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De La Habana a Camagüey

Corría el mes de enero del 69. Después de las vacaciones escolares de navidad y  de fin de año, las últimas que se celebrarían en Cuba en aquella etapa,  “porque no estamos para celebraciones de fin de año,  que es el periodo de maduración de la caña de azúcar y la zafra entra en su apogeo y por lo tanto no se pueden distraer las fuerzas productivas en festividades, por lo  que mejor trasladamos las fiestas para el mes de julio”.

Regresábamos a la capital llenos de energías y nuevos sueños por cumplir. Antes de las vacaciones se nos había informado que en enero nos incorporaríamos a las labores de zafra en la provincia de Camaguey;  y que debíamos regresar conscientes de que la estancia en esa provincia sería prolongada.

El quince de enero en horas de la tarde salimos en varios ómnibus hacia las tierras del Mayor. El lugar de arribo, informado a última hora era Vertientes,  donde se encuentra enclavado el Central Panamá.

Noche de frío intenso en la carretera atravesando medio país. Para muchos de nosotros  era un viaje de aventuras. Yo por ejemplo,  no había pasado del intermitente de Guanabo, por lo que debido al frío y a la excitación del viaje no dormí en toda la noche.

Poco antes del amanecer llegamos al pueblo de Vertientes con su central Panamá. Mi primer encuentro con aquel pueblo creó en mi mente la fantasía de encontrarme en un pueblo del antiguo oeste norteamericano, más aún cuando noté que muchos de los paisanos que se movían distraídamente  a aquellas tempranas horas,  iban armados con largos y oscuros revólveres de seis balas probablemente Colt 45;  y su indumentaria de camisas a cuadros y sombreros, confirmaba aún más mi primaria apreciación.

Nos agruparon en un parque a esperar por el arribo de las carretas que nos trasladarían hasta el campamento.  Otra cosa que me llamó la atención fue la actividad de la gente a esa hora tan temprana de la mañana. El pueblo  despierto como si fueran las doce del día con gran efervescencia productiva.  Luego conocí que en tiempo de zafra el trabajo es  permanente y con igual intensidad las veinticuatro horas del día. La atmósfera que se respiraba era extraña, desconocida.  El ambiente estaba colmado de un ruido sordo y estremecedor producido por la maquinaria del central;  y de vez en vez una válvula de escape dejaba salir ruidosos chorros de vapor.  El ruido de las locomotoras transportando los vagones de caña se sumaba al concierto. Toda  esta atmósfera perfumada  por el penetrante olor a melazas  y guarapo.

A media mañana llegaron las carretas que nos trasladaron, dando tumbos por un camino polvoriento al campamento “Los Güiros”, primero de los albergues cañeros, de una zaga de cinco, que nos acogerían en los cuatro meses y medio de movilización. Cada uno de ellos tiene su propia historia.

La vida en campamentos no constituía novedad para mí, ni para mis compañeros acostumbrados  ya a participar en el Plan “La Escuela al Campo”. Lo novedoso era el tipo de trabajo. En mi natal Pinar del Río nos movilizaban religiosamente para las labores del tabaco.

El corte de caña históricamente era  considerado trabajo de esclavo, por lo que el hecho de haber movilizado a tantos estudiantes  un año antes de la históricamente reseñada Zafra de los Diez Millones en 1970, enviaba un claro mensaje de que llegado el momento,  cortaría caña hasta el gato.

El campamento donde fuimos a vivir contaba con las condiciones mínimas e imprescindibles: techo de guano y paredes de tablas de palma; piso de tierra y nada de electricidad y a dormir en hamacas de saco de yute.  Estas se colgaban de las paredes y  de unas vigas colocadas paralelamente en el centro, formando un corredor para desplazarse.

Al final del cobertizo, una pared dividía el dormitorio de lo que supuestamente eran la cocina y el comedor. A veinte metros de distancia una batería de letrinas y otra de duchas sin techos  y sin agua corriente. El agua había que acarrearla en latas de cinco galones desde un pozo que se accionaba con una bomba manual.

Para males, las latas eran escasas y había que “lucharla” a la llegada al campamento para poder bañarse y estar listo para la comida que a todas luces era lo fundamental.

Muchos de nosotros dejábamos pasar  la bola y optábamos por la comida y después veremos…

Los primeros días de acomodo del cuerpo a un intenso trabajo que te roba todas las energías fueron negros. Yo era un alfeñique de diecisiete años con atraso en el desarrollo y aparentaba tener catorce.

Aquellos cuatro meses me sirvieron para desarrollar las hormonas que tenía dormidas y alcanzar el estirón tan deseado. Cuando regresé a casa había aumentado –no sé cómo-  casi quince libras y había crecido diez centímetros. Recuerdo que los bajos de los pantalones  me quedaban por encima de las botas.

Se nos dio dos día para acomodarnos mientras se organizaba lo del corte y los campos asignados. Daba la impresión  de que nadie nos esperaba,  porque ni comida había en aquel campamento.

Un haitiano y una señora que vivía cerca se encargaban de prepararla: chícharo, arroz muy escaso y un huevo hervido.

Así estuvimos varios días hasta que,  gracias a Dios, nos llegó el refuerzo, entonces nos  servían  arroz, chícharo, un huevo hervido y un pedazo de boniato.

De desayuno, ni pensarlo. No había ni siquiera la famosas laticas rusas de fécula de harina que pululaban en cualquier campamento en los que había estado anteriormente.

Recuerdo que a la salida del Instituto en la Habana, Mabel que era la tía que se encargaba de garantizar la merienda, se acercó corriendo a una de las guaguas y entregó dos cajas de caramelos de café con leche, que eran unas pastillas envueltas en papel de aluminio, similares a las de concentrados de caldo de hoy día. Pues todos los días, al salir para el campo nos entregaban dos caramelos.  Por aquellos años era una gran noticia que siempre estaba en primera plana de los periódicos todo lo que tenía que ver con el cosmos, y los viajes espaciales en la competencia entre la Unión Soviética y los Estados Unidos, y los jóvenes estábamos fascinados  con todo lo que se relacionaba con el espacio y los viajes.

A alguno de los muchachos se le ocurrió decir que las pastillas del desayuno era café con leche concentrada, igual que el de los cosmonautas,  para que los macheteros no perdieran tiempo soplando el jarro de leche casi hirviendo que nos servían en la mañana.

Lo peor de los primeros días, en mi caso, fue acostumbrarme al ejercicio del corte de caña, labor que nunca antes había realizado.

Al jefe de la brigada, un mulato indiado de Palma, le entregaron una lima para la brigada. Tomó la lima y se puso a despalmar su machete como un machetero habitual. En la práctica demostró que era un real machetero aunque no dio como jefe de brigada y hubo que sustituirlo. Cuando la lima, después de pasar por muchas manos, llegó a las mías,  ya había perdido las estrías y cumplía el mismo efecto si se la pasabas al machete que si te rascabas la espalda con ella.

Mi flamante machete chino tuvo que esperar mucho tiempo para conocer lo que era un buen despalme. Mientras tanto,  me  las apañaba a fuerza de muñeca y como resultado, estas  amanecían inflamadas y las manos las tenía reventadas por las ampollas, a las que no les daba oportunidad de formar el callo.

Cada machetazo se sentía en todo el cuerpo; a eso se unía el calor, la desesperación por  alcanzar al compañero que se adelanta un plantón y tú no lo puedes dejar ir porque en eso va tu orgullo, tus huevos.

Los primeros días fueron de incertidumbre; de encontrarse a sí mismo;  de medir en cada momento la cota que vas alcanzando.

Había una opción que podía ser tomada en cualquier momento y sin contratiempos: hablar con la dirección del campamento y decirles que me marchaba a mi casa. Esto, por supuesto, implicaba perder la beca y todo el camino recorrido hasta entonces. Dicha opción nunca estuvo en juego.  Renunciar significaba perder la oportunidad de medirme como hombre; de conocer hasta dónde puede resistir el cuerpo humano y hasta donde el espíritu te obedece y te obliga a vencer lo imprevisto. Estaba convencido de una cosa: al terminar la zafra ya no sería el mismo.

Por otra parte, pensaba que también era traicionar a mis compañeros que se encontraban en similar situación que yo; y como era una aventura colectiva, cuando los demás, todos, renunciaran entonces yo me pondría a pensar si valía la pena seguir allí.

De hecho más de uno recogió los bultos y desapareció en la “chispa” que con gran alboroto pasaba rayando el día.

En cada momento de desesperanza o agonía, siempre había  alguien que con una frase picante o disonante llevaba a tierra cualquier tensión.

Las primeras noches fueron terribles. En primer lugar acostumbrarse a dormir en hamaca lleva su tiempo.  Además las tierras del  Camagüey son como las de un desierto. Calientes por el día y heladas en la noche con el agravante de la hamaca de saco que dejaba colar el frío helado de la madrugada por todas partes. Se hizo muy común escuchar el topetazo contra el suelo de alguien que había perdido el centro de gravedad mientras dormía.

Para más desgracias, Quimbo el haitiano que servía de cocinero tenía un chivo en las cercanías que desprendía sus olores característicos y pasaba la noche berreando.  Y como si eso no bastara, a menos de cincuenta metros, paralelo al campamento, estaba la línea del ferrocarril. El trasiego de caña en tiempo de zafra era constante, por lo que el ruido de la locomotora y sus vagones me despertaban sobresaltado pensando que el  tren me pasaba por encima.

Con el paso de los días el cansancio y la necesidad de reponer las energías vencieron  cualquier berrido de chivo o pito de locomotora.

En el campo siempre me mantuve en el pelotón de vanguardia, y lograba codearme con los “guajirones” orientales de tú a tú,  a pesar de mi físico poco convincente.

En aquel entonces cortábamos para “normas técnicas”. Era la frasecita que estaba en boga. Este es un método de corte mediante el cual la caña debe ser cortada en tres pedazos, limpiada de hojas y entongada  en pilas de más de treinta arrobas.  Este sistema conspira contra la productividad del machetero  porque pierde tiempo  cumpliendo cada uno de  esos pasos. El corte se hace  en parejas y el resultado, obviamente, se divide entre los dos, por lo que estás obligado a ir a la par de tu compañero.

El triunfo o la derrota, como en una competencia de kayak de dos plazas, pertenecen  a los dos. Por eso era tan importante aliarse a una “yunta” que tuviera tus propias características: ni muy largo ni muy corto.

Llegábamos al corte al filo del amanecer y cortábamos hasta las once. Regresábamos al campamento hasta las dos  y de nuevo al campo hasta las seis. A las cuatro comenzábamos a hacer las pilas de caña cortadas en el día, que luego en la noche o al otro día, una alzadora con una carreta se encargaban de recoger.

En eso consistía el proceso de trabajo. Tratándose de estudiantes inexpertos  siempre se hacía una supervisión por parte del jefe de lote. Este personaje se paseaba  como antes del triunfo de la Revolución lo hacía el mayoral.  Venía en su caballo y casi no lo oíamos llegar. Se preocupaba, con razón, porque el corte fuera lo más bajo posible, con el fin de preservar las cepas del año próximo.

Mi compañero de corte se llamaba Ricardo, pero estaba medio “quemado”, por lo que lo llamábamos “el quendi”. Considero que por las cosas que hacía y por su comportamiento impredecible y aleatorio, el mote lo llevaba bien puesto.

“El quendi”  llamaba “caballócrata” al jefe de lote. Un día este llegó a donde nosotros nos afanábamos  en sacar un campo con caña acostada y de poco rendimiento. Era una caña dura como madera, delgada y morada de una variedad llamada “Repecuca” a la que “el quendi” le había cambiado el nombre y la llamaba “repeputa”.

“El quendi” le pregunta al jefe de lote hasta dónde se extendía aquel campo eterno y  el tipo se yergue en la montura y señala un punto indefinido. -“Hasta allá, hasta el poniente”.

“El quendi”, sin darle tiempo a terminar le responde: “Sí, ya  veo…  hasta el descojonante”

Pasadas dos semanas, ya el cuerpo se había acostumbrado a todos los martirios habidos y por haber. Una noche en que tuve que ir  a la letrina por razones obvias, al pasarme una mano por la corva de la rodilla palpé una carnosidad. La toqué con los dedos y me di cuenta de que tenía cierta consistencia.

Al entrar al albergue  le pedí a un muchacho que estaba acostado cerca de mi hamaca que me alumbrara con la “chismosa”.

¡Ah… eso es una garrapata, nagüe!

Fue uno de los encontronazos con una realidad a la que no estaba acostumbrado. Desde niño  había incubado cierta repulsión por los bichos que chupan sangre, tales como las chinches, las pulgas o las garrapatas. Había un cine en Pinar del Río que hoy en día es un excelso teatro al que mi madre nos tenía  prohibido visitar porque decía había chinches y luego las transportábamos para la casa.

El guajiro me desprendió la garrapata con cierto trabajo y aquella noche dormí incómodo pensando si alguna otra se prendería en mi cuerpo a chuparme la sangra caliente.

Con el paso de las semanas primero, y después de los meses, se hizo tan habitual  convivir con garrapatas que dejó de ser novedad.

Cuando regresábamos del campo nos revisábamos unos a los otros. De encontrar alguna prendida,  la desprendíamos  untándole petróleo de la “chismosa”.

Recuerdo en una ocasión que estábamos lejos del campamento y nos llevaban el almuerzo al campo. Yo había decidido llevar conmigo la hamaca para dormir la siesta. En las sabanas de Camagüey era casi imposible casar dos árboles para amarrar una hamaca.

Caminé por un potrero hasta encontrar dos naranjos  que daban la medida. Me acosté y no pude dormir de la picazón e incomodidad.  Cuando me revisé en el campamento tenía  prendidas a mi cuerpo la friolera de 54 garrapatas. Si no es un record en humanos, estoy dispuesto a homologarlo.

Los campamentos son grandes casas donde los que las cohabitan establecen sinceras relaciones de amistad y hermandad. Será que todos en el sacrificio y las penurias somos del mismo color.

El chiste  siempre  está a flor de boca; la broma y el buen humor nuca están ausentes. Esto obviamente hace más llevadera la vida con todos sus sinsabores.

Viajó con nosotros a Camagüey el profesor Vicente Fernández, nada que ver con el de las  rancheras mejicanas. Vicente era un mulato cercano a los sesenta años y de más de 250 libras de peso e impartía Educación Física. Tenía una voz potente, metálica, como de tenor. Llevaba como ropa al campo una franela de los Blue Birds de Toronto. Decía que en su juventud había pichado con ese equipo. De él todo se podía creer por la forma seria y argumentada en que  lo decía, y nada se debía creer por lo exagerado de sus planteamientos.

Era una persona con un humor refinado para cada ocasión;  y a la vez mantenía una barrera de respeto infranqueable con los alumnos, incluso en las condiciones extraordinarias de un campamento cañero, alejados del terreno de clases.

A todos nos trataba de “usted” y utilizaba el “camarada” para cada ocasión.

Hizo buena conexión conmigo y en los numerosos campamentos en que vivimos en más de cuatro meses, siempre dormíamos en la misma litera. Argumento que a partir del segundo campamento mejoraron en algo las condiciones de vida y ya dormíamos como personas normales en literas. Yo arriba y él abajo.

Se había agenciado uno cajones de madera que utilizaba como taquilla clavados en la pared. También guardaba una lata grande de galletas donde escondía azúcar y dulces que le enviaban desde La Habana.

En las noches se forraba  en su mosquitero y desde allí, con una voz dulce, casi de doncella me decía: -¿Pinareño, usted no tendría a mal apagarme la chismosa?

Con el campamento en penumbra se inmiscuía en las conversaciones apagadas que algunos, aún despiertos, sostenían; o conectaba con algún cuento ingenuo pero siempre fabuloso que  terminaba en risotadas y algarabía general.

Pero como los jóvenes han tenido siempre una manera desenfadada y fuera de todo presupuesto y consideraciones  éticas para responder a cualquier supuesta “agresión”, concibieron un plan para “correrle una máquina” al profe Vicente.

El personaje principal era un camagüeyano de apellido Moínedo. Este muchacho fingió que tenía un profundo problema familiar. Durante varios días se sentaba solo, ensimismado y con una expresión triste en el rostro. Esto hizo que los otros complotados hicieran comentarios sobre la extraña actitud de Moinedo, con el objetivo de llamar la atención del resto de los compañeros, incluyendo al profe Vicente por supuesto.

El día señalado esperaron a la hora de la comida en que todos estábamos en el comedor y le colocaron a Moinedo una percha de madera en la espalda debajo de un  suéter de  becas. Luego lo colgaron de una soga a  una de las soleras del albergue, semejando que estaba ahorcado.

Solo había que esperar a que el profe terminara de comer y entrara al albergue con su chismosa en busca del cepillo de dientes. Los complotados habían alertado al resto de los muchachos para que nadie se le adelantara.

Nunca olvidaré aquella voz de tenor lamentándose de no haber podido hacer algo para evitar la tragedia. Queríamos reírnos, y declarar que era una broma, pero la teatralidad que le impregnaba el profe a la atmósfera nos convenció por un momento  de que en realidad  Moinedo se había ahorcado debido a la carga de problemas personales que tenía.

El propio Moinedo se mantuvo estoico  interpretando su personaje, incluso cuando respondiendo a los pedidos e imploraciones del profe,  alguien se subió a cortar la soga con un machete y el presunto cadáver fue depositado sobre una litera.

Al no poder continuar con la farsa, el campamento en pleno rompió en una atronadora carcajada.

Una sola persona no rió y su rostro se vio aún más triste a la luz de las chismosas. El profe Vicente estuvo varios días sin dirigirnos la palabra. Incluso, yo que era el más cercano,  trataba de congraciarme  con él  sin ningún resultado. Por suerte un día se despertó y parece que había sacado sus propias cuentas y llegó a la conclusión de que él que con muchacho se acuesta… Y le echó tierra al asunto.

A Moinedo continuó llamándolo “el ahorcao”  durante toda la zafra

Una noche narró que estando jugando como lanzador de los Blue Birds, un juego bajo protesta por las condiciones del terreno que era de tercera categoría, tenía el juego casi ganado 2 x 0  y 1 out en el noveno inning. Había dos hombres en base y el bateador en turno hizo una conexión por detrás de segunda, ideal para dobleplay.

La bola desafortunadamente se enterró en una bosta fresca de res que allí había. Y el segunda base y el short stop se quedaron los dos parados al lado de la bola, “como buscando un palito para sacarla de la mierda”, mientras los tres hombres le daban la vuelta al cuadro y perdía el juego 3×2.

El final del cuento, como es de esperar,  causaba una reacción generalizada que movía hasta los cimentos del albergue.

-¡Profeeee…! ¡Apretóooo…!  Se escuchaba en todo el campamento.

Cuando los ánimos y las risas se calmaban, volvía a la carga con la consabida frase que, de tanto repetirla, ya la conocíamos: “-Ustedes pueden créelo o no, pero no me pueden decir que es mentira porque eso es una falta de respeto”.

En la tarde, de regreso  al campamento  había que ponerse en función del baño a base de lata de cinco galones. Con el paso de los días, de alguna manera había  garantizado mi lata para no tener que esperar  a que alguien terminara para poder bañarme. El profe también tenía su lata.

Cuando  me veía en función de ir al pozo por el agua me decía: -¿Pinareño, usted no tendría a mal traerme una “latica” de agua? Yo le tenía gran afecto, lo veía como a un padre, con edad para dedicarse a otros menesteres  y no para estar perdiendo el tiempo simulando que cortaba caña en Camagüey comido de garrapatas.

Al traerle la “latica” y depositársela  justo frente a su cama, siempre me respondía con la misma frase: “Pinareño, estoy tan agradecido que no tengo con qué pagárselo”

El despertarse  poco a poco a las cinco de la mañana, con frío, a sabiendas  que debes enfundarte en una ropa  que ha ido sumando sudores  y mugre día tras día durante semanas, era el momento más difícil del día, al menos para mí.

El profe Vicente era mi despertador  y a veces  debía moverme la cama varia veces para que me desperezara.

Un día que al parecer yo no respondía a sus reiterados llamados,  metió la mano por dentro del mosquitero para moverme y en lugar de asirme por el brazo, me tomó por otra parte del cuerpo mucho más sensible para mí  e inesperada para él. Se topaba con el miembro erecto de un muchacho de diecisiete años con todas las hormonas revolcadas  a las cinco de la mañana.

-¡Camarada…! ¡Dígame que lo que yo he tocado es el brazo, por favor…! -Gritó a voz en cuello.

Tratándose de un viejo mitómano  como el profe Vicente, era de suponer que había exagerado en su apreciación. No obstante, a partir de entonces  los jodedores me cambiaron el gentilicio de  “pinareño” por el que me llamaban, por el de “pingareño”,  por el cual me siguen llamando  los amigos de entonces que aún me quedan,  como una manera de evocar tiempos pasados.

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