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La Caridad del Cobre o El paseo de Cachita

La Virgen de la Caridad del Cobre

La Caridad del Cobre , patrona de Cuba!

La Caridad del Cobre, la que todos la esperaban, era de suponer… Tal acontecimiento de ver a la Caridad del Cobre, la Patrona de Cuba, viajando por todo el país, probablemente se repetirá dentro de cien años. Precisamente el año próximo se cumplirán cuatro siglos de su avistamiento por pescadores flotando sobre las aguas del océano y la Iglesia Católica ha decidido conmemorar de esa forma tan memorable suceso.

Sin subestimar la devoción del pueblo cubano, a la virgen de la Caridad del Cobre se la considera un componente más de nuestra cubanía. Entra en ese selecto grupo tomada de la mano del tomeguín del pinar, del arroz con frijoles, el aguardiente de caña o el punto cubano.

No es de extrañar por tanto, que habiendo nacido y muerto oyendo hablar de la Virgen de la Caridad o “Cachita”, llamada así cariñosamente por muchos cubanos, como queriendo, de esa forma, hacerla más familiar, los cubanos nos sintamos atraídos por el acontecimiento.

Yo nací en una familia en la que mis padres que eran católicos no practicantes –como la mayoría de sus compatriotas-, mantenían dividida su devoción hacia los santos. En la sala de nuestra humilde casa se alzaba un altar en el que compartían lugar las imágenes de yeso de la virgen de la Caridad del Cobre y de la Santa Bárbara. Mi padre entregaba su devoción a la virgen de la Caridad, mientras Santa Bárbara era merecedora del fervor que aquella mujer enérgica le prodigaba.

Nunca me pude explicar cómo era posible la convivencia de estas dos imágenes en un mismo altar, por la sencilla razón  de que la virgen de la Caridad refleja en su rostro una profunda nobleza maternal, mientras que la Santa Bárbara – he escuchado decir que es una santa pagana-, va armada de una filosa espada para hacer la guerra.

Relacionado con la Santa Bárbara se sucedió un hecho, que trayéndolo a la memoria ya de adulto y siendo narrado en una tertulia entre amigos, produjo grandes risas y  me obligó a contarlo una u otra vez en cada encuentro. Para no disgregarme de lo esencial y no tomar el camino de la otra virgen, volvamos al encuentro con Cachita. Este se produjo el viernes, mejor dicho, el sábado 24 de septiembre, porque ya eran pasadas las doce de la noche, en la iglesia del pueblo de la Salud, el cual está situado a unos cuarenta kilómetros al sur de La Habana. La plaza frente a la iglesia permanecía colmada de gentes, preponderantemente jóvenes, lo que me llenó de sorpresa ya que en nuestro país los jóvenes por lo general están más ocupados en cuestiones materiales y los asuntos de la espiritualidad se los dejan a los viejos.

La iglesia se vistió de gala esa noche con tan importante visitante. Había recibido una reciente reparación capital y las paredes recién pintadas reflejaban el destello de potentes luces de las lámparas del techo.  Estaba dentro de una urna de acrílico transparente en el centro del altar mayor, flanqueada por dos banderas cubanas y separada del público por una baranda de madera pero casi al alcance de la mano.  A ambos lados del altar había situados bancos que eran ocupados por devotos y beatos todos de la tercera edad que, juntos al diácono,  conformaban el séquito que se disponía a hacerle compañía a la virgen hasta el siguiente día, cuando después de la misa del Alba, continuará su recorrido itinerante por el occidente de Cuba.

Yo, al igual que muchos de mis compatriotas, no había tenido, el ánimo  o la curiosidad de verla en su templo original de las montañas del Cobre. Y no digo la ocasión porque muchas veces he visitado Santiago de Cuba por asuntos de trabajo. No obstante, sí la había visto en fotografías y en reportajes fílmicos. Por otra, recuerdo que su imagen recorrió el mundo en ocasión de ser bendecida por el Papa Juan Pablo II en su visita a Cuba en 1998. Aparte de la emoción y el recogimiento que me produjo estar cerca de su imagen por lo que representa para todos los cubanos, me quedó en lo profundo de mi corazón un desconsuelo y este está relacionado con su estatura. Enfundada en una capa triangular de damasco de color oro y con el escudo de la república bordado en el medio del pecho, me pareció demasiado pequeña con relación al inmenso espacio que ocupa en el corazón de todos los cubanos.

Es de tez morena y sus facciones son casi infantiles, por lo que el bebé –el niño Jesús- que carga en su brazo izquierdo más que su hijo pudiera pensarse que fuera su hermano menor.

Me detuve de pie frente a su imagen e hice votos de fe por la salud y bienestar de mi familia, mis amigos y conocidos al igual que lo han hecho cientos de miles de cubanos a través de su recorrido por la isla. Luego al apartarme para cederle el lugar a otros asistentes que querían acercarse hice una pequeña ofrenda en dinero en una alcancía allí situada.

No debemos olvidar que la imagen de la virgen de la Caridad del Cobre acompañó a nuestros mambises en las guerras de independencia del siglo XIX, los cuales la llevaban a modo de escarapela en el sombrero. También durante la lucha de los barbudos en las montañas de Oriente muchos la llevaban junto a crucifijos, fabricados artesanalmente con palo de monte, colgados de collares de semillas de Santa Juana.

He escuchado decir que el próximo año la imagen de la Caridad del Cobre viajará también a los Estados Unidos a encontrarse con la gran masa de cubanos que viven en importantes ciudades de ese país. Allí seguramente recibirá  de ellos veneración y respeto. Sirva el paseo de la virgen en tierras del Norte para que a través del amor y el respeto a la querida imagen se resanen las heridas y se entierren definitivamente los odios  y la intolerancia que separa a tantos hermanos.

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