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Conducta

He consultado el DRAE sobre la palabra conducta, y este nos dice lo siguiente: Conducta  (Del latín conducta, conducida, guiada). f. Manera con que los hombres se comportan en su vida y en sus acciones. Refiriéndose a su sentido sicológico, también nos dice: Conjunto de las acciones con que un ser  vivo responde a una situación.



Conducta es el nombre que el joven cineasta cubano Ernesto Daranas Serrano le ha fijado a su última película, la cual ha sido estrenada, a sala llena, en nuestro país por estos días.

Dicha película trata sobre los conflictos que enfrenta Carmela, una maestra de la tercera edad,  en sus relaciones con sus alumnos de sexto grado y con la jerarquía docente, dispuesta a todo trance a mandarla a retiro.

En el centro del conflicto se sitúa, además, un alumno –Chala-, un niño que arrastra consigo hasta la escuela sus propios conflictos domésticos, fuertemente marcados por una conducta marginal

Se trata de una obra, a mi entender, artísticamente lograda, la cual toca de manera honesta, digna y valiente, escabrosos problemas sociales que no recuerdo, hayan sido llevados al cine con anterioridad de manera tan explícita y cruda. Me parece que uno de los muchos valores de la película es la autenticidad de los diálogos: de carne y hueso – diría-, como se habla, discute y  analizan  los problemas  entre cubanos.

Con el apoyo de dichos diálogos, el filme nos va desarrollando uno de los temas más sensibles  y controvertidos de la realidad contemporánea de nuestra sociedad: las interioridades del proceso educativo en las escuelas cubanas.

Conducta es una de esas películas, que dada la fuerza de sus planteamientos artísticos, y  la manera descarnada en que son presentados, hace brotar  las lágrimas a muchos,  y pasados los días, sus imágenes aún se mantienen  alojadas en nuestro subconsciente.

Partiendo de esta breve introducción, pienso que no le va nada mal el nombre escogido por Daranas.

He tenido la oportunidad de conocer a más de un “Chala” a lo largo de mi vida, porque muchos  “Chalas” sobreviven en buhardillas de los numerosos barrios de las ciudades de este país, nutriéndose a diario de altos niveles de hostilidad, violencia y agresividad, comparables solamente con los que, a cada momento, manifiesta el perro pit bull que Chala alimenta y protege.



Con uno de aquellos “Chala” compartí el séptimo grado. Aún recuerdo su nombre: Juan Ireno Díaz Blanco, y no olvido sus dos apellidos porque al pronunciarlos se generaba cierta cadencia, y todos, alumnos y profesores lo decíamos de corrido, como si se tratara de un solo nombre.

Mi “Chala” solo llevaba el blanco en su apellido y en el color de sus dientes. Era uno de los escasos negros de mi aula. Era un chico revoltoso e impredecible, pero simpático y fraternal, dueño de una inteligencia privilegiada para comprender de primera mano cualquier asignatura.  Aún lo recuerdo en la clase de matemáticas, respondiendo un teorema,  a la vez que clavaba sus blancos dientes en la pulpa amarilla de un mango, la cual le corría por el brazo. Ante el regaño de la profesora por el desafuero, con insolencia respondió: “…es que el  mango contiene mucho yodo”.

Vivía en una pobreza extrema,  pero poseía gran dignidad y unos grandes deseos de superarse y romper barreras.

No sé qué habrá sido de su vida, quizás se convirtió en  un brillante ingeniero o en un científico, porque la Revolución le brindaba esa oportunidad. Donde quiera que estés Juan Ireno Díaz Blanco, recibes mi saludo fraterno.

La otra vertiente de Conducta tiene que ver con los conflictos que en la actualidad se generan en el sistema de enseñanza en nuestro país, aunque es honesto decir que hay muchos otros problemas que no se enuncian en la película, y se tratan solo aquellos que tienen que ver con la conducta de la maestra Carmela.

He reflexionado en más de una ocasión sobre el papel del educador. Tengo una hermana que es doctora en pedagogía, la cual se encuentra en un remoto caserío  de la geografía angolana, conectada a la civilización por internet intermitentemente, en dependencia de la disponibilidad de combustible para el generador. Imparte clases en un tecnológico de educación, formando futuros maestros. Hace caso omiso a las adversidades a las que se enfrenta, a la morriña que  a veces la embarga, y a las peligrosas enfermedades que la amenazan.

El verdadero educador debe ser,  ante todo,  una persona de vocación; alguien que encuentra una inmensa satisfacción en el acto de educar, de descubrir desinteresadamente  el mundo del conocimiento a los demás;  una persona que se enorgullecerse de los progresos que paulatinamente van alcanzando sus alumnos.

¿Qué ha llevado a mi hermana a dar ese paso, sino su vocación?  No creo que en ello esté presente únicamente  satisfacer sus relativas carencias materiales.

Los monjes y misioneros franciscanos, dominicos, jesuitas, agustinos  se entregaban en cuerpo y alma a enseñarles el idioma castellano a los indios americanos para que pudieran leer la biblia y así convertirlos al cristianismo. Muchos de nuestros maestros y profesores a lo largo de nuestra historia han sentido esa misma devoción y obligación del espíritu.

Cuando analizamos Conducta, no podemos dejar de preguntarnos: ¿Dónde fueron a parar tantos recursos invertidos a lo largo de tantos años? ¿Cómo es posible que la mezcla fatal de insuficiencias materiales, políticas románticas extemporáneas y una numerosa retahíla de factores subjetivos en el sector de la Educación, haya echado por la borda tanto de lo alcanzado? Soy consciente de que en los últimos tiempos se ha dado un importante golpe de timón buscando el derrotero correcto, pero nada nos asegura que a corto plazo podamos enrumbar de nuevo la nave.

Un buró de ingenieros puede errar en los cálculos para la construcción de un puente. Este se derriba y se vuelve a construir con los parámetros adecuados. En el proceso docente educativo  no hay marcha atrás, porque es casi imposible deshacer sedimentos o llenar lagunas extemporáneamente en el intelecto de las personas.  En pocas palabras: lo que no se aprende o ejercita a su debido tiempo, se puede dar por no logrado.

Me siento  incompetente para dar respuesta a tales preguntas. Por otra parte, llevaría muchas cuartillas responder profundamente a tantas insatisfacciones.  

Me conformo solamente con evocar y compartir con ustedes  algunas pocas experiencias que tuve el privilegio de vivir cuando la Revolución era muy joven.  

Entre las grandes tareas que se planteó ante sí la Revolución desde su triunfo, se encontraba la realización de una profunda revolución educacional, como uno de los principales postulados del Programa del Moncada.

 Aunque no es ocioso recordar que Cuba no era un país de iletrados, por mucho que se empeñen en hacérnoslo creer.

En el año de 1956 Cuba es reconocida en un informe de la ONU con una tasa de analfabetismo del 23,6 %. A simple vista pudiera parecer  una cifra alta. Es un espejismo estadístico. En el mismo informe se plantea una larga lista de países de Hispanoamérica, incluyendo por  supuesto España, cuya tasa de analfabetismo superaba el 50 %.




Ahora bien, si la Revolución se planteaba  hacer una campaña masiva de alfabetización y lograr erradicar ese negativo fenómeno de nuestra sociedad, en hora buena, había que aplaudirlo.

Yo fui de los niños que inauguramos escuelas nuevas.  El cuarto grado lo cursé en el año de 1960 en  una bella escuela recién construida. Era un edificio funcional, arquitectónicamente muy bien diseñado, que contaba con espaciosas y ventiladas aulas, baños azulejados, largos y brillosos corredores, donde a tramos se encontraban adosados bebederos con agua fría, así como inmensos refrigeradores que al introducirles un medio por una ranura, entregaban automáticamente una botella de refresco de la marca solicitada. Todo funcionaba como debía ser.

Luego, al pasar a la enseñanza secundaria,  otra vez estrené escuela nueva. Por primera vez empezaba a familiarizarme con asignaturas tales como la física, la química o las artes industriales. Para estas materias se disponía de laboratorios equipados con todo el instrumental necesario para llevar a cabo los experimentos correspondientes,  o inducir a los alumnos a diferentes oficios como la mecánica, la carpintería, la electricidad, el corte y costura o la repostería.

Entonces no se pensaba en universalizar la enseñanza. Aun había conciencia de que los oficios son de importancia básica en cualquier sociedad, y que sin ellos es muy difícil desarrollar un país.

Los muchachos de aquella generación tuvimos el privilegio de encontrarnos, no solo con hermosas escuelas y con el material docente adecuado, sino con respetables profesores que  conocían a fondo su negocio.

No olvido el primer encuentro, el primer día de clases en séptimo grado, con la profesora de matemáticas. Una  señora, probablemente de más de sesenta años que transpiraba respeto y autoridad por todos los poros. Era la Dra. María Josefa Rodríguez.

Dicha profesora había montado en la pared del fondo del aula una galería de retratos, dibujados al carbón, de los más famosos matemáticos de la historia: Aristóteles, Arquímedes, Pitágoras, Euclides, Copérnico, Galileo, Descartes,  Einstein etc.  Recuerdo que aquel primer día nos convocó a todos frente a los cuadros, como si visitáramos una exposición, y nos fue señalando uno por uno cada personaje,  y los aportes básicos que habían hecho a las matemáticas.

Recién entonces empecé a comprender  que en lo adelante, las cosas con aquella señora irían en serio. Y así fue. Entrar al aula de matemáticas era como asistir a misa. Sin apenas elevar la voz, la Doctora María Josefa nos introducía en el complejo mundo de las ecuaciones y las figuras geométricas. Allí no había lugar para la chanza o el desvarío.   

Me viene a la memoria  Daniel Pérez Hermida, profesor de gramática española que nos desmontaba con gran facilidad las conjugaciones y tiempos verbales, y nos enseñaba los trucos indispensables para evitar faltas de ortografía. Un profesor con un marcado amaneramiento, y sin embargo, no permitía el más mínimo desliz en tal sentido. Tal era su autoridad, que a los pocos meses fue nombrado director de la escuela.

La Dra. María Josefa Rabanal era nuestra profesora de geografía. Los demás profesores le  llamaban “Chiqui”. Los conocimientos básicos que me inculcó me han servido durante toda mi vida para orientarme en el mundo en que vivimos, conocer de memoria los accidentes geográficos: los ríos, los grandes lagos, las altas cordilleras, así como los diferentes países y sus capitales. De igual forma, nos enseñó a trabajar con mapas utilizando coordenadas. Pongo en duda que los alumnos de séptimo grado actuales, reciban conocimientos tan detallados.




No puedo pasar por alto a nuestra profesora de literatura. Desafortunadamente he olvidado su nombre, pero no sus enseñanzas. Fue la primera persona que me habló con vehemencia de  Martí. Era obligatorio memorizar fragmentos de su obra, tanto de su prosa como de sus versos, y luego discutirlos en el aula entre todos. Fue ella, con sus profundos conocimientos literarios, quien nos habló de la vida y la obra del Premio Nobel de Literatura indio Rabrindanath Tagore.

Es probable que algún jovenzuelo, nacido en las últimas décadas, pueda pensar que estoy fabulando. Corroboren lo que les cuento con sus padres y abuelos.

No puedo concluir sin hacer una abierta exhortación a que vean la película Conducta,  para que cada uno pueda sacar sus propias conclusiones.

One thought on “Conducta

  1. Es verdad, hacía mucho tiempo no me conmovía una película comolo hizo Conducta, será por que el magistério para mí es un acto de fe. Todavia recuerdo a mis queridos maestros de la Enseñanza Primaria de aquella escuelita de barrio, Tal vez con su modo de actuación influyeron tanto en mí , que no veo una profesión más noble y gratificante que la de ser EDUCADOR.

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