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La Nochebuena según la memoria

La infancia es un cofre sagrado donde cada persona tiene  almacenados los recuerdos más cándidos y a la vez los más felices de la vida, envueltos en un fino tejido de añoranzas y sentimientos.

Muchos años han transcurrido desde la mía, sin embargo no me puedo desprender de los  imborrables recuerdos de la Navidad.

La Navidad llegaba lentamente mucho antes de su fecha señalada. Se respiraba en el ambiente. Lo abarcaba todo.  Los vecinos, como si se hubieran puesto todos de acuerdo, acicalaban las casas. Cada cual la pintaba con y como podía, según sus recursos y gustos.

Al final resultaban manzanas iridiscentes, pero con la decencia y limpieza necesarias para el gran acontecimiento.

Los comercios se engalanaban con guirnaldas lumínicas y arbolitos de navidad. Las bodegas colocaban tarimas en los portales con productos navideños en rebajas  En la radio no dejaban de escucharse los villancicos navideños con sus cascabeles y campanas llamando al recogimiento y paz espiritual. La atmósfera que se genera en Navidad es única. Cuando pasa, deja de tener valor, ya no convoca. Es como comer aguacates en febrero, no tienen gusto. Habrá que esperar a la vuelta de un año para que se inicie nuevamente el proceso.

No comprendía algunas de las letras de los villancicos. No le encontraba lógica convocar a las personas  a “… ir al monte a cortar un arbolito, porque la noche es serena…” el mismo día de Nochebuena. Veía más lógico dedicar el día y la noche a festejar en nombre de nuestro Señor Jesucristo en lugar de andar por el monte acabando con la flora. De hecho en mi casa nunca se decoró ningún árbol de navidad. En aquellos tiempos la decoración era mucho más sencilla. A falta de abetos en un país tropical, se vendían unos arbolitos esqueléticos, pintados de un blanco aluminio que semejaba la nieve, al que, luego, a base de algodón se le hacía una especie de lecho sobre el  que se colocaba un pesebre con pequeñas figuras de animales. Era obligatoria la presencia de la mula malvada; de dos ovejas y alguna vaca.

Los más pudientes, además de las bolas de colores, le colocaban a la decoración una guirnalda de bombillitos de diferentes colores.  Hoy en día decorar un árbol de navidad en Cuba cuesta unos cuantos billetes.

Todo viene muy sofisticado; las guirnaldas vienen con cierta sincronización de la intensidad  de la luz y ejecutan diferentes filigranas de colores a la vez que se escuchan los villancicos que lo mismo salen de un chip de una cajita de música que de una tarjeta de felicitación colocada al pie del arbolito.

También se han desempolvado  en la Cuba socialista de los nuevos ricos -post derribo del muro de Berlín y post “Período Especial”, el  Santa Claus americano, el cual ni siquiera es americano, sino que llegó a los Estados Unidos de una manera muy singular proveniente de Holanda. En aquel país es  venerado como St. Nikolaus, un santo cuyo día en el viejo calendario holandés coincidía con el  Día de Navidad. Según la leyenda su condición de santo llegó por haber realizado el milagro de resucitar a un grupo de niños que habían sido brutalmente asesinados, despedazados y conservados en salmuera  a manos de piratas. Este acto fue suficiente para que la  Iglesia católica lo nombrara Obispo de Myra primero,  y luego lo canonizara.

Desde que el anciano regordete con rostro redondo y rojizo de beodo consuetudinario irrumpió por casualidad  en los muelles de Manhattan, de manera impresa en las etiquetas de un cargamento de mantequilla holandesa muchas décadas  atrás, los genios americanos del marketing y el consumo le transformaron su indumentaria, le acicalaron las barbas de algodón y lo  convirtieron en  santo comercial. A partir de entonces la historia es harto conocida.  Saint Nikolaus se transformó en  Santi Claus;  fue montado en un trineo tirado de renos y así viaja por toda la unión americana la noche de Navidad, deslizándose sobre la nieve, llevando regalos a los niños al sonido melodioso de los cascabeles.

De niño sentía curiosidad por el rey gordo y barbudo y por sus renos y trineo. No me imaginaba como su trineo podría deslizarse por los barrancos y lodazales de mi país tropical. La fantasía infantil siempre ha vencido cualquier tecnicismo material o latitud geográfica.

En mi lejana infancia nos  era más familiar la llegada de los Tres Reyes Magos, que no por ser tres reyes  y además magos, eran más desprendidos y bondadosos para dejar juguetes.

Volvamos por ahora a la Nochebuena. El protagonista principal de la festividad era mi padre. En los días cercanos a la fecha hablaba constantemente sobre el asunto, como si sintiera placer en  provocar la conversación. Esta actitud contrastaba con su carácter más bien introvertido y de parca comunicación. Aquella actitud nos trasladaba a mis hermanos y a mí la convicción de que se trataba de un acontecimiento de tanta envergadura que le transformaba la personalidad al puntal principal de la casa.  

Viviendo en un pueblo grande con ganas de ser cuidad, ya que Pinar del Río siempre se encontró por propia voluntad o por algún fatalismo en la disyuntiva de no abandonar una condición ni asumir la otra, las costumbres y tradiciones estaban más cerca de lo tradicional y pagano que de lo religioso. La cena de Nochebuena por lo tanto debía ser lo más sencilla y natural posibles.

La Navidad por sobre todas las cosas era un acto de recogimiento familiar. Era la noche en que se comía y se bebía sin dejar de recordar a los familiares que recientemente habían partido y que dejaban de estar y de disfrutar aquellos momentos con nosotros. También se recordaba a los que habían partido hacía muchos años y que habían sido recordados todas las Nochebuenas anteriores. De ello siempre se encargaba una abuelita que con voz entrecortada dejaba escapar una lagrimita después de haber engullido una buena tajada de lechón, -del conguito que es la más blandita- acompañada de una deliciosa yuca, y de tragarse a buches un vaso de tinto, a la vez que anunciaba públicamente que quizás esta era la última Nochebuena  que pasaría junto a nosotros.

El  amanecer del día 24 de diciembre se inundaba de gritos de lechones y de ladridos de perros. Los gritos del lechón en el patio, que pasaba a mejor vida por la  puñalada trapera que le asestaba mi papá, se confundían con los de decenas de otros congéneres que en aquel momento corrían la misma suerte.

Recuerdo que fue quizás la primera vez en mi vida que me levanté de madrugada, aún con las estrellas y la luna dueñas del firmamento. Experimentaba una rara sensación de contrapunteo entre espacio y tiempo.

La mañana avanzaba a su ritmo, pero para mí había algo especial, distinto al resto de todas las otras mañanas. Una vez consumado el impostergable sacrificio, el lechón era tendido  sobre una tarima, con sus rojizas carnes al viento y ajeno ya a cualquier sufrimiento. Llegaba el momento supremo de su aliñamiento. Del aderezo del lechón depende luego hasta el asado y su presentación final en la mesa. Un mal aderezo servirá para que durante un año estén recriminando la cena que por más que se adorne con otros manjares, no pasó la prueba.

Mi padre, que se las daba de especialista en esta materia, recopilaba una buena cantidad de ajos, hojas de laurel, pimienta, orégano y sal y luego de mezclados eran introducidos por intersticios abiertos en las carnes.

Luego,  el pobre animalito se sometía a un baño de naranja agria; se cubría con un paño y se dejaba reposar durante horas en la antesala del infierno, que lo convertiría a la vuelta de unas horas en el manjar preferido para la ocasión por los que vivimos en esta isla.

Mientras tanto, en el fondo del patio alguien se afanaba en abrir en la tierra virgen un hueco que cumpliera la función de horno, por no disponer la casa de uno para alojar un animal de 70 libras.

Los niños nos sentíamos protagonistas de todos los pasos. Correteábamos y  cooperábamos en todo lo que se nos ordenase. Niños más dispuestos a cumplir los mandatos de los padres nunca antes se veían. Solo ese día.  

Al filo del mediodía, una vez que el hueco había sido calentado convenientemente, se ponía el lechón extendido sobre una especie de bastidor de gajos de guayabo a un metro sobre las brasas. Luego se cubría con hojas de plátano o con una lámina de zinc.

Empezaba entonces el largo proceso de asado, que consiste en su velatorio permanente  alrededor del  hueco para impedir que cualquier conato de fuego en el fondo del horno, provocado por la destilación de las grasas del animal sobre las ascuas, tome cuerpo y  arruine el plato principal de la cena.   

A media tarde llegaba un vecino erudito en asado de lechones. Dejaba su propio lechón a la destemplanza para curiosear en el nuestro y anunciar su irrevocable veredicto. Destapaba el hueco, husmeaba, movía unas brazas hacia la cabeza del animal y decía que aún le faltaba tiempo… Llegaba mi madre con una botella de ron o vino y se brindaba.

Este se marchaba a lo suyo y al rato se repetía la misma situación con otro vecino.

Cayendo la tarde llegaban ciertos invitados de toda la vida: Agapito, el tío de mi padre, Fello Armas, el compadre. Se sentaban donde podían a la a orilla del hueco y bebían vino  y hablaban de los lechones que en sus largas vidas habían asado y engullido.

Transcurridas algunas horas, el ambiente de la fría tarde se veía envuelto en los olores característicos de las carnes y las grasas chamuscadas que se elevaban de cada horno de cada patio.

Mientras esto sucedía en  el  patio, mi madre en la cocina,  asistida de alguna otra vecina acondicionaba platos y cubiertos y hacía un somero recuento de las delicadezas para la cena, traídas días antes desde la bodega de Téllez.

Mi padre a decir verdad se la gastaba en esta fecha. Entre lo que compraba de su bolsillo y lo que recibía de  aguinaldos en especies por ser comerciante, se almacenaba una despensa  de delicadezas que alcanzaban hasta  mucho más allá de año nuevo.

Algunas botellas de vino español eran indispensables. Mi padre no era bebedor  pero para la ocasión prefería el vino, y si era español mejor. Los turrones de varios tipos: jijona, alicante, yema y algún membrillo; los consabidos higos secos, ciruelas, dátiles, nueces y avellanas… No podían faltar distintos tipos de quesos duros y olorosos para comer con los dulces caseros –sacrilegio de los cubanos-, que la buena mano de mi madre había preparado hacía una semana.

Era obligatoria la presencia de dulces de coco, naranja agria y de fruta bomba o  papaya. Buñuelos de yuca y boniato bañados con sirope de anís. Se compraban latas de casco y de mermelada de guayaba, porque teniendo casi en el patio la fábrica de conservas “La Conchita”, cualquier experimento casero podía tomarse como una ofensa a las mundialmente reconocidas recetas de preparados de guayaba de dicha fábrica.    

Por otra parte, había que preparar los moros y cristianos, la yuca y demás platos, por lo que no había momento para el descanso.

Como que era una ocasión especial, a la que asistían invitados, no había espacio para acomodarnos todos en la mesa habitual. Entonces se instalaba  una mesa provisional en medio del patio. Se vestía con los mejores manteles, guardados para la ocasión. Todo respondía a la previsión de una ama de casa como mi madre que siempre pensaba en lo que pudiera suceder y todo lo tenía  dispuesto, desde un mantel limpio o una toalla sin usar para la visita, hasta la pijama nueva para estrenar en un hospital en caso de ingreso, la cual por el no uso tomaba visos amarillentos en el escaparate.

Al filo de las nueve ya todo estaba a punto. Dos horas antes, cuando caía la noche, había que correr a instalar un bombillo sobre el horno para que la operación terminara exitosamente.

Mi padre, después de haberse bebido media botella de tinto se veía contento, excitado y nosotros disfrutábamos aquel estado de ánimo tan imprevisto como efímero.   

A veces sucedía que debido a la actividad del día tan colmada de momentos excitantes, a la hora de la cena ya me encontraba listo para la cama al igual que mis hermanos. Por otra parte,  el acto de la cena como tal no me llamaba la atención. Disfrutaba más el work in progress de la cena que la propia cena. 

Al siguiente día amanecía desorientado y con todo revuelto alrededor. Se almorzaba el “calentao”. Se atizaban las brasas del horno y se colocaban los despojos del lechón con los restos de moros, se freían las yucas y entonces se servían las golosinas de turrones y almendras, además de los buñuelos con sirope de anís.

Mi padre se veía indispuesto, decía le dolía la cabeza. Así y todo no dejaba de almorzar y combatía el malestar con bicarbonato o algún alka-seltzer.

En la tarde íbamos a visitar a la abuela estrenando ropa nueva. Era la ropa que a fuerza de mucha insistencia por parte de mi madre había cosido Nena la costurera. Nena era costurera y no modista. No llegaba a alcanzar el título de modista A la fiebre del consumo y las marcas aún les faltaban mucho por llegar.

No  obstante, esta anciana bonachona, guiándose por los modelos que aparecían en las revistas de modas confeccionaba piezas de ropa que en nada tenían que envidiar a las que fabricaban los atelier más famosos.

Nena era una señora viuda a la que no recuerdo haberla visto nunca de pie; o  en cotilleo de vecinas; o conversando con alguien fuera de su “puesto de trabajo”.

Tal parecía que había nacido sentada en una silla, adosada a una máquina de coser marca “Singer” con motor eléctrico. A su derecha una mesa atestada de rollos de telas con plantillas, cada uno atado con una tira significando un pedido incumplido en la fecha prometida, los cuales se acumulaban formando una montaña sobre la mesa.

Nada más algún cliente llegaba a reclamarle, Nena sin ponerse de pie estiraba una mano y del primer intento sacaba del revoltijo de telas la reclamada. Entonces  comenzaba a lamentarse por sus achaques de salud y en el mejor momento de sus descargos mencionaba al difunto Juan, fallecido muchos años atrás, y dejaba escapar una lagrimita para conmover al reclamante. Entonces el cliente se condolía y hasta se contentaba al comprobar que su corte de dril cien no se había extraviado después de seis meses de espera entre tanto revuelo. Entonces  entre los dos acordaban otro plazo de terminación de la pieza. 

A Nena la recuerdo con cariño, como mujer abnegada en su objetivo de que sus dos hijos estudiaran a pesar de su precaria situación económica. En su casa me bebí media enciclopedia y colecciones completas de  Rider Digest, quizás a una edad extemporánea

Regresábamos a la casa en la noche, cansados de tanto ajetreo y empalagados de tanta grasa y tantos dulces,  pero ya desde el mismo momento comprometiéndome a no dormirme antes de tiempo en la próxima Nochebuena.

 

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