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La Fiesta del Maní

En la historia de la Humanidad, cada país, cada ciudad, cada pueblo o aldea han ido guardando en un cofre de recuerdos, como el más preciado tesoro, sus tradiciones y costumbres tejidas a lo largo de muchos años. En la mayoría de los casos se han ido hilando al revés, o sea, desde la más alejada y desconocida aldea, arraigándose poco a poco en las colindantes hasta trascender fronteras y abarcar pueblos, ciudades  y copar el país. Es entonces  cuando  se convierte en tradición nacional.

Por lo general,  los pueblos marcan fechas para conmemorar  y festejar. Por supuesto, con el paso de los años las conmemoraciones y  festejos se van transformando y adaptándose  a las condiciones existentes en cada momento.

Baste recordar lo que fue en un inicio la conmemoración  americana del “Día de Acción de  Gracias”. Un empeño de los pioneros, de los peregrinos, llegados desde las islas británicas a fundar esa gran nación, que habiendo recogido una buena cosecha, decidieron dar gracias a todos por el trabajo colectivo desarrollado.

Era una ceremonia sencilla, modesta y humilde,  pero llena de amor, fe y optimismo y  en la que los habitantes de las primeras  aldeas depositaban sobre una rústica mesa  las muestras de los frutos de su trabajo colectivo,  consistentes en calabazas, maíz, cestas de bayas silvestres y  algún pavo salvaje cazado al vuelo.  

En la actualidad se ha perdido el sentido primario que le dio origen a esa bonita tradición. Esta se ha convertido en la gran fiesta del consumo, cuando la gente, enloquecida por las promociones comerciales de rebaja de precios, hace colas por días a las puertas de almacenes, guiados solo por el afán de comprar artículos de dudosa utilidad. ¿Habrá que darle gracias por ello a los grandes consorcios y transnacionales…? 

En otras regiones  también existen conmemoraciones seculares  relacionadas con la vendimia o la cosecha del cereal.  Son conocidas,  por ejemplo,  las fiestas del veranillo de San Martín en España, o lo que es igual el “Babie Lieto” en Rusia, cuando una vez  recogida la cosecha,  los aldeanos ven  propicia la ocasión para festejar  a las puertas del largo invierno que se avecina.    

En nuestras latitudes, con hábitos menos previsores  para ningún invierno porque no lo tenemos,  no obstante, cada pueblucho guarda sus propios momentos para celebrar socialmente. Los motivos pueden ser diversos: una fiesta patronal;  una verbena, o algún carnaval particular. Son famosos por su colorido y participación casi devota de la población: Los Carnavales de Santiago de Cuba, Las Parrandas de Remedios, Las  Charangas de Bejucal, y alguna que otra de relevancia que se me pueda escapar…

Hay otras mucho más humildes y modestas, pero que para sus habitantes,  por muy perdidos y olvidados que se encuentren sus pueblos en nuestra geografía, constituyen un merecido esparcimiento en la rutina del trabajo constante.

He tenido oportunidad de participar en la “Fiesta del Maní” en el pueblo de La Salud. Dicho pueblo en la primera mitad del siglo XX  se codeaba de igual a igual con el resto de los municipios del país. Después del triunfo revolucionario de enero de 1959, continuó ostentando dicha condición hasta mediados de los años setentas cuando, muy a pesar de sus pobladores, se decidió, con la aplicación de  la nueva división político-administrativa, convertirlo en un consejo popular subordinado al Municipio Quivicán.   

La Salud es un pueblo colgado en el tiempo, casi olvidado. Baste mirar sus calles, otrora asfaltadas, como un logro alcanzado en épocas remotas,  hoy convertidas en lodazales por donde los autos  no pueden transitar. La mayoría de sus habitantes se dedican a la actividad agrícola, favorecidos por sus fértiles tierras y un clima y régimen de lluvias estupendos. Otros, a los servicios o la producción en instalaciones de las cercanías como el central Fajardo, el aeropuerto o la Universidad de Ciencias Informáticas. Hay algunos que han recuperado de la nada camiones americanos  de más de sesenta años, los han  remotorizado  y hoy lucen como nuevos. Son fortalezas rodantes hechos para la eternidad. Equipos motores envejecidos moralmente hace decenas de años, que ante la precaria situación del transporte en esta isla, hoy dan la cara en la transportación de las cosechas hacia la capital y a la vez crean una  envidiable fortuna para sus dueños.   

La Salud debe andar por los nueve mil habitantes, cuenta con los servicios elementales de atención a la población: policlínico, escuelas de dos niveles, oficina de correos, establecimientos comerciales, estación de gasolina, estación de trenes, varios templos de culto a la religión cristiana y una iglesia católica parroquial, además de una estación de policía.

Algo curioso es que la estación de policía o Puesto de la PNR no tiene policías. Se asemeja a los viejos pueblos del oeste americano,  donde un  marshall o sheriff se moría de aburrimiento esperando el arribo de la diligencia. En este caso el puesto es atendido por dos ancianos auxiliares, los cuales reciben quejas y denuncias y las trasmiten a Quivicán,  con la premura natural que le permiten sus muchos años.

Esa muestra fehaciente de “tranquilidad ciudadana” no la he encontrado en ningún lugar en este archipiélago. Aunque, de vez en vez, se escuche decir que “a fulano  la noche anterior le mataron una vaca” y entonces desde Quivicán llega la policía que entra en acción como si se tratara de un asesinato sobre una persona. Se procede al  levantamiento del  cadáver, o mejor dicho: de los pocos despojos que quedaron esparcidos en el lugar, mientras, en el cielo, ruedas de auras se aprestan al gran banquete. 

En el pueblo del que les hablo, siguen una tradición anual que tiene lugar en el  mes de noviembre, a la cual han llamado desde que fue establecida hace muchos años, “La Fiesta del Maní”.

Dicen los pobladores que dado que la región era una gran productora de esta semilla de alto valor nutritivo, se organizaba dicha fiesta, a la usanza de otros países, para festejar los resultados de la cosecha. Lo cierto es que en la actualidad, durante la celebración, que se extiende por varios días, se puede encontrar todo tipo de preparados alimenticios excepto maní en ninguna de sus variantes. ¿Acaso será otra de las paradojas de nuestra realidad?

No obstante, más que el maní, lo importante para los pobladores  es contar con un motivo plausible para celebrar; para que la familia, vistiendo ropa nueva salga a pasear al parque del pueblo, frente a la vetusta iglesia, durante  varias noches seguidas. Allí se encuentran  con amigos desarraigados que ahora, apercibidos de la fiesta  pueblerina, se aparecen con un canasto colmado de  anécdotas frescas  que intercambian con los coterráneos  por las añejas remembranzas, lo que propicia la conversación.

Con los ánimos excitados,  desbordados por la bebida o la música que estridentemente no deja de escucharse, destapan la caja de sentimientos y recuerdos de hace cuarenta años o más; se abrazan, se besan,  humedecidos  por la añoranza de los viejos tiempos, cuando eran jóvenes y  el pueblucho les cabía en un bolsillo.

Es la noche para la reconciliación, para compartir una misma lata de cerveza, ya casi tibia, con el vecino medio desamorao  por el asunto de los puercos que se cuelan a hocear el boniato. También es la ocasión para perdonar las deudas pecuniarias y por qué no, también las faltas morales.    

Todos dispuestos para la diversión. Los más jóvenes, despreocupados y sin  muchos miramientos sentimentales festejan a lo grande, arracimados en el centro del parque, viviendo su día y moviéndose a los acordes inconfundibles y enajenantes del reggaetón de actualidad.

 Uno se dispone  a buscar el ligue oportuno con la hija de Arcadio, la chica del momento, la  que todos desean poseer,  y a la que hace días tiene  en el colimador;  y segurito esta noche va a caer. Otra, disfruta la vanidad de pasearse alrededor del parque luciendo la “ropita nueva” que tía Fefa le envió para la ocasión, la semana pasada  desde Hialeah.

Hay quienes no se pueden despojar de sus enredos laborales  – ¡tan metidos están en el  asunto…! ,  y aprovechan la ocasión, entre trago y trago, para hablar de vacas, de rendimientos de leche y de entregas  a Acopio.

Es la ocasión esperada por los vendedores para hacer su agosto en noviembre. Llegan desde días antes y desde muy lejos. Rentan un espacio y levantan un tenderete como Dios pintó a Perico.  Debo confesar que se ha perdido el gusto estético de antaño. He visto fotos antiguas de los quioscos de entonces,  ya descoloridas por los años. Estos eran obras de arte  de tejeduría de hojas de palma fabricadas para tres días.

Hoy la cuestión principal está en vender.  Se vende comida ligera y no tan ligera; atropello de panes con lo inimaginable; barbacoa de pollo, cerdo y embutidos;  dulces, helados, fiambres etc.

No faltan tampoco los quioscos para el expendio de refrescos y bebidas alcohólicas (rones y cervezas). Los más pudientes compran la cerveza de lata; a los que no les alcanza para la de lata, se conforman con la que despacha un camión cisterna: la famosa “¡Ay…ay…ay!”,  la cual carga con tal sugestivo nombre por la resaca del siguiente día, que produce dolores de cabeza tan intensos  que no te permiten decir ni sí,  ni no.

En otro espacio, fuera del área del parque,  porque no hay manera de instalarlos allí, se sitúan los equipos mecánicos de diversión de los niños. No me imagino cómo padres amorosos permiten a sus hijos buscar la diversión en dichos artefactos.

Son equipos  diseñados por la ingeniosidad de los cubanos urgidos de ganar dinero seguro y fácil. Fabricados con planchas de acero, cabillas y otros materiales y soldaduras que están muy lejos de cumplir los estándares de calidad, y sobre todo de seguridad, que se exigen en estos casos.

Hay un bote gigante,  una especie de columpio semejante a  un dragón, el cual carga más de veinte pasajeros y  en el clímax de su movimiento hacia las alturas alcanza casi los noventa   grados de balanceo en ambas direcciones. Otro columpio, aún más arriesgado,  da la vuelta sobre su eje provocando gritos y algarabía general y algún que otro vómito irrefrenable, mientras, otros niños recogen sobre el suelo  con premura los dineros que se escapan de los bolsillos con las volteretas.  Ruego a Dios para que una fiesta tan familiar no vaya a convertirse en una tragedia.

Algo que ha sido objeto de crítica por los pobladores es el hecho de que en un momento de la fiesta, cuando arriba una orquesta conocida, se cierran todos los accesos a la plaza y se cobra las entradas para pagarle a la orquesta. Todos coinciden en que,  en aras de preservar las tradiciones, los organizadores deberían desembolsar esos dineros de algún presupuesto  previsto para la ocasión y no atentar contra las tradiciones.

Por lo demás, aunque sin maní,  que continúe la fiesta y que no se pierda  lo ya alcanzado. Que se pavimenten las calles y se ajusten los itinerarios del transporte de trenes y de ómnibus y que siga habiendo Salud por largo tiempo.

Galería de "La Fiesta del Maní" en La Salud

8 thoughts on “La Fiesta del Maní

  1. Yo tambien me las perdi este año. adoro a mi pueblo. Aunque ya no hay mani. Pero hay salud.q bueno el escrito. Q sigan con la policia vacia q ahorita se las cojen para vivienda jajaja. Oye si ya la jente mia hicieron de la zapateria un condominio familiar jajaja. Y ahora le vamos arriba al paradero jajaja. Dale los quiero

  2. Sería bueno señalar que anteriormente esta “Fiesta del Maní” se llamó “Fiesta del Saludeño ausente”, donde eran invitadas personas nacidas en ese pueblo y que el azar o la vida las llevó para otras regiones a vivir. Disfruté de esas fiestas, ya con el actual nombre por mi edad, y realmente la calidad a decaído mucho, y no hablo de los años 70 y 80 cuando la abundancia hacía gala de presencia, no, hablo de los 90 con muchas carencias pero se hacía un esfuerzo por unas fiestas mejor sucedidas; a pesar de que el maní ya estaba ausente. También recuerdo cuando niño que con 20 centavos comprabas un cartucho enorme de maní tostado, “que tiempos aquellos”…..

    1. Hola Alexey, De lo que fue la Fiesta del Maní a lo que queda… en primer lugar, lo menos que se encuentra en esa fiesta es el maní. Vienen de otros lugares con armatrostes para entretener a los niños y bloquean el poco espacio disponible. De todas formas el pueblo lo agradece porque es la única diversión a la que tienen acceso.

  3. No soy del pueblo pero mi madre si es del pueblo y ella ama a la Salud y a todos sus habitantes , fui este ano y traje mani que lo tengo escondido pues no puede dar el olor a mani pues enseguida lo reconoce , que lindo el pueblo de La Salud el pueblo de mi querida madre

    1. Hola Teresita, me agrada tu comentario acerca del pueblo de La Salud. Te comento que de maní solo el nombre, porque  lo menoos que se vende en estos días es el maní en cualquiera de sus formas.

      De todas formas la fiesta es algo que los habitantes del terruño persiguen y se preparan para ella. Es como la canción de Joan manuel Serrat, Fiesta. Al otro día a trabajar y esperar al próximo año.

       

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