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Ñico “peseta”

Había transcurrido un año del paso del ciclón y ya todo había vuelto a la normalidad. Esteban se ocupaba por entero de su vega.

Tuvo necesidad de rellenar aquí y allá para emparejar el terreno que el torrente del arroyo había descarnado. También construyó nuevas  bienhechurías auxiliares para la cosecha.

Por otra parte, tenía garantizada el agua para el regadío en la etapa inicial de la siembra, que es cuando el cultivo más la requiere.

En la familia todo andaba bien. Ñico había encontrado en su complaciente abuelo alguien en quién aferrarse y Don Alberto le retribuía afecto y paciencia.

Había cumplido cuatro años y aún no se sostenía por sus propios pies. Ni pensar que llegaría a hablar. Mostraba una perenne expresión de vacío en su mirada, y de su boca -medio abierta-,  pendía un permanente hilillo de saliva.

Un día decidió caminar y se incorporó.  Se movió torpemente, primero, sosteniéndose de los muebles de la sala; luego soltándose y  en carrera desenfrenada hasta llegar al piano; de allí se propuso otra meta y llegó hasta la puerta de salida y por último fue sostenido por su abuelo en una de las columnas del portal en medio de una incontrolable excitación.

-¡Lo logró…! ¡Yo  lo sabía…!, ¡yo lo sabía…! –Gritaba el anciano a todo pulmón-, mientras besaba repetidamente al muchacho en una mejilla.

Con la algarabía de Don Alberto, todos salieron al portal a disfrutar del espectáculo.

Lo que para todos constituyó alegría, luego se convirtió en perenne preocupación, pues Antonio no se mantenía quieto un minuto. Todo lo quería palpar. Tal parecía que necesitaba aprovechar el tiempo perdido.

Por aquella época su abuelo empezó a notar un comportamiento extraño en el  niño respecto a los objetos de metal.  Los tomaba en sus manos y se mantenía muy quieto, como si un magnetismo hiciera presa de él, mientras sus manitas exploraban detenidamente toda la superficie.

En cierta ocasión en que el muchacho se mostraba muy intranquilo e irritado,  su abuelo optó por tranquilizarlo ofreciéndole una moneda de metal. A partir de aquel momento fue el motor que lo movió durante toda su vida.

Como en un juego, Don Alberto explotó el motivo de las monedas para desarrollar, hasta donde era posible, el débil entendimiento de su nieto.

Si deseaba que Ñico emprendiera o desistiera de una acción, simplemente accionaba el resorte de las monedas y el niño obedecía. Tal fue su compenetración con este asunto, que fue la única palabra inteligible que logró articular. Ya de adulto todos lo llamaron “Ñico peseta”.

Era común escuchar en el silencio de la noche, el ruido que producía el roce de dos monedas entre sus manos.

Su afición por lo metálico fue tomando cada vez más importancia y Don Alberto llegó a preocuparse.

Muchos objetos de metal, fueran adornos o utensilios de cocina que se extraviaban en la casa, tenían un destino seguro en el cuarto de Ñico.

Las mujeres de la casa tomaron carta en el asunto para evitar que convirtiera su cuarto en un almacén de objetos mohosos.

Cada día, como en un recinto penitenciario, la abuela Matilde hacía una requisa en el cuarto, confiscando cuchillos, machetes, azadones… que Ñico sustraía de cualquier lugar.

Ñico tenía ocho años, y  una tarde en que su abuelo jugaba  con él en el portal, se escuchó en el cielo un ruido inusual. Cientos de aves volaban a muy baja altura  sobre la casa y detenían su vuelo en el estanque. Eran patos migratorios que, cansados en su  largo viaje hacia el norte, hacían escala en las mansas aguas de la laguna.

La excitación de Ñico fue tan grande y expresiva, que su abuelo temió se iniciara una de las temidas crisis que lo dejaban exhausto.

El niño tomó al abuelo de una mano y prácticamente lo arrastró siguiendo la  trayectoria de las aves. Llevado a la orilla del estanque, el niño quedó paralizado por el espectáculo que se ofrecí ante sus ojos. Los patos se zambullían y se componían sus coloridas plumas con el pico.

La visita de las aves se prolongó por dos días, tiempo durante el cual Ñico prácticamente no salió de la orilla del estanque. Repuestas sus energías, elevaron vuelo llenando el cielo de graznidos, al igual que en su llegada.

Las visitas se hicieron habituales en años sucesivos.

Ñico, de alguna manera, presentía las cercanías del mes de abril, cuando llegaban sus amigas y durante varios días estaba atento, mirando constantemente al cielo, en busca de un indicio que delatara su cercanía.

La compenetración e identificación entre el anciano y su nieto era profunda. El niño había encontrado en su abuelo el apoyo requerido.

-Parece la sombra de Alberto  –repetía frecuentemente Matilde. Si  Ñico  se percataba que Don Alberto preparaba la calesa para un viaje,  era presa de un regocijo inusual, y una temblorosa sonrisa se le dibujaba en sus labios. La más de las veces Don Alberto cargaba con el nieto cuando iba a visitar a algún cosechero o cuando iba de compras a la tienda.

La inclinación natural de Ñico por la posesión de objetos metálicos se iba agudizando en la medida que crecía y el poseer mayor fuerza le permitía mover objetos más voluminosos.

Tanto Matilde como Rosa lo recriminaban constantemente por la obsesión desmesurada de querer introducir en la casa cuanto hierro fangoso encontraba.

Esteban, tratando de ponerle fin a aquella situación, tomó la decisión de destinarle un segmento del patio trasero de la casa para que colocara sus hierros. Ñico en un principio no entendió de qué se trataba. Costó trabajo y demostraciones por parte de todos para que al fin,  interiorizara que aquél era el lugar señalado para colocar sus herrumbres.

En lo adelante empezó a cargar al lugar cuanto hierro a medio enterrar encontraba en sus andanzas por los campos.

Así nació un cementerio que con el paso del tiempo daría mucho de qué hablar.

Era muy normal que los peones, antes de salir para la vega, temprano en la mañana, pasaran por lo de Ñico en busca del apero necesario, que éste había sustraído la noche anterior de su lugar.

Don Alberto tenía como costumbre, una vez almorzaba, sentarse en su sillón del portal a fumar su inseparable tabaco y a esperar unos minutos que le llegara el sueño para meterse en la cama a disfrutar la siesta, mientras Ñico por lo general se acomodaba en el piso a sus pies.

Ese día, hacía pocos minutos que se había sentado cuando sintió un fuerte dolor en el pecho que lo hizo retorcerse en el asiento. Ñico en su escasa comprensión, entendió que algo no andaba bien. Don Alberto empezó a jadear y su frente se colmó de sudor. Por último se le relajaron los músculos del rostro y dejó caer el tabaco que mantenía aprisionado entre los dientes el cual esparció las cenizas por todas partes.

Ñico se incorporó y emitiendo desgarradores alaridos entró en la casa rumbo a la cocina, tratando de atraer la atención de las mujeres que terminaban de hacer la losa.

Rosa y Matilde, intrigadas por la actitud del muchacho, salieron tras él al portal y encontraron a Don Alberto, que inevitablemente había sido vencido por el tan esperado sueño, sin apenas poder alcanzar la cama.

Con la partida del abuelo, Ñico se encerró en un estado depresivo nunca antes experimentado. No comía, apenas salía de su cuarto e irritado constantemente, hacía rechazo al aseo personal.

Rutinariamente salía de su cuarto y se asomaba en el portal, miraba el sillón vacío de su abuelo, lo tocaba y penetraba de nuevo en su cuarto. Ese ritual lo repetía muchas veces en el día.

Esteban ideó regalarle una bolsa de monedas para contentarlo. Abrió la bolsa y esparció las monedas encima de la cama.

En un inicio pensaron que habían encontrado la solución, al notar que Ñico se mantuvo mirando fijamente las monedas relucientes. Solo las miró, ni siquiera alargó una mano para tomar alguna.

Luego continuó el constante gimoteo que exasperaba los ánimos de toda la familia.

Los muchachos crecían y la abuela Rosa se ocupaba de la primera educación. Los enseñó a leer y a escribir en la casa, de la misma forma que su madre había hecho con ella.

Los chicos eran inteligentes y captaban fácilmente los conocimientos, aunque Martín poseía una inteligencia más despierta, y tenía cierta vocación por la  lectura y por cuestionarlo todo. Llegó el momento en que Rosa consideró que debían asistir a la escuelita cercana. En ella impartía clases una monja que, según se contaba, había colgado sus  hábitos por haber sido expulsada de un convento por liarse a golpes con una interna.

Era una señora entrada en años, que más que una servidora de Dios, semejaba una institutriz inglesa de la época victoriana. Vestía ropa oscura y no portaba ningún adorno que resaltara su feminidad. Era recta en su comportamiento, y más que respeto inspiraba temor entre los niños.

A su escuela asistían los hijos de los campesinos de la zona de todas las edades, y por consiguiente de diferentes niveles de enseñanza. Coralia, que así se llamaba la maestra, tenía la capacidad para impartir clases a sesenta muchachos y poder mantener una rígida disciplina, para lo que se valía de una larga vara de bambú que descargaba sin misericordia sobre la cabeza de los revoltosos. Era seguidora de la antigua máxima de que la letra se pega con sangre.

Generalmente, en la mañana impartía materias tales como Lengua Castellana, conceptos de Biología, Aritmética y Cívica y destinaba la sesión de la tarde al Catecismo, con vistas a preparar a los muchachos para recibir la Comunión.

Allí Martín se sentía como pez en el agua, y le extraía a aquella señora todo lo más que ella podía brindarle. Entre maestra y alumno se estableció una relación  especial que a largo plazo influyó definitivamente en el futuro del muchacho.

Mientras Julito y Sebastián eran castigados con la vara por el más insignificante echo, Martín tenía ciertas prerrogativas que explotaba a su antojo.

Con el tiempo Coralia, al percatarse de las facultades especiales del muchacho, comenzó a ocuparlo como ayudante, y mientras ella dedicaba  a la atención a grados superiores, Martin revisaba los ejercicios que cumplían los alumnos más pequeños.

De más está decir que a su petulancia natural se unía la ostentación del trato especial de que disfrutaba, que lo convertía en una persona insoportable.

Su obsesión por la lectura y el aprendizaje continuaba una vez terminaba las clases y regresaba a la casa.

Mientras sus hermanos se revolcaban en los  campos persiguiendo tomeguines y,  osadamente ya habían incursionado en el arroyo, que era zona de acceso restringido para ellos, Martin disfrutaba de los viejos libros que por años habían permanecido en el librero de su bisabuelo.

Allí, junto a los tratados de medicina, se alineaban hermosos tomos de  una vieja enciclopedia de Diderot en la cual empezó el pequeño Antonio a familiarizarse con la historia de la Grecia Antigua, y conoció sobre la vida de grandes hombres de la antigüedad.

Sin apenas entender el sentido literal de muchas palabras, Martin se acostaba boca abajo en el húmedo piso y leía ávidamente, página tras página sin notar el paso del tiempo. De aquel estado de embriaguez intelectual solo lo sacaban su madre o abuela cuando lo agasajaban con un refresco de guanábana o con alguna confitura.

-Este muchacho es medio raro… -comentaba Esteban a Rosa. –Ponerse a desempolvar los libros de Alberto que hace veinte años nadie los lee…

Era común que algunas tardes la abuela organizara una especie de tertulia de conocimientos, donde los niños ejercitaban lo aprendido y era el momento ideal para Martin de sobresalir sobre sus hermanos humillándolos públicamente, ante la mirada de sus padres, que sentados en la sala, asistían pasivamente a la confrontación.

Ante una pregunta formulada por la abuela, Martin siempre se adelantaba para responder y en la mayoría de las ocasiones acertaba correctamente.

Fue una de esas tardes en que estaban reunidos, cuando Ñico salió de su cuarto, portando amenazadoramente un revolver. Todos quedaron paralizados por la situación. Julián reconoció de inmediato su revolver en las manos de Ñico, y  tratando de evitar lo que podía suceder, se abalanzó sobre él para arrebatarle el arma.

A pesar del esfuerzo, todo fue en vano, el arma se disparó y el disparo fue certero. El proyectil fue a alojarse en un costado del cuerpo, dejando un agujero circular en el reloj de la sala, precisamente sobre el número tres, donde casualmente se encontraba la aguja del horario en ese momento. La explosión del disparo, puso fin a la tensión del momento.

Ñico se alarmó de tal manera, que entró en su cuarto emitiendo alaridos. Allí estuvo varios días encerrado sin apenas asomar la cabeza.

Pasado el susto, salió de nuevo a sus correrías por el mundo. Regularmente al caer la tarde aparecía sudoroso y contento, cargando al hombro su botín una veces, otras,  arrastrándolo desde no se sabe dónde,  y que depositaba en su “reino prohibido”.

Sus sobrinos en más de una ocasión intentaban tomar parte en la colocación de los hierros, pero él los ahuyentaba con fuertes chillidos como felino dueño de su territorio.

Allí fue colocando día a día todo lo encontrado en sus andanzas: decenas de azadones, picas, barretas, machetes, hojas de arado, inmensas ruedas dentadas arrastradas de no se sabe qué desmantelamiento, ruedas y ejes de carreta, pesadas mandarrias y otras muchas piezas y utensilios de cocina que hacían interminable su enumeración. El crecimiento geométrico de la montaña férrea era evidente.

-Este muchacho debió ser hijo de herrero –dijo un día Esteban al mirar asombrado las proporciones que alcanzaban las pilas de hierro en el patio.

Cierta relación había logrado precisamente con la herrería, pues un día sintieron un bullicio en el camino y al asomarse, picados por la curiosidad, no vieron a otra persona sino a Ñico, que rodeado de muchachos que lo animaban, arrastraba un pesado yunque de tres quintales con una filástica.

Desfallecido por el esfuerzo se sentó frente a la verja, y a los pocos minutos llegó el herrero a reclamar su herramienta.

-Esteban, por favor que Ñico me devuelva el yunque,  que me espera mucho trabajo –rogó el herrero.

-Cálmese Eudocio que esto lo vamos a resolver ahora mismo –le respondió Esteban, y sacando dos monedas de un bolsillo, se las entregó a Ñico.

Luego todos ayudaron a montar la pieza en un carretón y se la retornaron al herrero.

Sus inagotables energías lo llevaban a incursionar cada vez en lugares más lejanos sin que sus padres pudieran evitarlo.

Había días en que se levantaba antes de la salida del sol, salía al camino como buscando orientación y se movilizaba en una u otra dirección. Rosa, alarmada, le pedía a Esteban que saliera tras él. Unas veces el padre lo convencía de regresar a casa, otras no.

Desde que tenía quince años había alcanzado su estura definitiva.  Era muy alto, mucho más que cualquier persona, y de su cuerpo le colgaban dos brazos muy largos que terminaban en grandes manos. Sus pies eran también grandes y deformados y le impedían caminar correctamente, y aunque no cojeaba, se movía arrastrando uno de sus pies.

Cansado de la persecución, Esteban se persuadió que era imposible mantener aquel acoso permanente a su hijo en su bregar por el mundo, por lo que tomó la decisión más sensata que se le ocurrió: se lo encomendó al Señor para que lo velara y protegiera.

Cumplidos los veinte años,  sus viajes eran cada vez más lejanos, y por lo tanto se veía impedido de regresar a casa en el mismo día,  para desvelo de Rosa y de Esteban.

Pasaban los días y en el momento menos esperado, se veía llegar con su andar peculiar, sucio y desgreñado, cargando alguna nueva pieza para su reino.

En sus andanzas llegó hasta Pinar del Río, que emergía como ciudad, aunque nunca llegó a alcanzar la prestancia de otras ciudades provincianas de la isla,  y se mantuvo como una aldea grande. Su arquitectura, de escasos valores y  con un sentido puramente utilitario de los espacios, nunca fue deslumbrante.

En la segunda mitad del siglo XIX aumentaba el desarrollo del cultivo del tabaco y se fomentaba la ganadería. Por consiguiente el auge de la actividad comercial en la ciudad era mucho mayor. Así empezaron a nacer todo tipo de comercios entre ellos fondas, garitos y tugurios  donde se reunían personas de toda laya.

Ñico deambulaba por las calles mirándolo todo con ojos asombrados. Cuando sentía hambre se acercaba a estos lugares, donde alguien siempre le extendía un plato de comida. Sin embargo, no faltaba la ocasión en que algún desalmado hiciera mofa del infeliz enajenado.

Ñico había desarrollado un cuerpo de hombre pero con escaso desarrollo mental. Nunca utilizó su descomunal fuerza física para defenderse de los ataques de que era objeto, y cuando era acosado por alguien, se acurrucaba en un rincón y emitía chillidos y lamentos desgarradores.

En estas propias tabernas y garitos, entre individuos de variada catadura, que se reunían a matar penas o a divertirse mediante el alcohol, Ñico llegó a ser persona muy conocida.

En cierta ocasión, ciertos sujetos inescrupulosos, conociendo que Ñico poseía un miembro viril bien proporcionado, mediante el chantaje de las monedas, lo apremiaron a que se los mostrara. La irrefutable verdad los dejó anonadados.

Aquella verga erecta, lista para el combate, era de respetar. No satisfechos con tanta perversidad, le regalaron varias monedas más para que se frotara el miembro hasta que en el frenesí de la eyaculación el semen explotó en todas direcciones satisfaciendo los instintos morbosos de la crápula malsana.

Ñico, obviamente no conocía el sexo pero disfrutaba el placer que le provocaba la masturbación.

A partir de entonces se convirtió en una diversión donde Ñico era el centro de atención.

A la sazón se construía en Pinar del Río el Ferrocarril del Oeste y grupos de braceros –trabajadores de ocasión-, se movilizaban con picas y palas para allanar el terreno sobre el que se colocaría el camino de hierro. Allí llegó Ñico atraído por las montañas de rieles que se depositaban para luego ser colocados.

Llegaba en la mañana y merodeaba, como un zorro cazador, la pieza a sustraer. Luego, en el menor descuido se abalanzaba sobre el objeto de su deseo y salía ligero con él.  Así fueron apareciendo en su patio pernos, clavos de línea, barretas, mandarrias etc. Quedaba frustrado ante la solidez de los rieles que humanamente le era imposible transportar.

La obra que Ñico construía alcanzaba una altura por encima de su estatura. Desplegaba un increíble sentido de organización en la colocación de las piezas,  de manera que una acoplaba perfectamente con su vecina contigua, y esta a su vez con la de abajo.

De tal colocación resultaba una mole compacta, como un promontorio  con la suficiente solidez como para no derrumbarse. Estas pilas, primero aisladas, luego unidas entre sí, iban formando una especie de sinuoso pasadizo por donde luego Ñico se paseaba satisfecho, tocando aquí, rozando allá o comprobando la fortaleza de una pieza recién colocada.

En un día podía desmontar parte de su monumento,  pero siempre, al final de la tarde, todas las piezas volvían a su lugar.

Curiosamente, sucedía que piezas traídas mucho tiempo atrás, dormían su mohosidad fuera de la obra, hasta que inesperadamente aparecía la conexión necesaria con otra pieza que acababa de llegar al patio.

Una tarde en que Esteban y Julián se afanaban en terminar de empalizar una cerca, vieron que Ñico, no sin dificultad se movía por el camino rumbo a la casa cargando con un saco al hombro.

Ambos quedaron intrigados, mientras éste, sin inmutarse, les pasó por el lado y siguió con su paso lento rumbo al patio donde descargó su pesado bulto. Intrigados por lo que se escondía dentro del saco lo siguieron hasta el patio.

Quedaron con la boca abierta cuando Ñico abrió el saco y la pieza salió rodando hasta sus pies.

–¡Una bala de cañón! ¡Carajo…!  -¡Ahora sí estamos bien habilitados! -exclamó Esteban con estupor.

¿-De dónde tomaste esto? –preguntó Esteban excitado, sacudiendo a su hijo por los hombros. Respiró profundo, resignado al no obtener respuesta.

– Bueno,  ya vendrán por ella…  – dijo con resignación.

Pasó el tiempo y nadie la reclamó, ni nunca se supo de dónde Ñico la sustrajo. Curiosamente el artefacto no ocupó ningún espacio en su obra, y rodó durante años por los patios, haciendo de retranca de puertas, utilizado como contrapeso o como yunque ocasional.

Por último, como para buscarle un destino utilitario, fue sembrada en función de guarda esquina, en la pared de la cocina, para protegerla de un posible roce de las carretas en su paso hacia las vegas.

Una tarde de viernes, el sonido sordo de un redoblante, acompañado de platillos y de una desafinada corneta que no encontraba la nota buscada, turbaba la paz de las vegas de “El Guanchero”.  El ruido inusual que extrañaba a los vecinos, hizo que muchos  de ellos salieran  presurosos al borde del camino o a  los linderos,  mientras que las despalilladoras abandonaban por un momento la faena en las casas de tabaco y corrían desaforadas a conocer de qué se trataba.

Los niños por su parte chillaban de regocijo al ver un pequeño mono –visión nunca antes disfrutada- acomodado en el hombro de un gigante, vestido a la ligera para mostrar sus poderosos músculos. El gigante a ratos le daba un plátano que el macaco hábilmente pelaba y de dos bocados se lo comía

Los acompañaba  un enano que hacía sonar los platillos,  mientras un payaso flaco, muy alto, pintado a la carrera, anunciaba la función con una bocina destartalada. La trompeta la hacía sonar un negrito simpático que de vez en vez daba una voltereta por el aire.

No perdían oportunidad de mostrar al público ingenuo todas las mañas del espectáculo, aprendidas en muchos años de bregar por los más recónditos lugares de la isla. Al final habían logrado el objetivo de convocatoria. Esa tarde en cada casa, niños y mayores se alistaban presurosos para asistir a la función.

Con el comienzo del nuevo siglo, por los campos y poblados de toda la isla se movían los circos ambulantes. Era un remedo de aquellos, que desde tiempos  remotos, andaban por Europa llevando su arte a ciudades y aldeas, traspasando fronteras de reinos y países al estilo gitano. Compañías nómadas que en Cuba deambulaban de Oriente a Occidente y que alcanzaron auge después de terminada la guerra.

Nunca antes se habían aventurado a llegar más allá de Pinar del Río, en primer lugar por la pobreza existente, que no aconsejaba arriesgarse innecesariamente y en segundo, debido a lo intransitable de los caminos.

El circo llegó al Guanchero con varias carretas, cubiertas con lonas pintadas a franjas de color rojo, naranja y azul, colores que al parecer en algún momento fueron muy vivos,  pero  que  con el paso del tiempo, el intenso sol  y la lluvia, ya habían perdido  su esplendor. Se movían tiradas por mulas y  cargadas con todo lo necesario para hacer reír y entretener.

Era algo sensacional para los pobladores, la mayoría de los cuales nunca habían visto un circo.

En pocas horas la carpa estaba lista y todo dispuesto para la función.

Varios chicos se brindaban voluntarios para ayudar en cualquier faena con tal de lograr entrada libre en la noche. Llevaban a los cirqueros de la mano a las casas a asearse y comer;  les cargaban utensilios y les servían de recaderos.

Para gente que vive montada en carretas por caminos polvorientos, llegar a un lugar donde le ofrezcan comida y posibilidades de aseo, es recibir una bendición.

Ñico, como un chiquillo más, se arremolinaba junto a los cirqueros, a pesar de que a la sazón ya rondaba los treinta años.

No hubo manera de prohibirle la entrada. El  hombre que cobraba los boletos no se atrevió a impedírselo.

El circo estuvo una semana y todos los días Ñico estuvo presente en la función.

El acto que más lo emocionaba era el del come candela. Cada noche chillaba a más no poder en ese momento.

El circo se marchó y tras él se fue Ñico. Alguien, al verlo salir andando tras las carretas, con sobrada malicia comentó:

“Si el dueño supiera lo que carga Ñico entre las piernas, de seguro que tendría asegurado el mejor número del espectáculo”.

Nunca más regresó. Esteban, salió tras él pero no pudo alcanzarlo. Fue en su búsqueda a Pinar del Río pero nadie le pudo dar noticias de su paradero.

Pasaron los meses, luego los años y Esteban y su esposa vivían aferrados a la idea de que algún día Ñico, cansado de andar por los mundos, regresaría a su patio.

Por mucho tiempo perduró en “El Guanchero” el recuerdo de aquel tonto alegre cargando hierro viejo sobre sus espaldas.

Su monumento se mantuvo intocable, y con el paso del tiempo, las plantas trepadoras lo cubrieron totalmente, semejando los redondeados mogotes  de la cordillera que se divisaban en lontananza.

-Que a nadie se le ocurra mover un solo hierro de esos. –Dijo un día categórico Esteban. Fue una orden que se convirtió en ley. Nadie osó desmontar una sola pieza por muchos años.

Las pilas enmohecieron aún más y se llenaron de malezas. Algún que otro almácigo apareció por entre una rueda dentada buscando la luz del sol.  En lo adelante fue un recinto sagrado, ya que todos alimentaban la ilusión de que  su dueño llegaría de un momento a otro con una nueva pieza para darle continuidad a su obra.

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