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Gitanos en “El Guanchero”

Uno de aquellos días en que Esteban, al no estar apremiado por las faenas de la cosecha, gustaba de quedarse en la cama unos minutos más allá de lo impuesto por la costumbre de los años, escuchó voces extrañas en los alrededores de la casa. Eran voces incomprensibles, en un idioma extranjero que rompían bruscamente el pesado silencio de la madrugada.

Se desperezó del todo y prestó mayor atención a las voces. De pronto, en lo profundo de su memoria se descorrió un velo y aparecieron recuerdos de su niñez en Canarias, con los que se asociaban aquellas  voces.

-¡Carajo…! -¡Esos son húngaros!  –dijo en voz alta a Rosa- la cual,  sentada en el filo de la cama, buscaba afanosamente, con los pies,  las chancletas  extraviadas en la oscuridad.

Esteban  se incorporó, se enfundó en los pantalones y de un alón tomó la camisa que colgaba detrás de una puerta;  salió al patio aún cubierto por un cielo estrellado que se resistía a cederle  su espacio a ciertos tonos naranjas que se elevaban por el este.

Le dio la vuelta a la casa y al llegar al portal quedó perplejo ante el espectáculo que se divisaba.

Debajo de los laureles  había estacionada una docena de carretones y  pudo observar  un grupo de gente sentado alrededor de  la hoguera, los cuales evidentemente,  rendían culto al rancho que se cocinaba, y cuyo olor se esparcía  en todas direcciones.

La primera reacción de Esteban fue retornar a la casa en busca de su escopeta. Desistió de la idea y se encaminó con paso firme entre los carretones a conocer a los intrusos.

Los gitanos, lo vieron llegar sin apenas prestarle atención. Eran hombres y mujeres de piel cobriza, de aspecto desaliñado y ataviados con indumentarias poco comunes por aquellas tierras. El encuentro fue frío e indiferente. Por un momento Esteban se sintió aplastado, como si fuera un extraño en su propia casa. No obstante, no se amilanó e intentó mantener la compostura.

-Buenos días, -dijo- y su voz fuerte y clara retumbó debajo de los laureles.

-“Yona pot quivano”,  fue la respuesta que le dio uno de los hombres sentados alrededor  de la hoguera, el cual fumaba de una extraña pipa, y que por su edad e imagen patriarcal debía ser el jefe de la tribu.

Luego,  el mismo hombre continuó dirigiéndose a Esteban en su lengua y éste quedó pasmado al no poder descifrar lo que le decía.

En lo adelante fueron vanos los esfuerzos de Esteban para hacerse entender.  Con gestos  y palabras  se empeñó  en explicarles  que estaban en su territorio y que debían marcharse cuanto antes. Como en un diálogo entre sordos,  a cada conminación de Esteban a abandonar la finca recibía una retahíla de palabras ininteligibles que lo ponían al borde del descontrol. Se dio cuenta que no querían entender y  finalmente, maldiciendo en todos los colores e impotente ante el desparpajo de los gitanos, les dio la espalda y se largó a su casa.

A media mañana las gitanas habían descubierto el pozo y se apiñaban a la boca de este para acarrear agua  en unos pesados baldes de madera de dudosa limpieza. Esta acción puso a Rosa al borde de la histeria, al ver como aquellas intrusas violaban descaradamente el orden y la pulcritud que ella dispensaba a las vasijas que se utilizaban en los distintos menesteres de la casa.

Desde siempre había establecido un estricto control de los baldes que se introducían en el pozo y en más de una ocasión había levantado serias discusiones con jornaleros que no lo respetaban.

Más tarde, andando por la vega llegaron los gitanos  a la laguna y allí  llevaron a los animales de tiro para abrevar. El arroyo no pasó por alto,  y se fueron todos juntos, hombres, mujeres y niños, a lavar la ropa y a bañarse en las frescas aguas de la alberca natural.

Rosa, horrorizada por el permanente trasiego de objetos y de gente  extraña en sus patios, actuó de la manera que consideró más adecuada: cerró a cal y canto puertas y ventanas y se desentendió del exterior de la casa, a la vez que encendía velas a la Santa Bárbara y a San Juan Bosco, rogando que aquella gente desapareciera cuanto antes de su vista.

Los gitanos, acostumbrados a una vida irregular, actuaban y se movían como si toda una vida  hubieran vivido debajo de los laureles de “El Guanchero”. Y como si sus acciones invasivas aún fueran pocas para llevar a la locura a la pobre Rosa, liberaron de unos carretones un rebaño de cabras y carneros, los cuales se movieron con urgencias en busca de  lo imprescindible para vivir, arrasando con los bien cuidados jardines de la casa y con cuanto retoño verde apareciera  en su camino.

Un grupo de  gitanos salió al camino, se detuvieron delante de la verja,  como orientándose, luego se pusieron en marcha en direcciones contrarias, unos para el este y otros para el oeste.

Algunos, llevando  unos destartalados violines y con pretensiones más ligeras, se fueron a la fonda del chino Ramón. Allí, el silencio de la campiña fue roto con las notas de los instrumentos  que dejaban escuchar bellas  melodías de un lirismo triste y profundo.

Avanzado el día,  la noticia de la llegada de los gitanos a “El Guanchero”  corrió de boca en boca, como era de esperar,  y ya todo el veguerío estaba al tanto de lo que sucedía en casa de Esteban el isleño.

Los campesinos,  curiosos como niños,  eran atraídos por su vestimenta y su extraña manera de hablar.

En la tarde, llegó a la fonda del chino una gitana cuarentona de gran corpulencia y prestancia. Con paso confiado y firme fue a colocar sus grandes posaderas junto a una  mesa del centro del salón. Colocó un juego de naipes sobre la mesa, y miró escrutadoramente a los presentes, tratando de  adivinar en cada rostro una posible víctima de las martingalas que le había enseñado la vida.

Con cada movimiento de su monumental figura se agitaban los abalorios que adornaban su cuerpo, produciendo un tintineo musical que hacía aún más atractiva y a la vez  enigmática su personalidad.

El chino Ramón, aunque tenía bien aprendido que en el arte del comercio era obligatorio mantener la compostura delante de cualquier cliente, no estuvo exento del magnetismo que se desprendía del  cuerpo de aquella extraña mujer.

Al servirle una jarra de vino ordenada por la gitana, esta se fijó detenidamente en el flemón que le abultaba el rostro. Con un rápido movimiento lo aló hacia sí con una de sus grandes manos, luego le  miró detenidamente aquella protuberancia púrpura intenso que le adornaba el cachete;  le retiró la hoja de salvia con la que el chino  la cubría perennemente  desde hacía muchos años. El chino Ramón se sentía desarmado, sin apenas pronunciar palabra; como poseído entre las inmensas y hábiles manos de  aquella mujer.

La gitana, con voz estentórea  se dirigió a uno de los gitanos presente  y al parecer lo envió con una encomienda al campamento, el cual se divisaba al otro lado del camino.

Este salió para regresar a los pocos minutos trayendo entre sus manos un pote de cristal que contenía una pomada oscura con fuerte olor a alcanfor. La gitana volvió a tomar la cara del chino entre sus manos y le embadurnó el botón púrpura con la oscura pomada. Luego, más con gestos que con palabras, le dijo,  o al menos eso fue lo que entendió Julián, que pronto se curaría.

El tiempo transcurría  y la corpulenta  mujer  continuaba sentada a su mesa, tomando vino y cortando mecánicamente los naipes en varios grupos, a la vez que entonaba hermosas canciones en su idioma, al compás de las notas de los violines.

Al caer la tarde se presentaron en la fonda un grupo de cazadores que venían a caballo acompañados de una jauría. Por el jolgorio, se podía adivinar que la caza no había sido mala y la iban a celebrar  en grande en aquel lugar. Entregaron al chino unas docenas de palomas torcazas para ser guisadas como solo él sabía hacerlo. Mientras esperaban por el guisado tomaban abundante vino y aguardiente. Pasado un rato  ya habían entablado amistad con la gitana a la que habían incorporado a su ruidosa mesa. Bebían y cantaban y la gitana les adivinaba el futuro leyéndoles la palma de la mano o mediante el azar de las cartas.

Al final de la velada varios duros habían ido a parar a sus entretelas. Se retiró de la fonda tarde, mucho después de los cazadores. El chino Ramón tuvo que ayudarla a levantarse de la mesa y casi a rastras llevarla hasta el camino, mientras ella cantaba y le juraba con los dedos que  pronto se curaría.

Al día siguiente, el chino se levantó como de costumbre; se aseó con un poco de agua de una tina y trataba en balde de amoldarse hacia atrás el rebelde pelo delante de un destartalado espejo, cuando quedó petrificado al notar que el flemón, que lo había acompañado durante tantos años, había desaparecido.

-¡Milagro! –gritó en voz alta- y salió  como un bólido a compartir su  inusual alegría, nunca antes vista en su flemática personalidad, con su amigo Esteban.

La noticia de la cura del flemón del chino corrió como pólvora. El chino Ramón era famoso, tanto por su buena mano para la cocina,  como por su flemón, y muchas personas  con  ciertos escrúpulos, se perdían de conocer sus exclusivos  secretos culinarios por la mala impresión que les causaba el flemón.

La gitana milagrosa de “El Guanchero” empezaba a hacer historia.

Comenzaron a aparecer enfermos de todos los confines. Venían arrastrando sus dolencias  en carretones o parihuelas. Llegaban tísicos, epilépticos, ciegos, jorobados etc. Todos asistidos por una profunda fe en los milagros de la gitana.

De un día para otro la fonda de Ramón se convirtió en consultorio y éste  en el asistente de la gitana, la cual untaba pomadas o distribuía botellas de agua que los dolientes bebían fervorosamente. También la gitana lavaba llagas o simplemente introducía la cabeza de los dolientes en una palangana de agua  que el chino  siempre tenía lista.

Al cabo de unos días eran tantos los que llegaban que ya no cabían en el local y comenzaron a acomodarse como podían en los alrededores o debajo de los atejes, esperando impacientemente su turno.

El chino no perdía tiempo en hacer un dinerillo en “tiempo muerto” y servía comida abundante y barata a los enfermos.

Mientras todo esto ocurría, Esteban no encontraba la forma de deshacerse de la “plaga” como empezó a llamar a los gitanos. Ni siquiera la milagrosa cura del chino constituyó para él motivo de alegría.

-Si hubiera sido una negra conga… -decía para sí-  mucho me alegraría, pero una gitana… es de dudar que cure.

Estaba convencido de que nunca llegaría a persuadir por las buenas  a los gitanos de que abandonaran su finca, y se veía urgido por la perenne angustia,  reflejada  en el rostro de su mujer, la cual lo conminaba incesantemente  a buscar una solución al problema.

-¿Qué quieres qué haga…? -¿Que coja la escopeta y les entre a tiros? –había respondido ásperamente en la última discusión.

Recordaba que en tantos años de vida en común  nunca se había enfrentado a una situación que pusiera en crisis su convivencia con su mujer.

Pensó que la mejor decisión sería poner el asunto en manos de la justicia. Sin pensarlo dos veces ensilló un caballo y a paso  ligero se puso en camino rumbo al cuartel del pueblo.

Allí nadie tomó en serio la denuncia.

-Amigo mío –le dijo con gesto fraternal un estirado capitán del ejército que vestía un descolorido uniforme militar- los gitanos son gente que no reconocen fronteras de reinados ni de gobiernos.

Andan por el mundo sin rumbo fijo, como lo hicieron sus padres y los padres de los padres de los padres de sus padres. Así que si me acepta un consejo, le sugiero que ponga a buen recaudo las menudencias de los patios y no les preste mucha atención, que estoy seguro que pronto, de la misma forma en que llegaron, se marcharán.

Esteban regresó a su casa contrariado,  y con un profundo sentimiento de impotencia y frustración en su corazón.

Le preocupaba en primer lugar la situación creada en su casa y sobre todo el hecho de que pronto empezarían las labores para la contienda del tabaco. En esa época del año el ajetreo en la vega era mucho mayor, por lo que le sería difícil ocuparse de controlar  el movimiento y acciones de aquellos individuos dentro de su propiedad.

Veía también con preocupación que en su propia familia comenzaban a aparecer los primeros síntomas de resquebrajamiento en la intolerancia a los intrusos, la cual tan fuerte  había sido desde el primer momento. Julián, su yerno,  que desde un primer momento, al igual que él,  se mostraba partidario de utilizar la fuerza para desalojar a los intrusos, con el paso de los días se notaba tolerante y en ocasiones hasta servicial.

Este vino un día muy contento a mostrarle una afilada faca con puño de nácar e incrustaciones  de plata, una verdadera obra de orfebrería,  que  había cambiado por un cerdo a  Hunta, un gitano flaco y larguirucho.

-Al paso que vamos, ahorita a esa gentuza la tendremos sentada a la mesa. –Le dijo con ironía  a  Julián mientras le devolvía el  puñal.

La propia Rosa optó por relajarse, pensaba que si la justicia se había mostrado tan conservadora en el asunto, más le valía a ella empezar a adoptar otra aptitud. Comenzó abriendo discretamente las ventanas y atisbando hacia el exterior;  se entristecía de ver el destrozo a que habían sido sometidos sus jardines; sus hermosas flores  habían sido devoradas por chivos y carneros; había desperdicios de comida desparramados por todas partes; un profundo olor a suciedad se impregnaba en el ambiente.

-¿Cuándo terminará todo esto…? –se preguntaba a cada minuto.

-Hasta los hierros de Ñico han tratado de llevárselos. –se dijo-

Recordó que en la mañana  se irritó profundamente  cuando escuchó ruidos de metal en el patio y al asomarse por una ventana vio a dos niños gitanos arrastrado un pesado eje de carreta, de los que yacían en el promontorio sagrado de su hijo.  Salió al patio vociferando y sacando fuerzas de donde no tenía, literalmente se lo arrancó de las manos.

Los chicos ante tal actitud hostil escaparon corriendo rumbo al campamento. Estos mismos chicos ya habían hecho migas con sus nietos Julito y Sebastián, y aunque no se entendían de palabra, el lenguaje universal de las señas facilitaba la comunicación. Juntos habían ido a pescar biajacas en el arroyo a la manera de Vuelta Abajo: utilizando las grandes cestas de arique para la transportación de las hojas de tabaco durante la cosecha, que hundidas en el remanso del arroyo, sirven de nasa para la pesca.

Por las tardes Rosa contemplaba con curiosidad la multitud de aquejados  que se apiñaban en los alrededores de la fonda de Ramón en espera de ser atendidos por la gitana. Veía sorprendida los actos espectaculares de fe  que se daban cuando alguno de los enfermos que había usado muletas toda su vida, lograba caminar sin ellas gracias a la cura milagrosa de la gitana. Había ciegos que juraban por todos los santos que veían y tísicos que dejaban de toser una vez tomaban un vaso de agua milagrosa.  Estas poses teatrales les exacerbaban los ánimos y el fervor a los que afuera, esperaban con impaciencia su turno para ser atendidos.

En la medida en que transcurrían los días la situación se empezó a tornar preocupante. Llegaban enfermos de lugares distantes y dado que la espera se dilataba, no tenían tiempo de regresar en el mismo día y se quedaban a pernoctar debajo de los atejes o a la vera del camino.

Ante la imposibilidad de atenderlos individualmente, la gitana optó por organizarlos en grupos. Desde el portalón de la fonda les lanzaba abundantes cantidades de agua bendita, a la vez que elevaba plegarias en una lengua desconocida, moviendo sus brazos hacia el cielo, lo que originaba un intenso tintinear de pulsas, anillos y zarcillos que hacían más dramática y   creíble la situación.

El chino Ramón, a pesar de su edad,   ágil y servicial,  daba abasto para todo. Servía comidas a la vez que llenaba las botellas de agua en la tina del patio y recogía las ofrendas que los enfermos llevaban consigo, consistentes en lo fundamental de aves de corral, cerdos, chivos, carneros y un dinerillo para los ungüentos.

Si la gitana curandera había colmado la atención de la mayoría de los habitantes de las vegas de Vuelta Abajo, hubo otros gitanos que no le perdieron los pasos e hicieron su agosto también.

Aquellas tierras, habitadas por muchos canarios, andaluces, valencianos, gallegos, catalanes, vizcaínos etc. que habían sido desarraigados de su terruño, estaban hechas más para el trabajo que para la diversión y el  esparcimiento.  No obstante, la llegada de los gitanos despertó en ellos recuerdos dormidos de la niñez o la juventud. Más cuando descubrieron entre rumanos, húngaros y búlgaros algunos gitanos del levante español. De ahí en adelante vinieron los saraos montados a la carrera en las casas de tabaco donde bebían y  bailaban al ritmo de guitarras y cajones hasta el amanecer a la luz de las antorchas.

Había gitanos que  salían temprano en la mañana con rumbo desconocido y regresaban tarde en la noche arriando ganado o montados en hermosos caballos que habían ganado en no se sabe que apuestas.

Esteban se acostó una noche y pensó que sería  como tantas otras en los últimos días,  en  que no podía conciliar el sueño y  consumía horas en lamentaciones y planes frustrados; maquinaba y volvía a maquinar sobre la mejor manera de deshacerse de la “plaga” y entre pensamiento y pensamiento el sueño lo rendía casi cuando los gallos cantaban anunciando que era hora de tirarse de la cama.

Mentalmente sumó y la cuenta le dio que habían transcurrido 27 días desde que llegara la “plaga”. Siempre había escuchado que ese número era de suerte en el mundo gitano.

Era tal su estado de desesperación e impotencia que ideó  incendiar el campamento.

Salió al patio y tomó una tea, la humedeció en brea y  con ella encendida se dirigió  al campamento. Los gitanos dormían en sus carretas y él  les fue pegando fuego a las lonas una por una. Los animales de tiro,  asustados por el intenso fuego, rompían amarras y salían en estampida despavoridos; mientras los gitanos, presa del pánico, corrían en todas direcciones.  Esteban se veía alto, muy alto, como un gigante, y su cabeza topaba con las ramas altas de los laureles, se reía al ver a los indefensos gitanos huyendo de las llamas que les quemaban los talones.

El, Esteban Cáceres se vengaba y aquello le producía un gran placer y reía y reía, y el eco de su risa se escuchaba a muchas leguas de distancia y los gitanos, en la fuga precipitada,  ya no solo  temían a las llamas, sino que  no podían resistir el sonido metálico del eco de su risa,  y estaban obligados a taparse los oídos con las manos para no enloquecer. Tal situación le producía más y más risa y los gitanos se arrodillaban y  se arrastraban por el fango del camino y le pedían perdón y le juraban que nunca más regresarían a “El Guanchero”.

Esteban continuaba riendo y cada vez las carcajadas se escuchaban a mayor distancia. De pronto vio que una rama gruesa del laurel se desgajaba como una maldición gitana y le venía encima a aplastarlo. Su risa se convirtió en un alarido y  trató de apartarse, pero  no podía moverse. Se sentía como sembrado al tronco del árbol, como si fuera parte de él.  Veía que la rama se le encimaba y él no podía hacer nada para evitarlo. Se llevó las manos a la cabeza, cerró los ojos y se resignó a morir…

Se sintió movido y zarandeado. Abrió los ojos y en las tinieblas escuchó a su mujer que le hablaba y lo movía por un hombro. Se dio cuenta  que estaba despertando de una terrible pesadilla.

Aún confundido, sudoroso  y semidormido se levantó y fue a la cocina a calmar su sed. De regreso a su cuarto se asomó al patio por una ventana y quedó aún más  confundido. Se restregó los ojos pensando si aún estaba soñando.

-¡Coño!, la “plaga” se largó –exclamó- y salió presuroso  al patio.

Desde el portal observó los restos aun ardientes de la hoguera. Respiró profundamente, y le vinieron a la memoria las  palabras del capitán del cuartel. Luego entró en la casa a darle la noticia a Rosa. Se acostó a su lado y durmió de un tirón, como hacía varias noches no lo hacía,  hasta mucho después del amanecer.

Con la atropellada partida de los gitanos había retornado la estabilidad y alegría de siempre a la casa de los isleños. Emplearon  varios días en poner orden en todo lo revuelto que había en los patios. Se vieron obligados a enterrar o quemar desperdicios y carroñas;  levantar las cercas destruidas por los  animales y los calamitosos que venían en busca de la gitana; resembraron jardines e incluso a Rosa le vino a la mente la idea de pintar con cal las paredes de la casa y desinfectar el pozo como un imprescindible acto de exorcismo contra la “plaga”.

El chino Ramón amaneció aquel día muy contento y diligentemente se dispuso a llenar las botellas de agua y a disponerlo todo para  cuando llegara la gitana. La noticia de su partida le cayó como un balde de agua fría. Se sintió engañado, traicionado y deprimido. Pensó encerrarse en su trastienda, como era usual en él en aquellos trances, para inhalar el humo denso de su pipa de bambú que lo remontaba a un mundo irreal del que no salía en varios días. No pudo hacerlo,  y esto lo irritaba aún más, ya que los dolientes empezaron a aparecer en busca de la gitana y él debía enfrentarlos.

En los días siguientes, además de los paralíticos y tísicos que llegaban en busca de la cura milagrosa, llegaban también campesinos desde lejanos parajes preguntando por gitanos que acampaban en  la vega del isleño.  Contaban que habían hecho negocios  y presuntamente habían sido engañados.

Pasó el tiempo y la vida tomó su ritmo habitual. Se acercaba la época de siembra de semilleros y la gente se entregó de lleno a sus faenas habituales. El chino Ramón continuó su trabajo apacible, sirviendo con amabilidad a muchos jornaleros, viajantes en tránsito para Guane o Mantua o a simples pescadores y cazadores que hacían estancia para celebrar.

Aún se sentía contrariado y enfadado por la abrupta huida de la gitana. Sus proyectos y  fantasías de convertirse en un hombre rico con la venta de ungüentos y agua bendita se habían esfumado. No obstante, estaba satisfecho con el dinero extra que había ganado con el negocio.

Un día  al levantarse sintió un escozor molesto en la cara, corrió al espejo y  vio con tristeza cómo el botón púrpura que milagrosamente había desaparecido en una noche, volvía a enquistarse en su cachete aún con más ahínco.

Su cultura asiática no concebía la maldición. Pensó en aquellas  tribus de  trashumantes que desde muchos siglos atrás habían andado el mundo actuando siempre de la misma manera, sumando episodios a su ya rica historia.

Se encaminó al cantero de plantas medicinales en el patio en busca de una hoja de salvia, la que fue colocada diligentemente sobre el botón púrpura de su cachete,  a la vez que en sus finos labios se esbozaba una enigmática sonrisa.

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