginaba la importancia y trascendencia de la presencia de aquellos militares soviéticos en nuestro terruño. Solo cuando los servicios de inteligencia de Estados Unidos no encontraron respuesta a la siguiente pregunta: ¿Qué demonios están haciendo tantos rusos en Cuba , en Pinar del Río, porque no estarán enseñando a los pinareños a sembrar tabaco?  Decidieron enviar aviones espías que fotografiaron toda la geografía insular, entonces se dieron cuenta que lo que desde el aire parecían inmensas palmeras acostadas debajo de ceibas y jagueyes, -no les habían dado tiempo a terminar de construir los correspondientes silos y los temibles artefactos se camuflageaban a la intemperie de cualquier manera mientras a toda carrera-,  eran poderosos cohetes nucleares capaces de alcanzar el territotio de Estados Unidos en pocos minutos.

Entonces fue que se formó el gran follón, porque los habían sorprendido con las manos en el tiesto. Se armó entonces todo aquel berenjenal con nosotros los cubanos en el medio y los pobres pinareños a punto de desaparecer todos de la geografía insular con tabaco, Valle de Viñales, Guayabita del Pinar y Cabo Roncalli incluidos.

Así eran las cosas en aquellos tiempos, pero como dicen muchos en el mundo: “el cubano es capaz de mezclar las tragedias y alegrías en una misma copa y bebérselas de un solo trago”, este relato también tiene sus elementos tragicómicos relacionados con todo este follón de los rusos en Cuba , en Pinar del Río.

Una noche, como regularmente hacíamos, mi hermano mayor y yo asistíamos a una función de cine en el “Aida”. Este cine, años más tarde, luego de una remodelación capital, pasó llamarse cine “Praga”. En aquel entonces no me explicaba por qué habían escogido el nombre se una capital europea tan lejana, ajena y fría,  para nombrar el cine y no Taco,Taco, Macurijes o El Guayabo, nombres autóctonos tan cercanos a nuestra realidad. Con el tiempo comprendí que esa decisión respondía a la idea absurda y casi inconciente de destropicalizar el país. Muchos otros ejemplos los hay. Antes de que llegara la generación “Y” ya había muchos negros y blancos también que se llamaban Vladimir, Sacha, Tatiana, Svieta, Dimitri etc. Estuvimos a punto de vestir al ejército con paletó y chapka. Esto, claro está, trata de ser una jocosidad, para los que no conozcan a qué me refiero, se trata del abrigo largo de fieltro y del gorro de  piel de carnero que usa el ejército rojo para cubrirse del crudo invierno. Ahora bien, esto sí fue cierto: En ocasión de una revista militar el ejército cubano de estirpe mambisa con olor a manigua y a guásima gritó ¡Urra! en la Plaza de la Revolución.

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Cine Praga | Pinar del Rio

Mi memoria no llega a despejar qué película mirábamos, aunque pienso no era de estreno, porque el cine estaba semivacío en un día de entresemana. De pronto empezaron a escucharse grandes explosiones. Si en un primer momento pensamos que eran truenos, la cadencia de las mismas nos alarmó. Bastó nada más que alguien se asomara a la sala y gritara la socorrida frase de que “allá afuera se está acabando el mundo” para que aquella masa de gente se levantara a la vez y tratara de alcanzar la puerta de salida. La típica estampida de los animales asustados.

Yo recuerdo que me levantaron en vilo y me depositaron en la calle, al igual que a mi hermano, por suerte ninguno de los dos sufrimos ni un rasguño.

Vencido el primer momento de pánico, mi hermano me recordó que aún quedaba vencer lo peor, que era correr desesperadamente hacia la casa y presentarnos cuanto antes ante nuestra madre antes que saliera sin rumbo desconocido en nuestra búsqueda. Mi hermano había heredado de ella los genes que le provocaban aquellos actos de histeria a través de un dramatismo espectacular. Recuerdo que se arrodilló en el piso y llevándose las manos a la cabeza me dijo: “!Ay mi hermano, la que nos espera…! Su preocupación iba más allá de las explosiones que se sucedían, del cielo enrojecido, del olor a pólvora, del  pánico reflejado en el rostro de los transeúntes que corrían en todas direcciones buscando la protección del hogar.

Emprendimos una carrera loca como dos mediofondistas con un solo objetivo, llegar cuanto antes a la casa. Al llegar frente a la casa, aun nos separaban cinco inmensos escalones del portal, donde ella se encontraba, bañada en lágrimas sosteniendo en su mano izquierda la imagen inmensa de yeso de casi medio metro de alto  de la Santa Bárbara, mientras en su otra mano sostenía el brazo de la santa con la filosa espada enarbolada hacia arriba. Era evidente que la amputación del brazo de la virgen se debió a la presión ejercida sobre su miembro por tantos apapachos. Aunque el hecho de vernos vivos y sanos calmó un poco su ánimo, faltaba aun canalizar el reflujo de sus emociones, y por experiencias anteriores conocíamos que en ese momento era demasiado peligroso acercarse a aquella santa madre guerrera armada de una espada y que en aquel momento, la cual, llevada por su profundo e incontenible instinto maternal, que nunca me quedó claro, sería capaz de atravesarnos con la espada o hasta de golpearnos con la propia imagen de la virgen.

Siempre aparece, como venido del cielo,  un ser salvador en momentos de crisis y ese fue mi tío Narciso que llegó como mandado a buscar y nos salvó de agresión con arma pérforo cortante u objeto contundente. No obstante tuvimos que escuchar a viva voz los juramentos de que de aquella casa no saldríamos más de noche más un rosario de imputaciones y recriminaciones que nada tenían que ver con el momento extraordinario que vivíamos.

Al siguiente día se decía que la negligencia en la manipulación de algún armamento, había provocado la explosión de un polvorín y que eran decenas los muertos y heridos.

¿ Rusos en Cuba ? Un buen día recogieron sus equipos, los montaron en sus verdes camiones y desaparecieron de la misma manera subrepticia en que habían llegado.

Historia de la crísis de los misíles de los rusos en Cuba por el canal de Historia

– 1ra parte

 

2da parte

 

3ra parte

 

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