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Cosas de Isleños

Llegaba el  nuevo siglo a Vuelta Abajo. Las cosas tomaban otro color una vez terminada la guerra y,  aunque los americanos dominaban el país como resultado de su  primera intervención militar,  en el aspecto económico los vegueros obtenían algunas mejorías con el aumento del precio de la venta de su tabaco. La economía de la isla lentamente comenzaba a moverse, pues las tasaciones del precio del azúcar también alcanzaban cotas superiores. Por otra parte, el mejoramiento del camino real a Guane, el mismo al que Esteban le había dedicado tanto sudor y esfuerzos en toda su vida cuando, cada año, después del paso de las lluvias del verano, este quedaba prácticamente intransitable, unido al fenómeno del ferrocarril que atravesaba todo Vuelta Abajo, propiciaban el auge del comercio en la región.

De tal manera,  a diario aparecían los ambulantes  vendiendo algo. Venían en carretones o en mulos con alforjas cargadas de cosas imprescindible y de cosas desconocidas para los humildes pobladores.  Unas veces eran tejidos; otras, enseres y cacharros para la casa. Los vendedores o "mercaderes" como Esteban acostumbraba a llamarlos, siempre eran bien recibidos por Rosa y por su hija Rosario,  las  cuales no podían ocultar su excitación cuando los vendedores  desenrollaban  sus fardos de telas  en el centro de la sala. El   mero hecho de rosar los tejidos con las yemas de los dedos y de oler los tintes  les producía un regocijo y placer inexplicables.

Rosario nunca olvidaba de su niñez,  las visitas de los moros Pedro y María, los cuales llegaban montados en sendos mulos los días cercanos a Navidad ;  y la satisfacción que le producía el olor de los holanes, tafetanes, warandoles y demás tejidos que Pedro les proponía y que ellas compraban a crédito para pagar en seis meses. Era una visita más que obligatoria, ya que les traía lo necesario para la gran fiesta de la Navidad.

Estos que llegaban ahora a principio de siglo eran tan hábiles para el comercio como la pareja de Pedro y María. Todos tenían bien conocidas las reglas básicas del comercio. No les importaba el riesgo a correr, lo importante, lo fundamental era vender y obtener un margen de ganancia aunque este no fuera el esperado.

Por aquellos días llegaron dos personajes montados en un carretón con una vestimenta ridícula pero con   un artefacto novedoso, desconocido en la región y que despertó la curiosidad de todos.  Le  llamaban pararrayo y el solo hecho de mencionar la palabra rayo hacía que a algunos se les erizara la piel.  

Estaba justificado dicho temor.  Una pesadilla que siempre había tenido a los vegueros en vilo eran las tormentas eléctricas de verano, las mismas que se formaban con rapidez vertiginosa y  en cuestión de minutos podían convertir en cenizas el trabajo de todo un año, una vez que un poderoso rayo impactara sin misericordia sobre el techo de guano de una casa de curación del tabaco.

 Varios habían sido los campesinos que habían recibido quemaduras e incluso habían perdido sus vidas luchando, dentro de una casa de tabaco envuelta en llamas, para salvar la cosecha.

Muchos vieron que había llegado la ocasión de superar las penurias y  desvelos del verano.

Por otra parte, después de escuchar la explicación que presentaba el técnico encargado de su instalación, en la que mezclaba un glosario técnico ininteligible para gente sencilla de poca escuela, con la historia de su invención y con los trabajos investigativos de Benjamín Franklin y su teoría de la existencia de cargas eléctricas en la atmósfera, los pocos  escépticos quedaban  convencidos de su utilidad.

La noticia la trajo  Rosa, la cual, conversando con la hija del difunto Anacleto, conoció que en la casa de ésta ya podían descansar en paz cuando hubiera tormenta porque habían instalado un pararrayos.

Para Rosa conocer que había un antídoto eficaz  contra los rayos era la mejor noticia que podía escuchar.  En la comarca eran bien conocidos los miedos de la mujer del isleño y de la difunta Matilde, su madre,  por los rayos.

Era un temor inexplicable,  ancestral,  casi genético,  que se heredaba de padres a hijos como un lunar o rasgo distintivo,  y se manifestaba con la misma intensidad y magnitud en cada miembro de la familia.

Nada más Rosa percibía, en una calurosa tarde de verano,  una leve brisa del sur que refrescaba el  ambiente con un soplo de humedad, cuando ya salía al portal a husmear hacia el cielo. A partir de ese momento comenzaban sus penurias y sufrimientos. Un nerviosismo incontrolable, como el de un animal en peligro la envolvía. 

Corría a echarle cerrojos a puertas y  ventanas;  encendía velas a Santa Bárbara y a San Rosendo;  luego salía a los patios a vocear a sus nietos que correteaban por las vegas.  Al desencadenarse la tormenta obligaba a los muchachos  a mantenerse sentados en la sala con camisa puesta y con los pies en alto. Mantener esta postura por mucho rato constituía una verdadera tortura para niños urgidos de movimientos físicos. La abuela entonces recurría a trucos y chantajes con dulces y golosinas.

Si la tormenta se extendía por mucho tiempo tomaba un pedazo de tarro de buey y lo quemaba en las brasas. El olor de  la concha quemada, que ella decía  ayudaba a ahuyentar la tempestad, se expandía por las vegas colindantes, y hacía pensar a los vegueros que la vieja Rosa con sus humos  velaba por el bienestar de su familia y por la de todos los vecinos.  

En un inicio Esteban estuvo de acuerdo en instalar  el pararrayos solamente sobre la casa de tabaco, pero tan insistente fue su mujer y tan suplicante la expresión en aquellos ojos que tanto amaba, que decidió colocarlo también sobre la vivienda.

-Un pararrayos es algo no muy complejo en su funcionamiento, -dijo con aire de erudito el técnico encargado de la instalación a Esteban que lo miraba con cierta desconfianza.

-Una punzante  varilla de metal erecta, situada en lo más alto de la casa, desafía las nubes. Dicha varilla se fija en su extremo inferior a un alambre de cobre que es el conductor, el cual se aísla convenientemente de cualquier roce con el techo o las paredes de la casa  y se entierra profundamente en una especie de anclaje a cualquier pieza que conduzca las descargas eléctricas a la tierra, -concluyó.

De inmediato puso manos a la obra  asistido de su ayudante. Todos los pasos establecidos eran cumplidos adecuadamente. Esteban salió al patio y miró hacia el techo haciendo una visera con la mano para evitar la molestia del sol. Vio en lo más alto del caballete, en el mismo centro del techo una  vara punzante como una espada mirando hacia el cielo.

Ya en el suelo, y con el alambre que servía de bajante en las manos, el técnico se mostraba dubitativo sobre la elección del sitio más conveniente para el  anclaje. 

Entre el técnico y el ayudante surgió una discusión debido a que el suelo de la casa y sus alrededores estaban sólidamente cubiertos de grandes lajas de piedra, las cuales habían sido colocadas cuando su reconstrucción a raíz del ciclón de los Santos Infiernos.  No existía el menor resquicio para poder colocar y fijar definitivamente y con seguridad el alambre.

Ante tanto estira y encoje Esteban, para poner fin a la discusión, y hacer valer una vez más su tambaleante autoridad, tomó la decisión que marcaría un hito en los anales de la familia.

-Entierren ese puñetero alambre allí, -dijo-, señalando a la bala de Ñico, la misma que éste había traído tantos años atrás, robada no se sabe de qué cuartel,  y que por causas desconocidas nunca llegó a instalar en su monumento al hierro viejo. La misma que rodó diez años por los patios, siendo utilizada como yunque, contrapeso, retranca de puerta etc. La misma que Esteban, tratando de encontrarle un sentido  más utilitario, había sembrado hacía más de veinte años en la esquina de la cocina, tratando de evitar un posible rose de las ruedas de las carretas con la pared  cuando estas trasegaban  el tabaco.   

Dicho y hecho. El trabajo quedó concluido y sobre la casa de vivienda  de “El Guanchero” se elevó  reluciente, acechante la afilada púa de un pararrayos. El extremo del bajante fue fijado  sólidamente   debajo del cilindro de acero de punta afilada de medio metro de altura.  No hubo que esperar mucho el desenlace de los acontecimientos.

Una calurosa tarde de verano el cielo se cubrió de negras nubes, las cuales viajaban movidas por una leve brisa del sureste a baja altura. El presagio de tormenta era más que evidente. De pronto comenzó una pesada lluvia que oscureció la tarde seguida de fuertes descargas eléctricas. 

No por estar la casa resguardada por el pararrayos Rosa cambió su  comportamiento. Al igual que lo había hecho desde que tenía uso de  razón, comenzó a rezar a vírgenes  y santos que hacía rato tenían encendidas sus correspondientes velas,  a la vez que se persignaba a cada relámpago, mientras el resto de la familia, reunida en la sala, conversaba de cosas intrascendentes..

En un momento la sala se llenó de una luz cegadora y casi al unísono una explosión removió los cimientos de la casa y lanzó pedazos de pared y utensilios de la cocina en todas direcciones, cubriendo el ambiente de un polvo espeso y expandiendo un  inconfundible olor a pólvora.

Julián, que había sido lanzado al suelo por la explosión, fue el primero en ponerse de pie y ayudar a su suegra a incorporarse, la cual  yacía revolcada entre el polvo.

Aun sin comprender lo ocurrido, corrió a la cocina para contemplar, asombrado lo sucedido. Una pared lateral había sido totalmente descuajada, pulverizada, al igual que el techo. La onda expansiva que había entrado por el costado, había destruido fiambreras, tinajeros y otros muebles de la cocina y había lanzado cacharos y vidrios  por doquier.

Julián comprendió de inmediato lo sucedido. No supo si llorar o reír a carcajadas. Dio gracias al Señor por mantener viva a su familia. La bala de cañón de Ñico a pesar de los años transcurridos  aún mantenía intacto su poder explosivo.

En pocos minutos, sin hacer caso a la lluvia,  la casa y sus alrededores se colmaron de vecinos, que  alarmados por la explosión, llegaban  curiosos a conocer lo sucedido.

El hecho,  más que llamar al asombro por su singularidad, no dejó de recibir la salpicadura de la picaresca criolla.

-“Sembrar el bajante de un pararrayos debajo de una bala sólo se le podía ocurrir a un isleño”. Comentó sonriente un mensajero desde la montura de su caballo. Luego picó espuelas y continuó camino presuroso, quizás para dar la noticia primero que nadie.

La “explosión del pararrayos”, que fue como Esteban la llamó desde aquel momento, pasó a convertirse en referente para los acontecimientos familiares, los cuales se fijaron en antes y después de la explosión. 

Para el resto de los  pobladores el asunto tuvo un tono más ligero y fue cuento preferido de velorio por mucho tiempo.

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